lunes, 28 de diciembre de 2015

Modestia aparte

lunes, 28 de diciembre de 2015 0

Aquel día, en que todo pareció cambiar, llegué temprano a la redacción.

Sólo estaban dos computadoras prendidas y el eco de una frase lejana que repetía “¡Vamo’ que nos vamos!”.

En el fondo, en penumbras, podía adivinarse la silueta recortada del gordo Gonzo, luchando contra sí mismo y un bidón de agua.

- 16.322 seguidores en Twitter, me dijo sin levantar la mirada, mientras le pegaba con una cucharita a unos trozos indisolubles de sopa Knorr.

- Ah, dije sin mirarle la cara. Estaba feliz. Se lo sentía respirar.

- Después quiero que me des tu opinión...

Esa frase presagiaba algo que, en su construcción, debería tener como corolario un gesto de aprobación. De halago a lo que hizo, hace o hará.

- ¿Viste lo que subí en el Facebook?

- No.

- Me dieron dos diplomas; uno por participar en la fiesta del chancho con cuero y otro por llegar a la final de un concurso de poesía en Villa Mugueta.

- ...

- ¿Cuál de las dos imágenes elijo para la portada?

No fue un buen comienzo. Escuchar a Gonzo era una tarea ingrata. Encima, por esos días, los ánimos no eran los mejores. El diario estaba en un período de transición hacia algo parecido a la confusión. Algo que el nuevo CEO -que venía de manejar con éxito un lavadero industrial- definió como “redacción unificada”.

El proyecto de hacer un único periódico para el papel y la web se materializaría después de una no muy pensada reestructuración en la que, retiros voluntarios mediante, sólo quedaban 14 periodistas. Fue una decisión que tomó forma luego de que el nuevo administrador leyera un artículo de una consultora, “¿Y por qué no somos The Guardian?”.

El perfil
En una época no tan lejana, en que había mucha gente, nos divertíamos con las apreciaciones de Gonzo. No podíamos creer que alguien fuera tan pagado de sí mismo y se creyera tan superior a la media. Llegamos a imaginar que estaba actuando, que hacía un personaje.

Armando alguna vez descubrió unos apuntes del gordo que, voluntariamente o no, olvidó en la vieja sección Editoriales.

No tuve grandes profesores pero sí buenas enseñanzas. Mi gran maestro es alguien que, si bien ahora no ejerce el periodismo, lo hizo durante una década en un diario ya desaparecido. Aún hoy conserva su amor por la profesión a tal punto que tiene un negocio que bautizó “Ferretería Kapuscinski”.
Ediberto Muñoz (de él se trata) es un aficionado a las frases hechas, pero con sentido. Si un texto es muy extenso dice “Lo que redunda, abunda”. Si uno habla de más, “Callad, callad, si lo que vas a decir es menos importante que el silencio”. 
El me hizo entender, entre otras cosas, lo importante que es inspirarse en ideas ajenas y “reiventarlas”. 

La reinvención
Que haya una sola redacción parecía no significar que un mismo texto era digno de ser publicable en la versión impresa y en la web. Era, por el contrario, forzar a un periodista a desdoblarse y hacerlo asumir una personalidad que le era ajena, a veces distante. En esa lógica, cualquiera podría ser capaz de escribir cualquier cosa, y en cualquier estilo.

Hubo números ceros y versiones que nunca vieron la luz. Por suerte.

El primero en enterarse que la cosa era inminente fue Wilson, la última pluma de peso que nos quedaba. El periodista de referencia, al que citaban los otros medios. “El único que sabía escribir”, según un crítico más cínico.

Hace dos días nos juntó a algunos pocos en la puerta del archivo. Parecía llorar.

- No es joda, muchachos. Viene dura la mano.

- ¿Nos bajan el sueldo?, se preocupó la Ameba.

- Lo único que sé es que a mí me dieron dos notas para probar. Una es para el papel, “¿Es aún aplicable el concepto de justicia de Tomás de Aquino?”. Y la otra otra es para la web, “Según un estudio científico la masturbación genera apetito”.

Del editorial a las gacetillas
Gonzo también escribió, en aquella especie de lejana autobiografía:

Mis primeros días en el diario fueron como pasante en la sección Editoriales, así llamada porque nunca hubo una sola línea editorial sino varias. Todo era monótono y aburrido, en un cuarto en penumbras con viejos dinosaurios que fumaban en silencio. Mi trabajo era mirar, leer y, de vez en cuando, aportar algo. Mucho.
Logré ese puesto por una biografía que escribí. Muy comentada. Era un libro sobre un historiador local, Javier Andrada, un viejo que pasó sus últimos cincuenta años investigando la historia de una desaparecida calesita de barrio Belgrano. 

Esos comienzos coincidían, también, con la desmedida lucha por publicar notas firmadas. La ambición que lo llevó a rubricar un texto olvidable, “Té canasta a beneficio de la parroquia San Casimiro”.

El rearmado
Poco antes de que se inaugurara la redacción unificada hubo amagues por cambiar, de refrescarle la cara al diario. Fueron vanos intentos que incluyeron experimentos con finales inciertos, como los del director de Compraventas. Todos recuerdan aquella tarde en que entró a la secretaría gritando “¡Se nos van los anunciantes!” mientras alzaba con la mano derecha su nueva invención, “El billete enloquecido”. Era una forma de recompensar al fiel lector que comprara el diario durante un año con una botella de un litro de una gaseosa de segunda marca. No prosperó.

La merienda
Gonzo no participaba de ese momento de distensión y encuentro que llamábamos “la merienda”. Sin embargo aquella tarde, en la que todo parecía cambiar, fue. Pensamos que se sumaba para burlarse de sí mismo.

Preparó otra sopita instantánea y mientras se sentaba en una banqueta de dibujante sacó de entre sus apuntes un viejo texto impreso que había formado parte de algo que hoy podría definirse como una descripción de Linkedin o alguna otra red social laboral. Lo leyó con énfasis.

“Soy periodista y lo importante no es lo que digo sino cómo lo digo.
Hace poco tiempo que ejerzo. Cinco años. Doy clases en cuatro institutos privados, un taller en la facultad de comunicación social, charlas en el Círculo de la Prensa deportiva, y eventualmente visito algunas escuelas secundarias para hablar sobre mi trayectoria.
Participo en un programa televisivo y soy aspirante en un diario. Aspirante a jefe de Redacción. Firmo todas mis notas (es de aclarar que mi nombre va en negritas) y a veces, algún autógrafo. El hecho de que sea la cara visible del micro televisivo “Así las cosas” me da muchas satisfacciones. Por la calle muchas mujeres se me acercan con la excusa de que me conocen, o viceversa. La mayoría de las veces, viceversa”.

Mientras lo leía no podíamos aguantar la risa. Esperábamos un guiño para que todos estallemos en carcajada. Una especie de blanqueo para aclararnos que siempre se divirtió con ese personaje que creó. Pero no, lejos estuvo de eso. Se puso de pie y, frente a Wilson, abrió los brazos.

-A este texto le falta algo. Decir que soy el flamante jefe de la nueva redacción unificada. ¡Felicitame!

Wilson, la última pluma creíble, no sabía qué hacer. Tal vez en su nerviosismo no tuvo mejor idea que preguntarle (o preguntarse):

-Y ahora, ¿qué hago?

-En principio tenés qué hacer otro tipo de notas. Fijate acá.

Se acercó a una notebook y leyó el título de una nota que parecía estar firmada por Gonzo:
“Le regalaron un oso de peluche y mirá lo que pasó”.

Wilson lo miró y el gordo dijo, sin inmutarse:

-12 mil clics.

Fui a sentarme a una silla que no sabía si aún me pertenecía. A lo lejos, desde las escaleras parecía que alguien gritaba, nuevamente, “¡Vamo’ que nos vamos!”.


POR JUAN CARLOS ESCOBAR

lunes, 16 de febrero de 2015

Las doradas naranjas del sol

lunes, 16 de febrero de 2015 3
Mi hermano quería ir a un bodegón infecto contagioso de Once donde hacían un ossobuco a la parrilla mortal. Pasamos frente a Cromañón y me contó que nunca más había agarrado con el auto por Bartolomé Mitre porque le daba tristeza. Después de decir eso se quedó pensativo un momento y me contó algo sobre un pibe que murió ahí.

Pasó en el velorio del pibe. Una chica muy joven que no se hacía notar demasiado lloraba sin parar y sin despegarse del cajón. Una mujer se le arrimó y le dijo: “Se ve que lo querías mucho, ¿de dónde lo conocías?”. La chica le contestó: “Estábamos de novios hace seis meses”. La mujer le dijo: “Ah. Yo hace dos años que soy la esposa”.

Mi hermano me dice entonces que la que había escuchado esto fue Mariana, la hermana de Tato. “Te acordás de Tato, el chabón que rajaron del banco porque afanó para levantar una deuda en el casino. Bueno. Mariana estaba sentada y oyó todo de callada. Ella llevaba un año saliendo con el pibe muerto”.

García Márquez decía en algún lado que cuando un escritor profesional lee un texto acertado no piensa casi nunca en lo que el texto dice sino en el modo en que está construido, así como los relojeros de oficio raramente admiran la belleza de un reloj, sino que se interesan en el mecanismo que los hace funcionar.

Escuchando la historia del pibe de Cromañón yo pensaba en el don del relato. Mi hermano lo tiene. Muchos periodistas no. Se quedan chapoteando bajo las fórmulas usuales que permiten narrar cualquier cosa por perecedera que sea. Cuando mi hermano me contaba su historia yo sentía que iba escuchando la radio, me acordaba de Guerrero Marthineitz entrevistando a Cortázar en El show del minuto, o Pettinato veinteañero hablando de un disco de Allman Brothers en Continental en 1980, o de Bazán reseñando dos horas la historia del asesinato de Jorge Salomón Sauan en Rosario, antes de que se escribieran libros sobre ese caso. En esas situaciones bajo la voz del hablante el mundo exterior quedaba borroneado y uno empapado del aguardiente del relato, de esa mota de vida plena que brota cuando las palabras lo pasan a uno por arriba.

Qué buen periodista habría sido mi hermano. Cualquier historia que cuenta atrapa hasta el fin. Sólo le interesa el corazón del queso: va al grano, no usa transiciones, rechaza los desvíos, los adjetivos le importan un carajo. Pronuncia frases cortas y potentes como las de los cuentos primerizos de Hemingway. Estudió mecánica de autos en el colegio, hace veinte años que trabaja en un banco y no leyó un libro en su vida. Pero escribe cuando habla y si habla es porque vale la pena.

En un cuento que se llama El invicto Hemingway relata la vicisitud de un torero viejo que tiene necesidad de una corrida porque precisa el dinero. Con una economía narrativa obstinada, como si de utilizar pocas palabras dependiera su vida, Hemingway deja saber un montón sobre ese hombre al borde de la vejez que nunca ha sido vencido pero al que ya ningún empresario le da crédito porque está lento y alejado de su mejor fama. Como lectores tampoco nos fiamos de él porque cualquier texto corto precisa de novedad lo que nos hace intuir a cada instante que a Manuel, como se llama el protagonista, por primera vez no le irá bien. Con oraciones de no más de ocho vocablos, rehusando la cobardía de adornar nada, recurriendo a diálogos para dar sustancia a lo que pasa el relato se construye de una sola forma: acción pura en base a verbo, verbo, verbo. Que lo acepten a Manuel para torear depende de la decisión de un picador, que son los que le clavan la espada al toro. Y este picador es un tipo maduro que lo quiere bien al torero y no tiene ningún deseo de que salga con la muleta roja a la plaza para ponerla, con reflejos desvaídos, delante de una bestia de una tonelada.

Lo que pasa en el cuento es a cada renglón desesperante. La sangre, la muerte pero sobre todo la desdichada soledad de ese hombre son una laceración inminente línea a línea. Y si eso pasa es porque el narrador tiene una destreza endemoniada que con su parquedad nos coloca en estado de accidente. No se parece a Hemingway pero así narra mi hermano, que cada vez que capta mi interés al contar algo, justamente por descartar lo prescindible me tiene agarrado de los huevos.

Todo sugerido, nada digerido. Hemingway retiene al lector con lo ocurrido al torero hasta el remate del cuento. Mi hermano hace deducir sin decírmelo nunca que el muerto de Cromañon estaba con tres mujeres. Nunca es él quien lo dice. En su relato son ellas las que lo hacen.

Cuando uno está seguro de que tiene algo que contar y desecha lo prescindible es invencible. Pero hay formas que son condición de que la historia se instale en nuestras almas que residen en el habla. Esta que quería contar empezó con una frase que leída no tiene sentido en comparación con escucharla.

Una noche de cierre llaman a la Redacción para hablar con Policiales. Alguien estaba abajo en la Recepción y decía que no tenía apuro, dormiría ahí hasta que lo atendieran. Al bajar encontré a un hombre macizo y alto, robusto como un armario, que movía la cabeza a los dos lados como el radar de un tanque de guerra.

El tipo preguntó si yo era de Policiales y contesté que sí. Me escudriñó como si fuera un renacuajo, tomándose un momento para elegir las palabras, hasta que dijo. “Tengo ganas de cagar a trompadas a un periodista”.

Nadie aprecia que le peguen, pero a veces algo antipático puede volverse simpático. A mí me gustó el “tengo ganas”.

Se llamaba Kulczak. Había sido depostador de reses en el Frigorífico Swift y después transportista. Tenía unos 60 años. Era descendiente de polacos. En los últimos quince meses había conocido todas las formas de agitación. En ese lapso mataron a su hijo de un tiro a quemarropa, vivió aturdido por la pérdida del joven con el que trabajaba todos los días y en medio de su duelo buscó al asesino en tres provincias. Hasta que lo encontró.

Debido a un cruel malentendido, a pocos días de la muerte de su hijo Mauricio, que tenía 19 años, a Kulczak lo echaron de la empresa donde trabajaba. Ocurrió que la policía, al reportar el incidente por la oficina de prensa, divulgó que su hijo era un ex convicto de Coronda. Fue un error involuntario: quien había salido de la cárcel siete meses antes era el agresor y no el agredido. Pero la confusión fue publicada en diarios locales y nacionales.

Kulczak les explicó a los dueños de la empresa que eso era un fallido y suplicó por su continuidad. “Lo sentimos, tantos medios no pueden equivocarse. Usted nos ocultó que su hijo estuvo preso”, le contestó un gerente.

“Perdí a mi hijo, ustedes dijeron que fue un delincuente y nunca más conseguí trabajo”, me dijo Kulczak.

Me hubiera gustado que blasfemara, que me encajara la piña anunciada. Pero no hizo nada. Le pedí de tomar un café. Me dijo que no podía porque su mujer estaba enferma pero me invitó a ir a la casa cuando tuviera tiempo.

Fui al día siguiente. La casa era Villa Gobernador Gálvez, en la calle Paraná. A tres cuadras de ahí un día de julio de 2004 varios jóvenes hacían las preliminares de la salida de un sábado. Una amiga de Mauricio Kulczak oyó una explosión que le hizo acordar el ruido de un aerosol arrojado al fuego. Enseguida lo vio venir tambaleándose, blanco como un plato y con la mano en la panza.

“Me disparó Macoco”, sollozó Mauricio. “No era para hacerme esto”.

Cinco minutos antes Hugo Vivas, el tal Macoco, había llegado al lugar donde cinco amigos tomaban cerveza. “Viste cómo te encuentro”, le dijo a Mauricio. Sacó una pistola oscura y desde dos brazos de distancia le disparó. Montó en el ciclomotor del herido, miró al resto del grupo y advirtió: “No se mueve nadie”. Le obedecieron. Todos lo conocían.

Mauricio se había encontrado varias veces con una chica que había sido novia de Macoco antes de que cayera preso en Coronda. Fue todo lo que asomó como móvil del homicidio.

Demasiada gente había visto esa ejecución frontal, a un metro de distancia y sin preámbulos. A los testigos eso les implicó una pesadilla. Todos terminaron esfumándose del barrio por un tiempo o mudándose.

A Kulczak ya no había nada que le infundiera miedo. Lo que escuchó del comisario y de la jueza del caso le parecieron estupideces de compromiso. Decidió averiguar él dónde había ido Macoco Vivas.
No era investigador. Pero empleó un sentido común parido en la lucidez de mil insomnios. Lo primero que quiso saber era dónde había ido a parar la Zanella 70 de su hijo. Los vecinos le dijeron que se la había llevado una pick up de una firma que rectificaba motores.

Supo que esa chata había llegado a una hormigonera de La Tablada. Preguntó si conocían a Macoco Vivas. Le dijeron que había trabajado ahí y que ahora estaba en un corralón de José C. Paz en el conurbano bonaerense.

Enlazó cada rastro previo con el próximo como buscando un tesoro. Llegó hasta San Luis. Allí se enteró que su trabajo era temporario y que en receso Macoco volvía a Rosario. Paraba en la calle San Juan a donde lo llamaban cuando se reanudaban los jornales.

Kulczak se volvió con la dirección y no más llegar se acomodó en la entrada de un garaje a esperarlo. El sereno le preguntó qué hacía. “Necesito ver a alguien. Me puede llevar varios días. No le voy a hacerle problemas”, le dijo.

Una noche advirtió a Macoco entrando a un pasillo. Controló su ansiedad. Dedujo que en algún momento tenía que salir. Kulczak llamó a sus dos hijos mayores. No tardó en surgir Macoco. Entre los tres lo siguieron y lo achicaron en un baldío.

Bajo los guiños amarillentos de las lámparas de sodio, arrinconado ahí, Macoco no era nadie. Enmudecido, sin ponerle la mano encima, Kulczak lo examinaba. Al fin habló. “Dónde dejaste el ciclomotor de mi hijo”. Macoco contestó que en una casa de Pueblo Esther. Se quedó callado un buen rato más hasta que le indicó a su hijo mayor. “Lo nuestro termina acá. Llamá al Comando”.

Volví dos veces más a lo de Kulczak. Al frente de la casa, parado hacía años, estaba el camión Fiat en el que viajaba con Mauricio. Tomábamos mate sobre el contrapiso de cemento en una mesa con mantel de hule. Después fui al juzgado de sentencia a buscar el expediente. La jueza estaba conmovida con la historia. Ordenó una copia del sumario entero y me lo dejó en la mesa de entradas.
En ese expediente, por si a alguien le interesa, hay una novela por escribirse.

“Esto fue una desgracia de gente de barrio. No quería venganza personal contra este muchacho que me quitó a mi compañero. Justicia nomás buscaba yo. Por eso se lo entregué a los policías”, dijo Kulczak.

Borges decía no creer en ningún Dios pero sí en la existencia de un propósito moral en el universo. A las cosas de su vida agostada Kulczak, a quien no vi sonreír nunca, había necesitado asegurarles un rumbo. Por eso se fue atrás de Macoco. En su orden no cabía otra cosa más que volverlo visible por lo que había hecho mal. Nada más eso.

Algo que puede resbalar como un detalle, y ninguna moraleja, me interesa de este asunto. Eso que leído no tiene la menor potencia en contraste con ser escuchado. No dudo que a esa frase la oreja biónica de mi hermano la habría captado como lo esencial.

En cierto momento Kulczak contó que lo había sentado a Mauricio, su hijo, frente al volante del camión a los 13 años. Y que lo había hecho en un lugar de una belleza insuperable que, a menudo, suele ser un lugar transfigurado por la añoranza.

“Le enseñé a manejar a mi compañero en la ruta 95, en el norte de Corrientes, cerca de Ituzaingó. No pasaba nadie por ahí, era una recta larga llena de naranjos a los dos lados. Al atardecer el sol se pone en medio de la ruta y pega una luz hermosa que hace brillar las naranjas en las ramas. Nos gustaba ese paisaje”.

En la melancolía del cansado toro polaco llegaba un poema de Yeats que hace años me dio Chies, un jefe en La Capital. “…Y recoge hasta que el tiempo y los tiempos acaben las plateadas manzanas de la luna, las doradas manzanas del sol…”

Ni por el pibe muerto, ni por quien lo mató, ni por la investigación, ni por la condena. Es por el paraíso fugitivo de Kulczak, por sus doradas naranjas del sol, que pienso en su historia todos los días. Tengo que ir allá alguna vez. Voy a ir.

Las doradas manzanas del sol, 
libro de cuentos de Ray Bradbury

POR HERNÁN LASCANO

lunes, 11 de agosto de 2014

C.A.S.L.A.

lunes, 11 de agosto de 2014 1
Tekila. Así se llama mi perra. Porque mi hijo quiso que sea con K, sin alusiones políticas. Mi hijo ya no vive en Rosario, por supuesto que soy yo quien la saca a pasear. Una vez caminábamos por Pellegrini y Tekila decidió que era momento de hacer sus necesidades. Número 2, para más datos. Ese día jugaba Newell's en el Parque, y un hincha leproso que por allí pasaba decidió que sería una buena broma tirar un petardo al lado de Tekila mientras la pobre hacía fuerza en esa retorcida posición que adoptan los perros para hacer caca. Por supuesto, Tekila no hizo nada, se quedó con las ganas, por el cagazo, si se me permite el juego de palabras. No soy hincha de Newell's. Soy de C.A.S.L.A., Club Argentino Sin Libertadores de América. Desde que nací escucho ese chiste que sólo es divertido cuando hay un hincha de San Lorenzo para sufrirlo. Supongo que lo tengo bien merecido: me hice hincha del Ciclón para sufrir. Probablemente haya tenido cinco o quizás siete años. Mi tío me quería para hincha de Boca, creo que alguien en mi familia alguna vez dijo que el tipo incluso me regaló el conjunto completo azul y oro, a lo mejor no me acuerdo o no quiera imaginarlo siquiera. Mi viejo era del Cuervo, imposible saber por qué, pero seguramente haya sido una de las pocas cosas decentes que intentó inculcarme. Solamente sé que ese día un televisor blanco y negro mostraba una indigna derrota de San Lorenzo por paliza cuando en la pantalla apareció la vapuleada hinchada saltando, cantando, gritando desaforadamente como si fuese una goleada (a favor) en una final de la Copa Libertadores, una de esas que nunca jugamos en 106 años. Desde ese día soy hincha santo, con altibajos, por supuesto, la pasión por los colores futboleros es bastante irracional, idiota y esquizofrénica. Mi mujer jura a quien se le cruce que yo la engañé, que la hice creer que no me interesaba el fútbol, y no mucho después pasaba dos adorables horas de sufrimiento cada domingo. Supongo que me conoció en uno de mis períodos de apatía futbolística. El título del '95 con El Bambino coincidió con una época personal de euforia azulgrana, días en que me dejé vencer por las cábalas. Un tipo absolutamente racional como yo se convenció de que una pelotita rosa de gomaespuma tenía poderes sobrenaturales. O quizás tenía miedo de que fuese cierto y arruinara la carrera del Pampa Biaggio o Panchito Rivadero. Con esa pelotita rosa lo dimos vuelta en pocos minutos frente a Mandiyú, un rival a todas luces accesible que nos venía complicando el partido, y mantuvimos la racha invicta ante Deportivo Español, Platense, Huracán, Talleres y el Boca de Maradona y El Pájaro Caniggia. Es cierto que privé a mis hijos de uno de sus juguetes, pero no alcancé a arrebatársela a mi sobrina, que la mordió justo cuando empezaba Vélez-San Lorenzo, que perdimos 1-0 casi desde el arranque. Era la prueba irrefutable de los poderes de mi pelotita rosa. Lo terminaban de comprobar las lágrimas del Bambino el día que La Chancha Mazzoni, vistiendo los colores de Independiente, se convertía al mismo tiempo en ídolo de Estudiantes y San Lorenzo, campeón después de 21 años de sequía. Llegarían tiempos más holgados con los récords del Ingeniero Pellegrini y ya me sospechaba rehabilitado de la adicción a las cábalas, pero la final de la Copa Mercosur fue demasiado para soportarla como un hombre íntegro. Lloré encerrado en la oscuridad de mi habitación, con el locutor radial como única compañía y un arsenal de amuletos desperdigados sobre la cama. Era el primer campeonato internacional. Justamente frente a Flamengo, ¿quién hubiese imaginado entonces que el Mengão terminaría por ganarse mi simpatía después de tantos viajes a Rio de Janeiro? Ese 24 de enero de 2002 archivé todas las cábalas de mi vida en una caja marrón, en lo más alto de la biblioteca. Supongo que había cosas más importantes por las cuales preocuparse, veníamos de la caída de De la Rua y ya habían desfilado Puerta, la semana dorada de Rodríguez Saá y Camaño, y Duhalde prometía dólares de todos los colores. Duhalde, hincha de Banfield.

No volví a pisar una cancha. Nunca más. Es hermoso ir a la cancha, clavarse un choripán en la puerta, pisar la popular y encontrarse de repente frente a ese verde infinito-casi-fluorescente, putear a un par de jugadores propios (Ameli era el favorito en aquellos tiempos, apenas tocaba el césped le llovían los "¡fracasado!" y "¡muerto!" mientras aplaudíamos a Coloccini, Erviti y El Loco Abreu), mear a las apuradas en el entretiempo, adivinar las jugadas antes de que ocurran, captar la atención del vendedor de cocacola sólo con una mirada, cantar salvajadas contra los bosteros. Pero ya sabemos cómo son de idiotas las pasiones futboleras, sentarse en la popular se había convertido en un ejercicio de supervivencia que no me causaba gracia alguna, por lo que decidí resguardar mi integridad física y sufrir a San Lorenzo por televisión. Lo adopté como batalla ética, "la mejor forma de combatir a los violentos es no ir más a la cancha". Todavía era hincha, de los buenos, y me enojaba con los que se consolaban en las derrotas argumentando que estaba todo arreglado, "si está todo arreglado dejá de mirar fútbol y ponete a hinchar por Las Leonas". Intuyo que finalmente me convencieron de que estaba (casi) todo arreglado y mi fervor azulgrana se fue al carajo. Incluso descubrí lo divertido que era hinchar en contra de la selección argentina, para los periodistas deportivos es más indigno que recibir un dedo en el culo. Son incomparables las miradas de pulsión asesina al celebrar un gol de Perú en Eliminatorias o de Thomas Müller en cuartos de final. Llegué a contemplar con desapego crítico el reciente Mundial de Brasil. ¿Juegan España-Holanda? Hinchemos por la Madre Patria. ¿Robben la rompió? Que Holanda aplaste a los aussies. En la final me divertí filmando con una cámara estretégicamente oculta las reacciones desmedidas de mi mujer, ya sabemos cómo se ponen las mujeres en los Mundiales, me juró que si subía el video a YouTube tendría que recoger mis pertenencias de la calle.

Y resulta que después se muere Grondona. ¿A nadie se le ocurrió recordar que era un mafioso, un joputas con mayúsculas desde la H hasta la A? Más lejos quedé todavía de mi propio hincha, cuando la clasificación caminando ante Bolívar me recordó que C.A.S.L.A. seguía siendo el club sin Libertadores.

Hubo quien me señaló días atrás la inclinación natural del hincha de fútbol por hacerse de cábalas ante los momentos trascendentes de su equipo. "Las cábalas no se inventan, aparecen", le dije con altanero tono de filósofo moderno. Mi interlocutor era Hernán, no yo, claro, el otro Hernán que escribe en este mismo blog sobre temas mucho más interesantes y pertinentes. Hernán, hincha de River, no sabe que hace un par de días revolvía viejas cajas que juntan mugre en algún rincón cuando me encontré con un pequeño escudo de San Lorenzo. Quizás sea del '95, a lo mejor más viejo todavía. Tiene apenas dos centímetros de largo. C.A.S.L.A., dice, en letras ínfimas doradas sobre la chapa azulgrana. Ya sufrí el empate agónico de los paraguayos en la ida con mi nuevo-viejo escudito en el bolsillo. Voy a sufrir la final en mi nuevo televisor de 42 pulgadas, HD, donde todo se ve como en la popular. El tele está en mi habitación, mi perra Tekila eternamente a los pies de la cama, siempre rascándose las pulgas e interrumpiendo mi visual en el momento menos apropiado. A lo mejor se convierte en cábala.

Difícilmente vuelva a ser el hincha de la pelotita rosa. Pero ya es hora de que cambien ese chiste viejo, obvio, aburrido. Ya fue suficiente. Los bosteros, que se hacen pis en la cama la noche antes del clásico con C.A.S.L.A.; los gallinas, que tienen dos Libertadores en cuatro finales pero también se fueron a la B; los del Rojo, que para qué dar detalles acerca de su presente; los de Racing, que siguen celebrando un gol en blanco y negro; los canallas, que alguna vez fueron gentlemans que reprimían las burlas dirigidas a sus buenos primos; los leprosos, que se muerden los codos cuando se dan cuenta de que tranquilamente podrían estar jugando esta final e incluso salir campeones sin demasiado mérito... ¿Todavía estamos a tiempo de perderla? Claro que sí, si nacimos para sufrir. ¿Club Argentino Sin Libertadores de América? Sí, y nadie se murió por eso. Si le preguntan a Tekila, lo único que importa es que un hincha no te tire un petardo mientras hacés caca en avenida Pellegrini. ¿Ganar la Libertadores? Qué lindo sería...

POR HERNÁN MAGLIONE

miércoles, 16 de julio de 2014

Memoria, helado y gol

miércoles, 16 de julio de 2014 2
Durante el Mundial me pregunté una vez más cómo hacen los periodistas deportivos para recordar tanta estadística futbolística útil e inútil. Leo en una página web: “Resultados: 2-1, 15 veces; 1-0, 11 veces; 0-0, 6 veces....”. El conteo de presidiario sigue y aún no entiendo qué suma.

Más.

Dos de los 32 entrenadores “tienen pasado como maestros escolares: el uruguayo Oscar Washington Tabárez y el alemán Ottman Hitzfeld, muy riguroso en sus clases matemáticas”. Un dato tan interesante como ver un documental de suricatas un sábado a la noche.

Otra. Estadística cabulera; “Argentina nunca perdió una semifinal”. ¿Este dato implica que no puede haber una primera vez si los equipos cambiaron tanto como el tiempo?

La última.

“El (jugador) de más metros recorridos hasta el momento es Celso Borges, con 60 kilómetros y 421 metros”. ¿Se refieren al mediocampista de Costa Rica que juega en Suecia o a un fondista?

De todos modos, algo me llama la atención y me provoca envidia, más que este festival del recuento. Me sorprendo al escuchar cómo mis compañeros de deportes del diario o algunos hinchas recuerdan al detalle jugadas y goles. “En el 88, en la penúltima fecha, Independiente le ganó 2 a 1 a Deportivo Armenio y salió campeón”, me contó alguna vez un fanático del Rojo antes de comenzar a describirme cada gol de Bochini durante ese año. Con precisión obsesiva y lujuriosa lograba meterse, 26 años después, en esa cancha.

En otra oportunidad escuché a un hombre bastante mayor que podía relatar sin parar cada gol de Omar Sívori, como si los hubiera convertido ayer. “En el 54, Sívori tenía 17 años, y jugaba en River. Entró contra Lanús, nada menos que para reemplazar a Labruna, y anotó el quinto gol a los 41 minutos del segundo tiempo. Era un capo, lo vendieron a la Juventus de Turín y con ese dinero, los millonarios terminaron de construir el Monumental...”, me dijo.

¿Cómo pueden? ¿Los hinchas recuerdan con la cabeza o con la pasión? No podría memorizar algo así salvo espiando en el Google aunque cuando apago la computadora me olvido.

Me fascina esa capacidad del futbolero profano: almacenar y recordar datos. Creo que lo logran porque estudian. Sí, muchos de ellos no lo saben pero estudian más que un alumno de la facultad. Si el partido se juega un domingo, leen y escuchan todo lo que pueden en la previa. Si van a la cancha, se calzan los auriculares (antes se pegaban la Spica en la oreja). Escuchan lo que están mirando. Cuando salen comentan lo vivido: analizan, charlan y discuten. Después ven otra vez las jugadas por la tele. Y el lunes (por eso la sección deportiva es venerada el primer día de la semana) van a un bar, agarran el diario, sacan el suplemento deportivo y desechan el resto. Leen el partido otra vez. Los futboleros estudian porque les gusta el fútbol. Lo que gusta, lo que seduce, se aprende. Y lo que emociona también, aunque esa emoción tenga algo de bochorno.

De eso sabe bastante mi papá que hace años me cuenta el mismo gol.

Mi papá nació en Chabás. Ahí se hizo hincha rabioso de Racing (antes de vivir en Rosario y convertirse en un hincha enfermo de Central). El 4 de noviembre de 1967 Racing jugaba la final con el Celtic de Escocia por la Copa Intercontinental, en Montevideo. Mi papá tenía 30 años y mi mamá, 24.

Decidieron ir.

Mi mamá, también de Chabás, conocía su pueblo, un poco de Rosario, y algo de pasada Buenos Aires. Nada más. Por eso siempre cuenta que ese viaje en barco a Montevideo fue “lo más” para ella. Todo era una novedad. Tal es así que cuando entró al estadio Centenario y lo vio atestado de bote a bote, le preguntó a mi papá: “¿Cuántos millones de personas hay?”.

Cuando llegaron a Montevideo, cambiaron dinero en el centro y compraron dos plateas. Primer bochorno. Dicen que al llegar al estadio Centenario hicieron una larga cola. Y cuando las entregaron escuchó: “No pibe, estas son falsas”. Dieron vuelta como poseídos por toda la cancha hasta que consiguieron dos populares. Entraron.

En Uruguay las cosas no estaban bien ni en lo social ni en lo económico ni en lo político. Había cierto rencor con los argentinos que se potenciaba, como suele pasar, con el fútbol. Mi papá hace la lectura de ese momento desde lo gastronómico.

Dice que fueron a cenar y pidió un bife. “Si querés comer carne andá a tu país”, le sugirieron. Segundo bochorno.

Uruguay atravesaba un contexto generalizado de crisis: sueldos congelados, precios por las nubes y una inflación del 182 por ciento. No sólo escaseaba la carne. O sea, el horno no estaba para bollos y mucho menos para tolerar el entusiasmo futbolero extranjero, en un país que se había quedado fuera de la Copa Libertadores. En ese contexto, mi papá y mi mamá entraron a la cancha, poblada por simpatizantes de Peñarol que hinchaban para el Celtic.

“Mirá”, le dijo mi papá a mi mamá, “tenemos que llegar hasta allá arriba, si alguien te mete mano debajo de la pollera no digas ni mú o se arma”. Mi mamá que era (y es) una mujer muy linda llevaba puesta una minifalda de la época, color tostada, una camisa escocesa, mocasines y cartea al tono. Y así, asustada y advertida, enfiló sin chistar hacia lo alto de la popular.

Según mi papá, que apela como buen futbolero a su memoria, el partido no era gran cosa pero se sentía áspero.

A los 37 minutos del primer tiempo cada equipo se quedó con un jugador menos: Alfio Basile y Lennox. Y en el arranque del segundo, el árbitro paraguayo Rodolfo Pérez Osorio le sacó una polémica roja a Jimmy Johnstone, figura de el Celtic. Mi mamá miraba como si todo fuera su primera vez. Todo. Hasta que empezó a aburrirse y vio pasar a un heladero.

Minuto 52 del partido. “¿Me comprás un helado?”, dijo ella. El con cierto fastidio se dio vuelta y llamó al heladero.

Minuto 54 del partido. El tipo se acercó a ambos desde arriba, subió un pie en un escalón y sobre la pierna apoyó la heladerita de telgopor. Buscó el helado.

Minuto 55. El heladero le dio el helado a mi mamá y mi papá sacó la billetera y le dio la espalda a la cancha. Impaciente, mirando hacia atrás y hacia delante, esperaba el vuelto. De golpe, en un segundo, miró cómo todos los hinchas que entraban en su campo visual gritaban Goooooooooooooollllll. Detrás de su nuca, Gooooooooooooolllllllllllllll. Era el minuto 56 del partido. Gooooooooooooooooooooooooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!

El Chango Cárdenas había metido un zurdazo de media distancia. Mi papá no lo vio.


“Cárdenas, abierto Maschio a la izquierda, Cárdenas, gooooooooooooool de Racing, terrible impacto de Cárdenas, la Argentina en ventajaaaaaaaa”. Así lo grito Fioravanti. Así, en blanco y negro, lo escuchó mi papá al llegar a Rosario. Así lo cuenta él, una y otra vez de memoria, hasta el día de hoy. No se olvida más de ese viaje, ni de la genialidad de Cárdenas, ni del helado.

POR LAURA VILCHE

viernes, 11 de enero de 2013

El tocador de culos de la laguna de Melincué

viernes, 11 de enero de 2013 2
No pasaba nada, cada uno tragado en la opacidad de su pantalla, el tedio pegado a las caras como una mancha de humedad, ni siquiera voluntad de mover las patas hasta el dispenser de agua para hacer el mate. Uno arma estrategias para escaparle a la muerte pero en ese arranque de sábado lo más digno era morirse. Igual no hay que hacerse ilusiones. En la Redacción la muerte nunca llega. De llegar tendríamos la confirmación de que está pasando algo. Nada de eso. En la Redacción se vive en modo de ahorro de energía, 40 pulsaciones por minuto, una suspensión amodorrada que sólo se interrumpe para que nos cercioremos de que no estamos muertos. Apenas muriendo de a poco.

Alguien de la Secretaría dijo que parecía que le habían robado una fortuna a un ferretero en su casa en la zona sur. Es inimaginable, cuando un superior sugiere que algo pasó, el sesgo tenebroso y depravado contenido en la palabra parece. Ese odioso vocablo es como meterse en el Riachuelo: el agua está ahí pero a medio centímetro de profundidad es imposible ver o encontrar nada. “Che, parece que hay cuatro muertos por Pellegrini al fondo”. “Parece que a Luciana Aymar la violaron en un bar del Paseo del Siglo”. “Hay un asalto en una financiera y lo tendrían de rehén a Julio Orselli, parece”. El camino más corto de lo improbable al delirio es la palabra parece.

Con la agilidad de una grúa nos pusimos en marcha. Ni la comisaría de la zona, ni el comando radioeléctrico ni el tribunal de turno tenían la menor de lo que preguntábamos. Encaramos al secretario y le dijimos de dónde había sacado el asunto. Así nos enteramos que la especie se había originado en un ex mandamás de la Redacción que, parece, era vecino del ferretero saqueado. 

Allí fue nuestro man. Tras horas mendigando en las tinieblas con los datos nulos o inexactos que se ofrecen para hallar oro ubicó el domicilio de la víctima a tres cuadras del lugar indicado. La puerta de la casa se abrió y apareció una mujer que confirmó ser la esposa del comerciante. A los minutos asomó el ferretero. Era jubilado, había pasado los 70 largos pero seguía en su negocio. Comentó el redactor que se lo veía contrahecho, como extraviado adentro de su ropa, con una expresión de resignación transferida de la cara al cuerpo todo.

La mujer empezó a hablar, él parecía no tener las fuerzas para hacerlo. Ella contó que la tarde del día anterior tocaron el timbre de su casa dos hombres de buen aspecto, bien vestidos y sobrios. Estaba sola porque el ferretero a veces aprovechaba la hora de la siesta para ir un rato al casino. Con un ardid los tipos se metieron en la casa, la dieron vuelta de arriba abajo y se llevaron un cuarto de millón de pesos.

“Menos mal que él no estaba —decía, protectora y resignada, señalando a su marido— porque se habría mortificado mucho sin poder hacer nada. Ya ve, estamos indefensos, somos gente grande”.

Cuando terminó el relato el hombre, que había permanecido alicaído, casi ausente hasta allí, se levantó para acompañar a la puerta al periodista. Cuando estaban en el umbral le puso una mano en el hombro, paternal, con una bondadosa sonrisa de abuelo a prueba de cualquier tribulación.

Fue el gesto anticipatorio de unas pocas palabras. Le dijo que se sentía agradecido de que un diario importante llegara a su casa a preocuparse por lo ocurrido. Pero que eso lo obligaba, ahora que su mujer no oía, a sincerarle algo más.

“Mire muchacho, que nos robaron es cierto. Pero cuando entraron esos tipos a casa yo no estaba en el casino. Estaba enfiestado en un mueble. Me di una biaba bárbara con dos negras divinas.”
Pocas cosas tienen vitalidad más sublime que el momento en que un periodista cuenta la buena historia que trae al llegar a la Redacción. Sobre todo, como fue este caso, si el relato reproduce gestos y climas del contacto humano. La distancia entre apariencia y revelación inesperada, el salvaje contraste entre la fragilidad del viejo y su disoluta maratón sexual, el tono en que el asunto fue reportado oralmente por nuestro compañero hizo que nos mandáramos abajo de los escritorios rugiendo como indios apache. Varios querían ir ahí mismo a conocer al viejo.

Pero cuando dejamos de reírnos llegó el soplido de frustración. Saber que la parte más alucinante del suceso era la más reservada, que sólo había sido dicha bajo un compromiso tácito de privacidad y por lo tanto no estaría en el diario del día siguiente.

Qué decepción. Deshacerse justo del detalle que uno se muere por compartir es un costado ingrato del oficio. Acá no hay discusión sobre lo que debe obviarse. Pero esto nos lleva al problema siguiente. ¿Cómo abordar lo impronunciable? ¿Qué hacer con lo indecible? ¿De qué modo arreglárselas para no mandar al destierro a esos detalles poderosos cuya mención puede producir dolor o mandarte a Tribunales?

Ocurre que en este terreno baldío hay cosas por diferenciar. Por supu que hay situaciones o pormenores a no difundirse. Pero esto a veces nos hace pecar por exceso. Y en esas desmesuras rebanamos algo que es un tremendo quebranto en el periodismo actual.

Con frecuencia diaria me pregunto por qué el sentido del humor es un bien negado en los textos de un diario. En La Capital el humor no existe como pretensión o como pauta. Cuando se deja ver se infiltra involuntariamente y de la forma más ruinosa. Por ejemplo, cuando en un suplemento aparece la publicidad de un alimento para perros ilustrada con la foto de un gato. Más gracioso y más trágico cuando aparece por segunda vez en el mismo suplemento a la semana siguiente. O cuando en un epígrafe que intenta anunciar la proeza del goleador del clásico de un pueblo, el verdugo de Arequito, se produce una inversión de tipeo entre la d y la g de verdugo, concediendo al delantero un poder extrafutbolístico de horrendas resonancias.

Raro porque los efectos de comicidad producen adhesión, ya lo escribió Freud hace mil años, y el humor está en la calle todo el tiempo, impregnando cada cosa de la que los medios se ocupan. Lo pensaba el día de la tormenta pre saqueos que inundó la ciudad, arriba del 123, cuando escuché a una mujer que, celular en mano, le decía al chofer:

—Pensaba mandarle un mensaje a mi hermana pero se murió...
—¿Qué hermana?
—El teléfono, pelotudo...

¿Por qué en una nota que refleja los problemas que tuvieron los usuarios de servicios por el temporal no hacer entrar de costalete algo así? En todo caso, qué decir, podemos suavizar, cambiar pelotudo por mamerto, aunque no es lo mismo.

En Policiales, donde la materia usual que entrama los textos es la tragedia, el humor tiene una sinuosa omnipresencia. Si nos referimos centralmente al sufrimiento y a la muerte es complejo abordar este rasgo. Pero así como no hay velorio donde no se hagan chistes, en casi todo drama policial rezuman costados satíricos que pueden ser explosivos, casi siempre relacionados con la violencia, la sorpresa o el sexo. “Esa vieja costumbre inglesa de bromear en medio del dolor”, dice De Quincey en Asesinato como una de las bellas artes.

En medio de la investigación de un crimen impresionante, hará unos cinco años, voló de su puesto el jefe de Homicidios. Un farmacéutico que había sido baleado en su negocio apareció dos meses después atado con alambre de pies y manos adentro del baúl de un auto con un tiro en la cabeza y un fajo de billetes en la boca.

La pesquisa arrancó con sugerentes oscuridades. La manejaba un juez fogueado en una ida y vuelta entre la política y el mundo jurídico, con más cancha y mañas que el Coco Basile. El tipo cazó desde el arranque que el oficial que manejaba la investigación policial coincidía varias veces en el mismo lugar con la mujer de la víctima. El que terminó de pescar que la cosa era más que casualidad fue el secretario penal. Finalmente el juez llamó al cana y se encerró con él en su despacho.

“Me dicen que usted habría trabado relación con una testigo que sobrepasaría intereses estrictamente investigativos”, dijo el juez.

Viéndosela venir, el policía aceptó con la cabeza.
“Si entiendo bien –dijo el juez– usted me reconoce que se está garchando a la mujer del muerto”.

"Sí”, dijo el policía.

“Estimado, yo no soy un moralista. Cójase a quien quiera y donde quiera, pero no en un expediente mío. Despídase de su puesto de jefe de Homicidios”.

Miles de anécdotas graciosas recorren la producción de una nota. Hace un par de años recibí una lección de didáctica policial al preguntar a un comisario cómo habían dado con el ladrón de un empresario de Alberdi. El tipo engoló la voz y, menos por motivos éticos que prácticos, echó un sermón contra la tortura. “Yo estoy en contra de los apremios ilegales porque te pueden anular una investigación. Pero si uno busca un acto de sinceridad no hay nada como un golpe bien puesto. Sobre todo ruidoso. Yo lo llamo el bife pedagógico. Lo más efectivo es el ruido. Se quedan con la boca abierta, después hablan y la próxima antes de ponerse insolentes lo piensan”.

Yo pido humor en el diario. Ahora, ¿cómo cazzo reportar lo del bife pedagógico? ¿Cómo el trasfondo del relevo del jefe de Homicidios? Hay una línea de alta tensión entre derecho a la intimidad y a informar con veracidad, entre legítima pretensión satírica y necesidad de no ofender, entre lo relevante y lo irrelevante, entre lo constatable y la desmentida o la amenaza del juicio. Implicarse en la comicidad requiere además de una gran destreza narrativa: para desatar un efecto de hilaridad sin irse al alambrado hace falta una sutileza que no se aprende en ningún taller de Redacción.

Pero poniendo tanto celo en salvarnos de un reproche, aunque acaso más que nada por la escasa inclinación a experimentar, a zafar del molde, en los diarios nos tragamos el humor cotidiano. Los textos suelen ser un embole, como armados por un mismo viejo resentido que sólo quiere jubilarse y uno termina encontrando en la soltura de los blogs un refugio atómico contra los bodrios. Tom Wolfe, que generaba efectos eléctricos con un sentido humorístico exuberante, protestaba contra los escritos periodísticos diarios, que le parecían un plomo como la voz típica del locutor, algo tan horrible como descubrir que la persona que te gusta usa calzones “de tono beige pálido”.

No se reduce a eso, pero la disyuntiva a menudo pasa por resignar un elemento magnífico o que te esperen a la salida del diario para cagarte a trompadas. El año pasado fue el juicio en el que condenaron a dos hermanos que en un campo de Córdoba mataron a un productor agropecuario de San José de la Esquina y a su pareja. El tipo era popular en su zona, militante agrario, uno de los ricos del pueblo. Se llamaba Tito y tenía 71 años. El caso reunía los ingredientes para convertirse en gran historia de fin de semana y por eso mandamos a un corresponsal a armar un perfil a la zona.

En las charlas sus vecinos históricos fueron unánimes en definir a Tito como prepotente, muy fácil de engranar e irse a las manos por nada. Recordaban además que tenía una locura total por las mujeres, cualidad que no decaía con los años.

El informe que mandó el corresponsal estaba lleno de coloridas anécdotas de personas que lo conocían. Todas coincidían en lo mismo: un tipo soberbio, frontal, algo avaro y con las mujeres más caliente que una estufa. Entre todas las historias sobresalía una con el que el reportero, no mal rumbeado, cerraba el informe.

La contaba una mujer que había hecho la secundaria con el finado. Un domingo de verano de hace cincuenta años un grupo de amigos hizo una excursión a la laguna de Melincué en un camión jaula, de esos que se usan para transportar ganado. El calor en la orilla, la cantidad de gente, los cuerpos apretados y con poca ropa produjeron una peligrosa combustión en el voluptuoso y juvenil cerebro de Tito. El tipo se volvió loco, infló los pulmones para sumergirse y desplegó todo su ardor bajo la superficie.

El testimonio de la mujer me lo acuerdo de memoria. “Fue como un desesperado y les tocó el culo abajo del agua a todas las chicas que pudo. Lo tuvieron que sacar entre varios muchachos amigos porque querían lincharlo. Lo metieron en el camión y se quedó toda la tarde ahí encerrado, agarrado de las rejas como un preso, mirándonos con tristeza sin poder salir por lo que había hecho”.

Pobre Tito, convicto del delito de impudicia acuática en una olvidable playa del sur santafesino. Pobre también del pacato que privó a esa nota de un majestuoso cierre con esa cita textual. Mejor ni averiguar quién fue.
POR HERNAN LASCANO

lunes, 31 de diciembre de 2012

Harto de Messi

lunes, 31 de diciembre de 2012 3
Esta Navidad no hubo mucho Papanoel, ni películas temáticas en Canal 3, ni siquiera demasiada pirotecnia. Hubo sí saqueos en Rosario, pero ni siquiera eso alcanzó para que la carita de Lionel Messi dejara de aparecer día y noche en cualquier medio impreso, audiovisual o digital que se precie de tal. De milagro no lo vimos disfrazado de Santa Claus (poco faltó para que LaCapital.com.ar publicara una foto del futbolista posando con un gorro rojo, hasta que se descubrió que la imagen era de 2006). El impecable John Carlin escribió hace unos días que Leo Messi fascina al planeta cuando tiene el balón en sus pies y carece de interés público cuando no. Lo segundo no ocurre en Argentina, mucho menos en Rosario.

Era previsible que un tipo que hizo 91 goles en un año fuera elevado al rango de semidiós en el rincón del mundo que lo vio nacer. Pero resulta que a Messi lo sacan en camilla y es noticia de tapa, le emboca tres al Raja Casablanca y es récord de algo, firma quince autógrafos con una cara de traste inimitable y el video está en todos los portales, va a la casa de la tía y es el titular más leído del día, y no hay más sobre Messi porque nadie pudo averiguar si en Nochebuena cenó pollo o chancho. Messi, Messi, Messi y Messi, harto ya estoy de ese endiablado gambeteador.

El tipo es insuperable, no hay ninguna duda. Basta verlo acomodar el cuerpo después de meter un enganche imposible y antes de clavarla en el ángulo para entender que es imposible que exista otro como él. En este mismo blog alguien escribió alguna vez sobre el muchacho del diez en la espalda, por cuestiones extrafutbolísticas pero sin que el autor pudiese evitar dejar en claro su admiración por las cuestiones futbolísticas. Eran otras épocas, ahora ya cansó. No Messi, quien se muestra poco afecto a todo aquello que no incluya una pelota rodando delante de sus pies, sino los titulares que se enorgullecen de que nuestro rosarino haya batido el récord de asistencias en una temporada, el récord de goleador en mayor cantidad de finales, el récord de pichichis, el récord histórico de goles en una primera vuelta y el récord de platos de fideos comidos en una concentración del Barça. Los medios me hicieron odiar a Messi.

Hastiado estoy de ver su cara cada vez que prendo el televisor. Y es que no puede ser que alguien tan genial, que puede hacer cosas tan emocionantes sólo con sus pies y un balón, tenga además tanta suerte. No debería ser justo que un mortal con semejante don sea el poseedor de la mejor de las fortunas. Y con fortuna no me refiero al dinero, estoy seguro de que a Messi no le interesan demasiado las cuentas bancarias, las tasas de interés en Europa, ni siquiera el nuevo descapotable o una lanchita, a Messi solamente le importa la pelota, tener una pelota entre sus pies, tener pies para patear una pelota. No le interesan ni los botines Nike, ni Hugo Chávez, la muerte de un oso polar o El Hobbit a 48 fotogramas por segundo, le interesa la pelota.

Cuando hablo de fortuna me refiero a que el arquero del Benfica bien podría haber lesionado a nuestro héroe cuando le faltaban dos goles para alcanzar el record del Torpedo Muller. Y también que al tipo todavía le quedaban cuatro partidos para lograr la gran proeza, y va y los mete en el primero nomás. Dolina dice que Messi ni siquiera tiene la épica de otros futbolistas que consiguen una hazaña en el último minuto, con el hombro dislocado, el árbitro en contra y los once rivales colgados del travesaño. No, ni siquiera eso, Messi siempre la hace fácil. Gambeta grácil, pique imparable, sus compañeros se la devuelven redonda, tic tic, enganche milimétrico, zurdazo inalcanzable y el arquero contrario revolcado comiendo pasto. Todos estamos esperando en cada partido el mejor gol del mejor del mundo, y el tipo lo hace, listo. Está en otra dimensión. Tiene la suerte de Palermo y el Gallego González juntos, y el talento de Maradona y Pelé. ¿Cómo no odiar a alguien así?

Y si no tiene épica, menos todavía carisma, verborragia o siquiera temperamento. Cuando no hay una pelota a menos de cien metros Messi es anodino, desesperantemente insípido. Imposible que produzca un título decente, da igual escuchar una declaración suya de noviembre de 2009 o de ayer, siempre dirá lo que se debe decir en frases jamás superiores a las siete palabras. ¡Y ese peinado! En esa cara que no aporta nada, que parece un personaje de South Park, que bien podría estar sobre el cuello de una maestra de Instrucción Cívica o de un asesino serial mientras degolla degüella a su víctima, es lo mismo.

Y todavía queda mucho Messi por delante. Falta el record de Pelé y el campeonato del mundo con Argentina, falta que en una temporada haga solamente 32 goles y todos los programas deportivos se pregunten qué le está pasando, que erre un penal en las eliminatorias, que lo silben, que eluda a los once rivales él solito en una sola jugada, que lo ovacionen, que haga 105 goles en un año y que invente una nueva forma de pegarle a la pelota. ¿Qué va a hacer Messi en enero, cuando vuelva la liga? Un golazo, claro. Y dos asistencias. Como para no odiarlo. Pobre Messi.



POR HERNAN MAGLIONE

jueves, 29 de noviembre de 2012

El rediseño de La Gaceta de William

jueves, 29 de noviembre de 2012 5
La consultora Visión estaba integrada por un diseñador gráfico daltónico y por un periodista que se destacaba por sus problemas de sintaxis y ortografía, aunque descollaba por su paupérrima dicción. Viajaban por todo el mundo ofreciendo tres formatos de periódicos que usaban según su conveniencia: el sensacionalista, el conservador y el "popular sin mayores pretensiones". Se conocieron dos meses después de haber sido despedidos del diario donde trabajaban, aunque nunca se habían visto, porque rara vez concurrían al mismo. Juan Scarpio, el periodista, era un especialista en ecología y organizador de marchas en defensa del tatú carreta. Alensio Alugio diseñaba panfletos y revistas de distribución gratuita, porque no quería “venderse” a los grandes grupos empresarios. Ambos vivieron durante algunos años en La Miseria, una pensión que habitaba la bohemia artística y creativa. Y también ellos.

El diario
La gaceta de William había sido creada en 1807 por el pastor William O'Klein "para divulgar la palabra del Señor y fomentar el maltrato a los esclavos". Fundada en un pueblo con pocos habitantes alfabetos, fue conocido durante muchos años como "el único periódico que respeta la tradición oral". Sus textos, que mayormente se divulgaban de boca en boca, adquirían intencionalidades varias según el emisor del mensaje. De estilo conservador, tuvo en sus primeros años un rígido control de su contenido por parte de un comité de ética conformado por el mismísimo pastor y su hija, "la casta Margaret". Casi dos siglos más tarde ese seguimiento ético había dejado de hacerse. O'Klein y Margaret habían fallecido. Muchos años después, a comienzos de la década de 2010, William O'Klein XV pretendía mantener vivo el espíritu de su fundador aunque no su ideología. En tres años había cambiado cuatro veces de línea editorial. Fue, por ejemplo, ecologista en 2008, cuando los Verdes de Wichita pusieron un aviso dominical de página impar. Sin embargo, al poco tiempo defendió la instalación de la curtiembre Marshall, cuando sus dueños encargaron un suplemento, y se preguntó en tapa “¿Qué pretenden los sucios verdes?”. La búsqueda de una identidad era una constante y la pérdida de lectores un hecho que se acentuaba con el tiempo.

Las razones
El directorio de La gaceta no encontraba una explicación a la disminución de las ventas. En una de las tantas reuniones que se hicieron en el Salón de las Decisiones para evaluar este tema, el gerente comercial propuso publicar más suplementos de tejido y jardinería para “levantar la tirada”. El jefe de la planta impresora arriesgó: “Debe ser el papel… está viniendo muuuuuy malo”. La coordinadora de Marketing intentó con “hacer una campaña viral, a través de YouTube”. Y el mozo del bar de enfrente, que estaba sirviendo los cafés, dijo tímidamente “¿No tendrá que ver con el contenido periodístico?”.

“Muchas preguntas, pocos lectores” decía por esos días O'Klein XV, cuando no encontraba una explicación al dilema. Hasta que una noche en su casa abrió la Biblia y encontró la respuesta. En la página 48 había un volante de una consultora periodística. “Dejamos tu diario como nuevo” prometía el encabezado.

El desafío de Visión 
Scarpio y Alugio llegaron al diario con una serie de reconocimientos. Habían estado por América latina y el Caribe durante casi una década en varios medios impresos, muchos de los cuales ya habían desaparecido.

Para este trabajo Visión propuso una serie de reuniones a puertas cerradas. El hermetismo era tal que incluso una vez no pudieron salir de la oficina. La máxima de Scarpio, “Cuanto más sorpresa haya, más impactante será el cambio”, era en realidad, según sus propias palabras, “Si empiezan a ver cómo es la cosa, le van a buscar el pelo al huevo”.

Estuvieron así algunos meses, cobrando un sueldo superior al jefe de redacción, hasta que una tarde presentaron un pretencioso Manual de Estilo. Era un conjunto de hojas A4 abrochadas por el borde superior izquierdo. La primera era una carátula. La segunda tenía un prefacio. La tercera, una serie de agradecimientos. La cuarta una introducción. Y finalmente había dos páginas de desarrollo.

-Se preguntarán por qué tan poco, dijo el diseñador, que lo presentó ante el directorio. Taim is mani, dijo en un precario inglés sonriendo ante el auditorio.

Y leyó algunos ítems del capítulo “Consejos para que esto cambie”:
-Cambiaremos el formato a la mitad del actual. De este modo ahorraremos papel y espacio para llenar.
-Toda nota tendrá como máximo dos párrafos breves de cinco líneas cada uno. A la gente no le gusta leer.
-Los títulos incluirán, en lo posible, una duda. Para que el lector se interese hay que preguntar. “¿Sabías como le dicen al pastor?” es un buen ejemplo.
-Publicaremos una vez por semana un póster a dos colores, "La chica William", con una vecina ligerita de ropas.
-Hay que aprovechar la tecnología a full. Podremos copiar textos de Internet haciéndoles mínimos cambios. Es increíble cómo ahorraremos trabajo e, incluso, mano de obra.

La exposición siguió durante pocos minutos más hasta que concluyó con la presentación de un afiche.
-Este será el eslogan de la campaña callejera, gritó exultante. Así, en letras rojas y grandes, “Cambiamos porque usted cambió”, dijo orgulloso mientras señalaba una tipografía decididamente verde.

Luego de unos eternos minutos en que nadie dijo nada O'Klein XV comenzó a aplaudir tímidamente. En segundos eso se transformó en algarabía y en un canto futbolero: “No se va, La gaceta no se va, La gaceta no se va, La gaceta no se va!”. Todo en inglés, por supuesto.

Fuera del Salón de las Decisiones los periodistas, diseñadores y fotógrafos aguardaban expectantes. Eran las 22 y el diario estaba cerrando. Hasta que el director salió y dijo, efusivo:
-Muchachos… cambia todo! La edición de mañana sale con el nuevo formato y diseño!!!!

Decisiones apresuradas 
El primer número de la nueva etapa no se vendió como se esperaba. En realidad, no se vendió. Apareció tres días después de aquella noche y un día antes de la publicidad callejera que anunciaba el cambio.

Sin embargo a medida que los lectores conocieron el nuevo diario dejaron de comprarlo. Las ventas cayeron y algunos anunciantes desaparecieron. También muchos empleados emigraron en busca de otro medio donde trabajar.

Este desastre, no obstante, no pareció afectar a los descendientes del pastor O'Klein. A casi un año del rediseño, los integrantes de Visión estaban en un nuevo proyecto en Angola y el director de la Gaceta cerraba las puertas del bicentenario medio con un interrogante: “Tal vez la gente no esperaba ese cambio”.


POR JUAN C. ESCOBAR

jueves, 23 de junio de 2011

Ni Ibn Hazem, ni Ibn Jaldun

jueves, 23 de junio de 2011 1
"Giralda", de Marino Carlos *
Para iniciar la conversación apelé a los tópicos más obvios, redundantes y predecibles, como para asegurarme un código común, la empatía, digamos. Pindapoy, Naranjo en flor, esas cosas. Trinaranjus fue más difícil de explicar, para no hablar de la mención de Mónica y César, totalmente fuera de lugar, según me quedó claro apenas la proferí, al notar la apatía de mis interlocutores, sí, los nombré a ellos, no sé, como famosos naranjeros argentinos, me imagino, ya a esa altura habitaba yo una suerte de turbión, doctor, pero todo había empezado muchas horas antes aquel día, y yo creo que fue la rima, el nombre, algo, en ese simple cartelito, que me resultó extraño y sorprendente, y que de alguna manera disparó todo lo que vino después, de lo que me hago plenamente responsable, claro, pero intento responder a su pregunta acerca de las circunstancias y los disparadores de los lamentables sucesos que protagonicé y de los que nunca voy a terminar de disculparme. El cartelito me llamó. Y fue irresistible. Era apenas una hojita húmeda, desamparada, azotada por la lluvia. Un papelillo adherido a un muro, en una estrecha callejuela de esta maravillosa Sevilla. Pero tenía un mensaje para mí, según pensé en aquel momento mientras intentaba resguardarme del chubasco bajo angostos aleros. "Pérez Galdós, 2", decía, así, sencillito, real en su modesta existencia. Y ahora, días después, vuelvo a Sevilla para explicar lo sucedido entonces, y compruebo que ya no existe el negocio aquel, al que aquella vez llegué gracias a la indicación del letrerito. No, ahora vive allí un pintor, pero antes en ese local vendían "setas mágicas", tal como indicaba el minimalista, poético mensaje que fue el disparador, principio y causa eficiente de los sucesos que luego se desencadenaron: “Setas mágicas. Pérez Galdós, 2”, decía el cartel. Eso decía. Poesía pura, haiku perdido de Basho, treinta caracteres cargados de significación, al menos para mí doctor, que en medio de la lluvia, caminando sin rumbo fijo, me encontré con ese mensaje cifrado. Y me lancé entonces a buscar el misterioso sitio entre las laberínticas callejuelas. No fue fácil hallarlo. Sin indicación alguna más allá de un diminuto “dos” sobre la puerta de entrada, tan minimalista como el poema que lo anunciaba, el local de pronto se me apareció, en medio de la lluvia, empantanado en el silencio de aquella tarde invernal, cuando ya me daba por vencido. Era una suerte de caja azul, acerada y seca, de cemento crudo, granulado, gris intenso. “Hola, vengo por las setas”, le dije al joven que permanecía, en un estar-ahí Zen, detrás del mostrador transparente, de acrílico, que exhibía varias clases de productos que mis ojos no lograban captar: sólo percibía vacío, porciones de invisible nada. Muy pálido, pero con tonalidades azuladas que quizás, pienso ahora, provenían de las paredes del extraño local y que, de alguna manera, se le proyectaban en el rostro, el joven que atendía lucía envarado, recto, un señor Spock en viaje químico hacia la hibernación. Me advirtió que no eran setas frescas, sino “secas”. Intercambiamos algunas palabras sobre Ámsterdam, la mente y el precio. Me extendió el paquetito. Su diseño contrastaba en forma violenta con el entorno del local, que tenía algo de nave espacial. “Smell Pillow”, decía el envase, que combinaba tonos rojos, amarrillos, verdes, como para encandilar. “No es comestible”, advertía. “Coloque la almohadita debajo de su almohada antes de ir a dormir. Los mágicos efluvios lo ayudarán a conciliar un sueño profundo y reparador. No abra la almohadita. Elemento tóxico, no comestible”, decía el envase. Presa de cierta excitación, reconozco, y también con dudas por el misterioso contenido del abigarrado paquetito, me dirigí –la lluvia no me importó entonces–, hacia el diminuto cubil donde dormía, grande para calabozo o placard, pequeño para recibir el nombre de “habitación”. Allí, con mucha dificultad, hice exactamente lo contrario de lo que indicaba la advertencia del envase: deshice las duras costuras de la almohadita, extraje los secos hongos que contenía, y enseguida percibí el amargor en la boca, pensando que, de ser cierta la advertencia del envase, podía morir envenenado allí, solo, en un cubil de una pensión sevillana regenteada por un ex compañero de armas de Hugo Chávez, ahora devenido opositor a la Revolución Bolivariana. Mientras la saliva se mezclaba con las setas concebí la idea hacer la crónica aquella, señor juez, de hecho estaba aquí para trabajar, para intentar reflejar en notas periodísticas mis experiencias en esta maravillosa ciudad del Al Ándalus, Nomine Domine, ciudad con fragantes naranjos en las calles, ciudad edificada por Hércules, cercada por Julio César, ciudad gitana, de muros y torres altas, el Rey Santo, Garci Pérez de Vargas, el Guadalquivir. Sería una nota muy interesante, recuerdo que pensé entusiasmado ese día, y no era para menos, en un sitio con tanta historia, y entonces me dirigí a la catedral, la famosa catedral de Sevilla, la catedral gótica más grande del mundo, Patrimonio de la Humanidad. Una misa en hongos en la catedral de Sevilla, no podía fallar, digo, desde un punto de vista profesional señor juez …..pero todos sabemos que falló, y cómo falló, jamás escribí la nota y bueno, además sucedió todo lo otro, claro. Llegué a la catedral cuando la misa no había comenzado. Me senté en uno de los bancos. Esperé. Nada ocurría en la catedral, ni tampoco en mi mente, y me empecé a impacientar, ansioso, con un sabor amargo en la boca que no era metáfora. Esperé. Los más leves movimientos de las personas en los bancos llamaban mi atención y comprometían mis sentidos de forma notable. Seguí esperando. Cuchicheos afilados, lacerantes. Telas de prendas que se retorcían apenas pero lo conmovían todo. Y los pasos, los pasos de los que llegaban fingiéndose sigilosos, silenciosos, produciendo un estruendo brutal. Un paso tras otro, y otro más y otro más. Y otro, y otro, era insoportable, lo recuerdo y vuelvo a experimentar la horrible desazón. Seres cínicos, malditos, disfrazados de simples feligreses, se exhibían caminando a mis espaldas, como ejércitos en marcha, como hordas invasoras que se sentaban modositas a oír misa y a burlarse del inútil amargor en mi boca. Para acentuar el sentimiento de fracaso miré la libretita de apuntes en blanco, la Bic erecta en medio del estruendo de los pasos en la nave de la catedral, cada pisada una hecatombe, el Mar de los Sargazos, la Quebrada de Humahuaca, el Mar de los Sargazos, la Quebrada de Humahuaca…..y así y así…..y Erdosain…y así, en una sucesión que nunca olvidaré, porque todavía me aturde. Era un desfile maldito señor juez, una tremebunda mojiganga escondida tras el silencio bondadoso de unas pocas personas que caminaban lentas y se sentaban como momificadas, cínicas, protervas, se sentaban una a una, conforme iban llegando, sobre esos nobles bancos de oscuras y eternas maderas….libretita y Bic cruzaban miradas de frustración, pasmo y vergüenza cuando me puse de pie produciendo un ruido ronco …..ellos, momias inmutables, secos, quietos en medio del silencio, se sacudían la encrespada fauna cadavérica que intentaba metérseles por los oídos y las narices, como quien al pasar y con desgarbo se quita pelusas traídas por la brisa. Intenté calmarme mientras me alejaba. Me tracé un plan: iría, como quien disimula su impaciencia, a observar los afiches que se exhibían en la parte trasera del templo, lejos de las momias que me gritaban. Así ganaría tiempo hasta que comenzara finalmente la misa. Pero nunca imaginé, su señoría, que al intentar alejarme de aquel horror, de aquellos cínicos muertos que me gritaban en silencio, me toparía con aquello …pero bueno, lo cierto es que me puse a observar los anuncios. Se referían a reuniones parroquiales, campañas de beneficencia, y colectas, y la mayoría de ellos ofrecían imágenes de familias sonrientes, felices, apacibles. Lo logré, recuerdo que dije en un principio. Me sentí aliviado por un momento. Pero todo fue un engaño, doctor, una cruel engañifa. Pensé que si pasaba el tiempo, si lograba no ser aturdido por la danza de la muerte y la mojiganga, si el amargor en la boca comenzaba a servir para algo, quizás, pensé, se me revelarían finalmente todas las maravillas de aquella catedral, y podría escribir sobre la mezquita Aljama, Alfonso X el Sabio, y los espectros de los vikingos gitanos que vagan por el barrio de Triana desde el año 844. Pero me equivoqué, señor juez, me equivoqué. Los viejos esplendores del Al Ándalus me fueron negados. No se abrieron ante mí las puertas de la percepción. Ni el más allá del tiempo y los sentidos. Apenas un pobre más acá. No la otredad, la mismidad, el mismo magma del que vengo y en el que todavía me crío y chapaleo. Intentaré describirlo lo mejor posible, señor juez. Yo estaba observando uno de esos carteles, haciendo tiempo, como dije antes. Sí, en uno de esos carteles ocurrió. Era un padre de familia, de una de esas familias sonrientes que ilustraban los anuncios de las campañas benéficas. No, no me encontré con aquella joven poeta de belleza exquisita, indescriptible, que endulzaba con sus versos la corte de Abd al-Rahman IV al-Murtada. Ni con los secretos habitantes que vagaban por las noches en los magníficos jardines del Reino Nazarí de Granada. Nadie recitó “El collar de la paloma”, no. Ni Ibn Hazem, ni Ibn Jaldun, y menos el gran Ibn Rusd. No, no se me manifestaron. Sólo amargor, espera y silencio. Ni rastros de los delicados versos eróticos de Al-Mu’tamid ‘Abd Allâh Mwhammad ibn ‘Abbâd:

Se quitó el manto, una rama de sauce su
cuerpo, como el capullo que estallaba en flor.
Me sirvió el vino de sus miradas, de la
copa; a veces de su boca.
El toque de su laúd me embrujo; como si
oyera el rasgueo de espadas en los cuellos
enemigos.

Nada de eso hallé en la sagrada catedral. Sólo el horror, que me esperaba agazapado en los anodinos afiches de la beneficencia. Allí perdí la razón, señor juez. Fue un padre de familia, respetable, común, calvo, feliz y gris, y con luz propia. Sí, sucedió cuando lo miré fijo. El fulgor, el fulgor. No, no hablo del modesto brillo de una calva, hablo del fulgor, de la invitación del Averno, y del repentino efecto wawa que se apoderó de la realidad toda. Sí, él me invitó, nimbado, a salir del edificio de la catedral, él me lo dijo con sus rayos de luz. Y entonces Arlt, y el señor pelado que me dice “rajá, turrito rajá”, pero no….fue el fulgor, sí, literalmente vi. la luz, como Víctor Sueiro, que es un escritor argentino que cada vez que se muere escribe un libro….. sí doctor, fue la calva luz de aquel buen padre de familia la que me empujó a ganar la salida, sí, y a bajar las nobles escalinatas de la catedral de esa manera…..y me lancé a la calle, a conversar con los naranjos, con todo respeto, y después pasó lo que pasó……

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POR PABLO BILSKY

* Imagen por Marino Carlos from Santa Cruz de Tenerife, Spain (Giralda) CC-BY-2.0, via Wikimedia Commons

jueves, 9 de junio de 2011

Franco Explota

jueves, 9 de junio de 2011 5
Paseando bajo los árboles de la avenida Pedro Goyena, una tarde del invierno pasado mi sobrina Valentina me contó lo que le pasó a Franco Explota, inquietante drama en dos actos ocurrido en un jardín de infantes de Caballito. Se trata de un nene de cuatro años, como ella, que una mañana reciente tuvo un accidente por el que hubo que pedirle a la mamá que se arrimara lo antes posible a la escuela con un pantalón.

La nena hablaba con ademanes que la hacían soltarse de mi mano. Las palabras se abrían paso precisas entre gestos vitales acerca de cómo arrancaron al chico del salón y lo llevaron al baño, sobre cómo lo miraban los demás párvulos, de cómo pese al frío se abrieron en un santiamén todas las ventanas, del alivio general cuando la madre de la víctima acudió al rescate y todos los chicos, al verla aparecer con el pantalón de repuesto, estallaron en espontáneos aplausos de victoria. En cada frase de Valentina la vida retumbaba como los campanazos de una catedral.

El problema principal, dijo preocupada, había sido un petún. Le pregunté qué era un petún.

”Un pedo horrible”, dijo ella.

Quería que por nada del mundo se distrajera, que siguiera su relato como fuera, por lo que tuve que apretar las muelas para atajar la carcajada. Lo que me dobló fue el adjetivo horrible seleccionado por un espécimen de cuatro años, que puesto en combinación con el inaudito sustantivo tenía potencia como para tumbar un edificio. Un petún. También quedaba reverberando el nombre del protagonista de la desventura. ¿Pronunciaba mal ella? ¿Había entendido mal yo? ¿Era posible que el antihéroe de esta historia, para colmo de tragedias, se llamara Franco Explota?

Le pregunté a mi hermano cuando llegamos a su casa. Me contestó que el nombre completo del nene es Franco Alvarez Protta, pero que sus compañeros, por esas simplificaciones acústicas del lenguaje infantil, le llamaban Franco Explota. “Desde antes del pedo”, me aclaró.

Solamente a veces en las condiciones de formación de una historia los hechos suelen buscarse con los nombres para formar una asociación inseparable e inmortal. En la dictadura había un general corrupto y falsario que se llamaba Verdura. Franco Explota se hace célebre entre sus compañeros por su tribulación gástrica. Y en ese cruce milagroso ya está todo explicado. Nada con lo que se adorne la historia puede superar la alianza explosión-nombre. Y basta pronunciar petún en voz alta para advertir que la detonación no es cualquier cosa. Inténtenlo. Un petún es el cañonazo de un Panzer en Stalingrado, el avión de American chocando la segunda torre, un vapor maldito fabricado en Chernobyl. Como dijo Valentina, algo horrible.

El primero de quien oí que las historias acechan todos los días y en cualquier lado y que cualquiera que nos provoque impresión merece ser escrita fue del tipo por el que quise ser periodista. En realidad esa persona me hizo saber que el trabajo de periodista no era algo imposible pero que merecía esfuerzo, preparación y compromiso. Fue también el que me sugirió que la curiosidad y la desobediencia, como leería muchos años después en un libro de Angélica Gorodischer, no son un defecto sino una virtud y que las dos mueven al mundo.

Ese tipo se llama Horacio Del Prado. Lo conocí a los diez años, al final de los años setenta, en el edificio de Catalinas Sur, en La Boca, donde vivíamos ambos. Empecé a prestarle atención a la fuerza por su notoriedad casual e inmotivada: un individuo que de vez en cuando pasaba entre los jardines del barrio combinando trajes formales con zapatillas, no por esnobismo sino por distracción. Lo veía por las mañanas paseando a Mora, su perra, y por las tardes bajando del colectivo como un acróbata cargado de revistas y libros. Fue el primer adulto que al hablar conmigo me hizo sentir que me tomaban en serio.

Más o menos por el año 79 era secretario de Redacción de la revista Goles, un semanario que competía con El Gráfico, en condiciones desiguales pero con dignidad. Su biblioteca desordenada y enorme fue la primera que me causó el deseo de tener una. Con su mujer divina y serena me pasó lo mismo. A veces llegaba a visitarlo Alejandro, su hermano músico, que por esa época tocaba con Zitarrosa, luego famoso por “Los locos de Buenos Aires”.

En una de las pocas e inolvidables ocasiones que fui a su casa me advirtió que había que tomarse escrupulosamente en serio lo que nos llama la atención, así nos parezcan cosas insignificantes, porque lo pueril es lo más usual en la vida. Las anécdotas que cuenta tu viejo o tu abuelo, dijo, son muy importantes. Lo que se oye en la calle y en la iglesia, lo que te causa gracia, o disgusto, o incertidumbre, o miedo, todo eso sirve para escribir.

Me dijo también: “Sobre esa primera cosa que pescaste o que sentiste hay que concentrarse, pensar mucho, dar algunas vueltas, hasta que aparezca una idea propia”.

Por su influencia llevo hace años libretas que relleno, no sé para qué, con lo que escucho. El me dio a leer la impresionante crónica del fusilamiento de Severino Di Giovanni que escribió Arlt. Me habló de historias de futbolistas, de Haroldo Conti, de la importancia del uso del suspenso en los textos, de Kundera. Cuando le dije que intentaría ser periodista me anunció que el peor destino es esperar los temas adentro de las Redacciones.

Cerca de los veinte años anotó el nombre de tres colegas que conocía en Rosario —muy distintos entre ellos, me advirtió— a los que sugería contactara para ver si podían tirarme algún hueso. El papelito decía: Jorge Brisaboa, Bigote Acosta, Horacio Vargas. Pasaron dos años hasta que preparé una carpeta con cinco notas y me presenté en Rosario/12. Pedí hablar con Vargas y le dije que se las dejaba para que las viera. Temblé desde tocar timbre hasta salir. Qué desamparo, qué terror, qué soledad polar produce en uno el estado de expectativa.

Transcurrió un mes y una redactora de Rosario/12 que era compañera de la Facultad me avisó que Vargas quería hablar conmigo. Subí al edificio de calle Córdoba arrastrando las patas por las escaleras. Salió él con Guillermo Lanfranco y me llevaron a tomar un café. Abajo del diario que tenía en la mano asomaba la carpeta con las notas que le había dejado.

Pensé que me la devolvía ofreciéndome alguna palabra de horrendo consuelo, pero me dijo que iban a publicarlas a todas, que querían que trabajara con ellos. Hasta ahora, pese a no tener un mal pasar en este oficio, no recuerdo una alegría mayor a esa.

Como una década después le conté al Nene Vargas que un par de años antes de llevarle las notas un periodista de Buenos Aires me había sugerido ir a verlo por trabajo. Cuando le dije que era Horacio del Prado dijo: “Si hubiera sabido te daba laburo sin importar cómo escribías”.

Durante 18 años no supe nada de él hasta que un día lo llamé súbitamente. Nos juntamos en un bar del parque Lezama. Me sentía tan feliz con algo tan simple que no pude sino darle la razón retrospectiva: la mejor materia narrativa sale de las cosas sencillas. Nos quedamos hablando cinco horas. Me hizo gracia un elogio que hizo por algunas notas mías. “Tenés birome”, dijo. Ahora trabaja en Clarín en la sección de Enciclopedias, escribe teatro con éxito, tiene un programa de radio y un blog de fútbol con fieles seguidores, que se puede encontrar en la lista de recomendados del nuestro.

Lo acompañé hasta la parada donde en otro tiempo lo veía haciendo equilibrismo con los libros y revistas. Cuando se fue pensé en lo que me había dicho él hacía treinta años. Si en un lugar respira este oficio es en el prodigio de contar historias sencillas. Cuando no escribimos por obligación, cuando el tema nos empuja a hablar de él, la indiferencia será menos probable. Abro el diario esta mañana, en la semana del día del periodista, y aparece un panadero de un pueblo que cuenta qué pasó cuando, sin decirle a nadie y sin que nadie se diera cuenta, empezó a usar un 20 por ciento menos de sal en sus productos. Franco Explota obliga a hablar a Valentina y ella, traspasándome todo su placer al contar su aventura, me obliga a mí.

¿A qué tipo de público de hombres y mujeres se dirige?, le preguntaron a Arlt en 1929. “Al que tenga mis problemas: resolver de qué modo ser feliz, dentro o fuera de la ley”. Con todo respeto, linda consigna, maestro.

POR HERNAN LASCANO

viernes, 21 de enero de 2011

Lo peor no es la derrota (II)

viernes, 21 de enero de 2011 6
Como me decía un amigo el día de Nochebuena, la desventaja de ser testigo es que uno ya no puede hacerse el boludo. Con los demás sí puede, trabando un poco la mandíbula se consigue, pero hay un rincón inexorable con uno mismo donde aunque se bajen todas las persianas el resplandor enceguece. Puede no haber nadie para oírnos, pero si un rebaño de erizos se metió en la cama las púas se clavan lo mismo.

El 24 de noviembre de 2008 perdí de vista un árbol que había por la zona de los clubes de pescadores, atrás del parque España, uno de los cuantos a los que les llegó la hora cuando se hizo el paseo ribereño peatonal. Era un árbol petisón y robusto con las ramas trenzadas y nerviosas. Me gustaba ese árbol y había agarrado la costumbre de ir a verlo cada tanto. Ese día descubrí que no estaba más y me lo anoté en una libreta.

Me fui caminando al diario y al llegar a San Martín y Córdoba en frente del Banco Nación vi una cantidad inusual de policías. También muchos curiosos preguntando qué pasaba. Me acerqué. Había un allanamiento en las oficinas del tercer piso del Victoria Mall. Me mandé arriba por las escaleras y al llegar ya no pude avanzar. Un policía bonaerense me dijo que estaban haciendo una inspección en un estudio jurídico para asegurar pruebas. También había personal de la Afip y un par de sumariantes del juzgado federal de Zárate-Campana.

El estudio en cuestión era de uno de los tributaristas más conocidos y prósperos de la ciudad. Un tipo de unos 40 años que era asesor financiero de un millonario incipiente, desconocido absoluto hasta unas semanas antes. Un tal Mario Roberto Segovia.

La acción no había pasado desapercibida a los medios que ya tenían en sus portales la novedad. Se citaba lugar del allanamiento, despliegue y procedencia del personal actuante y se decía que el procedimiento se vinculaba con la llamada causa de la efedrina. Había fotos que mostraban la cantidad de gente aglomerada. Lo único que no figuraba en ningún lado, salvo en un solo medio, era el nombre del abogado al que le estaban revisando los pelpa.

Nos pusimos a averiguar qué había motivado el operativo. Dimos con un informante judicial que nos leyó por teléfono parte del sumario. La información de que disponían sugería que el abogado había asesorado a su cliente en una secuencia de inversiones altas sin tomar grandes precauciones respecto al origen de la plata para concretarlas.

Y el cliente, comprando esto y lo otro, había desparramado teca como para juntar curiosos: dos camionetas Hummer, dos 4 x 4, un chalé de mil metros cuadrados en Fisherton, un Rolls Royce similar al de la reina de Inglaterra, dos departamentos en Puerto Madero, una fábrica de discos compactos en edificación e, incluso, según la información del juzgado, todo el tercer piso del Victoria Mall, que había pertenecido al abogado.

Cuando teníamos el paquete a medio cerrar fuimos a decir cómo venía la cosa. La orden de arriba fue: “Publiquen todo, pero al abogado hay que cuidarlo, guarden el nombre”.

Gran dolor de huevos. Al revés habría funcionado. Podíamos no publicar todo, lo que en una situación preliminar es aconsejable, dado que no pocos operativos judiciales que implican deslizar sospechas terminan en la nada. Pero al omitir de quién era el estudio jurídico íbamos a quedar ante nuestro público, con toda razón, como encubridores. Porque lo único indudable era que ese boliche estaba siendo allanado por la orden de un juez penal que investigaba al tipo que el gobierno había definido como el mayor contrabandista argentino de narcóticos.

De hecho: en la edición online ya había comentarios tirándonos de todo por encanutar el nombre. Nos pareció que esa carta podía jugar a favor nuestro. Fuimos ante los altos mandos y con voluntad de negociar dijimos: “Se la están dando a un boga archijunado ante miles de personas en el lugar más céntrico de Rosario. Es una causa sensible. Lo llamamos y que haga su descargo. Que aclare y explique todo lo que quiera. No lo pusimos nosotros en esta situación. Que él no nos ponga en la situación de que todos nuestros lectores nos puteen por hacer algo impresentable”.

Es imposible explicar aquí, y además llevaría mucho tiempo, cómo brindar argumentos que implican cuidar los propios intereses en muchos medios comerciales es como ofrecer carne fresca para caníbales. Ni de dignidad, ni de sensatez, ni de ética. Uno sólo habla de cuidar el pellejo y recibe miradas, más aburridas que fastidiadas, que dicen: “Saben cómo es esto, tienen razón ustedes, pero hay que hacerlo”.

El influyente en cuestión al que le ofrecíamos indemnidad a cambio de embarrarnos hasta la nuca era por entonces dueño de una de las mayores mansiones en valor y superficie del Kentucky de Funes y, según gritan en Tribunales y en ámbitos como la Bolsa de Comercio, uno de los más sagaces especialistas en evadir y eludir. Su padre, tributarista también, se despegó de él en una inolvidable solicitada publicada en el Decano. De acuerdo a las interpretaciones coincidentes del momento, lo hizo impulsado en la necesidad de ponerse a salvo en forma pública de los opacos manejes del nene.

Decíamos a nuestros comandantes que no había necesidad de contar todo esto. Pero debíamos dar el nombre por un motivo elemental: evitar degradarnos ante gente a la que le tenemos que vender, junto con los 3 mangos 50 que sale el diario, confianza en nosotros.

Para imponer contenidos o para frenarlos, el área comercial de un diario, que es el espacio donde muñecos como éste encuentran su fecundo terreno de operación, suele tener más peso que el área periodística. En las cosas que importan nos viven acostando. Por eso es una vieja tradición que un sector y otro nos prodiguemos un rencor ancestral y recíproco, albergando el vivo deseo de que llegue el glorioso día de recitar predicados de odio acumulado y terminar por cagarnos bien a tiros como hacen los personajes de “Periodismo en Tennessee” de Mark Twain.

Aunque no sea lo importante, faltaba decir que el abogado que allanaron es Wilfredo Scarpello. Y tiene hot line no con el área comercial sino con los dueños del circo que, sin subestimarlos jamás, son los más jinete sin cabeza de todos.

En escenarios complejos no hay recetas simples. No se trata de posar de insumisos ni de enojados en una empresa comercial privada. Pero hay opciones de obediencia que llevan al suicidio.

En este caso así lo parecía. Al día siguiente a la cuenta de correo electrónico de la sección llovían mensajes que nos trataban, como mínimo, de cómplices y sinvergüenzas.

Es habitual y es avieso, pero lo de mandarnos en cana gratis en las situaciones más públicas es primero que nada autodestructivo. Y bastante clásico. El día que lo liberaron tras seis años de prisión en el marco de un proceso arbitrario el ex juez Fraticelli habló una hora por los medios. Desde la primera oración a la última mencionó a Reutemann como el culpable de la caza de brujas que, decía, había sido su encarcelamiento.

El piloto escaló las cumbres y pidió clemencia. Lo que se traduce en censura. Y en efecto la directiva bajó como una plomada. Fuimos boquiabiertos a enunciar lo obvio: el apellido Reutemann había sido la pieza principal de una conferencia de prensa vista en vivo por todo el país y en horario central. ¿En el nombre de qué ventaja íbamos a entrar mansamente en esa hoguera? La respuesta fue la que le dieron al verdugo de Perry Smith: “Proceda”.

Entre los múltiples daños implícitos de este tipo de actos hay uno que los editores casi nunca tenemos en cuenta. Y es cómo cosas así nos desacreditan a nosotros antes que a nadie y nos liman el mando. Si se le pide a un redactor que omita, que suavice, que acomode, ¿es posible luego reprocharle un error de enfoque o pedirle compromiso? ¿Con quién debe enojarse ese editor? ¿Retiene algo de autoridad para decir en adelante qué está bien y que está mal?

Además está la ofensa. El tipo que vino laburando una nota seis horas al recibir una instrucción de esas no va a querer quedar pegado firmando. Y la firma implica una distinción necesaria que el periodista merece no para alentar su vanidad sino como conquista, para apropiarse legítimamente de su trabajo, que le pertenece. La firma le sirve, incluso, al público en tanto funciona como garantía de intento de veracidad. El que firma no está a salvo del error, pero lo hace porque cree en lo que escribió.

Esto es fuente de un malentendido usado con cinismo: que la empresa periodística pague un sueldo no significa que le puede pedir cualquier cosa a un periodista. Le puede indicar y hasta ordenar sobre qué escribir. Pero no decirle que trabaje de manera innoble. Es por eso que las órdenes sucias se bajan en murmullos y a solas.

En la genial escena inicial de Los perros de la calle están todos los monstruos desayunando en un bar y a la hora de pagar uno se niega a dejar propina. Es el personaje de Steve Buscemi, que dice que nunca lo hace porque eso supone que la camarera no gana lo suficiente, y que compensar eso con una propina sería malo para todo el personal, dado que les retardaría la toma de conciencia para organizarse por una remuneración justa. Se arma entonces un debate extravagante donde nueve caballeros exprimen sus escrúpulos sobre ética y justicia, lo que aplaza momentáneamente la realidad de que están reunidos ahí planeando el asalto a un banco.

En simposios y en sus reuniones periódicas, muchos dueños y gerentes de medios mantienen discusiones por el estilo.

La censura aceptada tiene un costado burocrático y perentorio que se naturaliza en nosotros con la fuerza de la repetición. Sin necesidad de dar un debate ético gritando entre nubarrones de azufre, se lo puede considerar desde un costado utilitario: ser un eslabón de estos enjuagues nos reduce ante los públicos. De ese modo un ingrato día, como el árbol del parque España, podemos no estar más allí, por más que conservemos el sueldo. Cuando los lectores u oyentes advierten que algo se les escamoteó te señalan como responsable. Y al hacerlo, con toda justicia, les importa poco que uno sea el que dio la orden o el que la aceptó entre rezongos. La pura y triste es que esa distinción es un asunto de los periodistas, jamás del público. Porque además, entre nos, plantear que uno rebanó esto o aquello porque fue obligado, ¿no suena un poco fulero? O, en el fondo de nuestros corazones, si decimos “Yo dejé la página impecable y me la intervinieron cuando me fui”, ¿no da para sentirse un forro?

El Pami, Praino, Eduardo J López, los intereses de Transatlántica, los vaivenes históricos de la concesión del Puerto de Rosario, las motoniveladoras de Obeid, la insuperable y celosa protección a Aguas Provinciales de Santa Fe, que logró que la mayoría de los rosarinos se enteraran que “algo iba mal” el día que le cancelaron la concesión. Intereses diversos y minoritarios a los que los periodistas terminamos pegados como chinches, más allá de las miles de tácticas que cuestan mucho esfuerzo y se notan mal para esquivarle a la ciénaga.

Cuando uno comete un crimen y lo cuenta se convierte en un testigo, lo que alivia el tormento del acto, dice Borges en Guayaquil, un texto de El informe de Brodie. “Confesar un hecho es dejar de ser el actor para ser un testigo, para ser alguien que lo mira y lo narra y que ya no lo ejecutó”.

Igualmente ser testigo puede ser terrible si uno no acierta a hacer lo que uno sabe que hay que hacer. Saber, sabemos siempre.

POR HERNAN LASCANO
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket