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lunes, 11 de agosto de 2014

C.A.S.L.A.

lunes, 11 de agosto de 2014 1
Tekila. Así se llama mi perra. Porque mi hijo quiso que sea con K, sin alusiones políticas. Mi hijo ya no vive en Rosario, por supuesto que soy yo quien la saca a pasear. Una vez caminábamos por Pellegrini y Tekila decidió que era momento de hacer sus necesidades. Número 2, para más datos. Ese día jugaba Newell's en el Parque, y un hincha leproso que por allí pasaba decidió que sería una buena broma tirar un petardo al lado de Tekila mientras la pobre hacía fuerza en esa retorcida posición que adoptan los perros para hacer caca. Por supuesto, Tekila no hizo nada, se quedó con las ganas, por el cagazo, si se me permite el juego de palabras. No soy hincha de Newell's. Soy de C.A.S.L.A., Club Argentino Sin Libertadores de América. Desde que nací escucho ese chiste que sólo es divertido cuando hay un hincha de San Lorenzo para sufrirlo. Supongo que lo tengo bien merecido: me hice hincha del Ciclón para sufrir. Probablemente haya tenido cinco o quizás siete años. Mi tío me quería para hincha de Boca, creo que alguien en mi familia alguna vez dijo que el tipo incluso me regaló el conjunto completo azul y oro, a lo mejor no me acuerdo o no quiera imaginarlo siquiera. Mi viejo era del Cuervo, imposible saber por qué, pero seguramente haya sido una de las pocas cosas decentes que intentó inculcarme. Solamente sé que ese día un televisor blanco y negro mostraba una indigna derrota de San Lorenzo por paliza cuando en la pantalla apareció la vapuleada hinchada saltando, cantando, gritando desaforadamente como si fuese una goleada (a favor) en una final de la Copa Libertadores, una de esas que nunca jugamos en 106 años. Desde ese día soy hincha santo, con altibajos, por supuesto, la pasión por los colores futboleros es bastante irracional, idiota y esquizofrénica. Mi mujer jura a quien se le cruce que yo la engañé, que la hice creer que no me interesaba el fútbol, y no mucho después pasaba dos adorables horas de sufrimiento cada domingo. Supongo que me conoció en uno de mis períodos de apatía futbolística. El título del '95 con El Bambino coincidió con una época personal de euforia azulgrana, días en que me dejé vencer por las cábalas. Un tipo absolutamente racional como yo se convenció de que una pelotita rosa de gomaespuma tenía poderes sobrenaturales. O quizás tenía miedo de que fuese cierto y arruinara la carrera del Pampa Biaggio o Panchito Rivadero. Con esa pelotita rosa lo dimos vuelta en pocos minutos frente a Mandiyú, un rival a todas luces accesible que nos venía complicando el partido, y mantuvimos la racha invicta ante Deportivo Español, Platense, Huracán, Talleres y el Boca de Maradona y El Pájaro Caniggia. Es cierto que privé a mis hijos de uno de sus juguetes, pero no alcancé a arrebatársela a mi sobrina, que la mordió justo cuando empezaba Vélez-San Lorenzo, que perdimos 1-0 casi desde el arranque. Era la prueba irrefutable de los poderes de mi pelotita rosa. Lo terminaban de comprobar las lágrimas del Bambino el día que La Chancha Mazzoni, vistiendo los colores de Independiente, se convertía al mismo tiempo en ídolo de Estudiantes y San Lorenzo, campeón después de 21 años de sequía. Llegarían tiempos más holgados con los récords del Ingeniero Pellegrini y ya me sospechaba rehabilitado de la adicción a las cábalas, pero la final de la Copa Mercosur fue demasiado para soportarla como un hombre íntegro. Lloré encerrado en la oscuridad de mi habitación, con el locutor radial como única compañía y un arsenal de amuletos desperdigados sobre la cama. Era el primer campeonato internacional. Justamente frente a Flamengo, ¿quién hubiese imaginado entonces que el Mengão terminaría por ganarse mi simpatía después de tantos viajes a Rio de Janeiro? Ese 24 de enero de 2002 archivé todas las cábalas de mi vida en una caja marrón, en lo más alto de la biblioteca. Supongo que había cosas más importantes por las cuales preocuparse, veníamos de la caída de De la Rua y ya habían desfilado Puerta, la semana dorada de Rodríguez Saá y Camaño, y Duhalde prometía dólares de todos los colores. Duhalde, hincha de Banfield.

No volví a pisar una cancha. Nunca más. Es hermoso ir a la cancha, clavarse un choripán en la puerta, pisar la popular y encontrarse de repente frente a ese verde infinito-casi-fluorescente, putear a un par de jugadores propios (Ameli era el favorito en aquellos tiempos, apenas tocaba el césped le llovían los "¡fracasado!" y "¡muerto!" mientras aplaudíamos a Coloccini, Erviti y El Loco Abreu), mear a las apuradas en el entretiempo, adivinar las jugadas antes de que ocurran, captar la atención del vendedor de cocacola sólo con una mirada, cantar salvajadas contra los bosteros. Pero ya sabemos cómo son de idiotas las pasiones futboleras, sentarse en la popular se había convertido en un ejercicio de supervivencia que no me causaba gracia alguna, por lo que decidí resguardar mi integridad física y sufrir a San Lorenzo por televisión. Lo adopté como batalla ética, "la mejor forma de combatir a los violentos es no ir más a la cancha". Todavía era hincha, de los buenos, y me enojaba con los que se consolaban en las derrotas argumentando que estaba todo arreglado, "si está todo arreglado dejá de mirar fútbol y ponete a hinchar por Las Leonas". Intuyo que finalmente me convencieron de que estaba (casi) todo arreglado y mi fervor azulgrana se fue al carajo. Incluso descubrí lo divertido que era hinchar en contra de la selección argentina, para los periodistas deportivos es más indigno que recibir un dedo en el culo. Son incomparables las miradas de pulsión asesina al celebrar un gol de Perú en Eliminatorias o de Thomas Müller en cuartos de final. Llegué a contemplar con desapego crítico el reciente Mundial de Brasil. ¿Juegan España-Holanda? Hinchemos por la Madre Patria. ¿Robben la rompió? Que Holanda aplaste a los aussies. En la final me divertí filmando con una cámara estretégicamente oculta las reacciones desmedidas de mi mujer, ya sabemos cómo se ponen las mujeres en los Mundiales, me juró que si subía el video a YouTube tendría que recoger mis pertenencias de la calle.

Y resulta que después se muere Grondona. ¿A nadie se le ocurrió recordar que era un mafioso, un joputas con mayúsculas desde la H hasta la A? Más lejos quedé todavía de mi propio hincha, cuando la clasificación caminando ante Bolívar me recordó que C.A.S.L.A. seguía siendo el club sin Libertadores.

Hubo quien me señaló días atrás la inclinación natural del hincha de fútbol por hacerse de cábalas ante los momentos trascendentes de su equipo. "Las cábalas no se inventan, aparecen", le dije con altanero tono de filósofo moderno. Mi interlocutor era Hernán, no yo, claro, el otro Hernán que escribe en este mismo blog sobre temas mucho más interesantes y pertinentes. Hernán, hincha de River, no sabe que hace un par de días revolvía viejas cajas que juntan mugre en algún rincón cuando me encontré con un pequeño escudo de San Lorenzo. Quizás sea del '95, a lo mejor más viejo todavía. Tiene apenas dos centímetros de largo. C.A.S.L.A., dice, en letras ínfimas doradas sobre la chapa azulgrana. Ya sufrí el empate agónico de los paraguayos en la ida con mi nuevo-viejo escudito en el bolsillo. Voy a sufrir la final en mi nuevo televisor de 42 pulgadas, HD, donde todo se ve como en la popular. El tele está en mi habitación, mi perra Tekila eternamente a los pies de la cama, siempre rascándose las pulgas e interrumpiendo mi visual en el momento menos apropiado. A lo mejor se convierte en cábala.

Difícilmente vuelva a ser el hincha de la pelotita rosa. Pero ya es hora de que cambien ese chiste viejo, obvio, aburrido. Ya fue suficiente. Los bosteros, que se hacen pis en la cama la noche antes del clásico con C.A.S.L.A.; los gallinas, que tienen dos Libertadores en cuatro finales pero también se fueron a la B; los del Rojo, que para qué dar detalles acerca de su presente; los de Racing, que siguen celebrando un gol en blanco y negro; los canallas, que alguna vez fueron gentlemans que reprimían las burlas dirigidas a sus buenos primos; los leprosos, que se muerden los codos cuando se dan cuenta de que tranquilamente podrían estar jugando esta final e incluso salir campeones sin demasiado mérito... ¿Todavía estamos a tiempo de perderla? Claro que sí, si nacimos para sufrir. ¿Club Argentino Sin Libertadores de América? Sí, y nadie se murió por eso. Si le preguntan a Tekila, lo único que importa es que un hincha no te tire un petardo mientras hacés caca en avenida Pellegrini. ¿Ganar la Libertadores? Qué lindo sería...

POR HERNÁN MAGLIONE

lunes, 31 de diciembre de 2012

Harto de Messi

lunes, 31 de diciembre de 2012 3
Esta Navidad no hubo mucho Papanoel, ni películas temáticas en Canal 3, ni siquiera demasiada pirotecnia. Hubo sí saqueos en Rosario, pero ni siquiera eso alcanzó para que la carita de Lionel Messi dejara de aparecer día y noche en cualquier medio impreso, audiovisual o digital que se precie de tal. De milagro no lo vimos disfrazado de Santa Claus (poco faltó para que LaCapital.com.ar publicara una foto del futbolista posando con un gorro rojo, hasta que se descubrió que la imagen era de 2006). El impecable John Carlin escribió hace unos días que Leo Messi fascina al planeta cuando tiene el balón en sus pies y carece de interés público cuando no. Lo segundo no ocurre en Argentina, mucho menos en Rosario.

Era previsible que un tipo que hizo 91 goles en un año fuera elevado al rango de semidiós en el rincón del mundo que lo vio nacer. Pero resulta que a Messi lo sacan en camilla y es noticia de tapa, le emboca tres al Raja Casablanca y es récord de algo, firma quince autógrafos con una cara de traste inimitable y el video está en todos los portales, va a la casa de la tía y es el titular más leído del día, y no hay más sobre Messi porque nadie pudo averiguar si en Nochebuena cenó pollo o chancho. Messi, Messi, Messi y Messi, harto ya estoy de ese endiablado gambeteador.

El tipo es insuperable, no hay ninguna duda. Basta verlo acomodar el cuerpo después de meter un enganche imposible y antes de clavarla en el ángulo para entender que es imposible que exista otro como él. En este mismo blog alguien escribió alguna vez sobre el muchacho del diez en la espalda, por cuestiones extrafutbolísticas pero sin que el autor pudiese evitar dejar en claro su admiración por las cuestiones futbolísticas. Eran otras épocas, ahora ya cansó. No Messi, quien se muestra poco afecto a todo aquello que no incluya una pelota rodando delante de sus pies, sino los titulares que se enorgullecen de que nuestro rosarino haya batido el récord de asistencias en una temporada, el récord de goleador en mayor cantidad de finales, el récord de pichichis, el récord histórico de goles en una primera vuelta y el récord de platos de fideos comidos en una concentración del Barça. Los medios me hicieron odiar a Messi.

Hastiado estoy de ver su cara cada vez que prendo el televisor. Y es que no puede ser que alguien tan genial, que puede hacer cosas tan emocionantes sólo con sus pies y un balón, tenga además tanta suerte. No debería ser justo que un mortal con semejante don sea el poseedor de la mejor de las fortunas. Y con fortuna no me refiero al dinero, estoy seguro de que a Messi no le interesan demasiado las cuentas bancarias, las tasas de interés en Europa, ni siquiera el nuevo descapotable o una lanchita, a Messi solamente le importa la pelota, tener una pelota entre sus pies, tener pies para patear una pelota. No le interesan ni los botines Nike, ni Hugo Chávez, la muerte de un oso polar o El Hobbit a 48 fotogramas por segundo, le interesa la pelota.

Cuando hablo de fortuna me refiero a que el arquero del Benfica bien podría haber lesionado a nuestro héroe cuando le faltaban dos goles para alcanzar el record del Torpedo Muller. Y también que al tipo todavía le quedaban cuatro partidos para lograr la gran proeza, y va y los mete en el primero nomás. Dolina dice que Messi ni siquiera tiene la épica de otros futbolistas que consiguen una hazaña en el último minuto, con el hombro dislocado, el árbitro en contra y los once rivales colgados del travesaño. No, ni siquiera eso, Messi siempre la hace fácil. Gambeta grácil, pique imparable, sus compañeros se la devuelven redonda, tic tic, enganche milimétrico, zurdazo inalcanzable y el arquero contrario revolcado comiendo pasto. Todos estamos esperando en cada partido el mejor gol del mejor del mundo, y el tipo lo hace, listo. Está en otra dimensión. Tiene la suerte de Palermo y el Gallego González juntos, y el talento de Maradona y Pelé. ¿Cómo no odiar a alguien así?

Y si no tiene épica, menos todavía carisma, verborragia o siquiera temperamento. Cuando no hay una pelota a menos de cien metros Messi es anodino, desesperantemente insípido. Imposible que produzca un título decente, da igual escuchar una declaración suya de noviembre de 2009 o de ayer, siempre dirá lo que se debe decir en frases jamás superiores a las siete palabras. ¡Y ese peinado! En esa cara que no aporta nada, que parece un personaje de South Park, que bien podría estar sobre el cuello de una maestra de Instrucción Cívica o de un asesino serial mientras degolla degüella a su víctima, es lo mismo.

Y todavía queda mucho Messi por delante. Falta el record de Pelé y el campeonato del mundo con Argentina, falta que en una temporada haga solamente 32 goles y todos los programas deportivos se pregunten qué le está pasando, que erre un penal en las eliminatorias, que lo silben, que eluda a los once rivales él solito en una sola jugada, que lo ovacionen, que haga 105 goles en un año y que invente una nueva forma de pegarle a la pelota. ¿Qué va a hacer Messi en enero, cuando vuelva la liga? Un golazo, claro. Y dos asistencias. Como para no odiarlo. Pobre Messi.



POR HERNAN MAGLIONE

jueves, 4 de noviembre de 2010

Silencio de Cabarute

jueves, 4 de noviembre de 2010 6
Se murió Néstor Kirchner. Lo supimos en un instante: lo leímos en el Twitter, lo escuchamos en la radio, lo vimos en la tele, lo sentimos en la calle. Era imposible sustraerse, el hombre estaba allí, en todos lados, tan omnipresente como jamás lo fue en vida.

Los días posteriores tuvieron la misma intensidad. Por primera vez vi a uno de los machos de Política sin lograr contener las lágrimas. Vi a un periodista de Ovación agradecer con un abrazo emocionado la columna de opinión que un compañero había publicado ese día. Vi a una cronista de Policiales habituada a escenas de carnicería que quedaba consternada tras las palabras de la presidenta por cadena nacional, sin reaccionar durante largos segundos, petrificada mientras seguramente Cristina soltaba su llanto fuera de cámara y la imagen mostraba una bandera argentina flameando en un silencio sepulcral.

Lo que más me llamaba la atención es que en este Cabarute donde habituamos ser tan pasionales, tan idealistas, tan egocéntricos, tan desesperados por contarles a unos cuantos lectores qué nos pasa cuando algo pasa, en este blog nadie escribió ni una sola línea desde que se murió Néstor Kirchner.

“Voy a mandar un mail a todos los que escriben en el Cabarulo para retarlos, están muy vagos”. No recuerdo la frase exacta de Lascano, seguramente la dijo con otras palabras, acostumbra usar palabras tan rimbombantes como la palabra rimbombante. Lo cierto es que ante un evento tan trascendente como la muerte del hombre que con su apellido dividía y divide a un país entero en dos hemisferios, nadie en este Cabarute escribió ni una línea. O al menos nadie lo hizo para este blog.

Un secretario de redacción me invitó a escribir una columna de opinión para publicar en el diario del lunes. Entonces me di cuenta: ya estaba todo escrito, todo lo que hubiese querido leer ya había sido publicado, este diario había ofrecido las opiniones más variadas, las palabras más frías y los comentarios más entusiastas, las acongojadas sensaciones en primera persona y los párrafos más desapasionados, las lecturas más profundas e incluso los lugares comunes más cuestionables. Cada uno con su firma allá arriba. Exactamente lo que debería ofrecer un diario por estos días ante un evento semejante.

Se murió Néstor Kirchner. Y todo lo que debía escribirse en el diario se escribió y se publicó. Y algunas cosas que a veces no se publican también. No quedó nada afuera, y por eso (por una vez) no necesitamos este Cabarulo. Y ya que finalmente no escribí ni una sola línea en el diario, vayan estos seis párrafos de agradecimiento a los que escribieron lo que yo no hubiese podido escribir o, mejor todavía, lo que yo quería leer.

POR HERNAN MAGLIONE

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Los Superagentes encubiertos

miércoles, 22 de septiembre de 2010 9
Quizás soñando con un Pulitzer o por lo menos un Magazine de Bermejo, hay gente en esta redacción que cada tanto se inspira en películas de Hollywood para mandarse a organizar investigaciones como si esto realmente fuese un diario. Aquella vez, probablemente durante los primeros pasos de este siglo, a Jorge Levit se le ocurrió desvelar un oscuro entramado policial por medio de una aventurada acción encubierta.

Quién sabe de dónde apareció el dato de que en un pequeño pueblito no muy lejano de Rosario existía un casino clandestino que supuestamente operaba tras la fachada de un bingo, manejado por un comisario de la zona. Tengo una memoria que es una auténtica porquería, la verdad es que no recuerdo el apellido del policía, ni siquiera del pueblito, pero tampoco voy a esforzarme demasiado porque viene bien a la narración, ya que (y de paso anticipo el previsible resultado de la investigación) finalmente no descubrimos nada, ni una mísera y retorcida prueba que hoy nos permita hacer pública cualquier acusación.

Si esto fuese Hollywood los periodistas encubiertos hubiesen sido Dicaprio, Matt Damon y Edward Norton. Está claro que jamás hubo ni habrá nada parecido en el diario, por lo cual la tarea recayó en mi persona y otros dos empleados de la empresa. Por eso, para proteger las identidades de los involucrados en el operativo, diré que mis compañeros se llamaban Claudio Berón y Sebastián Melchor.

Allá nos fuimos los tres, a bordo del Ford K del diario, con rumbo a -digamos- Villa Las Casas, en busca del casino clandestino que tenía a su cargo el comisario -supongamos- José Villavicencio.

Por supuesto, nos perdimos. Nos dejamos guiar por una incierta señalización y nos metimos en medio de la noche cerrada en un camino de tierra que allá lejos, muy al final, mostraba nítidamente unas lucecitas que, sin duda alguna, eran Villa Las Casas. Melchor manejaba con la displicencia de un guía de alta montaña, yo iba sentado atrás (me gusta más ir atrás cuando somos tres, se ve todo como en una película) festejando las cien mil historias que improvisaba Berón (casi como una epifanía de un episodio que vivimos años después, durante las noches del Comando Patafúfete, pero esa es otra historia que quizás jamás sea contada en este blog). Las luces del horizonte desaparecieron y, quién sabe cómo, muchas vueltas después y casi dos horas más tarde de lo previsto dimos con el pueblito.

Lo único que recuerdo del lugar es una plaza triste, mal iluminada, con la silueta casi troquelada de un par de árboles despojados de follaje. Hacía frío y nos sobrevolaba una constante sensación del tipo ¿realmente-tenemos-que-estar-acá?. Era algo así como el punto intermedio entre un destino inexorable de muerte en un zanjón y una escena de Groucho, Harpo y Chico.

Entre frases burlonas del estilo “el deber llama” entramos al bingo, nada más parecido a un club de barrio con manteles berretas, lamparitas de colores y banderines de plastico. Eran unas veinte mesas, de las cuales sólo cuatro estaban ocupadas. Los parroquianos no podían disimular su aburrimiento al ritmo de una desganada voz que desde el micrófono anunciaba los números que salían del bolillero. Absolutamente todos notaron la presencia de los forasteros y nos lo hicieron notar con miradas inquisidoras, como en un saloon del lejano oeste.

“Esperen, ahora vengo”, dijo Berón mientras ocupábamos nuestras sillas. Se alejó unos metros y se abrazó con un hombre, prodigándose ambos sonoras palmadas en la espalda. Charlaron brevemente y regresó a la mesa.

-¿Y ese quién era?
-Uno que trabajaba conmigo en el diario, en Expedición. Ernesto Villavicencio.
-¿Villavicencio? ¿Como el comisario?
-Sí, es el hermano.

En pocos instantes, medio Villa Las Casas estaba al tanto de los tres tipos del diario que habían caído en ese absurdo paraje perdido en la nada. “Le dije que estábamos al pedo en Rosario, escuchamos algo del bingo y nos vinimos. No es boludo, ya sabe qué estamos haciendo”, dijo, mientras una chica que mascaba aparatosamente su chicle nos ofrecía tarjetas para la jugada que estaba por comenzar.

Cambiamos al plan B. Nos jugaríamos dos o tres rondas de bingo sin dejar de espiar disimuladamente lo que ocurría detrás de esa misteriosa puerta que daba a una habitación contigua. Antes de ver salir precisamente por esa puerta a la moza (la misma muchacha, el mismo chicle) con un familiar de milanesa (la misteriosa habitación era la cocina), Melchor completó cinco números, tímidamente alzó su dedo índice y soltó a media voz: “Línea”. La empleada se acercó con el mismo desgano a plantar en nuestra mesa una banderita que nos haría acreedores al humilde premio. En la jugada siguiente yo también canté línea. “Bingo”, dijo Berón entre risotadas apenas contenidas, mientras los demás jugadores fruncían sus ceños en dirección a nuestra mesa, florecida de banderitas. Eramos los peores periodistas encubiertos del universo.

Era el momento del plan C: huída al estilo Tiburón, Delfín y Mojarrita. Subimos al auto pensando en un ignominioso regreso, pero Berón insistía en que “algo raro” ocurría en el lugar. “Pará acá”, le ordenó con tono de sargento a Melchor cuando pasábamos por la calle que daba a espaldas del bingo. El tipo se encaramó a un alambrado para espiar por una “sospechosa” ventanita mientras yo me internaba en lo que parecía una plantación de lechuga que corría paralela al salón. Desde esa incómoda posición escuchamos un interminable bocinazo: Melchor intentó bajar del auto y quedó accidentalmente “enganchado” del claxon (el Ford K le quedaba chico). Seguramente algún vecino en pijamas pudo contemplar la escena: tres idiotas que se trepaban a un auto a las carcajadas y escapaban a toda velocidad del pueblo.

Apenas si teníamos unos pocos pesos de viáticos, pero las ganancias en el bingo nos regalaron una dignísima cena en avenida Pellegrini, a eso de las tres de la mañana. Obvio, en el diario no salió ni media línea del casino clandestino de Villa Las Casas.

POR HERNAN MAGLIONE

miércoles, 11 de agosto de 2010

Acá va título

miércoles, 11 de agosto de 2010 12
Los títulos de las noticias son una porquería. Sí, los títulos que escribimos nosotros. Casi nunca son como uno querría: a veces son un poco más amarillos de lo necesario, otras demasiado informativos y formales. O no dicen todo lo que deberían decir, o revelan más de lo que el desarrollo de la noticia necesitaría. Son demasiado pretenciosos, o muy chicaneros, o directamente son mentira, o son una parrafada que tranquilamente podría reemplazar la cabeza del material.

Al principio les tenía pavor. Siempre me resultó realtivamente sencillo escribir una noticia, una crónica, más todavía una nota de color. Pero llegaba al título y me ponía verde, intranquilo, prendía un cigarrillo tras otro (en aquellos días la Redacción era un fumadero que, visto a la distancia, resulta una imagen intolerable incluso para los más adictos), daba vueltas y el título no salía, y el que parecía correcto no entraba, y el que entraba era horrible. Alguien me recomendó que en ese momento fuera al baño: "Los títulos me salen cuando meo", todavía asegura.

Con el tiempo me acostumbré, les tomé la mano, les encontré la vuelta, pero jamás pude pavonearme de haber escrito el título perfecto.

(Aunque era fácil congraciarse con Maronna, sólo había que buscar el nombre de una película o un libro acorde y, tal vez, darle un pequeño giro: “Final del juego”, “Amanecer de una noche agitada” o “Primeras imágenes del naufragio” eran suficiente para que nuestro jefe en Política hiciera F2 -para guardar- y le diera C -para mandar a “fotocomponer”, probablemente el término más anacrónico que sobrevive en la Redacción-. “Funes el memorioso”, insinuó Vallejos para una entrevista con El Chango Funes y, por supuesto, así quedó impreso)

El día que la Alianza derrotó al Carlo, a Alvarito se le ocurrió un título genial: “De la Rúa se aburrió de contar votos”. Pero lo propuso cuando ya estábamos tomando cerveza en El Amanecer, el único boliche que quedaba abierto en Rosario a las tres de la mañana. Alvaro es un gran titulador: “Con la soja al cuello”, recuerdo ahora, y se me dibuja una sonrisa. Ese sí salió y está entre mis favoritos.

Y para qué hablar de los errores impresos en fuente negrita a 50 picas, que se rien la mañana siguiente en la cara de los ruborizados periodistas. Manuel López de Tejada imaginó y plasmó en una novela a un corrector atormentado por el complot de las letras, que por las madrugadas se confabulaban y terminaban por imprimir un título vergonzante.

“Memen”, decía en un título gigante, casi como resaltado con luces de colores, en una página que el día anterior había sido redactada por un redactor, corregida por un corrector, aprobada por el jefe, releída más tarde por otro periodista en la prueba impresa y finalmente aprobada por un secretario de redacción. Al menos "Memen" evitaba la maldición.

Tiempo después, el “corrector encubierto” (cargo que ostentaban los correctores que, ante la desaparición de su hábitat natural, devinieron en redactores) aprobó la copia final de la tapa de la sección. El jefe la llevó a Secretaría para que la aprobaran. “Leé ese título”, lo retó el secretario a cargo. “La EPE denunció sabotaje en el apagón que...”. “Leé bien”, insistió el secretario. “La EPE denunció sabotaje...”, se empeñó el jefe, desesperado por encontrar el error. “Ahí no dice sabotaje”. Decía sabatoje. “¡Sabatoje!”, se reía el jefe a los gritos.

Otro de los títulos habituales de La Capital es “Acá va título”. Por supuesto que en ese apoyito va título, sólo que nadie lo escribió. Incluso los diagramadores suelen hacerse los chistosos e introducir gazapos que el redactor no incluyó. “Repollito de Bruselas”, decía la procedencia del material de El Mundo. El diagramador había olvidado retirar la humorada y la página fue rescatada de milagro, lo cual cientos de veces no ocurrió.

La que iba a ser la mejor tapa del diario de todos los tiempos también fue atajada en el último minuto. Armando, siempre obsesivo, releyó por enésima vez todos los titulares. Decía: "Un patitovica dice que es inocente". Cada vez que me acuerdo me imagino un patito gritando con voz aflautada.

En la edición digital del diario son aún más acostumbrados los errores, por la urgencia para subir la noticia a internet pero también por el margen de poder corregirla en cualquier momento. La soledad soporífera de las mañanas de domingo contribuyen con las erratas. Creí haber titulado algo así como “Chocó un ómnibus en Venado Tuerto y murieron seis pasajeros”, hasta que del otro lado del teléfono alguien me preguntó: “¿Qué es un óminus, un hombre convertido en ómnibus?”. Tres horas después de corregir el desacierto me topé con la misma noticia, con un título que todavía se burlaba de mí: “muerieron”, decía.

Pero mi error favorito no es de mi autoría, aunque también apareció en la web del diario: “El próximo martes podrá verse un eclipse de lunes”. Una noticia maravillosa, no todos los martes se puede disfrutar un eclipse de lunes.

Las noticias tendrían que salir así como vienen escritas, sin título. Que el lector arranque leyendo nomás y, si le interesa, que la termine y listo.

POR HERNAN MAGLIONE

jueves, 15 de julio de 2010

Si Evita viviera

jueves, 15 de julio de 2010 0
Ninguno de los medios “serios” que cubrió con decenas de páginas la ley de matrimonio igualitario se animó a poner “putos”. Alguno tuvo la osadía de citar a la Agrupación Putos Peronistas, pero nadie escribió la palabrita letra por letra, sin comillas, a lo sumo eran homosexuales, señores homosexuales, aunque en todas las redacciones del país los chistes sobre esos señores homosexuales incluían la palabra puto. Que alguien se anime a afirmar lo contrario.

Aunque dudo de su veracidad (Google no me lo pudo corroborar), dicen que dijo Andrew Graham-Yooll que para hacer buen periodismo hay que tener una dosis de modestia, mucha paciencia, una cuota de cinismo y la convicción de que sólo vale la pena la honestidad. Y al cinismo le agrego: sentido del humor, si es humor negro mejor. Solamente con la ligereza del chiste fácil, la liviandad de la burla y la superficialidad de la procacidad se puede sobrevivir con cierta sanidad mental (poco frecuente en las redacciones) a la marea cotidiana de noticias terribles.

No era una noticia terrible la de anoche, era uno de esos escasos momentos en que todo suena a justicia y verdad. Pero igual, el chiste fácil, el doble sentido procaz: “Esta noche nos entierran los putos”. En una redacción, “enterrar” es sacar el diario más tarde de lo previsto por algún acontecimiento imprevisto. Y los putos son los que, en la crónica del día siguiente, serán los homosexuales. “Las minorías” dirá mañana el diario, y nosotros anoche les decíamos putos.

Solamente encontré en internet un periodista que en estas veinticuatro horas escribió la palabrita puto: Emilio Ruchansky, en Página/12, en una nota a María Rachid, de la FALGTB. La anécdota de Rachid es genial: dice que los anarquistas siempre estuvieron a su lado en la lucha por los derechos de los homosexuales. “Hace cinco años, cuando se supo que los neonazis iban a hacer lío a la Marcha del Orgullo, los anarquistas vinieron a enfrentarlos. Los neonazis les tiraban piedras y botellas. ¿Sabés lo que les gritaban los anarquistas?: putos de mierda”.

La Nación puso a dos periodistas a twittear desde el Congreso durante el debate de la ley de matrimonio igualitario. @msolamaya destrozó con total naturalidad el perfil moderado del diario. “Si Evita viviera sería tortillera”, dijo que cantaban en la plaza.

Me quedé en la redacción de La Capital hasta las 4.20 de la madrugada para subir a la web lo que estaba pasando en el Senado. En estas ocasiones, soy un tipo feliz, agradecido de tener este laburo: me encantaban los cierres en el diario impreso porque no hay nada mejor que las corridas de última hora, los cambios violentos, páginas que fueron escritas pacientemente durante todo el día y que desaparecen en cinco minutos, secretarios de redacción que apenas contemplan la escena y terminan balbuceando “mandala a filmar” cuando el trabajo sucio y desprolijo ya fue perpetrado. Estoy feliz con un poquito de adrenalina (la que debería tener este trabajo todos los días), saber que hay cinco tarados leyendo a esa hora, saber que algún día me voy a acordar de esta noche como me acuerdo del día que se murió Carlitos Menem junior, del atentado a la Amia, de Lapa, del 11 de septiembre, de la noche de Cobos...

Fue otro día de esos en que uno está convencido de que son históricos pero que si lo escribe en el título o en la volanta queda feo, muy feo, horrible. Los putos festejaban en el Congreso con la genuina y contagiosa felicidad de la reivindicación. Está buenísimo, que cada cual haga lo que más le guste con lo que más le guste. Fue un día histórico.

POR HERNAN MAGLIONE
foto: Rafael Anderson Gonzales Mendoza, Creative Commons share-alike 2.0

martes, 22 de junio de 2010

Con ojos ajenos

martes, 22 de junio de 2010 0
"Bueno, no hay drama. Pero decime dónde hay un bar por acá así lo voy a ver". Son las 15.24, en seis minutos empieza Argentina-Grecia y la calle está convulsionada. El tipito que habla por celular quedó varado en la puerta del edificio, el dueño de casa seguramente se fue a ver el partido a otro departamento.

Parece un buen plan ver cómo se comporta el mundo con ojos de extranjero, de marciano. Ya lo tengo decidido: no me importa lo que pase en Argentina-Grecia. Voy a ver la gente pasar, sufrir, festejar, alentar, saltar, enarbolar banderas, soplar cornetas.

La rubia baja de un salto de la moto y sale corriendo. Tendrá 25, 26 años y lleva vuvuzela en mano, una bandera argentina a manera de poncho y gorrito celeste y blanco. El novio se apura a buscar un lugar para estacionar; la rubia va a apoyar su culo en una silla del bar y sólo va alentarlo con los goles argentinos que ya van a llegar. Van a hinchar por el equipo de Diego como parte integrante de las hordas mundialistas.

Me cruza un vecino que apura el paso. "Vamos, vamos que no llegamos", me avisa con una sonrisa, como si ambos estuviésemos obligados a compartir el partido en el living de su casa.

Se escuchan cornetas, un petardo a lo lejos, cornetas por todos lados. La gente es feliz, vive una alegría genuina.

Son las 15.29 y ella parece ajena a la efervescencia general. Con esas botas negras hasta la rodilla, calzas del mismo tono y su saco largo y elegante es un clon de todas las mujeres, ahora todas se visten igual, todos los días, a la tarde y a la noche para ir a bailar. Pero debajo del saco lleva una camiseta argentina, muy probablemente de esas truchas compradas en la calle. Los vendedores ambulantes también van a festejar los goles de la albiceleste, tienen más motivos que el resto.

15.30. Sería el fin del mundo en una película de Hollywood si no fuese porque se escucha acelerar un auto a lo lejos y otra corneta. Soy un loco, un imbécil sin identidad, un ofuscado renegado social que escribe en un papelito mientras camina por las calles desiertas mientras, cruzando el océano, un árbitro uzbeko sopla el silbato apuntando con el dedo en pose "allá vamos".

Ya sé cómo es, sólo hay que estar apenas atento: si se escucha un grito de gol cuadrado, de frecuencia latosa, será el relator anunciando al unísono por todos esos parlantes de las TV que hizo un gol un señor llamado Papastathopoulos u otro de apellido Papadoupolos. A ese sonido habrá que agregarle alguna puteada a media voz de un hincha vestido de celeste y blanco. Si se escuchan gritos infinitos, (otra vez) cornetas, aparece gente saltando en las veredas y revoleando sus ponchos argentinísimos como emulando a Soledad Pastorutti, entonces será gol de algún apellido más familiar, quizás Tevez, Messi o, ¿por qué no?, Palermo.

Pero no se escucha nada. Apenas alguna que otra corneta cada tanto, seguro que empuñada por una mujer; ellas suelen alentar en el momento equivocado del partido, cuando no están hablando de la novia de Demichelis o del parecido de Maxi Rodríguez con Ben Affleck.

En la cuadra de los electrodésticos se escucha "aahhh" y tres segundos después "uhhhhh". En el bar de la otra cuadra resuena un "ffff" y también un "¡no!" en siete tonos distintos, como si un director estuviese coordinando una absurda orquesta gutural.

El mundo revive, es el entretiempo. Un viejo empuja una bici mientras silba "Yellow submarine" y no puedo hacer otra cosa que imaginarme a un hincha inglés en Manchester, que seguramente ahora no está tarareando una canción de los Beatles.

Voy camino al diario: ¿cuánta gente hoy entrará a trabajar a las 14.30 en Argentina? El vendedor de garrapiñada ensaya un grito de gol pero los escasos transeúntes ni levantan la cabeza; sus ocasionales compañeros festejan la supuesta humorada.

En el diario los televisores funcionan como aglutinadores de hinchadas de lo más heterogéneas. Son las 17.02 y el grito explota. Se escuchan más voces de mujeres que masculinas, quizás sea porque el gol fue del bombonazo de Demichelis, que se despeinó para cabecear pero terminó empujándola de prepo, a los apurones. La tele muestra a Palermo charlando con Mancuso. ¿Va a entrar El Loco?

Palermo es un hombre de suerte. Lo pienso incluso cuando el goleador ensaya una de sus típicas piruetas risueñas. Y ahí le quedó el rebote para poner la patita bien abierta y buscar el segundo palo. Nadie consigue domar a la Jabulani, ni Cristiano Ronaldo ni Kaká, ni Özil ni Rooney, ni Distéfano ni Harry Potter. Pero Martín abre la patita, busca el segundo palo y allá vuela la pelota, para embolsar la red y que todo el diario festeje de nuevo, y afuera suenen más gritos y cornetas y ponchos à la Soledad.

Sí, me olvidé del mundo y, sin darme cuenta, me metí en el partido. Ni siquiera estoy seguro de querer que Maradona levante la copa, pero la alegría genuina es tan emocionante como contagiosa.

POR HERNAN MAGLIONE
 
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