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jueves, 23 de junio de 2011

Ni Ibn Hazem, ni Ibn Jaldun

jueves, 23 de junio de 2011 1
"Giralda", de Marino Carlos *
Para iniciar la conversación apelé a los tópicos más obvios, redundantes y predecibles, como para asegurarme un código común, la empatía, digamos. Pindapoy, Naranjo en flor, esas cosas. Trinaranjus fue más difícil de explicar, para no hablar de la mención de Mónica y César, totalmente fuera de lugar, según me quedó claro apenas la proferí, al notar la apatía de mis interlocutores, sí, los nombré a ellos, no sé, como famosos naranjeros argentinos, me imagino, ya a esa altura habitaba yo una suerte de turbión, doctor, pero todo había empezado muchas horas antes aquel día, y yo creo que fue la rima, el nombre, algo, en ese simple cartelito, que me resultó extraño y sorprendente, y que de alguna manera disparó todo lo que vino después, de lo que me hago plenamente responsable, claro, pero intento responder a su pregunta acerca de las circunstancias y los disparadores de los lamentables sucesos que protagonicé y de los que nunca voy a terminar de disculparme. El cartelito me llamó. Y fue irresistible. Era apenas una hojita húmeda, desamparada, azotada por la lluvia. Un papelillo adherido a un muro, en una estrecha callejuela de esta maravillosa Sevilla. Pero tenía un mensaje para mí, según pensé en aquel momento mientras intentaba resguardarme del chubasco bajo angostos aleros. "Pérez Galdós, 2", decía, así, sencillito, real en su modesta existencia. Y ahora, días después, vuelvo a Sevilla para explicar lo sucedido entonces, y compruebo que ya no existe el negocio aquel, al que aquella vez llegué gracias a la indicación del letrerito. No, ahora vive allí un pintor, pero antes en ese local vendían "setas mágicas", tal como indicaba el minimalista, poético mensaje que fue el disparador, principio y causa eficiente de los sucesos que luego se desencadenaron: “Setas mágicas. Pérez Galdós, 2”, decía el cartel. Eso decía. Poesía pura, haiku perdido de Basho, treinta caracteres cargados de significación, al menos para mí doctor, que en medio de la lluvia, caminando sin rumbo fijo, me encontré con ese mensaje cifrado. Y me lancé entonces a buscar el misterioso sitio entre las laberínticas callejuelas. No fue fácil hallarlo. Sin indicación alguna más allá de un diminuto “dos” sobre la puerta de entrada, tan minimalista como el poema que lo anunciaba, el local de pronto se me apareció, en medio de la lluvia, empantanado en el silencio de aquella tarde invernal, cuando ya me daba por vencido. Era una suerte de caja azul, acerada y seca, de cemento crudo, granulado, gris intenso. “Hola, vengo por las setas”, le dije al joven que permanecía, en un estar-ahí Zen, detrás del mostrador transparente, de acrílico, que exhibía varias clases de productos que mis ojos no lograban captar: sólo percibía vacío, porciones de invisible nada. Muy pálido, pero con tonalidades azuladas que quizás, pienso ahora, provenían de las paredes del extraño local y que, de alguna manera, se le proyectaban en el rostro, el joven que atendía lucía envarado, recto, un señor Spock en viaje químico hacia la hibernación. Me advirtió que no eran setas frescas, sino “secas”. Intercambiamos algunas palabras sobre Ámsterdam, la mente y el precio. Me extendió el paquetito. Su diseño contrastaba en forma violenta con el entorno del local, que tenía algo de nave espacial. “Smell Pillow”, decía el envase, que combinaba tonos rojos, amarrillos, verdes, como para encandilar. “No es comestible”, advertía. “Coloque la almohadita debajo de su almohada antes de ir a dormir. Los mágicos efluvios lo ayudarán a conciliar un sueño profundo y reparador. No abra la almohadita. Elemento tóxico, no comestible”, decía el envase. Presa de cierta excitación, reconozco, y también con dudas por el misterioso contenido del abigarrado paquetito, me dirigí –la lluvia no me importó entonces–, hacia el diminuto cubil donde dormía, grande para calabozo o placard, pequeño para recibir el nombre de “habitación”. Allí, con mucha dificultad, hice exactamente lo contrario de lo que indicaba la advertencia del envase: deshice las duras costuras de la almohadita, extraje los secos hongos que contenía, y enseguida percibí el amargor en la boca, pensando que, de ser cierta la advertencia del envase, podía morir envenenado allí, solo, en un cubil de una pensión sevillana regenteada por un ex compañero de armas de Hugo Chávez, ahora devenido opositor a la Revolución Bolivariana. Mientras la saliva se mezclaba con las setas concebí la idea hacer la crónica aquella, señor juez, de hecho estaba aquí para trabajar, para intentar reflejar en notas periodísticas mis experiencias en esta maravillosa ciudad del Al Ándalus, Nomine Domine, ciudad con fragantes naranjos en las calles, ciudad edificada por Hércules, cercada por Julio César, ciudad gitana, de muros y torres altas, el Rey Santo, Garci Pérez de Vargas, el Guadalquivir. Sería una nota muy interesante, recuerdo que pensé entusiasmado ese día, y no era para menos, en un sitio con tanta historia, y entonces me dirigí a la catedral, la famosa catedral de Sevilla, la catedral gótica más grande del mundo, Patrimonio de la Humanidad. Una misa en hongos en la catedral de Sevilla, no podía fallar, digo, desde un punto de vista profesional señor juez …..pero todos sabemos que falló, y cómo falló, jamás escribí la nota y bueno, además sucedió todo lo otro, claro. Llegué a la catedral cuando la misa no había comenzado. Me senté en uno de los bancos. Esperé. Nada ocurría en la catedral, ni tampoco en mi mente, y me empecé a impacientar, ansioso, con un sabor amargo en la boca que no era metáfora. Esperé. Los más leves movimientos de las personas en los bancos llamaban mi atención y comprometían mis sentidos de forma notable. Seguí esperando. Cuchicheos afilados, lacerantes. Telas de prendas que se retorcían apenas pero lo conmovían todo. Y los pasos, los pasos de los que llegaban fingiéndose sigilosos, silenciosos, produciendo un estruendo brutal. Un paso tras otro, y otro más y otro más. Y otro, y otro, era insoportable, lo recuerdo y vuelvo a experimentar la horrible desazón. Seres cínicos, malditos, disfrazados de simples feligreses, se exhibían caminando a mis espaldas, como ejércitos en marcha, como hordas invasoras que se sentaban modositas a oír misa y a burlarse del inútil amargor en mi boca. Para acentuar el sentimiento de fracaso miré la libretita de apuntes en blanco, la Bic erecta en medio del estruendo de los pasos en la nave de la catedral, cada pisada una hecatombe, el Mar de los Sargazos, la Quebrada de Humahuaca, el Mar de los Sargazos, la Quebrada de Humahuaca…..y así y así…..y Erdosain…y así, en una sucesión que nunca olvidaré, porque todavía me aturde. Era un desfile maldito señor juez, una tremebunda mojiganga escondida tras el silencio bondadoso de unas pocas personas que caminaban lentas y se sentaban como momificadas, cínicas, protervas, se sentaban una a una, conforme iban llegando, sobre esos nobles bancos de oscuras y eternas maderas….libretita y Bic cruzaban miradas de frustración, pasmo y vergüenza cuando me puse de pie produciendo un ruido ronco …..ellos, momias inmutables, secos, quietos en medio del silencio, se sacudían la encrespada fauna cadavérica que intentaba metérseles por los oídos y las narices, como quien al pasar y con desgarbo se quita pelusas traídas por la brisa. Intenté calmarme mientras me alejaba. Me tracé un plan: iría, como quien disimula su impaciencia, a observar los afiches que se exhibían en la parte trasera del templo, lejos de las momias que me gritaban. Así ganaría tiempo hasta que comenzara finalmente la misa. Pero nunca imaginé, su señoría, que al intentar alejarme de aquel horror, de aquellos cínicos muertos que me gritaban en silencio, me toparía con aquello …pero bueno, lo cierto es que me puse a observar los anuncios. Se referían a reuniones parroquiales, campañas de beneficencia, y colectas, y la mayoría de ellos ofrecían imágenes de familias sonrientes, felices, apacibles. Lo logré, recuerdo que dije en un principio. Me sentí aliviado por un momento. Pero todo fue un engaño, doctor, una cruel engañifa. Pensé que si pasaba el tiempo, si lograba no ser aturdido por la danza de la muerte y la mojiganga, si el amargor en la boca comenzaba a servir para algo, quizás, pensé, se me revelarían finalmente todas las maravillas de aquella catedral, y podría escribir sobre la mezquita Aljama, Alfonso X el Sabio, y los espectros de los vikingos gitanos que vagan por el barrio de Triana desde el año 844. Pero me equivoqué, señor juez, me equivoqué. Los viejos esplendores del Al Ándalus me fueron negados. No se abrieron ante mí las puertas de la percepción. Ni el más allá del tiempo y los sentidos. Apenas un pobre más acá. No la otredad, la mismidad, el mismo magma del que vengo y en el que todavía me crío y chapaleo. Intentaré describirlo lo mejor posible, señor juez. Yo estaba observando uno de esos carteles, haciendo tiempo, como dije antes. Sí, en uno de esos carteles ocurrió. Era un padre de familia, de una de esas familias sonrientes que ilustraban los anuncios de las campañas benéficas. No, no me encontré con aquella joven poeta de belleza exquisita, indescriptible, que endulzaba con sus versos la corte de Abd al-Rahman IV al-Murtada. Ni con los secretos habitantes que vagaban por las noches en los magníficos jardines del Reino Nazarí de Granada. Nadie recitó “El collar de la paloma”, no. Ni Ibn Hazem, ni Ibn Jaldun, y menos el gran Ibn Rusd. No, no se me manifestaron. Sólo amargor, espera y silencio. Ni rastros de los delicados versos eróticos de Al-Mu’tamid ‘Abd Allâh Mwhammad ibn ‘Abbâd:

Se quitó el manto, una rama de sauce su
cuerpo, como el capullo que estallaba en flor.
Me sirvió el vino de sus miradas, de la
copa; a veces de su boca.
El toque de su laúd me embrujo; como si
oyera el rasgueo de espadas en los cuellos
enemigos.

Nada de eso hallé en la sagrada catedral. Sólo el horror, que me esperaba agazapado en los anodinos afiches de la beneficencia. Allí perdí la razón, señor juez. Fue un padre de familia, respetable, común, calvo, feliz y gris, y con luz propia. Sí, sucedió cuando lo miré fijo. El fulgor, el fulgor. No, no hablo del modesto brillo de una calva, hablo del fulgor, de la invitación del Averno, y del repentino efecto wawa que se apoderó de la realidad toda. Sí, él me invitó, nimbado, a salir del edificio de la catedral, él me lo dijo con sus rayos de luz. Y entonces Arlt, y el señor pelado que me dice “rajá, turrito rajá”, pero no….fue el fulgor, sí, literalmente vi. la luz, como Víctor Sueiro, que es un escritor argentino que cada vez que se muere escribe un libro….. sí doctor, fue la calva luz de aquel buen padre de familia la que me empujó a ganar la salida, sí, y a bajar las nobles escalinatas de la catedral de esa manera…..y me lancé a la calle, a conversar con los naranjos, con todo respeto, y después pasó lo que pasó……

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POR PABLO BILSKY

* Imagen por Marino Carlos from Santa Cruz de Tenerife, Spain (Giralda) CC-BY-2.0, via Wikimedia Commons

jueves, 23 de diciembre de 2010

Los mal matados

jueves, 23 de diciembre de 2010 3
Las siglas NN son reemplazadas por un nombre y una vida. Quienes fueron apropiados recuperan la identidad. Los sobrevivientes cuentan su historia. Emergen los “fusilados que viven”, los “mal matados”, figura fundamental de la historia argentina inmortalizada por Operación masacre. Los que fueron marcados para desaparecer sin dejar marcas regresan, y marcan a fuego el pasado, el presente y el futuro. La derrota cultural de la dictadura en torno a la noción de “desaparecido” constituye el más profundo avance de la “mal matada” democracia argentina.

Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío,
Francisco de Goya (imagen de dominio público)
“No los ve pero sabe que le apuntan a la nuca. Esperan un movimiento. Tal vez ni eso. Tal vez le tiren lo mismo. Tal vez les extrañe justamente que no se mueva. Tal vez descubran lo que es evidente, que no está herido, que de ninguna parte le brota sangre. Una náusea espantosa le surge del estómago. Alcanza a estrangularla en los labios. Quisiera gritar. Una parte de su cuerpo –las muñecas apoyadas como palancas en el suelo, las rodillas, las puntas de los pies– quisiera escapar enloquecida. Otra –la cabeza, la nuca– le repite: no moverse, no respirar”. Así se narra en Operación Masacre cómo escapó de las balas uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, Horacio Di Chiano, fusilado vivo, mal matado que habla.

“Horacio di Chiano dio dos vueltas sobre sí mismo y se quedó inmóvil, como si estuviera muerto. Oye silbar sobre su cabeza los proyectiles destinados a Rodríguez. Uno pica muy cerca de su rostro y lo cubre de tierra. Otro le perfora el pantalón sin herirlo”, se describe en el texto de Rodolfo Walsh.

Si la matanza descripta por Walsh preludia y anticipa el genocidio que se desata a partir del golpe de marzo de 1976, los fusilados que viven y hablan anuncian la figura del sobreviviente, el que regresa, el que se escapó de la muerte que los asesinos le tenían destinada y da su testimonio y renueva y vivifica la militancia. Simbólicamente, los que vuelven representan la capacidad de resistencia de los pueblos ante las dictaduras. En forma más concreta y palpable, los sobrevivientes resultan hoy fundamentales para alcanzar verdad y justicia y, además, como vehículos de la memoria histórica y constructores de un imaginario social democrático.

Revisar y desandar la noción de “desaparecido” forma parte de la pelea de fondo, la pelea cultural contra el autoritarismo. Esta expresión nos remite a uno de los planes más perversos dentro del plan de extermino del terrorismo de Estado. La imagen atroz de Jorge Rafael Videla asegurando en 1979 que el desaparecido “no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido” quedará grabada para siempre en la memoria histórica de la Argentina. El dictador exhibe allí la matriz profunda del plan de exterminio: la idea era borrar, hacer desaparecer de la faz de la tierra la militancia, la lucha, la resistencia; la idea era convertir todo eso en nada, hacerlo desaparecer, como si de magia se tratase; el plan pretendía un borramiento total de la entidad, del ser. “Está desaparecido”, señala el dictador, y entonces hace un gesto con las manos. Es que la noción de “desaparecido” se instala, por definición, en los límites del lenguaje: “ni muerto ni vivo”, el referente se desvanece y la lengua encuentra sus límites cuando se presente señalar con palabras aquello que se pretende “nada”, carente de entidad. Por
eso el dictador hace un gesto con el que intenta dar la idea de algo evanescente, de algo que se disuelve en el aire sin dejar rastros ni marcas.

Hacer desaparecer es más que matar. Es la forma más salvaje y barbárica de negar la existencia del otro, remite a un autoritarismo mesiánico y megalómano que se planteó, además de masacrar, realizar una intervención antropológica, axiológica y existencial sobre la sociedad argentina.

El filósofo y escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) afirmó que la costumbre de enterrar y honrar a nuestros muertos es una esencial definición de “lo humano”. Más de 400 años antes de Cristo, Sófocles lleva al teatro el mito de Antígona, que cuenta la historia de la hija de Edipo, quien incumple la prohibición del rey Creonte y entierra el cuerpo de su hermano Polinices. La condena del monarca era la peor pena imaginable, la más humillante, aquella reservada a los traidores a la patria: se acusaba a Polinices de conducir un ejército foráneo contra su propia tierra. En la Argentina, en cambio, los traidores a la patria fueron los genocidas. Ellos convirtieron al Ejército Argentino en un ejército de ocupación, para luego volverlo contra el propio pueblo argentino en defensa de intereses foráneos. Antígona se enfrenta primero al rey, y luego a la muerte a la que fue condenada, con total convencimiento y dignidad: ningún hombre puede negar a otro sepultura, no es propio de hombres, sólo de dioses, reafirma Antígona antes de ser sepultada viva en una tumba excavada en la roca.

En Ricardo III, Shakespeare nos presenta un rey tiránico que usurpó el trono a través del crimen y la traición. Durante la noche previa a la batalla de Bosworth, en su tienda de campaña, el detestado monarca intenta en vano conciliar el sueño. Lo desvelan los espectros de los asesinados, de los traicionados que regresan para recordarle su traición:

Mañana en la batalla piensa en mí y caiga tu espada sin filo: desespera y muere.

Los fantasmas repiten la terrible expresión como una letanía, con el peso de una maldición.

Pero los desaparecidos que aparecen en la Argentina no son fantasmas. No vuelven en busca de venganza. Poseen una densa corporeidad colectiva. Cada identidad recobrada, cada desaparecido que aparece es un acto de verdad y justicia, y una victoria sobre la dictadura. La verdad contenida y potenciada por la memoria repara injusticias, remueve rémoras, refuta mentiras, por lo que siempre resulta habilitante y se proyecta hacia el futuro.

Los seres humanos dejan marcas de su breve paso por el mundo. Algunas son materiales. Otras, de otros órdenes. Cuando los restos de un ser humano se unen y se reencuentran con un nombre, con una vida, con una historia y una militancia, algo renace, algo se recupera para siempre para el futuro.

POR PABLO BILSKY

jueves, 30 de septiembre de 2010

Tizne

jueves, 30 de septiembre de 2010 15
“Vecinos de la zona sur volvieron a cortar la avenida de Circunvalación a la altura de calle Garibaldi para reclamar por trabajo y planes sociales y denunciar la situación de extrema pobreza que están atravesando. Más de cien personas, la mayoría mujeres y niños, desafiaron el frío y permanecieron durante más de ocho horas a la espera de una respuesta de las autoridades”, escribí, casi automáticamente, con los dedos todavía entumecidos por el frío, apenas regresé de hablar con los vecinos que estaban sosteniendo la protesta. Corría el año 2001, tiempos de devastación neoliberal en la Argentina y cada día, en realidad varias veces por día, los cronistas de El Ciudadano nos repartíamos por los distintos cortes para después volver corriendo a la Redacción, a tratar de armar una nota que diera cuenta de ese complejo panorama de medidas de fuerza.

Estaba a punto de iniciar el segundo párrafo de la crónica cuando vi entrar a uno de los delegados de la comisión interna del diario. Gesto adusto, mirada torva, el mensaje era inconfundible, repetido, consabido: “Hoy no se cobra muchachos, y no hay fecha”.

Por aquellos años, cuando la situación del país y la consiguiente degradación de la labor periodística se veían claramente reflejadas dentro del diario, y cada mes, cada fecha de cobro, se desplegaba una renovada lucha de los trabajadores, con asambleas, paros, cortes de calle y volanteadas, esas simples y temidas palabras –“No se cobra”– detonaban en forma inmediata, automática, un aceitado mecanismo ejecutado por el Sindicato de Prensa y la interna, con la participación de cada uno de los trabajadores: procuración de pancartas, cubiertas, volantes y bombas de estruendo. Y a la calle.

A menos de cuarenta minutos del anuncio del nuevo incumplimiento patronal, con la crónica del corte de Circunvalación ya terminada a los apurones y pasada a edición, los trabajadores de El Ciudadano gritábamos por nuestros salarios entre el humo denso, negro y pringoso de las cubiertas que se consumían en medio de la calzada, en calle Dorrego, produciendo un corte parecido a los que, en esos mismos momentos, tenían lugar en otros puntos de Rosario. Tras casi dos horas de protesta callejera frente al diario, se supo que pagarían, al menos una parte del sueldo, esa misma jornada. “Hay que volver a hacer el diario”, nos decíamos unos a otros, redundantes, como pensando en voz alta, mientras recogíamos los negros y humeantes amasijos de alambres, caucho y pez, que dejan como residuo las cubiertas consumidas, como filigranas pastosas de olor picante.

En esos momentos se experimentaba una mezcla de cansancio, bronca, alegría y tristeza. Tener que hacer lo mismo cada mes, y hasta dos o tres veces por mes, para ir cobrando el salario en cuentagotas. Y encima tener que interrumpir la medida de fuerza ante las irresponsables idas y vueltas de la patronal, y volver a hacer el diario tras un parate de casi tres horas, que atrasa la edición en forma drástica, irrecuperable en otras condiciones consideradas “normales”. Pero no. Allí todo transcurría con la veloz naturalidad de lo repetido: cubrir, escribir la nota, encender gomas, putear, hacer estallar bombas, entregar volantes a transeúntes y automovilistas y volver a escribir y así……y el diario salía, siempre, y pese a todo. Las horas de paro eran compensadas por los trabajadores con más laburo, más presión, más trabajo en equipo, y más velocidad en cada una de las tareas.

Estaba haciendo los últimos ajustes a la nota de la protesta de los vecinos de la zona sur ya en la sección Diagramación –los dedos todavía tiznados dejaron marcas sobre el blanquísimo teclado ergonométrico de la Mac–, cuando sonó otro grito de alarma. “Parece que van a desalojar el corte de Circunvalación”. Tres compañeros dieron un respingo al mismo tiempo: un fotógrafo, un editor y un cronista. Por aquellos días, con Carlos Reutemann como gobernador de la provincia y el ex Side y por entonces secretario de Seguridad, Enrique Álvarez, había que acudir sin demora. Cinco minutos después de la alarma, estaba en un taxi camino al corte.

Más de cien personas soportaban el frío junto a las gomas encendidas, y ante la atenta mirada de un batallón de policías que parecía preparase para invadir los Estados Unidos.

Sobre la cinta asfáltica congelada y gris, el espacio vacío que separaba a los manifestantes de la policía parecía enorme, compacto. A ambos lados de la ruta se extendían los humildes hogares de las personas que protestaban: techos de zinc sobre los que descansaban cubiertas, trozos de madera y metal, y otros objetos que a la distancia parecían sin nombre. De un lado del vacío, hombres, mujeres y niños desarrapados, cansados, muertos de frío, portando bebés, arrugados paquetes de galletitas, ataditos de ropa muy gastada y envases de gaseosas de marcas baja gama. Del otro lado, los policías con sus uniformes desarrapados, de un azul desleído, cansados y muertos de frío, se arropaban ominosos con sus palos y sus escudos.

“Vimos que andaba por ahí con su auto Enrique Álvarez. Cuando aparece ese, a los cinco minutos da la orden y nos recagan a palos”, denunció una de las personas que protagonizaban la protesta.

De a ratos se producía un silencio desagradable, sólo interrumpido por los ladridos de los muchos perros que acompañaban la protesta. En medio de la nada, la miseria, la espera y el frío, hasta los ladridos de los perros del barrio resultaban siniestros.

Después de dos horas de tensión, cuando ya caía la noche, comenzó una negociación con la policía y debí volver a la Redacción a escribir la nota, ya amenazado por la hora de cierre de la edición, un cierre forzado, difícil. “Cualquier cosa avisen”. La frase se repetía cada vez que un cronista abandonaba la cobertura de una protesta.

Cuando regresaba en taxi a la Redacción otro piquete se interpuso en el camino.

“La puta madre… acá también está cortado”, dijo el taxista. “Sí, ya sé, ya sé… que los maten a todos, ¿no?”, dije, harto de escuchar siempre lo mismo. Pero el hombre no percibió la ironía.

“Pero claro…. que vayan a laburar, vagos”, señaló el tachero cuando ya llegábamos al diario.

Me bajé revisando los apuntes en la libretita. Las páginas también tenían marcas de tizne. Mientras subía las escaleras hacia la Redacción, me odié por el exceso de fina, boba ironía ante el taxista. Debí putearlo, claramente, pensé mientras cruzaba la filita feliz de compañeros esperando por el cobro, cuando ya llegaba al escritorio y me zambullía sobre el teclado, en medio del ajetreo de la edición atrasada y tiznada.

Pero cuando comencé a escribir y describir la protesta, las mujeres y los chicos muertos de frío pidiendo comida, por un lado, y los palos y escudos de los policías, por el otro, el comentario del taxista volvió a retumbar en mi cabeza. “Nazi de mierda”, grité golpeando el escritorio con el puño. Nadie se inmutó. En la Redacción de El Ciudadano por aquellos días, la siempre lábil y ambigua noción de “normalidad” incluía alaridos, puñetazos a escritorios y paredes, ladridos dirigidos a las computadoras, risas estertóreas, llantos de alegría, tristeza, bronca y otros motivos indescifrables, cabriolas propias de saltimbanquis, actos de prestidigitación y funambulismo.

“Caos” y “tole-tole” eran las expresiones preferidas en la Redacción. Funcionaban como mantras, como una suerte de Om desesperado y desesperante, propio de occidentales lastrados, que ya habían arrojado a los perros los anhelos de paz, calma y vida sana. En ese particular contexto una modesta puteada con puñetazo era una de las más anodinas formas de la nada. “Nazi, botón y vigilante”, dije, pero enseguida me arrepentí: “El tachero es un laburante también, che”, pensé, correcto. Pero cuando observé las imágenes tomadas en el corte que me mostraron los compañeros de la sección Fotografía –se veían chicos y mujeres mayores temblando de hambre, frío y miedo en medio de la nada– la corrección política y la fina comprensión de las complejidades de la mente humana de clase media se esfumaron como negro humo de quemadas cubiertas, y dejaron lugar al planteo inicial: “Nazis y vigilantes”, dije en voz alta, ahora más “inclusivo” gracias al uso del plural. De algún lugar entre el caos que se enseñoreaba por la Redacción, se elevó el dedo pulgar de un compañero, aprobatorio y tiznado.

POR PABLO BILSKY

viernes, 3 de septiembre de 2010

El aroma de los eucaliptos

viernes, 3 de septiembre de 2010 9
El olor de la descomposición no llegaba a ser disimulado por el aroma del monte de eucaliptos. No sólo lo recuerdo –un olor acre, pegajoso, que se quedaba adherido a las fosas nasales produciendo un levísimo ardor– sino que todavía está en mí, como agazapado, esperando quién sabe qué. Allí, entre los eucaliptos, estaba el cadáver, acompañado por el zumbido de las moscas que lo asediaban, saludado por el canto de los pájaros que desde lo alto de las copas de los árboles parecían observarlo asombrados, sin la actitud natural-profesional de policías y cronistas. Allí estaba, lo recuerdo bien, con detalles, en medio de una confusión de maderas, telas, trozos de nylon, ropas de mujer, sogas, papeles y perros que jugueteaban con un tapado de piel sintética imitación leopardo. Allí estaba, hace diez años y también ahora, acostado sobre unos cajones que hacían las veces de cama.

Era el cuerpo de un hombre. Estaba muy hinchado y tumefacto, y se encontraba vestido con una pollera que parecía reventar debido a la inflamación del vientre. Vestía además una blusa multicolor que –ya carcomida por las alimañas– dejaba ver un corpiño que alguna vez fue blanco y que por entonces presentaba un color desconocido, entre rosado y marrón.

Era el cadáver de un ex combatiente llamado Hugo, un hombre de menos de 40 años que había estado dispuesto a morir, diecisiete años antes, en las Islas Malvinas. Su cuerpo bien pudo yacer sobre la fría turba de las praderas de Ganso Verde, junto a otros cadáveres de otros jóvenes como él.

Su cadáver pudo haber sido encontrado, igualmente putrefacto, tal vez atacado por otras especies de alimañas, en las cercanías de Puerto Argentino, después de alguna de las horribles matanzas nocturnas desatadas en medio de la confusión, el frío y el hambre. Pudo haber sido muerto en circunstancias consideradas más heroicas, durante los últimos ataques de las tropas inglesas que precedieron la rendición final firmada por los generales y preanunciada por el mismísimo Papa durante su visita a la Argentina. Pero no fue así. El muchacho oriundo de la zona sur de Rosario fue a Malvinas y volvió. Claro que “un poco cambiado”, según señalaron aquel día quienes lo había conocido.

"Se le daba por vestirse con ropas de mujer, pero no se metía con nadie. Era muy simpático", aseguraron los vecinos consultados por los cronistas. Los habitantes de la zona fueron los únicos capaces de indicar a los confundidos agentes de policía dónde hallar el cuerpo en medio del cerrado monte de eucaliptos del barrio San Fernando de Capitán Bermúdez, al final de un camino escondido y tenebroso que parecía no conducir a ninguna parte.

Aquel día, los vecinos contaron que el ex combatiente se paseaba por el barrio luciendo polleras multicolores, collares y anillos. Que tenía “una belleza sobria”, “sin exhibicionismos”, una belleza “típicamente femenina” y “maternal”, según describieron algunos testimonios. Solía colocarse un almohadón en el vientre simulando un embarazo. También acostumbraba a pasearse empujando un cochecito en el que transportaba "a su bebé”: un muñeco rubio y regordete, prolijamente vestido, cuidado con esmero.

El "loco de la pollera"–así se lo conocía entre los vecinos de Capitán Bermúdez– había aparecido en esa localidad después de abandonar el hospital Agudo Ávila de Rosario, y luego de huir de su familia. Periódicamente sus padres y hermanos se internaban en el monte de eucaliptos para pedirle que regresara. Pero él nunca quiso volver. Se sentía bien allí, en su indescriptible choza de maderas y nylon adornada con flores.

Vivía arreglándose con esmero y coquetería, contaron los habitantes del lugar. Pero un día –el mismo día en que Charles, príncipe de Gales, visitó la Argentina y recorrió la huerta ecológica de Piero– Hugo murió “por causas que no se pudieron determinar”. Los vecinos afirmaron haber escuchado tiroteos y algunos deslizaron que pudo ser víctima de delincuentes. Los forenses, a causa del avanzado estado de putrefacción del cuerpo, no pudieron descubrir las causas de su deceso.

Sus amigos, especialmente los ex combatientes que estuvieron con él en aquellas batallas de diecisiete años atrás, fueron mucho más osados, e incluso algunos aventuraron, sin dar muchas explicaciones al respecto, que tal vez no sea cierto que Hugo, "el loco de la pollera", no murió allá en la guerra.

Diez años después, aquel hedor todavía persiste en mi memoria, al igual que las hipótesis de los vecinos. Algunas muy disparatadas, me incitaron por entonces, hace una década, durante el viaje de regreso al diario en taxi, a fantasear una serie de finales alternativos, amparados por la falta de información, basados en el vacío que dejan “los hechos”. Nada de eso fue escrito aquel día tan lejano y cercano. Ni siquiera como borrador o apunte al margen. Nada de eso: en el anotador consigné, prolijo y veraz, los hechos que irían en la cabeza de la nota. Pero lo no escrito, lo que quedó fuera de la crónica, después de tanto tiempo, compruebo, permaneció grabado en la memoria, como una reelaboración de una reelaboración, como una versión de una versión sin original.

Después de todo, los relatos que intentan dar cuenta de lo real, los testimonios históricos, las crónicas de “los hechos de la realidad”, tienen la misma estructura de un relato de ficción. Y en el fondo, como demostró Hayden White, son lo mismo, porque Hugo nunca regresó, y todavía permanece allá en Malvinas, luchando con su pollera, su blusa y sus flores, parapetado en una trinchera, defendiendo una posición inexpugnable desde 1982, con su bebé en el cochecito, pequeño héroe de guerra, y con su tapado de piel. O: regresó de Malvinas y ahora, en este preciso momento, una década después de la crónica que dio cuenta de su muerte, está disfrutando del aroma fresco que viene del monte de eucaliptos, en el barrio San Fernando de Capitán Bermúdez.

POR PABLO BILSKY

foto: "Argentine cemetry", de Chris Pearson, licencia Creative Commons Reconocimiento 2.0 Genérica

miércoles, 18 de agosto de 2010

Una nota menos, una vergüenza más

miércoles, 18 de agosto de 2010 3
Bulto bajo manta grasienta. Un movimiento espasmódico sacude la oscuridad untuosa que se adivina bajo el amasijo, que hace las veces de cama para alguien, allí en la calle, en la avenida Columbus, San Francisco, California. La imagen me quedó grabada, permaneció en mí mientras me alejaba del lugar. Sobre todo la violencia eléctrica, mecánica, de ese secreto movimiento que se produjo debajo.

Me encontré a pocas cuadras con otro homeless, una mujer de mediana edad que de alguna manera habitaba, ocupaba y recorría el metro cúbico enmarcado por trozos de cajas que era su hogar, y entonces comencé a pensar en una estructura, en un encadenamiento de datos, unas líneas de descripciones que podrían convertirse en una nota: retrato de una persona que vive en la calle, una mínima radiografía de la pobreza en los Estados Unidos.

Extraje del bolsillo la libretita marca “Triunfante”. Cuarenta hojas a rayas, pero con índice telefónico. La había comprado muy apurado, minutos antes de dejar Rosario, y en ese último kiosco sólo había libretitas con ese inútil índice telefónico que ahora, no en aquel momento de “inspiración” claro, sino ahora, me parece indicativo de otras inutilidades.

Una buena descripción del entorno, contar en qué parte de la ciudad me encontré con esa persona, cerca de qué (para contrastar con la opulencia y la exquisitez de otros sectores de San Francisco), y fundamentalmente algunas palabras del homeless, un párrafo sería suficiente, pensé, mientras apuntaba algunos datos en la página que llevaba la pestaña con la letra F.

En una calle lateral, bastante más oscura que la avenida, aparece el candidato. El hombre acomoda sus bolsas en un rincón, como buscando un lugar donde pasar la noche. “Con las primeras sombras, esa escena se repite en cada una de las ciudades de los Estados Unidos”, pensé antes de encararlo, y lo pensé con las comillas y todo, como citando la nota nonata.

Faltaban todavía dos metros para llegar al tipo, pero no fue necesario dar un paso más. Un gruñido, seco, pastoso. Y un movimiento de brazos como las aspas de mi vergüenza. Retrocedí. Desanduve el camino desde el rincón oscuro y volví a perderme en la iluminada Columbus. Pero todavía, profesional, cronista, iba en busca de otra “fuente”.

Apenas tres cuadras más adelante demostré no haber aprendido la lección. En esa ocasión al tipo le alcanzó con el lenguaje gestual, el minimalista pero contundente mensaje de los ojos. Una mirada penetrante, de lástima, desprecio y furia, surgió de entre los jirones de color indefinido, en medio de la oscuridad olorosa.

¿Qué harían Horatio Algin y Hugo Mario Melo en una ocasión como esta?, me dije avergonzado, recurriendo a la auto ironía, como todo buen burgués bien intencionado y en retirada, mordaz aun en pleno fracaso. Me alejé, con todas mis buenas intenciones a cuestas (la otredad, la voz de los que no tienen voz), y toda la sarta de frasecitas que se vienen abajo apenas alguien nos desnuda. “La prepotencia del ignorante ante lo que no comprende ni jamás comprenderá”, anoté en la F, como quien toma apuntes para una no nota.

Hay una expresión elegante que alecciona sobre la necedad de quienes pretenden dar el paso más largo de lo que le permite la falda. Los anglosajones prefieren construir la máxima haciendo referencia a que no hay que meterse en la boca más de lo que uno es capaz de masticar. La más usada en nuestra cultura expresa la cuestión del límite con referencia a culos y a las alturas donde ellos pueden o no defecar.

En la “Triunfante”, sólo cuatro páginas más atrás, en la marcada con la C, encontré la salvación. Apuntes. Anotaciones vírgenes, tomadas tres días atrás y todavía no convertidas en nota. No tenía que hablar con nadie. No era necesario buscar estadísticas sobre la pobreza en Estados Unidos ni los homeless. Allí estaban los datos, esperando, ávidos. Me senté en un bar, pedí una cerveza y arranqué, inaugurando la página de la G: “Cabeza: Una experiencia única que bien vale los setenta dólares de la entrada. Un entreteniendo para toda la familia…..”. En un rato la tengo lista, dije. El tour en los Estudios Universal de Los Ángeles había estado bueno.

POR PABLO BILSKY
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket