Mostrando entradas con la etiqueta Juan Carlos Escobar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Carlos Escobar. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de diciembre de 2015

Modestia aparte

lunes, 28 de diciembre de 2015 0

Aquel día, en que todo pareció cambiar, llegué temprano a la redacción.

Sólo estaban dos computadoras prendidas y el eco de una frase lejana que repetía “¡Vamo’ que nos vamos!”.

En el fondo, en penumbras, podía adivinarse la silueta recortada del gordo Gonzo, luchando contra sí mismo y un bidón de agua.

- 16.322 seguidores en Twitter, me dijo sin levantar la mirada, mientras le pegaba con una cucharita a unos trozos indisolubles de sopa Knorr.

- Ah, dije sin mirarle la cara. Estaba feliz. Se lo sentía respirar.

- Después quiero que me des tu opinión...

Esa frase presagiaba algo que, en su construcción, debería tener como corolario un gesto de aprobación. De halago a lo que hizo, hace o hará.

- ¿Viste lo que subí en el Facebook?

- No.

- Me dieron dos diplomas; uno por participar en la fiesta del chancho con cuero y otro por llegar a la final de un concurso de poesía en Villa Mugueta.

- ...

- ¿Cuál de las dos imágenes elijo para la portada?

No fue un buen comienzo. Escuchar a Gonzo era una tarea ingrata. Encima, por esos días, los ánimos no eran los mejores. El diario estaba en un período de transición hacia algo parecido a la confusión. Algo que el nuevo CEO -que venía de manejar con éxito un lavadero industrial- definió como “redacción unificada”.

El proyecto de hacer un único periódico para el papel y la web se materializaría después de una no muy pensada reestructuración en la que, retiros voluntarios mediante, sólo quedaban 14 periodistas. Fue una decisión que tomó forma luego de que el nuevo administrador leyera un artículo de una consultora, “¿Y por qué no somos The Guardian?”.

El perfil
En una época no tan lejana, en que había mucha gente, nos divertíamos con las apreciaciones de Gonzo. No podíamos creer que alguien fuera tan pagado de sí mismo y se creyera tan superior a la media. Llegamos a imaginar que estaba actuando, que hacía un personaje.

Armando alguna vez descubrió unos apuntes del gordo que, voluntariamente o no, olvidó en la vieja sección Editoriales.

No tuve grandes profesores pero sí buenas enseñanzas. Mi gran maestro es alguien que, si bien ahora no ejerce el periodismo, lo hizo durante una década en un diario ya desaparecido. Aún hoy conserva su amor por la profesión a tal punto que tiene un negocio que bautizó “Ferretería Kapuscinski”.
Ediberto Muñoz (de él se trata) es un aficionado a las frases hechas, pero con sentido. Si un texto es muy extenso dice “Lo que redunda, abunda”. Si uno habla de más, “Callad, callad, si lo que vas a decir es menos importante que el silencio”. 
El me hizo entender, entre otras cosas, lo importante que es inspirarse en ideas ajenas y “reiventarlas”. 

La reinvención
Que haya una sola redacción parecía no significar que un mismo texto era digno de ser publicable en la versión impresa y en la web. Era, por el contrario, forzar a un periodista a desdoblarse y hacerlo asumir una personalidad que le era ajena, a veces distante. En esa lógica, cualquiera podría ser capaz de escribir cualquier cosa, y en cualquier estilo.

Hubo números ceros y versiones que nunca vieron la luz. Por suerte.

El primero en enterarse que la cosa era inminente fue Wilson, la última pluma de peso que nos quedaba. El periodista de referencia, al que citaban los otros medios. “El único que sabía escribir”, según un crítico más cínico.

Hace dos días nos juntó a algunos pocos en la puerta del archivo. Parecía llorar.

- No es joda, muchachos. Viene dura la mano.

- ¿Nos bajan el sueldo?, se preocupó la Ameba.

- Lo único que sé es que a mí me dieron dos notas para probar. Una es para el papel, “¿Es aún aplicable el concepto de justicia de Tomás de Aquino?”. Y la otra otra es para la web, “Según un estudio científico la masturbación genera apetito”.

Del editorial a las gacetillas
Gonzo también escribió, en aquella especie de lejana autobiografía:

Mis primeros días en el diario fueron como pasante en la sección Editoriales, así llamada porque nunca hubo una sola línea editorial sino varias. Todo era monótono y aburrido, en un cuarto en penumbras con viejos dinosaurios que fumaban en silencio. Mi trabajo era mirar, leer y, de vez en cuando, aportar algo. Mucho.
Logré ese puesto por una biografía que escribí. Muy comentada. Era un libro sobre un historiador local, Javier Andrada, un viejo que pasó sus últimos cincuenta años investigando la historia de una desaparecida calesita de barrio Belgrano. 

Esos comienzos coincidían, también, con la desmedida lucha por publicar notas firmadas. La ambición que lo llevó a rubricar un texto olvidable, “Té canasta a beneficio de la parroquia San Casimiro”.

El rearmado
Poco antes de que se inaugurara la redacción unificada hubo amagues por cambiar, de refrescarle la cara al diario. Fueron vanos intentos que incluyeron experimentos con finales inciertos, como los del director de Compraventas. Todos recuerdan aquella tarde en que entró a la secretaría gritando “¡Se nos van los anunciantes!” mientras alzaba con la mano derecha su nueva invención, “El billete enloquecido”. Era una forma de recompensar al fiel lector que comprara el diario durante un año con una botella de un litro de una gaseosa de segunda marca. No prosperó.

La merienda
Gonzo no participaba de ese momento de distensión y encuentro que llamábamos “la merienda”. Sin embargo aquella tarde, en la que todo parecía cambiar, fue. Pensamos que se sumaba para burlarse de sí mismo.

Preparó otra sopita instantánea y mientras se sentaba en una banqueta de dibujante sacó de entre sus apuntes un viejo texto impreso que había formado parte de algo que hoy podría definirse como una descripción de Linkedin o alguna otra red social laboral. Lo leyó con énfasis.

“Soy periodista y lo importante no es lo que digo sino cómo lo digo.
Hace poco tiempo que ejerzo. Cinco años. Doy clases en cuatro institutos privados, un taller en la facultad de comunicación social, charlas en el Círculo de la Prensa deportiva, y eventualmente visito algunas escuelas secundarias para hablar sobre mi trayectoria.
Participo en un programa televisivo y soy aspirante en un diario. Aspirante a jefe de Redacción. Firmo todas mis notas (es de aclarar que mi nombre va en negritas) y a veces, algún autógrafo. El hecho de que sea la cara visible del micro televisivo “Así las cosas” me da muchas satisfacciones. Por la calle muchas mujeres se me acercan con la excusa de que me conocen, o viceversa. La mayoría de las veces, viceversa”.

Mientras lo leía no podíamos aguantar la risa. Esperábamos un guiño para que todos estallemos en carcajada. Una especie de blanqueo para aclararnos que siempre se divirtió con ese personaje que creó. Pero no, lejos estuvo de eso. Se puso de pie y, frente a Wilson, abrió los brazos.

-A este texto le falta algo. Decir que soy el flamante jefe de la nueva redacción unificada. ¡Felicitame!

Wilson, la última pluma creíble, no sabía qué hacer. Tal vez en su nerviosismo no tuvo mejor idea que preguntarle (o preguntarse):

-Y ahora, ¿qué hago?

-En principio tenés qué hacer otro tipo de notas. Fijate acá.

Se acercó a una notebook y leyó el título de una nota que parecía estar firmada por Gonzo:
“Le regalaron un oso de peluche y mirá lo que pasó”.

Wilson lo miró y el gordo dijo, sin inmutarse:

-12 mil clics.

Fui a sentarme a una silla que no sabía si aún me pertenecía. A lo lejos, desde las escaleras parecía que alguien gritaba, nuevamente, “¡Vamo’ que nos vamos!”.


POR JUAN CARLOS ESCOBAR

jueves, 29 de noviembre de 2012

El rediseño de La Gaceta de William

jueves, 29 de noviembre de 2012 5
La consultora Visión estaba integrada por un diseñador gráfico daltónico y por un periodista que se destacaba por sus problemas de sintaxis y ortografía, aunque descollaba por su paupérrima dicción. Viajaban por todo el mundo ofreciendo tres formatos de periódicos que usaban según su conveniencia: el sensacionalista, el conservador y el "popular sin mayores pretensiones". Se conocieron dos meses después de haber sido despedidos del diario donde trabajaban, aunque nunca se habían visto, porque rara vez concurrían al mismo. Juan Scarpio, el periodista, era un especialista en ecología y organizador de marchas en defensa del tatú carreta. Alensio Alugio diseñaba panfletos y revistas de distribución gratuita, porque no quería “venderse” a los grandes grupos empresarios. Ambos vivieron durante algunos años en La Miseria, una pensión que habitaba la bohemia artística y creativa. Y también ellos.

El diario
La gaceta de William había sido creada en 1807 por el pastor William O'Klein "para divulgar la palabra del Señor y fomentar el maltrato a los esclavos". Fundada en un pueblo con pocos habitantes alfabetos, fue conocido durante muchos años como "el único periódico que respeta la tradición oral". Sus textos, que mayormente se divulgaban de boca en boca, adquirían intencionalidades varias según el emisor del mensaje. De estilo conservador, tuvo en sus primeros años un rígido control de su contenido por parte de un comité de ética conformado por el mismísimo pastor y su hija, "la casta Margaret". Casi dos siglos más tarde ese seguimiento ético había dejado de hacerse. O'Klein y Margaret habían fallecido. Muchos años después, a comienzos de la década de 2010, William O'Klein XV pretendía mantener vivo el espíritu de su fundador aunque no su ideología. En tres años había cambiado cuatro veces de línea editorial. Fue, por ejemplo, ecologista en 2008, cuando los Verdes de Wichita pusieron un aviso dominical de página impar. Sin embargo, al poco tiempo defendió la instalación de la curtiembre Marshall, cuando sus dueños encargaron un suplemento, y se preguntó en tapa “¿Qué pretenden los sucios verdes?”. La búsqueda de una identidad era una constante y la pérdida de lectores un hecho que se acentuaba con el tiempo.

Las razones
El directorio de La gaceta no encontraba una explicación a la disminución de las ventas. En una de las tantas reuniones que se hicieron en el Salón de las Decisiones para evaluar este tema, el gerente comercial propuso publicar más suplementos de tejido y jardinería para “levantar la tirada”. El jefe de la planta impresora arriesgó: “Debe ser el papel… está viniendo muuuuuy malo”. La coordinadora de Marketing intentó con “hacer una campaña viral, a través de YouTube”. Y el mozo del bar de enfrente, que estaba sirviendo los cafés, dijo tímidamente “¿No tendrá que ver con el contenido periodístico?”.

“Muchas preguntas, pocos lectores” decía por esos días O'Klein XV, cuando no encontraba una explicación al dilema. Hasta que una noche en su casa abrió la Biblia y encontró la respuesta. En la página 48 había un volante de una consultora periodística. “Dejamos tu diario como nuevo” prometía el encabezado.

El desafío de Visión 
Scarpio y Alugio llegaron al diario con una serie de reconocimientos. Habían estado por América latina y el Caribe durante casi una década en varios medios impresos, muchos de los cuales ya habían desaparecido.

Para este trabajo Visión propuso una serie de reuniones a puertas cerradas. El hermetismo era tal que incluso una vez no pudieron salir de la oficina. La máxima de Scarpio, “Cuanto más sorpresa haya, más impactante será el cambio”, era en realidad, según sus propias palabras, “Si empiezan a ver cómo es la cosa, le van a buscar el pelo al huevo”.

Estuvieron así algunos meses, cobrando un sueldo superior al jefe de redacción, hasta que una tarde presentaron un pretencioso Manual de Estilo. Era un conjunto de hojas A4 abrochadas por el borde superior izquierdo. La primera era una carátula. La segunda tenía un prefacio. La tercera, una serie de agradecimientos. La cuarta una introducción. Y finalmente había dos páginas de desarrollo.

-Se preguntarán por qué tan poco, dijo el diseñador, que lo presentó ante el directorio. Taim is mani, dijo en un precario inglés sonriendo ante el auditorio.

Y leyó algunos ítems del capítulo “Consejos para que esto cambie”:
-Cambiaremos el formato a la mitad del actual. De este modo ahorraremos papel y espacio para llenar.
-Toda nota tendrá como máximo dos párrafos breves de cinco líneas cada uno. A la gente no le gusta leer.
-Los títulos incluirán, en lo posible, una duda. Para que el lector se interese hay que preguntar. “¿Sabías como le dicen al pastor?” es un buen ejemplo.
-Publicaremos una vez por semana un póster a dos colores, "La chica William", con una vecina ligerita de ropas.
-Hay que aprovechar la tecnología a full. Podremos copiar textos de Internet haciéndoles mínimos cambios. Es increíble cómo ahorraremos trabajo e, incluso, mano de obra.

La exposición siguió durante pocos minutos más hasta que concluyó con la presentación de un afiche.
-Este será el eslogan de la campaña callejera, gritó exultante. Así, en letras rojas y grandes, “Cambiamos porque usted cambió”, dijo orgulloso mientras señalaba una tipografía decididamente verde.

Luego de unos eternos minutos en que nadie dijo nada O'Klein XV comenzó a aplaudir tímidamente. En segundos eso se transformó en algarabía y en un canto futbolero: “No se va, La gaceta no se va, La gaceta no se va, La gaceta no se va!”. Todo en inglés, por supuesto.

Fuera del Salón de las Decisiones los periodistas, diseñadores y fotógrafos aguardaban expectantes. Eran las 22 y el diario estaba cerrando. Hasta que el director salió y dijo, efusivo:
-Muchachos… cambia todo! La edición de mañana sale con el nuevo formato y diseño!!!!

Decisiones apresuradas 
El primer número de la nueva etapa no se vendió como se esperaba. En realidad, no se vendió. Apareció tres días después de aquella noche y un día antes de la publicidad callejera que anunciaba el cambio.

Sin embargo a medida que los lectores conocieron el nuevo diario dejaron de comprarlo. Las ventas cayeron y algunos anunciantes desaparecieron. También muchos empleados emigraron en busca de otro medio donde trabajar.

Este desastre, no obstante, no pareció afectar a los descendientes del pastor O'Klein. A casi un año del rediseño, los integrantes de Visión estaban en un nuevo proyecto en Angola y el director de la Gaceta cerraba las puertas del bicentenario medio con un interrogante: “Tal vez la gente no esperaba ese cambio”.


POR JUAN C. ESCOBAR

jueves, 25 de noviembre de 2010

Tres episodios infantiles

jueves, 25 de noviembre de 2010 9
Luis Espósito estaba en el bar, frente al diario. Lo acompañaban un vaso de ginebra y el suplemento infantil Pido Gancho, que La Capital publicaba a mediados de los 90.

Me miró a los ojos y me dijo, desafiante:
-Este sí que es un suplemento infantil, no como el que salía antes acá…¡que era un desastre!
-Y sí… -dije, mirando el aspecto acuoso del contenido de su vaso.

Lo que Espósito no sabía era que yo había formado parte de aquel desastre y que ante semejante afirmación no quería decepcionarlo.

A fines de los 80, casi por casualidad, comencé a colaborar junto a mi amiga SB en La Capital de los Chicos, un suplemento que el Decano publicaba los domingos.

En blanco y negro, lo que lo hacía escasamente atractivo para los niños, el suple tenía una estructura bastante inmodificable, un lenguaje rígido y unas ilustraciones semejantes a las revistas infantiles de la Unión Soviética. Feo.

La experiencia, que sólo duró poco más de un año, fue originada por un publicitario que, a pesar de todo/s, tuvo algunos colaboradores y colaboraciones interesantes.

Ese no era nuestro caso.

El espacio a cubrir era la contratapa. Para la ocasión formamos la simpatiquísima firma “Juan y Silvia”. Una elección nuestra, tal vez por falsa modestia. Quizás, y sobre todo, para evitar la publicación de nuestros apellidos. Escribimos cuentos, algunas notas didácticas (cómo se imprime un libro, por ejemplo), y perdibles entrevistas al entonces intendente Usandizaga, al dueño de un paupérrimo circo mexicano (del que recuerdo a un payaso que también era trapecista y gorila), a Nilda de Siemenczuk y a Juan José Maurizi, entre otros.

Pero vayamos por Maurizi.

Las plantas y los vegetales
Fue un miércoles temprano en Parques y Paseos, donde hoy está el Museo de la Ciudad. Allí Maurizi, un botánico que por entonces colaboraba en LT8 y canal 5, era director de la repartición. Lo conocía por sus consejos mediáticos pero poco sabía de su personalidad.

Ya en su oficina, sólo recuerdo que apenas prendí el grabador me dijo algo así como:
-Qué bien que tengo que explicar cosas para los chicos, así de paso les enseño a estos burros…

Los asnos en cuestión eran sus subalternos, que estaban fuera del despacho mirándolo burlonamente detrás de un ventanal.

La entrevista fue una eterna hora de tensión. Maurizi contestaba mis profundísimas preguntas, del tipo “¿Qué diferencia hay entre una flor y una hoja?” para luego tomar el grabador, rebobinar y llamar a un empleado para reproducirle la pregunta. Era algo así como un viejo curso de idiomas en casete.

-¡Aprenda, Miranda, aprenda! ¡No saben nada, no saben nada! gritaba al aire y a un sufrido jardinero que, pienso, tenía ese trabajo como podía tener cualquier otro, sin mayor preocupación por los estigmas o pistilos.
 
A Miranda lo sucedieron dos sujetos más que entraron aterrados a su oficina. Y siempre con la misma tortura. En algunos casos no esperaba respuesta alguna, sólo se limitaba a reproducir sus dichos y hacer un ademán con los índices de sus manos, como musicalizando sus palabras con una batuta.

Quería irme. Pero temí ser decapitado por una tijera de podar.

Ya hacia el final, en un tono más distendido, le pedí si me podía explicar cómo plantar una planta. Eso. Con una sonrisa me dijo que dibujara lo que él me iba a indicar. Hice lo que me pidió, por supuesto. Todo venía muy bien hasta que tomó mi papel y dijo ¡¡¡Nooooo!!! No sé a qué se refería pero redibujó todo, con peor y nervioso trazo. Y me dijo:
-Esto, así como lo ves, quiero que salga en el diario… ¡que salga mi dibujo!

Algunas preguntas quedaron en mi cuaderno. El dibujo no se publicó, y la entrevista pareció muchísimo más distendida, cordial y amable de lo que fue. Del tono “¡Chicos, con ustedes, el jardinero Juan José!”.

El decálogo del cooperativismo
Nuestra preocupación para que los chicos sean solidarios e hicieran sus primeros pinitos en la cooperación dieron por tierra cuando publicamos una entrevista a un integrante del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

Aún no recuerdo por qué razón, pero algo de espacio faltó para llenar aquella contratapa. No sé si no había fotos o qué, pero el editor debió echar mano a un recorte que, a manera de recuadro, acompañó nuestro texto con algunas máximas erróneas o decididamente contrarias a las ideas del entrevistado.

Lo peor es que no eran cuestiones secundarias. Allí estaba en juego la mismísima definición de la palabra cooperativa. El error se vio multiplicado por miles cuando la revista Humor, en una sección que señalaba las erratas de la prensa, reprodujo los recortes y sus notables diferencias.

Recuerdo que apenas la compré y vi eso, la cerré, la guardé en una caja y jamás la leí. Tal vez imaginé que de esa forma pasaría a formar parte del olvido y nadie la encontraría.

Reviglio y el Pato Donald
Tal vez uno de los probables entrevistados que más dificultades nos presentó fue el entonces gobernador Víctor Reviglio. Algo así como siete posibilidades concretas de encontrarlo fueron frustradas por motivos varios.

No era que su opinión nos interesara sobremanera, pero ya habíamos entrevistado al intendente Usandizaga al final de su mandato y queríamos tener la palabra del gobernador. Aunque el gobernador sea Reviglio.

No voy a contar todas las ideas y vueltas, pero quiero dejar esta imagen final para cerrar estas historias de esta etapa periodística (?).

Era el supuesto día de la entrevista. Lo teníamos a escasos dos metros en la Gobernación. Hablamos con uno de sus jefes de prensa. Se acercó al mandatario y éste, rodeado de unos cinco colaboradores dijo claramente “No. Hoy no tengo ganas de hacer de Pato Donald” e hizo algo así como cuac-cuac mientras giraba sobre sí mismo y los demás reían a carcajadas.

Nuestro contacto se nos acercó y muy seriamente nos dijo:
-El gobernador me pidió que les dejen las preguntas por escrito, porque hoy tiene una agenda muy ajustada.

POR JUAN CARLOS ESCOBAR

lunes, 23 de agosto de 2010

Gráficos en el mundo real

lunes, 23 de agosto de 2010 6
Algunos consejos para hacer infografías que no aparecen en los manuales.

Trigal

GZ: Acá dice mil toneladas… mil toneladas de qué… ¿toneladas de mierrrrda? (dientitos apretados, ojos en mis ojos).

Yo: Arriba, en el subtítulo, dice “Exportaciones de trigo”.

GZ: Ah… bueno, sacale el título y poné mil toneladas de trigo...

Ese diálogo con mi ex jefe GZ allá por 1998 me hizo notar que muchas veces lo que uno cree que es claro a veces no lo es.

• A no ser que usted provenga de algún país de Oriente o de escritura semítica, es conveniente que la referencia aparezca en la parte superior de la infografía. De manera de poder entender lo que sigue.

Títulos genéricos

• Son aquellos a los que se les puede echar mano cuando no aparece nada mejor. Ejemplos: “En números”, “Las cifras de…”, “Radiografía” (o “Anatomía”) de…”, “Ubicación”, “Cómo llegar”, “Para tener en cuenta”, “Principales características”, “El mapa de…”, “Zona de riesgo”, “Los últimos casos”, “Cronología”...

Estadísticas

• Si hay más de cinco partes en un gráfico torta, las últimas se suman bajo el rubro Otros. Es decir: si usted es del partido político Z y quiere saber cuánta gente podría votarlo se debe conformar con saber que está dentro del 28% que integran, además, otras 11 agrupaciones políticas.

• Si la suma de una torta no da ni a palos 100% se genera el improbable rubro Otros o Ns/Nc y allí se manda lo sobrante. Si esos rubros ya están, todos los remanentes se agregan ahí.

• Si hay una gran diferencia entre un ítem y otro, evite las proporciones. Es decir, si A tiene 3 y B 1.400.000 puede ser que A desaparezca o que para que aparezca B deba necesitar una página de dos metros de altura.

Mapas

• Si bien es aconsejable, no siempre es necesario poner la ciudad donde se edita su medio como referencia. Si un crimen ocurrió en una calle de Ushuaia no ubiquemos, por ejemplo, a Rosario en el mismo mapa y en la misma escala.

JL y las convenciones

Para un mapa, el norte es lo que queda hacia arriba. En consecuencia, el oeste está a la izquierda y el este a la derecha. Este supuesto no siempre ha funcionado con el secretario JL. Una de esas veces fue durante la confección de un esquema sobre la autopista Rosario-Córdoba, para la tapa del diario. Era una franja con un trazo que unía dos puntos. A la izquierda, el primero (Córdoba), en el extremo derecho Rosario y en el medio las otras localidades. Llevé el gráfico a corregir y noté que JL lo giraba, o inclinaba la cabeza para verlo de otro modo.

-Esto está mal, dalo vuelta…
-¿Qué cosa?
-Córdoba está acá (me dice señalando Rosario).

Luego vino un interminable diálogo en el que su compañero (SR) lo apoyó al estar ante la duda, mi jefe me dijo “no te pongás loco, hacé lo que te dice” y otras voces.

Todo se selló con el casi irrefutable:

-Yo soy el que acá da las órdenes…

El mapa salió “dado vuelta”. Al otro día, camino al trabajo lo vi mil veces mal en los kioscos de la peatonal. Sentí una vergüenza ajena que era mía. Llegué y me encontré a JR apenas traspasé la puerta.

-¡Quedó linda la tapa, eh! Vos qué decís? (en busca de asentimiento)
-(la remanida explicación)
-Nosotros estamos más allá de las convenciones…

Recursos infográficos

Es algo a lo que se echa mano cuando no hay más alternativa. Como es casi indefinible se lo denomina así. Entre ellos:

• Punteadito: es la enumeración de hechos y cosas precedidos, por lo general, por un bolito, símbolo o número. Una lista con onda, digamos.

• La fotinfo: algo así como una foto con un poco de texto encima o al costado, de gigantescas dimensiones para ocupar un espacio generoso. Ejemplo: una foto de 80 cm² con un dato relevante, del tipo “1 es el día que falta para mañana”.

Relativice el valor de una info

Si le solicitan un gráfico y luego le adosan la frase “Dale protagonismo, lucite” significa: “No tenemos fotos ni texto con qué llenar este espacio”.

Dos formas de saber si una info está buena

• Si nuestro jefe la quiere mostrar a la secretaría de redacción atribuyéndola a su gestión.

• Si no la entiende cierto secretario de redacción.

El goleador que no fue

En 1996 Eliseo Trillini hacía una página en el suplemento deportivo Ovación sobre fútbol de las ligas del interior de la provincia. Una tarde me presentó a un muchacho de un equipo de Bombal que, según me dijo, convirtió un gol de más de media cancha.

-Vamoadale protagonismo al pibe. Quiero que shalga una info con el detalle del gol... Contale, contale... (le dijo al asombrado muchacho).

Trillini se retiró unos minutos y el pibe me dijo:

-La verdad es que no fue tan así. La cancha estaba llena de pozos. La pelota iba al rastrón, rebotaba por cualquier lado y por eso fue gol...

Al otro día una foto a todo el ancho de página (formato sábana) abría la sección. “El cañonero de Bombal” decía el título. Abajo aparecía el goleador, sonriendo, montado en uno de los cañones del Monumento a la Bandera.

• Si en el después de un partido puede haber errores, antes de ellos puede haber aún más. Sobre todo si hay una pretensión cuasi-científica para elaborar una cancha en la que debe mostrarse cómo se parará un equipo. “Mové a este jugador dos milímetros más arriba, porque es ahí donde juega” alguna vez escuché.

Las fuentes

* Si se consulta un libro o a algún especialista, al pie de la info debe colocarse “Investigación:…”. Eso hace que parezca que hubiera un gran trabajo detrás y que usted se tomó la tarea con rigor. Si en realidad buscó algún dato para zafar en internet, evite poner “Fuente: Taringa!” porque eso hará que lo maltraten con rigor.

Recursos novedosos

• No abuse de algunos recursos. Es habitual ver que haya infografías que se representan sobre papeles rotos, con cintas adhesivas, tipografías novedosas, etc. Si un colega hizo una sobre el mate y pintó algunos gráficos con yerba no lo imite en una similar sobre el sistema cloacal de la ciudad.

De cómo guardarlas

Finalmente, unos tips para una parte del proceso que no es menos importante: el archivo.

• Es importante que a una infografía la podamos buscar fácilmente. Es decir, elijamos un nombre simple, breve y entendible. Evite usar mensajes en clave para recordar su ubicación porque después nos pueden acarrear problemas.

Ejemplo 1. Cierta vez Trillini (nuevamente él) buscaba desesperadamente un gráfico que había hecho un compañero mío. Se me instaló al lado muy enojado y me dijo que no se iba hasta que lo encontrara. Busqué hasta que lo encontré. Abrí el documento y se lo mostré con un inocente:

-¿Es esto, Eliseo?
-Sí... Mostrame qué dice ahí... me dijo visiblemente ofuscado y señalando el nombre del archivo.

Con el tembloroso índice de su mano derecha recorrió sobre la pantalla cada una de las letras del documento: “PAL CHOCHAN”.

Ejemplo 2. Más cerca en el tiempo, otro compañero guardó una infografía para Espectáculos. La había encargado un periodista con una leve tendencia a la tartamudez, que vino a reclamarla para su publicación. Sinceramente no la encontraba por ningún lado hasta que él mismo la descubrió. Decía “PARA PE-PEDRO”.

-Qué-qué hijos de puta!... exclamó.

POR JUAN CARLOS ESCOBAR

foto: Jurema Oliveira, bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported

martes, 10 de agosto de 2010

Patán, la ética y las palabras

martes, 10 de agosto de 2010 5
El año pasado murió Julio Alonso, quien fuera uno de los redactores del primer manual de estilo del diario El País de Madrid, y uno de los consultores que contrató La Capital en 1996.

Alonso y Carlos Pérez llegaron al diario para rediseñarlo y cambiar algunas pautas en la redacción. La tarea fue breve. No porque llevó poco tiempo, sino porque la empresa no pudo pagarles por su trabajo y debieron regresar a España antes de lo previsto.

En aquellos primeros días de asesoramiento hubo una reunión en la vieja sección Armado. Alonso explicó en la pantalla de una Mac los principales lineamientos para el diseño de un diario. Basado en algunas máximas de la Bauhaus, miró a un sorprendido auditorio y dijo “La función determina la forma”. Hubo un eterno silencio que fue interrumpido por el disertante con un “Se comprende, ¿no?”. Y un pintoresco armador, “Patán” Bassini, le contestó con un “¿Sabe lo que pasa, maestro?... Es que acá ya tenemos una manera indefinida de trabajar”.

El manual de estilo

El País fue uno de los primeros diarios en publicar para el gran público un manual de estilo que originariamente fue concebido para sus periodistas. Durante muchos años fue referencia obligada para las redacciones iberoamericanas. Allí aparecen desde normas ortográficas de la Real Academia hasta las convenciones propias para el uso del diario. También qué cosas son publicables y cuáles no. Razones éticas y estéticas que determinan, por ejemplo que no se deben dar noticias relacionadas con el boxeo, ya que “la línea editorial del periódico es contraria al fomento de esa actividad”. Y la correcta forma de redactar el asesinato de un animal en un espectáculo taurino.

Establece claramente, además, que el diario (como imaginamos) “rechaza cualquier presión de personas, partidos políticos y grupos económicos”.

Cómo leer el diario

En Argentina, en 1998, la primera versión del diario Perfil tuvo su manual de estilo.

Paralelamente a su efímera vida, de sólo tres meses, apareció “Cómo leer el diario”. Era una guía de poca utilidad, ya que su lectura finalizaba cuando el matutino dejó de aparecer.

Más allá de las cuestiones del idioma, el manual (reeditado años más tarde con la aparición del nuevo Perfil) traía una serie de normas éticas. “El periodista no podrá aceptar regalos o invitaciones cuyo costo supere los 50 pesos”, “Si un jefe se niega a publicar una información (…) el periodista tiene derecho a reclamar su difusión al superior inmediato y así sucesivamente hasta llegar al Director”, o “Ningún periodista estará obligado a firmar su trabajo cuando éste haya sido alterado o haya sufrido modificaciones” son algunas de sus máximas.

Desconocemos la distancia que separan estos enunciados de su práctica. ¿Eran (son) reglas a cumplir por sus redactores o es el discurso para el gran público (ergo, la gilada)?

El legado español

La etapa de los gallegos (como cariñosa o despectivamente, según el caso, se denominó a los consultores de La Capital) fue un poco anárquica. En la redacción se intentó establecer una organización diferente y en el área gráfica se bajaron conceptos hasta ese momento ausentes, de difícil aplicación. A la distancia, fue poco lo que quedó de ese período.

Sí, en cambio, tuvieron mayor éxito (o al menos cobraron más) durante el rediseño de La Nación.

Otras normas

En nuestro país, además de Perfil, a finales del siglo pasado se publicaron las primeras ediciones de los manuales de La Nación y Clarín. Con algunas diferencias (el primero le otorgó mayor espacio al estilo de redacción y a las normas gramaticales), ambos tienen un capítulo para las cuestiones éticas.

La Nación asegura que lo que publica es sometido previamente “a un análisis severo por parte de editores y redactores”. Y en la nota preliminar del libro de Clarín, Ernestina Herrera de Noble (o quien escribe con su firma) dice que el éxito del diario “se basa en nuestro mayor capital: la credibilidad, cimentada en ese estilo de informar que nos es propio”.

En los últimos tiempos razones valederas hacen poco creíble esta última aseveración.

Las seducción de las palabras

El continuador de la obra de Alonso en las posteriores ediciones del manual de estilo de El País fue Alex Grijelmo, ex director periodístico del diario y autor de “El estilo del periodista”, “Defensa apasionada del idioma español” y “La seducción de las palabras”, entre otros libros.

En esta última obra se refiere a la manipulación de los vocablos y el mal uso de los mismos.

Entre tantos ejemplos cita eufemismos generados por el poder político y adoptados por la prensa: “Crecimiento cero” (por no crecimiento), “países en vías de desarrollo” (por subdesarrollados), “incursiones aéreas” (por bombardeos), o “daños colaterales” (por civiles asesinados en una guerra).

El no-estilo

Al releer algunos manuales de estilo (sobre todo argentinos) más de una vez nos enfrentamos a enunciados que semejan, en términos de Grijelmo, “metáforas mentirosas” (“las imágenes que logran identificar al gato con la liebre”).

La Capital no tiene manual de estilo. Tal vez porque Alonso no lo pudo terminar. A lo mejor porque sabemos cuáles son las normas a seguir. O quizás porque, como dijo “Patán”, ya tenemos una forma indefinida de trabajar.

POR JUAN CARLOS ESCOBAR

foto de Julio Alonso: diario El País

viernes, 30 de julio de 2010

100%

viernes, 30 de julio de 2010 5
Hacia fines de la década del 80 con mi amigo Mario Contreras (ahora dueño de una radio en Reconquista) inventamos un mini argot, con el solo fin de divertirnos. Influenciados por Anthony Burgess y su Naranja mecánica, en su formación nuestro idiomita contaba con palabras como “drugo” por amigo, “moloko”, en vez de leche, o el simpático “unodós” para referirnos al acto sexual.

De nuestra propia autoría no recuerdo muchas expresiones, tal vez por su medianía. Pero rescato una que, creo, era ingeniosa. Decíamos que alguien estaba “diluido” cuando no se mostraba tal cual lo conocíamos. Cuando aparecía desdibujado. En nuestro pseudodiccionario era quien “no estaba al 100%”. De ahí, diluido.

De aquellos años pasó un tiempo casi eterno hasta que comprendí que una totalidad a veces no significa un 100%. En diseño y en infografía hay parámetros y pequeñas reglas a cumplir. Por ejemplo, hacemos un gráfico torta (un círculo dividido en partes) cuando en cada una de sus divisiones ubicamos un porcentaje del total y ese total es, precisamente, el 100%. Y en la conformación de los colores para la impresión, sabemos que un color pleno es el que tiene ese porcentaje.

Sin embargo, hay hechos y personas que tienden a desmentir estos supuestos:

► JL, un secretario de redacción, alguna vez porfió sobre la intensidad de un azul en un título de tapa del diario. En una desigual pelea por imponer lo que mandan la realidad, la coherencia y el buen gusto, un diseñador –a su pedido- llevó al máximo posible ese color. Pero JL le sugirió más fuerza. “Ponelo al 130%”, le dijo. El “No se puede” por respuesta no desmoralizó al jerárquico, que finalmente desistió en su intento, aunque tal vez con el íntimo convencimiento de que le estaban mintiendo.

En épocas de elecciones muchas encuestas sirven para representar una tendencia al voto. No siempre las mediciones son tan científicas como podrían parecer. Hay encuestadoras serias, poco serias e inexistentes.

► Una jornada completa nos llevó a Maglione y a mí armar el rompecabezas que significaba traducir en gráficos un muestreo de una consultora (pongamos Chuleta-Puchero) sobre la intención de voto de Reutemann en unas elecciones para gobernador. Ocurría que en algunos de los gráficos el candidato obtenía más ventajas de las debidas.

Tal vez porque los encuestados no sabían sumar, o porque respondían dos veces “Sí” ante la pregunta “¿Votaría a Reutemann?”. Lo cierto es que en una de esas tortas el Lole no sólo ganaba, sino que la suma de los votos de todos los postulantes daba cerca de 108%.

Dispuestos a enmendar el error, sacamos todas las cuentas posibles (calculando porcentajes a partir de números de votantes) y logramos llegar al ansiado ciento por ciento.

Felices por la tarea al día siguiente no tuvimos una recompensa, sino un enojo. Apenas llegué al diario varias voces me advirtieron que en Secretaría me buscaban a mí o a Maglione. El motivo era previsible. Nos presentamos con todos los papeles a mano y las explicaciones más racionales posibles. Nuestro interlocutor abrió fuego con “Esta mañana a las 7 me llamó el Lole diciéndome que bla bla bla (cosa desagradable) y que bla bla bla (cosa desagradable)”. Nuestro descargo pareció convencerlo. No obstante, levantó la mirada y nos dijo “¿Y ahora cómo podemos hacer?”.

► Alguna vez Norberto Nicotra fue una figura mimada por cierto propietario del matutino. Y en su intento por ser intendente (en las épocas de la campaña con los afiches con el logo de Nico, el programa de Repetto) fue apoyado incondicionalmente para lograr ese fin. De ese entonces eran las encuestas de una empresa fantasma.

Una tarde, mientras preparaba uno de los primeros gráficos pro Nico, sentí que una mano se apoyó en mi hombro izquierdo. Era uno de los dueños del diario, acompañado por el jefe de redacción.

“Hola Juan” (me dijo el jefe con inusual simpatía). Acá estoy con OV, que quiere ver cómo marcha eso que te pedimos.

Eso que te pedimos sonaba a mensaje en clave de tipo mafioso. Pero nada que ver… estaba con el dueño del diario.

En la encuesta Nicotra arrasaba pero parecía que tenía que arrasar más aún. Y OV me mostró la ubicación del candidato con un gesto que interpreté como “Subilo” (elevaba una manito y se sonreía). Ingenuamente aclaré que si hacía eso, la suma daba más del 100%.

Nadie me contestaba. Giré la cabeza y el jefe de redacción me clavó una mirada de la que pude leer “Callate y hacé lo que te dice el viejo”. Para finalizar esos agradables minutos pregunté quién había hecho la encuesta. Es decir qué fuente aparecería al pie. Y OV me dijo “Mac… Mac Info” ponele. El “ponele” podía significar “Agregale” o “Suponete, es un decir”.

Nunca supe si Mac Info existió, si Nicotra u otros candidatos obtenían lo que decían las encuestas, si hay azules más intensos o si lo que dicen los manuales es 100% cierto. A veces la realidad aparece un poco diluida.

POR JUAN CARLOS ESCOBAR

ilustración: Juan Carlos Escobar
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket