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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Una lección inesperada

miércoles, 8 de septiembre de 2010 9
Yo era parte de una banda de estudiantes de Comunicación que no podía tener su programa de radio y, decididos a no perder el tiempo, eligieron las paredes de la ciudad para escribir sus libretos. Nos llamábamos Los Eccos de Umberto, así, con dos o con tres “c”, ordenadas de menor a mayor simulando las ondas del eco. Unos creativos bárbaros.

Escribíamos sobre cualquier persona, personaje o circunstancia que nos diera un motivo. Eran lindos días y mejores noches porque, como cualquier acto contravencional, era recomendable no hacerlo a la vista de la gente. No éramos del agrado de los vecinos, no los culpo, aunque creo que muchos disfrutaban de nuestras frases cuando no estaban escritas en el frente de sus casas.

En algún momento el tema de las pintadas callejeras se le fue de las manos a la municipalidad de Usandizaga. Había cientos de pibes escribiendo lo que se les viniera en ganas en cualquier pedazo de ciudad. Y las cosas se pusieron más duras. Había que detener a los criminales del aerosol. Las fuerzas del orden estaban en pie de guerra. El peso de la ley debía hacerse sentir.

Para ser sincero, nunca tuvimos que correr, nunca vimos un patrullero, y ni siquiera vimos a un policía de cerca, pero el riesgo de terminar la noche en la cárcel nos divertía. Éramos clandestinos en la época de Corazón clandestino.

Por entonces, no era raro que los medios levantaran nuestras frases. El 28 de febrero del 87 se incendiaba el Teatro Olimpo y a la mañana siguiente, directamente de las paredes a la radio, sonaba la pregunta desconsolada de los dioses del Olimpo: “¿Y ahora, dónde vamos a dormir?”. Nacho nos festejaba en Diariamente los diarios. Para una banda de pibes que no podían acceder a la radio era tocar el cielo con las manos.

Otra de nuestras pintadas, más críptica en el contenido pero con un destinatario concreto, decía: “Las columnas de La Capital pertenecen a Hércules”. Y parece que esta le gustó a Evaristo, o al menos vio en nosotros una oportunidad. Una noche nos paró mientras pasábamos por la vereda de LT8 y nos prometió impunidad si arremetíamos con insistencia contra el diario de los Lagos. Si la policía los agarra yo los saco, dijo riendo. Nos ofrecía un cheque en blanco por un trabajo que optamos por no tomar.

Entonces, con 18 años, un año de facultad y muy pocos medios recorridos, era imposible que entendiera la magnitud de la enseñanza. A los pies del reloj a energía solar de Córdoba 1843, a Evaristo le bastó un solo minuto para darnos una gran clase de Historia de los medios. La clase más corta.

POR EL COLO MASCALI
 
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