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lunes, 16 de febrero de 2015

Las doradas naranjas del sol

lunes, 16 de febrero de 2015 3
Mi hermano quería ir a un bodegón infecto contagioso de Once donde hacían un ossobuco a la parrilla mortal. Pasamos frente a Cromañón y me contó que nunca más había agarrado con el auto por Bartolomé Mitre porque le daba tristeza. Después de decir eso se quedó pensativo un momento y me contó algo sobre un pibe que murió ahí.

Pasó en el velorio del pibe. Una chica muy joven que no se hacía notar demasiado lloraba sin parar y sin despegarse del cajón. Una mujer se le arrimó y le dijo: “Se ve que lo querías mucho, ¿de dónde lo conocías?”. La chica le contestó: “Estábamos de novios hace seis meses”. La mujer le dijo: “Ah. Yo hace dos años que soy la esposa”.

Mi hermano me dice entonces que la que había escuchado esto fue Mariana, la hermana de Tato. “Te acordás de Tato, el chabón que rajaron del banco porque afanó para levantar una deuda en el casino. Bueno. Mariana estaba sentada y oyó todo de callada. Ella llevaba un año saliendo con el pibe muerto”.

García Márquez decía en algún lado que cuando un escritor profesional lee un texto acertado no piensa casi nunca en lo que el texto dice sino en el modo en que está construido, así como los relojeros de oficio raramente admiran la belleza de un reloj, sino que se interesan en el mecanismo que los hace funcionar.

Escuchando la historia del pibe de Cromañón yo pensaba en el don del relato. Mi hermano lo tiene. Muchos periodistas no. Se quedan chapoteando bajo las fórmulas usuales que permiten narrar cualquier cosa por perecedera que sea. Cuando mi hermano me contaba su historia yo sentía que iba escuchando la radio, me acordaba de Guerrero Marthineitz entrevistando a Cortázar en El show del minuto, o Pettinato veinteañero hablando de un disco de Allman Brothers en Continental en 1980, o de Bazán reseñando dos horas la historia del asesinato de Jorge Salomón Sauan en Rosario, antes de que se escribieran libros sobre ese caso. En esas situaciones bajo la voz del hablante el mundo exterior quedaba borroneado y uno empapado del aguardiente del relato, de esa mota de vida plena que brota cuando las palabras lo pasan a uno por arriba.

Qué buen periodista habría sido mi hermano. Cualquier historia que cuenta atrapa hasta el fin. Sólo le interesa el corazón del queso: va al grano, no usa transiciones, rechaza los desvíos, los adjetivos le importan un carajo. Pronuncia frases cortas y potentes como las de los cuentos primerizos de Hemingway. Estudió mecánica de autos en el colegio, hace veinte años que trabaja en un banco y no leyó un libro en su vida. Pero escribe cuando habla y si habla es porque vale la pena.

En un cuento que se llama El invicto Hemingway relata la vicisitud de un torero viejo que tiene necesidad de una corrida porque precisa el dinero. Con una economía narrativa obstinada, como si de utilizar pocas palabras dependiera su vida, Hemingway deja saber un montón sobre ese hombre al borde de la vejez que nunca ha sido vencido pero al que ya ningún empresario le da crédito porque está lento y alejado de su mejor fama. Como lectores tampoco nos fiamos de él porque cualquier texto corto precisa de novedad lo que nos hace intuir a cada instante que a Manuel, como se llama el protagonista, por primera vez no le irá bien. Con oraciones de no más de ocho vocablos, rehusando la cobardía de adornar nada, recurriendo a diálogos para dar sustancia a lo que pasa el relato se construye de una sola forma: acción pura en base a verbo, verbo, verbo. Que lo acepten a Manuel para torear depende de la decisión de un picador, que son los que le clavan la espada al toro. Y este picador es un tipo maduro que lo quiere bien al torero y no tiene ningún deseo de que salga con la muleta roja a la plaza para ponerla, con reflejos desvaídos, delante de una bestia de una tonelada.

Lo que pasa en el cuento es a cada renglón desesperante. La sangre, la muerte pero sobre todo la desdichada soledad de ese hombre son una laceración inminente línea a línea. Y si eso pasa es porque el narrador tiene una destreza endemoniada que con su parquedad nos coloca en estado de accidente. No se parece a Hemingway pero así narra mi hermano, que cada vez que capta mi interés al contar algo, justamente por descartar lo prescindible me tiene agarrado de los huevos.

Todo sugerido, nada digerido. Hemingway retiene al lector con lo ocurrido al torero hasta el remate del cuento. Mi hermano hace deducir sin decírmelo nunca que el muerto de Cromañon estaba con tres mujeres. Nunca es él quien lo dice. En su relato son ellas las que lo hacen.

Cuando uno está seguro de que tiene algo que contar y desecha lo prescindible es invencible. Pero hay formas que son condición de que la historia se instale en nuestras almas que residen en el habla. Esta que quería contar empezó con una frase que leída no tiene sentido en comparación con escucharla.

Una noche de cierre llaman a la Redacción para hablar con Policiales. Alguien estaba abajo en la Recepción y decía que no tenía apuro, dormiría ahí hasta que lo atendieran. Al bajar encontré a un hombre macizo y alto, robusto como un armario, que movía la cabeza a los dos lados como el radar de un tanque de guerra.

El tipo preguntó si yo era de Policiales y contesté que sí. Me escudriñó como si fuera un renacuajo, tomándose un momento para elegir las palabras, hasta que dijo. “Tengo ganas de cagar a trompadas a un periodista”.

Nadie aprecia que le peguen, pero a veces algo antipático puede volverse simpático. A mí me gustó el “tengo ganas”.

Se llamaba Kulczak. Había sido depostador de reses en el Frigorífico Swift y después transportista. Tenía unos 60 años. Era descendiente de polacos. En los últimos quince meses había conocido todas las formas de agitación. En ese lapso mataron a su hijo de un tiro a quemarropa, vivió aturdido por la pérdida del joven con el que trabajaba todos los días y en medio de su duelo buscó al asesino en tres provincias. Hasta que lo encontró.

Debido a un cruel malentendido, a pocos días de la muerte de su hijo Mauricio, que tenía 19 años, a Kulczak lo echaron de la empresa donde trabajaba. Ocurrió que la policía, al reportar el incidente por la oficina de prensa, divulgó que su hijo era un ex convicto de Coronda. Fue un error involuntario: quien había salido de la cárcel siete meses antes era el agresor y no el agredido. Pero la confusión fue publicada en diarios locales y nacionales.

Kulczak les explicó a los dueños de la empresa que eso era un fallido y suplicó por su continuidad. “Lo sentimos, tantos medios no pueden equivocarse. Usted nos ocultó que su hijo estuvo preso”, le contestó un gerente.

“Perdí a mi hijo, ustedes dijeron que fue un delincuente y nunca más conseguí trabajo”, me dijo Kulczak.

Me hubiera gustado que blasfemara, que me encajara la piña anunciada. Pero no hizo nada. Le pedí de tomar un café. Me dijo que no podía porque su mujer estaba enferma pero me invitó a ir a la casa cuando tuviera tiempo.

Fui al día siguiente. La casa era Villa Gobernador Gálvez, en la calle Paraná. A tres cuadras de ahí un día de julio de 2004 varios jóvenes hacían las preliminares de la salida de un sábado. Una amiga de Mauricio Kulczak oyó una explosión que le hizo acordar el ruido de un aerosol arrojado al fuego. Enseguida lo vio venir tambaleándose, blanco como un plato y con la mano en la panza.

“Me disparó Macoco”, sollozó Mauricio. “No era para hacerme esto”.

Cinco minutos antes Hugo Vivas, el tal Macoco, había llegado al lugar donde cinco amigos tomaban cerveza. “Viste cómo te encuentro”, le dijo a Mauricio. Sacó una pistola oscura y desde dos brazos de distancia le disparó. Montó en el ciclomotor del herido, miró al resto del grupo y advirtió: “No se mueve nadie”. Le obedecieron. Todos lo conocían.

Mauricio se había encontrado varias veces con una chica que había sido novia de Macoco antes de que cayera preso en Coronda. Fue todo lo que asomó como móvil del homicidio.

Demasiada gente había visto esa ejecución frontal, a un metro de distancia y sin preámbulos. A los testigos eso les implicó una pesadilla. Todos terminaron esfumándose del barrio por un tiempo o mudándose.

A Kulczak ya no había nada que le infundiera miedo. Lo que escuchó del comisario y de la jueza del caso le parecieron estupideces de compromiso. Decidió averiguar él dónde había ido Macoco Vivas.
No era investigador. Pero empleó un sentido común parido en la lucidez de mil insomnios. Lo primero que quiso saber era dónde había ido a parar la Zanella 70 de su hijo. Los vecinos le dijeron que se la había llevado una pick up de una firma que rectificaba motores.

Supo que esa chata había llegado a una hormigonera de La Tablada. Preguntó si conocían a Macoco Vivas. Le dijeron que había trabajado ahí y que ahora estaba en un corralón de José C. Paz en el conurbano bonaerense.

Enlazó cada rastro previo con el próximo como buscando un tesoro. Llegó hasta San Luis. Allí se enteró que su trabajo era temporario y que en receso Macoco volvía a Rosario. Paraba en la calle San Juan a donde lo llamaban cuando se reanudaban los jornales.

Kulczak se volvió con la dirección y no más llegar se acomodó en la entrada de un garaje a esperarlo. El sereno le preguntó qué hacía. “Necesito ver a alguien. Me puede llevar varios días. No le voy a hacerle problemas”, le dijo.

Una noche advirtió a Macoco entrando a un pasillo. Controló su ansiedad. Dedujo que en algún momento tenía que salir. Kulczak llamó a sus dos hijos mayores. No tardó en surgir Macoco. Entre los tres lo siguieron y lo achicaron en un baldío.

Bajo los guiños amarillentos de las lámparas de sodio, arrinconado ahí, Macoco no era nadie. Enmudecido, sin ponerle la mano encima, Kulczak lo examinaba. Al fin habló. “Dónde dejaste el ciclomotor de mi hijo”. Macoco contestó que en una casa de Pueblo Esther. Se quedó callado un buen rato más hasta que le indicó a su hijo mayor. “Lo nuestro termina acá. Llamá al Comando”.

Volví dos veces más a lo de Kulczak. Al frente de la casa, parado hacía años, estaba el camión Fiat en el que viajaba con Mauricio. Tomábamos mate sobre el contrapiso de cemento en una mesa con mantel de hule. Después fui al juzgado de sentencia a buscar el expediente. La jueza estaba conmovida con la historia. Ordenó una copia del sumario entero y me lo dejó en la mesa de entradas.
En ese expediente, por si a alguien le interesa, hay una novela por escribirse.

“Esto fue una desgracia de gente de barrio. No quería venganza personal contra este muchacho que me quitó a mi compañero. Justicia nomás buscaba yo. Por eso se lo entregué a los policías”, dijo Kulczak.

Borges decía no creer en ningún Dios pero sí en la existencia de un propósito moral en el universo. A las cosas de su vida agostada Kulczak, a quien no vi sonreír nunca, había necesitado asegurarles un rumbo. Por eso se fue atrás de Macoco. En su orden no cabía otra cosa más que volverlo visible por lo que había hecho mal. Nada más eso.

Algo que puede resbalar como un detalle, y ninguna moraleja, me interesa de este asunto. Eso que leído no tiene la menor potencia en contraste con ser escuchado. No dudo que a esa frase la oreja biónica de mi hermano la habría captado como lo esencial.

En cierto momento Kulczak contó que lo había sentado a Mauricio, su hijo, frente al volante del camión a los 13 años. Y que lo había hecho en un lugar de una belleza insuperable que, a menudo, suele ser un lugar transfigurado por la añoranza.

“Le enseñé a manejar a mi compañero en la ruta 95, en el norte de Corrientes, cerca de Ituzaingó. No pasaba nadie por ahí, era una recta larga llena de naranjos a los dos lados. Al atardecer el sol se pone en medio de la ruta y pega una luz hermosa que hace brillar las naranjas en las ramas. Nos gustaba ese paisaje”.

En la melancolía del cansado toro polaco llegaba un poema de Yeats que hace años me dio Chies, un jefe en La Capital. “…Y recoge hasta que el tiempo y los tiempos acaben las plateadas manzanas de la luna, las doradas manzanas del sol…”

Ni por el pibe muerto, ni por quien lo mató, ni por la investigación, ni por la condena. Es por el paraíso fugitivo de Kulczak, por sus doradas naranjas del sol, que pienso en su historia todos los días. Tengo que ir allá alguna vez. Voy a ir.

Las doradas manzanas del sol, 
libro de cuentos de Ray Bradbury

POR HERNÁN LASCANO

viernes, 11 de enero de 2013

El tocador de culos de la laguna de Melincué

viernes, 11 de enero de 2013 2
No pasaba nada, cada uno tragado en la opacidad de su pantalla, el tedio pegado a las caras como una mancha de humedad, ni siquiera voluntad de mover las patas hasta el dispenser de agua para hacer el mate. Uno arma estrategias para escaparle a la muerte pero en ese arranque de sábado lo más digno era morirse. Igual no hay que hacerse ilusiones. En la Redacción la muerte nunca llega. De llegar tendríamos la confirmación de que está pasando algo. Nada de eso. En la Redacción se vive en modo de ahorro de energía, 40 pulsaciones por minuto, una suspensión amodorrada que sólo se interrumpe para que nos cercioremos de que no estamos muertos. Apenas muriendo de a poco.

Alguien de la Secretaría dijo que parecía que le habían robado una fortuna a un ferretero en su casa en la zona sur. Es inimaginable, cuando un superior sugiere que algo pasó, el sesgo tenebroso y depravado contenido en la palabra parece. Ese odioso vocablo es como meterse en el Riachuelo: el agua está ahí pero a medio centímetro de profundidad es imposible ver o encontrar nada. “Che, parece que hay cuatro muertos por Pellegrini al fondo”. “Parece que a Luciana Aymar la violaron en un bar del Paseo del Siglo”. “Hay un asalto en una financiera y lo tendrían de rehén a Julio Orselli, parece”. El camino más corto de lo improbable al delirio es la palabra parece.

Con la agilidad de una grúa nos pusimos en marcha. Ni la comisaría de la zona, ni el comando radioeléctrico ni el tribunal de turno tenían la menor de lo que preguntábamos. Encaramos al secretario y le dijimos de dónde había sacado el asunto. Así nos enteramos que la especie se había originado en un ex mandamás de la Redacción que, parece, era vecino del ferretero saqueado. 

Allí fue nuestro man. Tras horas mendigando en las tinieblas con los datos nulos o inexactos que se ofrecen para hallar oro ubicó el domicilio de la víctima a tres cuadras del lugar indicado. La puerta de la casa se abrió y apareció una mujer que confirmó ser la esposa del comerciante. A los minutos asomó el ferretero. Era jubilado, había pasado los 70 largos pero seguía en su negocio. Comentó el redactor que se lo veía contrahecho, como extraviado adentro de su ropa, con una expresión de resignación transferida de la cara al cuerpo todo.

La mujer empezó a hablar, él parecía no tener las fuerzas para hacerlo. Ella contó que la tarde del día anterior tocaron el timbre de su casa dos hombres de buen aspecto, bien vestidos y sobrios. Estaba sola porque el ferretero a veces aprovechaba la hora de la siesta para ir un rato al casino. Con un ardid los tipos se metieron en la casa, la dieron vuelta de arriba abajo y se llevaron un cuarto de millón de pesos.

“Menos mal que él no estaba —decía, protectora y resignada, señalando a su marido— porque se habría mortificado mucho sin poder hacer nada. Ya ve, estamos indefensos, somos gente grande”.

Cuando terminó el relato el hombre, que había permanecido alicaído, casi ausente hasta allí, se levantó para acompañar a la puerta al periodista. Cuando estaban en el umbral le puso una mano en el hombro, paternal, con una bondadosa sonrisa de abuelo a prueba de cualquier tribulación.

Fue el gesto anticipatorio de unas pocas palabras. Le dijo que se sentía agradecido de que un diario importante llegara a su casa a preocuparse por lo ocurrido. Pero que eso lo obligaba, ahora que su mujer no oía, a sincerarle algo más.

“Mire muchacho, que nos robaron es cierto. Pero cuando entraron esos tipos a casa yo no estaba en el casino. Estaba enfiestado en un mueble. Me di una biaba bárbara con dos negras divinas.”
Pocas cosas tienen vitalidad más sublime que el momento en que un periodista cuenta la buena historia que trae al llegar a la Redacción. Sobre todo, como fue este caso, si el relato reproduce gestos y climas del contacto humano. La distancia entre apariencia y revelación inesperada, el salvaje contraste entre la fragilidad del viejo y su disoluta maratón sexual, el tono en que el asunto fue reportado oralmente por nuestro compañero hizo que nos mandáramos abajo de los escritorios rugiendo como indios apache. Varios querían ir ahí mismo a conocer al viejo.

Pero cuando dejamos de reírnos llegó el soplido de frustración. Saber que la parte más alucinante del suceso era la más reservada, que sólo había sido dicha bajo un compromiso tácito de privacidad y por lo tanto no estaría en el diario del día siguiente.

Qué decepción. Deshacerse justo del detalle que uno se muere por compartir es un costado ingrato del oficio. Acá no hay discusión sobre lo que debe obviarse. Pero esto nos lleva al problema siguiente. ¿Cómo abordar lo impronunciable? ¿Qué hacer con lo indecible? ¿De qué modo arreglárselas para no mandar al destierro a esos detalles poderosos cuya mención puede producir dolor o mandarte a Tribunales?

Ocurre que en este terreno baldío hay cosas por diferenciar. Por supu que hay situaciones o pormenores a no difundirse. Pero esto a veces nos hace pecar por exceso. Y en esas desmesuras rebanamos algo que es un tremendo quebranto en el periodismo actual.

Con frecuencia diaria me pregunto por qué el sentido del humor es un bien negado en los textos de un diario. En La Capital el humor no existe como pretensión o como pauta. Cuando se deja ver se infiltra involuntariamente y de la forma más ruinosa. Por ejemplo, cuando en un suplemento aparece la publicidad de un alimento para perros ilustrada con la foto de un gato. Más gracioso y más trágico cuando aparece por segunda vez en el mismo suplemento a la semana siguiente. O cuando en un epígrafe que intenta anunciar la proeza del goleador del clásico de un pueblo, el verdugo de Arequito, se produce una inversión de tipeo entre la d y la g de verdugo, concediendo al delantero un poder extrafutbolístico de horrendas resonancias.

Raro porque los efectos de comicidad producen adhesión, ya lo escribió Freud hace mil años, y el humor está en la calle todo el tiempo, impregnando cada cosa de la que los medios se ocupan. Lo pensaba el día de la tormenta pre saqueos que inundó la ciudad, arriba del 123, cuando escuché a una mujer que, celular en mano, le decía al chofer:

—Pensaba mandarle un mensaje a mi hermana pero se murió...
—¿Qué hermana?
—El teléfono, pelotudo...

¿Por qué en una nota que refleja los problemas que tuvieron los usuarios de servicios por el temporal no hacer entrar de costalete algo así? En todo caso, qué decir, podemos suavizar, cambiar pelotudo por mamerto, aunque no es lo mismo.

En Policiales, donde la materia usual que entrama los textos es la tragedia, el humor tiene una sinuosa omnipresencia. Si nos referimos centralmente al sufrimiento y a la muerte es complejo abordar este rasgo. Pero así como no hay velorio donde no se hagan chistes, en casi todo drama policial rezuman costados satíricos que pueden ser explosivos, casi siempre relacionados con la violencia, la sorpresa o el sexo. “Esa vieja costumbre inglesa de bromear en medio del dolor”, dice De Quincey en Asesinato como una de las bellas artes.

En medio de la investigación de un crimen impresionante, hará unos cinco años, voló de su puesto el jefe de Homicidios. Un farmacéutico que había sido baleado en su negocio apareció dos meses después atado con alambre de pies y manos adentro del baúl de un auto con un tiro en la cabeza y un fajo de billetes en la boca.

La pesquisa arrancó con sugerentes oscuridades. La manejaba un juez fogueado en una ida y vuelta entre la política y el mundo jurídico, con más cancha y mañas que el Coco Basile. El tipo cazó desde el arranque que el oficial que manejaba la investigación policial coincidía varias veces en el mismo lugar con la mujer de la víctima. El que terminó de pescar que la cosa era más que casualidad fue el secretario penal. Finalmente el juez llamó al cana y se encerró con él en su despacho.

“Me dicen que usted habría trabado relación con una testigo que sobrepasaría intereses estrictamente investigativos”, dijo el juez.

Viéndosela venir, el policía aceptó con la cabeza.
“Si entiendo bien –dijo el juez– usted me reconoce que se está garchando a la mujer del muerto”.

"Sí”, dijo el policía.

“Estimado, yo no soy un moralista. Cójase a quien quiera y donde quiera, pero no en un expediente mío. Despídase de su puesto de jefe de Homicidios”.

Miles de anécdotas graciosas recorren la producción de una nota. Hace un par de años recibí una lección de didáctica policial al preguntar a un comisario cómo habían dado con el ladrón de un empresario de Alberdi. El tipo engoló la voz y, menos por motivos éticos que prácticos, echó un sermón contra la tortura. “Yo estoy en contra de los apremios ilegales porque te pueden anular una investigación. Pero si uno busca un acto de sinceridad no hay nada como un golpe bien puesto. Sobre todo ruidoso. Yo lo llamo el bife pedagógico. Lo más efectivo es el ruido. Se quedan con la boca abierta, después hablan y la próxima antes de ponerse insolentes lo piensan”.

Yo pido humor en el diario. Ahora, ¿cómo cazzo reportar lo del bife pedagógico? ¿Cómo el trasfondo del relevo del jefe de Homicidios? Hay una línea de alta tensión entre derecho a la intimidad y a informar con veracidad, entre legítima pretensión satírica y necesidad de no ofender, entre lo relevante y lo irrelevante, entre lo constatable y la desmentida o la amenaza del juicio. Implicarse en la comicidad requiere además de una gran destreza narrativa: para desatar un efecto de hilaridad sin irse al alambrado hace falta una sutileza que no se aprende en ningún taller de Redacción.

Pero poniendo tanto celo en salvarnos de un reproche, aunque acaso más que nada por la escasa inclinación a experimentar, a zafar del molde, en los diarios nos tragamos el humor cotidiano. Los textos suelen ser un embole, como armados por un mismo viejo resentido que sólo quiere jubilarse y uno termina encontrando en la soltura de los blogs un refugio atómico contra los bodrios. Tom Wolfe, que generaba efectos eléctricos con un sentido humorístico exuberante, protestaba contra los escritos periodísticos diarios, que le parecían un plomo como la voz típica del locutor, algo tan horrible como descubrir que la persona que te gusta usa calzones “de tono beige pálido”.

No se reduce a eso, pero la disyuntiva a menudo pasa por resignar un elemento magnífico o que te esperen a la salida del diario para cagarte a trompadas. El año pasado fue el juicio en el que condenaron a dos hermanos que en un campo de Córdoba mataron a un productor agropecuario de San José de la Esquina y a su pareja. El tipo era popular en su zona, militante agrario, uno de los ricos del pueblo. Se llamaba Tito y tenía 71 años. El caso reunía los ingredientes para convertirse en gran historia de fin de semana y por eso mandamos a un corresponsal a armar un perfil a la zona.

En las charlas sus vecinos históricos fueron unánimes en definir a Tito como prepotente, muy fácil de engranar e irse a las manos por nada. Recordaban además que tenía una locura total por las mujeres, cualidad que no decaía con los años.

El informe que mandó el corresponsal estaba lleno de coloridas anécdotas de personas que lo conocían. Todas coincidían en lo mismo: un tipo soberbio, frontal, algo avaro y con las mujeres más caliente que una estufa. Entre todas las historias sobresalía una con el que el reportero, no mal rumbeado, cerraba el informe.

La contaba una mujer que había hecho la secundaria con el finado. Un domingo de verano de hace cincuenta años un grupo de amigos hizo una excursión a la laguna de Melincué en un camión jaula, de esos que se usan para transportar ganado. El calor en la orilla, la cantidad de gente, los cuerpos apretados y con poca ropa produjeron una peligrosa combustión en el voluptuoso y juvenil cerebro de Tito. El tipo se volvió loco, infló los pulmones para sumergirse y desplegó todo su ardor bajo la superficie.

El testimonio de la mujer me lo acuerdo de memoria. “Fue como un desesperado y les tocó el culo abajo del agua a todas las chicas que pudo. Lo tuvieron que sacar entre varios muchachos amigos porque querían lincharlo. Lo metieron en el camión y se quedó toda la tarde ahí encerrado, agarrado de las rejas como un preso, mirándonos con tristeza sin poder salir por lo que había hecho”.

Pobre Tito, convicto del delito de impudicia acuática en una olvidable playa del sur santafesino. Pobre también del pacato que privó a esa nota de un majestuoso cierre con esa cita textual. Mejor ni averiguar quién fue.
POR HERNAN LASCANO

jueves, 9 de junio de 2011

Franco Explota

jueves, 9 de junio de 2011 5
Paseando bajo los árboles de la avenida Pedro Goyena, una tarde del invierno pasado mi sobrina Valentina me contó lo que le pasó a Franco Explota, inquietante drama en dos actos ocurrido en un jardín de infantes de Caballito. Se trata de un nene de cuatro años, como ella, que una mañana reciente tuvo un accidente por el que hubo que pedirle a la mamá que se arrimara lo antes posible a la escuela con un pantalón.

La nena hablaba con ademanes que la hacían soltarse de mi mano. Las palabras se abrían paso precisas entre gestos vitales acerca de cómo arrancaron al chico del salón y lo llevaron al baño, sobre cómo lo miraban los demás párvulos, de cómo pese al frío se abrieron en un santiamén todas las ventanas, del alivio general cuando la madre de la víctima acudió al rescate y todos los chicos, al verla aparecer con el pantalón de repuesto, estallaron en espontáneos aplausos de victoria. En cada frase de Valentina la vida retumbaba como los campanazos de una catedral.

El problema principal, dijo preocupada, había sido un petún. Le pregunté qué era un petún.

”Un pedo horrible”, dijo ella.

Quería que por nada del mundo se distrajera, que siguiera su relato como fuera, por lo que tuve que apretar las muelas para atajar la carcajada. Lo que me dobló fue el adjetivo horrible seleccionado por un espécimen de cuatro años, que puesto en combinación con el inaudito sustantivo tenía potencia como para tumbar un edificio. Un petún. También quedaba reverberando el nombre del protagonista de la desventura. ¿Pronunciaba mal ella? ¿Había entendido mal yo? ¿Era posible que el antihéroe de esta historia, para colmo de tragedias, se llamara Franco Explota?

Le pregunté a mi hermano cuando llegamos a su casa. Me contestó que el nombre completo del nene es Franco Alvarez Protta, pero que sus compañeros, por esas simplificaciones acústicas del lenguaje infantil, le llamaban Franco Explota. “Desde antes del pedo”, me aclaró.

Solamente a veces en las condiciones de formación de una historia los hechos suelen buscarse con los nombres para formar una asociación inseparable e inmortal. En la dictadura había un general corrupto y falsario que se llamaba Verdura. Franco Explota se hace célebre entre sus compañeros por su tribulación gástrica. Y en ese cruce milagroso ya está todo explicado. Nada con lo que se adorne la historia puede superar la alianza explosión-nombre. Y basta pronunciar petún en voz alta para advertir que la detonación no es cualquier cosa. Inténtenlo. Un petún es el cañonazo de un Panzer en Stalingrado, el avión de American chocando la segunda torre, un vapor maldito fabricado en Chernobyl. Como dijo Valentina, algo horrible.

El primero de quien oí que las historias acechan todos los días y en cualquier lado y que cualquiera que nos provoque impresión merece ser escrita fue del tipo por el que quise ser periodista. En realidad esa persona me hizo saber que el trabajo de periodista no era algo imposible pero que merecía esfuerzo, preparación y compromiso. Fue también el que me sugirió que la curiosidad y la desobediencia, como leería muchos años después en un libro de Angélica Gorodischer, no son un defecto sino una virtud y que las dos mueven al mundo.

Ese tipo se llama Horacio Del Prado. Lo conocí a los diez años, al final de los años setenta, en el edificio de Catalinas Sur, en La Boca, donde vivíamos ambos. Empecé a prestarle atención a la fuerza por su notoriedad casual e inmotivada: un individuo que de vez en cuando pasaba entre los jardines del barrio combinando trajes formales con zapatillas, no por esnobismo sino por distracción. Lo veía por las mañanas paseando a Mora, su perra, y por las tardes bajando del colectivo como un acróbata cargado de revistas y libros. Fue el primer adulto que al hablar conmigo me hizo sentir que me tomaban en serio.

Más o menos por el año 79 era secretario de Redacción de la revista Goles, un semanario que competía con El Gráfico, en condiciones desiguales pero con dignidad. Su biblioteca desordenada y enorme fue la primera que me causó el deseo de tener una. Con su mujer divina y serena me pasó lo mismo. A veces llegaba a visitarlo Alejandro, su hermano músico, que por esa época tocaba con Zitarrosa, luego famoso por “Los locos de Buenos Aires”.

En una de las pocas e inolvidables ocasiones que fui a su casa me advirtió que había que tomarse escrupulosamente en serio lo que nos llama la atención, así nos parezcan cosas insignificantes, porque lo pueril es lo más usual en la vida. Las anécdotas que cuenta tu viejo o tu abuelo, dijo, son muy importantes. Lo que se oye en la calle y en la iglesia, lo que te causa gracia, o disgusto, o incertidumbre, o miedo, todo eso sirve para escribir.

Me dijo también: “Sobre esa primera cosa que pescaste o que sentiste hay que concentrarse, pensar mucho, dar algunas vueltas, hasta que aparezca una idea propia”.

Por su influencia llevo hace años libretas que relleno, no sé para qué, con lo que escucho. El me dio a leer la impresionante crónica del fusilamiento de Severino Di Giovanni que escribió Arlt. Me habló de historias de futbolistas, de Haroldo Conti, de la importancia del uso del suspenso en los textos, de Kundera. Cuando le dije que intentaría ser periodista me anunció que el peor destino es esperar los temas adentro de las Redacciones.

Cerca de los veinte años anotó el nombre de tres colegas que conocía en Rosario —muy distintos entre ellos, me advirtió— a los que sugería contactara para ver si podían tirarme algún hueso. El papelito decía: Jorge Brisaboa, Bigote Acosta, Horacio Vargas. Pasaron dos años hasta que preparé una carpeta con cinco notas y me presenté en Rosario/12. Pedí hablar con Vargas y le dije que se las dejaba para que las viera. Temblé desde tocar timbre hasta salir. Qué desamparo, qué terror, qué soledad polar produce en uno el estado de expectativa.

Transcurrió un mes y una redactora de Rosario/12 que era compañera de la Facultad me avisó que Vargas quería hablar conmigo. Subí al edificio de calle Córdoba arrastrando las patas por las escaleras. Salió él con Guillermo Lanfranco y me llevaron a tomar un café. Abajo del diario que tenía en la mano asomaba la carpeta con las notas que le había dejado.

Pensé que me la devolvía ofreciéndome alguna palabra de horrendo consuelo, pero me dijo que iban a publicarlas a todas, que querían que trabajara con ellos. Hasta ahora, pese a no tener un mal pasar en este oficio, no recuerdo una alegría mayor a esa.

Como una década después le conté al Nene Vargas que un par de años antes de llevarle las notas un periodista de Buenos Aires me había sugerido ir a verlo por trabajo. Cuando le dije que era Horacio del Prado dijo: “Si hubiera sabido te daba laburo sin importar cómo escribías”.

Durante 18 años no supe nada de él hasta que un día lo llamé súbitamente. Nos juntamos en un bar del parque Lezama. Me sentía tan feliz con algo tan simple que no pude sino darle la razón retrospectiva: la mejor materia narrativa sale de las cosas sencillas. Nos quedamos hablando cinco horas. Me hizo gracia un elogio que hizo por algunas notas mías. “Tenés birome”, dijo. Ahora trabaja en Clarín en la sección de Enciclopedias, escribe teatro con éxito, tiene un programa de radio y un blog de fútbol con fieles seguidores, que se puede encontrar en la lista de recomendados del nuestro.

Lo acompañé hasta la parada donde en otro tiempo lo veía haciendo equilibrismo con los libros y revistas. Cuando se fue pensé en lo que me había dicho él hacía treinta años. Si en un lugar respira este oficio es en el prodigio de contar historias sencillas. Cuando no escribimos por obligación, cuando el tema nos empuja a hablar de él, la indiferencia será menos probable. Abro el diario esta mañana, en la semana del día del periodista, y aparece un panadero de un pueblo que cuenta qué pasó cuando, sin decirle a nadie y sin que nadie se diera cuenta, empezó a usar un 20 por ciento menos de sal en sus productos. Franco Explota obliga a hablar a Valentina y ella, traspasándome todo su placer al contar su aventura, me obliga a mí.

¿A qué tipo de público de hombres y mujeres se dirige?, le preguntaron a Arlt en 1929. “Al que tenga mis problemas: resolver de qué modo ser feliz, dentro o fuera de la ley”. Con todo respeto, linda consigna, maestro.

POR HERNAN LASCANO

viernes, 21 de enero de 2011

Lo peor no es la derrota (II)

viernes, 21 de enero de 2011 6
Como me decía un amigo el día de Nochebuena, la desventaja de ser testigo es que uno ya no puede hacerse el boludo. Con los demás sí puede, trabando un poco la mandíbula se consigue, pero hay un rincón inexorable con uno mismo donde aunque se bajen todas las persianas el resplandor enceguece. Puede no haber nadie para oírnos, pero si un rebaño de erizos se metió en la cama las púas se clavan lo mismo.

El 24 de noviembre de 2008 perdí de vista un árbol que había por la zona de los clubes de pescadores, atrás del parque España, uno de los cuantos a los que les llegó la hora cuando se hizo el paseo ribereño peatonal. Era un árbol petisón y robusto con las ramas trenzadas y nerviosas. Me gustaba ese árbol y había agarrado la costumbre de ir a verlo cada tanto. Ese día descubrí que no estaba más y me lo anoté en una libreta.

Me fui caminando al diario y al llegar a San Martín y Córdoba en frente del Banco Nación vi una cantidad inusual de policías. También muchos curiosos preguntando qué pasaba. Me acerqué. Había un allanamiento en las oficinas del tercer piso del Victoria Mall. Me mandé arriba por las escaleras y al llegar ya no pude avanzar. Un policía bonaerense me dijo que estaban haciendo una inspección en un estudio jurídico para asegurar pruebas. También había personal de la Afip y un par de sumariantes del juzgado federal de Zárate-Campana.

El estudio en cuestión era de uno de los tributaristas más conocidos y prósperos de la ciudad. Un tipo de unos 40 años que era asesor financiero de un millonario incipiente, desconocido absoluto hasta unas semanas antes. Un tal Mario Roberto Segovia.

La acción no había pasado desapercibida a los medios que ya tenían en sus portales la novedad. Se citaba lugar del allanamiento, despliegue y procedencia del personal actuante y se decía que el procedimiento se vinculaba con la llamada causa de la efedrina. Había fotos que mostraban la cantidad de gente aglomerada. Lo único que no figuraba en ningún lado, salvo en un solo medio, era el nombre del abogado al que le estaban revisando los pelpa.

Nos pusimos a averiguar qué había motivado el operativo. Dimos con un informante judicial que nos leyó por teléfono parte del sumario. La información de que disponían sugería que el abogado había asesorado a su cliente en una secuencia de inversiones altas sin tomar grandes precauciones respecto al origen de la plata para concretarlas.

Y el cliente, comprando esto y lo otro, había desparramado teca como para juntar curiosos: dos camionetas Hummer, dos 4 x 4, un chalé de mil metros cuadrados en Fisherton, un Rolls Royce similar al de la reina de Inglaterra, dos departamentos en Puerto Madero, una fábrica de discos compactos en edificación e, incluso, según la información del juzgado, todo el tercer piso del Victoria Mall, que había pertenecido al abogado.

Cuando teníamos el paquete a medio cerrar fuimos a decir cómo venía la cosa. La orden de arriba fue: “Publiquen todo, pero al abogado hay que cuidarlo, guarden el nombre”.

Gran dolor de huevos. Al revés habría funcionado. Podíamos no publicar todo, lo que en una situación preliminar es aconsejable, dado que no pocos operativos judiciales que implican deslizar sospechas terminan en la nada. Pero al omitir de quién era el estudio jurídico íbamos a quedar ante nuestro público, con toda razón, como encubridores. Porque lo único indudable era que ese boliche estaba siendo allanado por la orden de un juez penal que investigaba al tipo que el gobierno había definido como el mayor contrabandista argentino de narcóticos.

De hecho: en la edición online ya había comentarios tirándonos de todo por encanutar el nombre. Nos pareció que esa carta podía jugar a favor nuestro. Fuimos ante los altos mandos y con voluntad de negociar dijimos: “Se la están dando a un boga archijunado ante miles de personas en el lugar más céntrico de Rosario. Es una causa sensible. Lo llamamos y que haga su descargo. Que aclare y explique todo lo que quiera. No lo pusimos nosotros en esta situación. Que él no nos ponga en la situación de que todos nuestros lectores nos puteen por hacer algo impresentable”.

Es imposible explicar aquí, y además llevaría mucho tiempo, cómo brindar argumentos que implican cuidar los propios intereses en muchos medios comerciales es como ofrecer carne fresca para caníbales. Ni de dignidad, ni de sensatez, ni de ética. Uno sólo habla de cuidar el pellejo y recibe miradas, más aburridas que fastidiadas, que dicen: “Saben cómo es esto, tienen razón ustedes, pero hay que hacerlo”.

El influyente en cuestión al que le ofrecíamos indemnidad a cambio de embarrarnos hasta la nuca era por entonces dueño de una de las mayores mansiones en valor y superficie del Kentucky de Funes y, según gritan en Tribunales y en ámbitos como la Bolsa de Comercio, uno de los más sagaces especialistas en evadir y eludir. Su padre, tributarista también, se despegó de él en una inolvidable solicitada publicada en el Decano. De acuerdo a las interpretaciones coincidentes del momento, lo hizo impulsado en la necesidad de ponerse a salvo en forma pública de los opacos manejes del nene.

Decíamos a nuestros comandantes que no había necesidad de contar todo esto. Pero debíamos dar el nombre por un motivo elemental: evitar degradarnos ante gente a la que le tenemos que vender, junto con los 3 mangos 50 que sale el diario, confianza en nosotros.

Para imponer contenidos o para frenarlos, el área comercial de un diario, que es el espacio donde muñecos como éste encuentran su fecundo terreno de operación, suele tener más peso que el área periodística. En las cosas que importan nos viven acostando. Por eso es una vieja tradición que un sector y otro nos prodiguemos un rencor ancestral y recíproco, albergando el vivo deseo de que llegue el glorioso día de recitar predicados de odio acumulado y terminar por cagarnos bien a tiros como hacen los personajes de “Periodismo en Tennessee” de Mark Twain.

Aunque no sea lo importante, faltaba decir que el abogado que allanaron es Wilfredo Scarpello. Y tiene hot line no con el área comercial sino con los dueños del circo que, sin subestimarlos jamás, son los más jinete sin cabeza de todos.

En escenarios complejos no hay recetas simples. No se trata de posar de insumisos ni de enojados en una empresa comercial privada. Pero hay opciones de obediencia que llevan al suicidio.

En este caso así lo parecía. Al día siguiente a la cuenta de correo electrónico de la sección llovían mensajes que nos trataban, como mínimo, de cómplices y sinvergüenzas.

Es habitual y es avieso, pero lo de mandarnos en cana gratis en las situaciones más públicas es primero que nada autodestructivo. Y bastante clásico. El día que lo liberaron tras seis años de prisión en el marco de un proceso arbitrario el ex juez Fraticelli habló una hora por los medios. Desde la primera oración a la última mencionó a Reutemann como el culpable de la caza de brujas que, decía, había sido su encarcelamiento.

El piloto escaló las cumbres y pidió clemencia. Lo que se traduce en censura. Y en efecto la directiva bajó como una plomada. Fuimos boquiabiertos a enunciar lo obvio: el apellido Reutemann había sido la pieza principal de una conferencia de prensa vista en vivo por todo el país y en horario central. ¿En el nombre de qué ventaja íbamos a entrar mansamente en esa hoguera? La respuesta fue la que le dieron al verdugo de Perry Smith: “Proceda”.

Entre los múltiples daños implícitos de este tipo de actos hay uno que los editores casi nunca tenemos en cuenta. Y es cómo cosas así nos desacreditan a nosotros antes que a nadie y nos liman el mando. Si se le pide a un redactor que omita, que suavice, que acomode, ¿es posible luego reprocharle un error de enfoque o pedirle compromiso? ¿Con quién debe enojarse ese editor? ¿Retiene algo de autoridad para decir en adelante qué está bien y que está mal?

Además está la ofensa. El tipo que vino laburando una nota seis horas al recibir una instrucción de esas no va a querer quedar pegado firmando. Y la firma implica una distinción necesaria que el periodista merece no para alentar su vanidad sino como conquista, para apropiarse legítimamente de su trabajo, que le pertenece. La firma le sirve, incluso, al público en tanto funciona como garantía de intento de veracidad. El que firma no está a salvo del error, pero lo hace porque cree en lo que escribió.

Esto es fuente de un malentendido usado con cinismo: que la empresa periodística pague un sueldo no significa que le puede pedir cualquier cosa a un periodista. Le puede indicar y hasta ordenar sobre qué escribir. Pero no decirle que trabaje de manera innoble. Es por eso que las órdenes sucias se bajan en murmullos y a solas.

En la genial escena inicial de Los perros de la calle están todos los monstruos desayunando en un bar y a la hora de pagar uno se niega a dejar propina. Es el personaje de Steve Buscemi, que dice que nunca lo hace porque eso supone que la camarera no gana lo suficiente, y que compensar eso con una propina sería malo para todo el personal, dado que les retardaría la toma de conciencia para organizarse por una remuneración justa. Se arma entonces un debate extravagante donde nueve caballeros exprimen sus escrúpulos sobre ética y justicia, lo que aplaza momentáneamente la realidad de que están reunidos ahí planeando el asalto a un banco.

En simposios y en sus reuniones periódicas, muchos dueños y gerentes de medios mantienen discusiones por el estilo.

La censura aceptada tiene un costado burocrático y perentorio que se naturaliza en nosotros con la fuerza de la repetición. Sin necesidad de dar un debate ético gritando entre nubarrones de azufre, se lo puede considerar desde un costado utilitario: ser un eslabón de estos enjuagues nos reduce ante los públicos. De ese modo un ingrato día, como el árbol del parque España, podemos no estar más allí, por más que conservemos el sueldo. Cuando los lectores u oyentes advierten que algo se les escamoteó te señalan como responsable. Y al hacerlo, con toda justicia, les importa poco que uno sea el que dio la orden o el que la aceptó entre rezongos. La pura y triste es que esa distinción es un asunto de los periodistas, jamás del público. Porque además, entre nos, plantear que uno rebanó esto o aquello porque fue obligado, ¿no suena un poco fulero? O, en el fondo de nuestros corazones, si decimos “Yo dejé la página impecable y me la intervinieron cuando me fui”, ¿no da para sentirse un forro?

El Pami, Praino, Eduardo J López, los intereses de Transatlántica, los vaivenes históricos de la concesión del Puerto de Rosario, las motoniveladoras de Obeid, la insuperable y celosa protección a Aguas Provinciales de Santa Fe, que logró que la mayoría de los rosarinos se enteraran que “algo iba mal” el día que le cancelaron la concesión. Intereses diversos y minoritarios a los que los periodistas terminamos pegados como chinches, más allá de las miles de tácticas que cuestan mucho esfuerzo y se notan mal para esquivarle a la ciénaga.

Cuando uno comete un crimen y lo cuenta se convierte en un testigo, lo que alivia el tormento del acto, dice Borges en Guayaquil, un texto de El informe de Brodie. “Confesar un hecho es dejar de ser el actor para ser un testigo, para ser alguien que lo mira y lo narra y que ya no lo ejecutó”.

Igualmente ser testigo puede ser terrible si uno no acierta a hacer lo que uno sabe que hay que hacer. Saber, sabemos siempre.

POR HERNAN LASCANO

jueves, 11 de noviembre de 2010

Los padres de la criatura

jueves, 11 de noviembre de 2010 16
El viernes a la tarde vino a casa un periodista de Barcelona que está haciendo una investigación sobre Messi. Había llamado un par de veces a la mañana por unos datos en supuesta posesión mía. Cada vez que sonaba el celular yo estaba adentro de un banco, atrancado en miles de trámites por una mudanza, por lo que le decía que me hablara después. No me gusta dejar en banda a un tipo que está buscando información porque inevitablemente me coloco en su lugar y sufro. Pero tenía un día chino y él se iba esa misma noche. Combinamos para vernos diez minutos. El agradeció diciendo que serían más que suficientes.

Aunque guardaba una remota sospecha, me sentía un poco curioso sobre mi eventual aporte en un texto sobre Messi. Nos sentamos en el patio. El loco vivía en España hacía siete años bancándose con trabajos free lance. Me dijo que ya había escrito un largo perfil sobre Messi a partir del cuál una editorial prestigiosa le había encargado un libro. Ya había estado en Rosario para armar aquel artículo y ahora venía a profundizar su pesquisa.

No demoré en confirmar, con algo de decepción, que mis sospechas no estaban mal orientadas. Mi nada gloriosa contribución consistiría en que le contara entretelones de un episodio publicado dos años atrás que tenía como protagonista a Messi. Pero no a Lionel, sino a Matías, hermano mayor, que había ido a parar a las páginas de Policiales porque un patrullero lo había detenido con un arma ilegal.

Me puse un poco en guardia. Las intenciones del tipo sentado en mi patio me provocaron desconfianza. Me descubrí imprevistamente flotando en el mismo malestar que muchas veces yo le debo inspirar a tanta gente que entrevisto. Le dije, entonces, que no había mucho más que agregar a lo que ya había aparecido. Era un episodio menor que en realidad me había avergonzado un poco publicar.

—¿Por qué lo hiciste entonces?, preguntó él.

La respuesta que le di me causó más vergüenza todavía. Pero asumiendo que era el precio justo por algunas de las tropelías que hacemos en este oficio no la esquivé. Contesté que aquella mañana de noviembre de 2008 un buche le había pasado a un compañero el dato de que durante la madrugada la policía había detenido a un pibe con una pistola robada. Algo así nunca entra en la edición de la sección: pasa tan seguido y en tantos lados que no es noticia. Salvo que haya de por medio un patronímico importante.

Ahí entró a operar un dilema. Algún otro medio no tardaría en enterarse. Y no hacía falta ser Stephen Hawking para notar que la sola alusión “hermano de Messi” pondría el tema en la prensa nacional.

A mí colocar el tema en los diarios nacionales me importaba un sorongo. Pero no ignoraba que cuando eso pasara nos veríamos obligados a publicar —tarde y atrás— una novedad pueril que acababa de ocurrir y que teníamos antes que nadie. Me fui a la reunión de edición sabiendo que no podía esconder eso. Presenté los temas del día y al final de todo, como esos que envuelven las llaves en un trapo antes de tirarlas del piso veinte, largué: “…y además ayer agarraron a un hermano de Messi con un bufo y cinco balas en la recámara a una cuadra del Distritro Sur…”

Houston se sacudió. Los otros jefes izaron las cabezas pidiendo detalles con los ojos como huevos de avestruz. Que cómo, que dónde, que por qué. Como un papanatas culposo intenté amortiguar: que no había que exagerar, que un pibe llevando un rofie en una ciudad de un millón de tipos no era algo insólito, sarasa, sarasa… Lo íbamos a dar pero no abriendo la sección ni mucho menos.

Me respondieron que hiciera como quisiera, pero con el suficiente despliegue de texto como para salir en la tapa del diario, que era donde lo pondrían.

A las seis horas la noticia estaba en todos los portales de Europa. Lo que algún gil tomaría como un acierto periodístico no lo era ni por asomo. Apenas un episodio chico acompañado por un apellido grande. Tan grande como para no poder ir de cayetano a una reunión de editores. Y como para colocar al diario como el padre de la criatura.

Hubiera querido que terminara ahí. Lo juro por todas las videntes que podrían leerme la mente en este instante. Pero ocurrió que al correr la noticia un oscuro picapleitos que se vendía como abogado de la familia Messi salió a decir por Radio Dos que todo lo que había salido en La Capital era un invento. Que no habían detenido a Matías Messi, ni con un arma, ni nada. A esas declaraciones también las levantó todo el mundo.

Ofendido con el cagatintas que nos trataba de mentirosos no tuve paz hasta conseguir copia del expediente donde figuraba el hecho de punta a punta. Número de patrullero interviniente, nombres de los vigilantes, marca y calibre del arma, desgrabación del llamado anónimo al 101 que avisaba de un tipo armado en Uriburu al 600. Esperé hasta el día que lo indagaron y al día siguiente publiqué todo con mi firma. No porque me pareciera un gran caso, sino porque era una forma de sostener que aunque dijeran que era falso todo eso había pasado. Si era una mentira había un juez que se la creía al punto de imputarle un delito a este pibe.

Hoy pienso que soy un débil engreído, estúpido y orgulloso.

El periodista de Barcelona, que es de Buenos Aires, fue escuchando con gran atención. Cuando acabé de contarle todo le dije que a mi modo de ver eso había sido un episodio minúsculo. Y que me preguntaba cuánto valor podía tener eso en la historia escrita de un futbolista que, además, no tenía que ver con lo ocurrido, ni por un vínculo de sangre ni por otra cosa.

Me dijo que no me preocupara. El asunto no le importaba más que para hacerse preguntas sobre la familia. Me contó entonces que había estado una larga temporada hablando con familiares de Messi y que en ese tránsito se había enterado de muchas cosas dolorosas que no le interesaba en lo más mínimo dar a conocer.

“No son cosas tremendas pero harían ruido”, dijo. “No hay nada más común en el mundo que el dolor y las desdichas de una familia común. Por eso mismo esas cosas merecen ser preservadas”.

Le creí.

Estuvimos en silencio un momento. Tras su comentario me quedé pensando en un artículo de unas quince páginas que había leído unos meses atrás en un blog de una revista peruana. Era un reportaje donde un periodista se empecinaba en hablar por teléfono con amigos y familiares de Messi. Recordaba, especialmente, una comunicación nocturna que el periodista había mantenido con la hermanita. En la conversación de la nena iba y venía un anormal matiz subterráneo, algo no dicho que asomaba en forma inquietante como sólo brota en las cosas que ocurren por las noches. Pudo ser un déficit de mi percepción. Pero lo sentí. No hay nada que nadie pueda hacer contra la energía que dispara lo tácito de un texto bien armado. Ni nada hay más perturbador que aquello que no termina de ser dicho.

“Yo escribí esa nota”, dijo él.

Fue entonces que por esas cosas esotéricas que a veces resultan fallidas, como las corazonadas, decidí contar a mi visitante algo que hasta ahí pensaba callarme.

A los pocos días de escribir la nota con el expediente del caso Matías sonó mi celular con un número de Buenos Aires. El que hablaba era Jorge Messi. No me produjo gran sorpresa porque un compañero de la sección Deportes me había adelantado que el papá de Messi quería hablar conmigo y me pedía permiso para pasarle mi teléfono.

Una de las primeras cosas que un periodista debe aprender es que una persona que quiere hablar con un periodista lo único que desea es interactuar con la firma que aparece en el diario. No con el ser de carne y hueso que ese periodista es. Eso es lo mejor para evitar tomarse las cosas personalmente. Lo que yo era entonces o soy ahora a Jorge Messi le interesa tanto como los malvoncitos de la casa de mi vieja.

Estaba en Rosario y me propuso tomar un café donde yo eligiera. Le sugerí ir al bar de la vuelta de mi casa, en San Luis y Suipacha. Nos encontramos allí a la media hora. Mientras esperaba sentado en una mesa del fondo a través del vidrio reconocí con asombro al padre de la criatura. Era alucinantemente igual a Lionel. Más fácil creer que era, más bien, su hermano mayor o un tío joven. Me contaron que en Dubai una vez cuando salía de un hotel lo levantaron en andas confundiéndolo con Leo.

Yo estaba resuelto a no dejarme conmover por la sobrenatural admiración y curiosidad que siento por su hijo futbolista. Pero sabía que él venía a hablarme del otro hijo. También sabía que lo mejor para no caer en tentaciones era dejarlo decir a él y limitarme a explicar mi “intervención profesional” y la necesidad de “mi nota firmada”. Pongo las comillas para sentirme un poco menos pelotudo.

En principio me contó cosas de él. Su trabajo en Acindar, sus pleitos con antiguos intermediarios, su transcurso del tiempo por mitades entre Rosario y Barcelona. Refunfuñó algunos rezongos sobre Maradona, que recién se hacía cargo del seleccionado y acababa de ningunear a su vástago diciendo que Argentina era Mascherano y diez más. Encontré a un tipo de talante tranquilo que está muy pendiente del agobiante peso de la fama de su hijo y de la posibilidad persistente y ubicua de ser estafado. No tuve tiempo de que me cayera ni bien ni mal.

Todo venía muy sobrio y yo esperaba un apriete. Sólo me preguntaba si usaría o no anestesia.

Lo invité a decirme en qué podía ayudarlo. Me dijo solamente que le interesaba hablar conmigo porque se había dado cuenta de que la noticia de Matías los demás medios la seguían a partir de lo que sacaba La Capital. Me contó que había visto la historia reproducida en diarios de Alemania y de Inglaterra. Acababan de inscribir una fundación de bien público y querían evitar que la imagen de Leo, dijo, quedara salpicada. No buscaba negar lo que había pasado. Pensaba que sin la intervención del abogado el tema habría muerto con la primera nota. De una manera correcta y sin una palabra de más me dijo que si íbamos a seguir publicando algo nos pedía por favor tener la chance de responder alguna cosa.

A los 22 años yo trabajaba en el Banco Nación y me mandaron a buscar una remesa a Buenos Aires. Acepté porque nunca había viajado en avión y además pagaban viáticos. El despegue del avión me hizo sentir en un parque de diversiones. Después entré con dos gorilas de la vigilancia al tesoro de la casa central y me dieron cuatro sacas con seis millones de dólares.

Esa fue la primera vez que vi tanta plata junta. La segunda era en el bar contemplando la cara del tipo que tomaba un cortado conmigo. En las dos ocasiones, me parece ahora, era posible constatar la huidiza y falible condición constitutiva del poder. Porque el punto donde lucimos frágiles, oscilantes, en condiciones de tener que defendernos o pedir ayuda, siempre termina por presentarse. Lo recordaba hace dos décadas camino al aeroparque con los bolsines llenos de dólares, pensando que el banco me ponía dos custodios en un blindado porque no tenía certeza de que los seis palos llegaran a Rosario. Y el tipo que maneja un contrato futbolístico de 10 millones de euros anuales solicitaba —no a mí, sino al propietario del nombre que aparece firmando notas en el diario— que le concediéramos la oportunidad de hablar.

Como un cazador de autógrafos, yo había llevado al bar una pequeña bolsa de cartón con una foto enmarcada. Era de cuando Messi sufrió su primera lesión en el fútbol profesional. La imagen lo muestra de espaldas, empequeñecido por su traspié, abrazado en forma paternal por Kluivert Rijkaard, el entrenador que lo hizo debutar en la primera del Barcelona.

Es una fotografía extraordinaria. Quería decirle que la tenía colgada en mi escritorio como sugiriendo que jamás hubiera querido provocar ningún daño a su hijo. El recordaba muy bien la foto y dijo que le gustaba mucho. Pero aunque no lo mencionamos, un sentido complementario de la imagen terminó entreverándose y prevaleciendo. El que confirma que todos somos endebles y que nada nos asegura, tengamos lo que tengamos, no tener que depender de otros. A mí me recordó, además, que soy tan flojo como para desconocer hasta el día de hoy que haría si un dato me volviera a dejar colocado en una situación parecida.

A los cortados los pagué yo.

POR HERNAN LASCANO

lunes, 11 de octubre de 2010

Lo peor no es la derrota (I)

lunes, 11 de octubre de 2010 11
Estábamos el viernes pasado comiendo en El Mejor y hablando de lo embarradas que venían las elecciones en la CTA. Alguien mentó una nota en TN de dos días antes, que todos habíamos visto, donde Yasky trataba de explicar, con una expresión perturbada y un poco almidonada, por qué los resultados en algunos distritos no eran confiables. En esa Walter Palena soltó una observación oblicua al asunto recordando una vieja frase de Vanrell. “Lo peor no es la derrota, es la cara de boludo que te deja”.

Me quedé un buen rato colgado en el efecto del chiste y pensando inevitablemente en Vanrell. Como de Gelblung o de Natalio Botana, contar anécdotas del Trucha es uno de los pasatiempos más divertidos y habituales de los que laburamos en esto. Con prescindencia de lo que son o de lo que nos inspiran, lo que une a los tres personajes es ser o haber sido agudos como la punta de un clavo, y condensar sensaciones expandidas del sentido común en dichos compactos, que se vuelven exitosos o risibles porque retumban como latigazos.

La única vez que entrevisté a Nito Vanrell fue a un año de entrar a Das Kapital. El venía de pasarse una buena temporada en Costa Rica prófugo de la Justicia que lo buscaba por ladrón de dineros del estado santafesino. Fue un sábado a la mañana en las mesas de afuera del bar Pasaporte, en la primavera del 94. A último momento Rubén Galassi, que era mi jefe, dijo que me acompañaba.

La charla fue larga y encantadora. El se declaraba un perseguido, hablaba de la mala fe de sus enemigos, de sus melancolías del poder, de la selectiva hipocresía de los jueces. Y yo, que me había estudiado un expediente con los desfalcos descomunales que se le atribuían, me empecé a sentir como Ulises amarrado al mástil escuchando a las sirenas, incómodo de hallarme tan cómodo. En algún momento se refirió a la etapa costarricense como “mi exilio”. Ahí vi abrirse el filón para recobrar mi posición de periodista inquisidor-ciudadano indignado y lo interrumpí: “¿Qué exilio? Usted se fue allá escapando de una causa penal por malversar fondos públicos”.

El la dejó pasar y siguió hablando, tendiendo puentes, sonriendo, mirando a los ojos. Pero cuando ya habíamos terminado recogió esa piola.

-Hay que ser cuidadoso, no hay que enojarse, todos tenemos nuestras manchas. Los periodistas hablan como si fueran novicias del Vaticano. Pero todos tienen su precio. ¿Sabés por qué lo digo, querido? Porque yo los compré a todos.

Para pronunciar la última parte de su cuasi monologo se había arrimado triunfal, quedando casi contra mi mentón, y achicado el tono de voz hasta volverlo un ronquido. Recordaba a Pedro Navaja y a todos los matones románticos de las canciones de Blades. Logró intimidarme un tanto, pero como pude balbuceé que no me convencía, que no todos cobran ni a todos les interesa hacerlo. Fue entonces que el Trucha, rápido como cuando estampaba firmas en las órdenes de pago del Senado, decretó que era el momento de aplastar al principiante:

-Muchos obedecen igual aunque no cobren, querido. Pregunta a los empresarios o a tus jefes máximos. Lo que se va a publicar o no se va a publicar se arregla con los de arriba. Y los de abajo se sienten más o menos incómodos, pero no hacen nada, porque a fin de mes necesitan el sueldito.

A este último vocablo en diminutivo, que me entró como el bayonetazo que desangró al sargento Cabral en el Campo de la Gloria, a casi dos décadas todavía lo sigo sintiendo bien atroden.

En algún lugar Orwell dice que el lenguaje político está pensado para que las mentiras suenen a verdades y el crimen parezca respetable. Arriesgaría que eso con Vanrell tiene su autenticidad innegable. Pero una autenticidad relativa.

No me parece que cualquier cosa que diga alguien como el Trucha, que fue un chorro y la madre, debe automáticamente descalificarse. Porque sino esta conducta afónica de tantos periodistas de sentirnos a salvo, de poner la conciencia en Woolite y percibirla inmaculada porque uno no recibe sobres, de entendernos honorables porque pese a acatar lo inaceptable nadie nos desliza nada en el bolsillo para hacerlo, seguirá siendo un boleto para tomarse el buque del problema. Que seguirá apretando como un zapato nuevo.

A veces la obediencia a la decisión espuria, como decía Vanrell, se produce sin retribución. Sólo porque uno obedece.

Hablo desde la fragilidad de mi experiencia, desde mi visión sesgada, desde mis miedos, sin sentirme emperador de la honradez ni de la verdad mucho menos. Las cosas ofrecen matices y se fueron generando grietas en el espacio antes incontestable de ciertas barrabasadas hoy inadmisibles en la prensa. En parte porque se dieron algunas peleas, en parte porque en un sistema de medios comerciales donde no todos tienen los mismos intereses lo que uno calla con más o menos sigilo puede volverse escandaloso en tanto otro lo muestre. Pero bien lejos estamos de cantar victoria.

Más o menos en la época de la nota a Vanrell a los más poderosos les bastaba un sencillo armisticio de cúpulas para decretar la inexistencia de un suceso. Una martingala de tres movimientos: ir a La Capital , a Televisión Litoral y a Canal 5. Y chaupinela. Ahora eso, que sigue ocurriendo, es un poco más difícil: la aparición de medios digitales que sirven de afluente a los medios tradicionales hace que la hipocresía o la indecencia, como Júpiter en estos días, se vean sin ayuda de telescopio, a ojo desnudo.

Un domingo al amanecer el hijo del dueño del sanatorio Parque yendo en una camioneta a mil por hora en Fisherton reventó a un chico de 23 años. Teníamos la nota puesta en página con las fotos y al fin de la tarde bajó la orden de pararla. Hubo un principio de motín con discusión a gritos en la Secretaría de Redacción pero no salió nada. Al día siguiente el accidente tampoco estuvo en los noticieros televisivos.

Esa tarde de lunes una redactora se tomó el 115 y bajó en la casa de los padres del chico muerto, que se llamaba Juan Pedro Stradiotto. “Hagan una marcha en la puerta del diario, o muchas. Hagan carteles. Denuncien que están ocultando esto”, les dijo. Así fue y a los dos días el tema estaba instalado abriendo página y en la portada.

Hay batallas editoriales bien más difíciles o más sutiles que la de los pedidos del comandante del Grupo Oroño que no deseaba que su nene apareciera en Policiales por aplastar a un vecino con una 4 x 4. Pero en esa, que no era la primera vez y cada cual tendrá su ejemplo, se ofrecía al desnudo la posibilidad de buscar rutas para esquivar los obstáculos de los intereses comerciales o políticos en la edición de noticias. Una especie de evidencia sencilla de que esos poderes influyentes no son indoblegables. Y que frente a ellos pueden armarse contrapoderes cuya naturaleza -como este año pareció constatado como nunca con el paro en el multimedios La Capital - deriva de una construcción colectiva. Sólo hay que estar dispuesto y transpirar un poco más. Bueno, bastante más.

Queda la variante de sentirse un boludo, sin necesidad de cobrar por eso.

POR HERNAN LASCANO

lunes, 30 de agosto de 2010

Réquiem para las notas perdidas

lunes, 30 de agosto de 2010 20
Había que ponerle una funda al lavarropas porque quedaba al aire libre y se mojaba con la lluvia. Para encargarse vino a casa una criatura extraña. Un ser muy bajo, con los brazos pegados al cuerpo y la cara rosada. Usaba una camisa a cuadros con pantalón ombú que le daban el aire de un leñador en miniatura. Tenía 85 años.

Empezó a tomar medidas con un centímetro de hule amarillo, moviéndose como los futbolistas veteranos, despacio pero sin desaciertos. Cada tanto preguntaba algo y hacía unas anotaciones en una libretita. Noté su acento extranjero y le pregunté dónde había nacido. Contestó que era alemán. Pregunté de qué parte. Dresde, dijo.

No hacía mucho había terminado de leer Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut. Dresde fue blanco del ataque aéreo más devastador en Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial, una tormenta de fuego aliado que se extendió dos días y mató a 35 mil civiles. Vonnegut era soldado norteamericano en Dresde y esa jornada doble en que cayeron cuatro mil kilos de bombas lo dejó insomne para siempre. Matadero Cinco fue el intento que hizo treinta años después para extirpar a sus demonios. Un libro raro que alterna pasajes para llorar de angustia y otros para explotar en carcajadas y que deja sin cerrar preguntas poderosas sobre la violencia humana.

Le pregunté al tapicero si estaba en Dresde en la época de los bombardeos. Se sonrió. Contestó que había venido a Argentina unos cinco años antes. Era judío y si no se las tomaba la historia que estaba a punto de oír probablemente se la contaría a Montoto.

Sigmund Waissman, tal su nombre, relató con simpleza en ese ratito sus prodigios de desterrado. Llegó en 1938 totalmente solo, con su familia hecha harapos y se estableció en una colonia alemana en Entre Ríos. Tenía 17 años. Se puso a trabajar en oficios diversos y conoció a una chica criolla de su edad con la que se casó. Mientras hablábamos sonó un celular que sacó de su camisa leñadora y mantuvo una charla cortita en alemán. “La patrona”, dijo al cortar. Pero cómo, le dije, no es que ella es argentina. “Sí. Pero en la colonia aprendió alemán. Usa muchas más palabras que yo y no tiene ningún acento”.

Me entraron ganas de entrevistarlo. De preguntarle por su escape cagado en las patas, por su soledad de transmigrado, por el armado de su nuevo mundo, por los casi 70 años de historia de amor con esa mujer que hablaba en alemán mejor que él, por averiguar cómo se entreveraba todo eso hasta formar la sonrisa pálida y tristona que tenía en la cara.

Cuando Sigmund volvió a traer la funda verde que hasta hoy cubre el lavarropas le propuse que me contara su historia con más detalles en una entrevista. Dijo que sí y le dije que lo llamaría la semana siguiente para combinar. Era el otoño de 2006. De más está decir que no lo llamé nunca.

Eso de las ocasiones perdidas me quemó en las manos el domingo pasado al abrir el diario y leer que se había muerto Fogwill. Las veces que una nota me pasó por delante y la dejé ir por vergüenza, estupidez, o pereza. Ninguna pérdida para el mundo, sólo para mí.

Leí a Fogwill por primera vez en 1984 en esa revista distinta de todas que fue Cerdos y Peces. Fue como correr una maratón con un cuerpo prestado: no me moví de lugar pero me quedé sin aire. Era una historia donde él acompañaba a un rastreador guaraní en el límite entre Paraguay y Brasil a buscar a un cazador de su tribu que se había perdido en la selva. El baqueano seguía al indio perdido mirando las copas de los árboles. De repente elegía un árbol, iba hasta el pie y encontraba mierda humana reseca. Entonces el tipo decía cuántos días habían pasado desde la cagada y quién era el autor.

La deducción no venía de un don sobrenatural sino de un código: los cazadores que se alejan mucho de la aldea tallan su caca como si fuera una firma, de manera que si la muerte los encuentra en el bosque la mierda se convierta en un mensaje para encontrar los huesos y devolverlos al poblado. Una sofisticación con el menos sofisticado de los elementos, el hecho de cagar vuelto acto simbólico.

No lo largué más. Lo seguí en El Porteño y en Tiempo Argentino de Timerman. Pese a toda su erudición académica me parecía un genio deslumbrante en estado salvaje. En Los Pichiciegos, que escribió en tres días durante la guerra de Malvinas, había un soldado que cavaba trincheras muerto de frío diciendo que lo que más quería en el mundo era culear y ser brasilero. Hace poco a propósito de un escritor que también se parecía a él y que también murió -Roberto Bolaño- el periodista que lo entrevistaba decía que cuando prendió el grabador se le vino la idea de que tenía enfrente un ave rapaz, de esas que tienen una visión privilegiada y pueden cazar presas mucho más grandes que ellos mismos. Eso mismo vale para Fogwill.

La única vez que lo vi fue en el Festival de Poesía del año 2008. Después de un panel lo divisé solo a la salida del Bernardino. La repentina idea de acercarme casi me hizo doblar las patas. En eso Eliezer Budasoff, periodista enterriano, vino a conversar conmigo. Y resulta que cuando Fogwill lo ve a Eliezer se arrima, le regala un libro y le dice que le encantó el reportaje que le había hecho semanas antes. Así que eso que yo veía como un dragón resollando llamas se había transformado en un abuelito tierno.

A los dos minutos estábamos los tres sentados en una mesa del bar de la plaza Montenegro. En ese rato le contó a Eliezer la historia de los judíos en Entre Ríos, me dio lecciones para nadar crol con un solo brazo hasta alcanzar un óptimo de dieciocho brazadas en veinticinco metros y recitó un poema de Vallejo interminable y buenísimo que decía:


Voluntario de España, miliciano
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón,
cuando marcha a matar con su agonía
mundial, no sé verdaderamente
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo
a mi pecho que acabe, al bien, que venga,
y quiero desgraciarme;
descúbrome la frente impersonal hasta tocar
el vaso de la sangre.

Todo lo conservo en el diminuto grabador digital donde registré todo clandestina y cobardemente.

Al día siguiente a mediodía Fogwill leía en el Museo Estévez. Fui a escucharlo y, si me atrevía, a pedirle una nota. No me animé y me fui después de que leyera un poema genial que se llama La Prensa Matutina y que desde entonces cuelga en un transparente atrás de mi escritorio. Mientras esperaba el 145 noté que salía a la calle, espigado como era y vestido de blanco de pies a cabeza. Me vio y se vino al humo. “Vas a nadar con un solo brazo o vas a ser tan pelotudo de no intentarlo y perdértelo”, me dijo. Le contesté que tenía los brazos cortos, que nunca iba a alcanzar una pileta con 18 brazadas. Pero ya no me prestaba atención. Adelante, en la parada, había una mujer a la que le calculé 50 años. “Ese culo me habla”, dijo. En un instante atómico, como si fuera un mago, estaba en charla franca con ella. Le hice señas a mi bondi y sentí al subir: “Che, vení al hotel a la tarde y seguimos hablando”.

Las notas que no hice sobreviven para torturarme con una tenacidad que jamás tendrán las que a duras penas hice. Al inicio de una tarde estábamos solos con Ariel Etcheverry escribiendo uno frente al otro en la Redacción y Oscar Moro pasó al costado nuestro. Con Ariel nos miramos con la boca abierta. A mí se me vino encima mi lejana vida en Buenos Aires, un emocionado viaje en el 29 de La Boca a Núñez para un show de Serú Girán en Obras Sanitarias en 1980.

No había casi nadie en el diario en ese momento. Moro había venido a Rosario a dar una clínica de batería. Estaba con su hijo y otro músico. Pasó de vuelta llevando en los ojos la expresión acuosa que descubre a los tipos que se zamparon muchas copas durante demasiado tiempo y ya no encuentran escondrijo. Yo temblaba como un boludo. Muy trabado, le dije desde mi asiento que todas las semanas de mi vida escuchaba el solo de “A los jóvenes de ayer”.

El hizo un gesto amable y pudoroso con la cabeza. Pero lo que nunca se me irá es la sonrisa sostenida de su hijo al escuchar eso. En esa mueca capté una señal de amor y orgullo hacia el crepuscular momento de su padre. Dijeron que se iban al bar que estaba al lado de la disquería Utopía y que si tenía ganas me esperaban ahí.

No fui. Después los de Espectáculos contaron que tuvieron que hacer una vaca para que el rey del rim shot, el campeón mundial vestido de carnicero en la tapa de La Grasa de Las Capitales, que se moriría en ese mismo 2006, reuniera los cincuenta mangos que salió alquilar la batería para dar la clínica.

Lo que no pudo ser hecho o no quisimos hacer son acciones concretas y están ahí como las marcas que enroñan las paredes cuando baja el agua de la inundación. Será porque lo pendiente aprieta que, con una sensación augusta de miedo, hace unos minutos agarré el teléfono y marqué un número. Atendió una anciana que de muy joven se las arregló para aprender alemán en una colonia entrerriana. Me contó que el mes pasado la persona por la que yo preguntaba, Sigmund Waissman, había muerto de una disfunción coronaria. Fue el 17 de julio. Tenía 89 años.

Quiso saber para qué lo llamaba. Mencioné la funda del lavarropas de hace cuatro años, la charla sobre Dresde, mi curiosidad retardada en más de un sentido. Me contó que Sigmund le había dejado una carta en alemán que ella encontró al volver del sepelio. El tenía una caligrafía redonda pero como no estaba bien los trazos le habían salido torcidos y por eso debió pedirle ayuda al nieto para descifrar qué le decía.

Dijo que era una carta muy hermosa y que me la podía mostrar. Y que si me interesaba podía también contarme muchas cosas sobre Dresde, porque había ido allí dos veces con Sigmund. Quedamos en vernos este viernes, a las cinco de la tarde.

POR HERNAN LASCANO

foto de Fogwill: Matías Fernández con licencia Creatice Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0 Generic
foto de Moro: robada de Kamaka's Blog

jueves, 5 de agosto de 2010

El chino pop y la enamorada del muro

jueves, 5 de agosto de 2010 9
Al chino de la vuelta de casa hace mucho que le tengo bronca. Al principio era una cosa escolar, típica de seres débiles, que en cualquier atributo del otro elegido más o menos al azar adivinan algo intimidatorio, tal vez por sentir en uno la falta de eso. Durante años iba a comprar y desde la cola me ponía a junarlo intentando descifrar eso que me molestaba, y que me molestaba que me molestara, porque los clérigos de mis diversos avatares pedagógicos -catecismo, psicoanálisis, profesión- me llenaron de amenazas para adiestrar a la bestia interna siempre inclinada a reventar al prójimo. Ahora esa enseñanza de años la garpo en cash y no puedo aborrecer sin culpa.

Presiento que lo que secretamente me ofendía del chino era el aplomo con que comandaba todo desde su juventud infame. Presencia física de estrella de rock, jeans con botamanga ancha a lo Roger Daltrey, flequillo sobre los ojos de ardilla y palabras mínimas. El tipo parecía el mariscal Rommel en su panzer, sin posar los ojos en nadie, mandoneando por igual a los clientes, al clan familiar y a proveedores que entraban hombreando medias reses como quien carga un yogur.

Le buscaba puntos débiles pidiéndole cosas que no necesitaba sólo para ver cuán afilado estaba. Le decía: ¿Venden cobertura charlotte? El contestaba: “Aguila y Nestlé”. ¿Hay rollos film? “En la segunda góndola”. Me esforzaba un poco más para poder arrodillarlo. ¿Tenés apresto? Sin mirar, despabilado, el muy turro contestaba: “¿Aerosol o botesha?”.

Un día de este año me propuse recortar el rencor silente que había crecido como una enamorada del muro y emulando a un adulto medio resolví una aproximación más amistosa. Se me ocurrió preguntarle si le había resultado difícil aprender español. Me dijo que no y nada más. Le pregunté si creía que para un argentino aprender chino era algo imposible. Contestó que no. Ante su compadrona parquedad, y dándole yo a los remos como un profesional, le dije que hay idiomas más sencillos que otros y que, a mí, aprender chino me parecía muy difícil.

-Yo pude, vos podés, me dijo.

Me dio el ticket y el vuelto y ni me miró. Al tipo la cuestión de que yo podara mi planta parecía importarle un soto. Salí caminando por Riccheri con el paquete de café en la mano, pensando en un artículo de una revista porteña de urbanismo donde se brindaba a los extranjeros diferentes acepciones de la palabra boludo. Tonto, idiota, gilipollas, comemierda, mamón, pendejo, huevón, pelotudo. Todo muy descriptivo de mi estúpido intento. La nota se titulaba “La preocupante boludización de Palermo Viejo”. Era muy interesante.

Y de repente, las noticias de la semana pasada. Las radios transmiten desde la manzana donde está mi casa que al chino lindo lo secuestraron. La incredulidad inicial cede más o menos rápido. Si al imponente mariscal Rommel le pintaron el rosquete en Normandía, que al fu manchú de la vuelta lo cargaran en una Partner con vidrios negros no era inconcebible.

Es notable la cantidad de cosas que uno puede enterarse en la radio de alguien que conoce y ve a diario hace ocho años. No sabía que se llamaba Lin Zhan, ni que le decían Víctor, ni que tenía 25 años, dos hijas mellizas, una acá y otra en China. Sí sabía que vive en uno de los cinco edificios espantosos que hicieron en mi cuadra, que no me agradaba su parquedad y que, como me dijo una vez un mazorquero muy simpático que trabajaba en Homicidios, cuando se trata de aclarar delitos reales o supuestos los chinos son más cerrados que culo de muñeco. Pero toda la parte informativa que tiene este episodio acá no interesa.

Enseguida llegaron las palabras de inquietos vecinos que no necesitan saber nada de ningún asunto para ser abastecedores diplomados de la mercadería básica que la prensa busca sobre temas policiales. Oía por Radio Universidad a vecinos míos pintando un barrio que no me sonaba familiar. “Acá no se puede vivir más, estamos a la buena de Dios, no pasa un patrullero, que vuelvan los militares”. Muletillas con mucha fuerza así desconfiemos un poco de ellas. Y la tienen no por su significado directo, sino porque al recogerlas el medio refuerza en sus audiencias la idea de que estuvo allí. Pareciera que un cronista sólo apareció por el lugar crítico si logra empaparse de esa doxa esencial y difundirla amplificada. Indagar en zonas idóneas como pueden ser justicia, gobierno, fuerzas de seguridad, entidades comerciales y hasta fuentes diplomáticas seguro permite crear un mapa informativamente más serio aún ante la total incertidumbre. Pero ese camino, en los medios, suele tener menos tráfico.

En el abordaje de los temas de inseguridad el miedo surge como algo aluvional y no necesariamente asociado a la cuestión a reportar. Es una especie de sobreimpreso que acota el género: si alguien dice tener miedo es porque estamos tratando una nota de criminalidad. Es algo humano el miedo, pero presentado de esta forma aleja de la chance de dar cuenta de qué puede estar pasando, embrolla, estupidiza. Se parece a mi bronca contra el chino.

A la polifonía del miedo la completé unas horas después ojeando los comentarios en el Decano. Lectores desplumando o burlándose del chino, de los balbuceos de su familia, de la mafia, del hermetismo, de los comerciantes que vienen a robarles el empleo a los argentinos. Acá el miedo asumía la forma defensiva de desprecio a la diferencia.

Kubrick veía en forma grandiosa cómo el descrédito a lo distinto es una forma torpe de encubrir que hay horror en lo que no conocemos bien, y que precisamente el miedo se presenta como desafío, porque es el rasgo que, una vez vencido, prueba que todos somos parecidos. En una escena de Full Metal Jacket un pequeño escuadrón tiene como misión tomar una posición llena de francotiradores y por ello muy complicada. En el grupo hay un soldado carismático, un típico vaquero de una zona rural yanqui. Le dicen Cowboy. En un momento hay una toma de la llanura pelada que termina en un plano corto de Cowboy. Y el tipo dice: “Odio Vietnam. No hay un solo caballo en el país. Hay algo fundamentalmente mal en eso”.

En la mayoría de los comentarios del secuestro había eso. Decenas de personas que ven invariablemente mal lo distinto. Y a lo que temen por desconocido, lo detestan.

Pensaba en esa escena el domingo pasado en el súper. Era la primera vez que volvía desde el balurdo del secuestro. El chino estaba ahí, en silencio, provisoriamente solo. Empecé a fisgonearlo intentando ser disimulado. No por ese latiguillo mentiroso que dice que los orientales son todos iguales, me surgió la duda de si se trataba del mismo que conocía. Porque en realidad reconocí en la actitud a otro tipo. La cuestión del secuestro que no sabemos si existió evidentemente lo había despojado de aquel carisma que creía conocer. No estaba de jeans sino con un desvaído equipo de gimnasia verde. Ahora no veía arrogancia sino una calma ancestral en la que se mostraba débil, dócil, vencido. El chabón que antes fungía desde su trono mandarín en la registradora ahora parecía el ayudante de un vendedor de usados de bulevar Seguí.

Mientras le pagaba y ponía las cosas en la bolsa, ya para irme, me subió una voz ajena y sin rabia de la base del estómago, como le pasa a los ventrílocuos, que dan la fraudulenta idea de que es otro el que habla. Igual que las que había escuchado en la radio en la semana, era la voz del vecino, no la del tipo que los días previos había estado escribiendo sobre él en un diario una noche tras otra. “Te compro hace años y me alegra que estés de vuelta. Pero a la policía le tendrías que haber dicho la verdad”.

No sé por qué le dije eso. No tengo idea. Pero, pese a no contestar, por primera vez en ocho años se quedó mirándome.

POR HERNAN LASCANO

jueves, 22 de julio de 2010

Qué hacer con cinco lucas, o con lo que no ponemos en las notas

jueves, 22 de julio de 2010 7
En una de mis primeras notas en La Capital me mandaron a cubrir el Tedéum del 25 de Mayo. Era 1993. En la Catedral hacía un muy pertinente frío de iglesia. Las autoridades estaban en los primeros bancos y los periodistas estábamos discretamente atrás, todos juntos. La misa tediosa como todas las misas tuvo su pequeño acontecimiento: se desmayó un monaguillo. Binner, que era secretario de Salud de la Municipalidad, se aproximó dando elegantes pasos de funcionario público y se reclinó al lado del pibe para asistirlo.

Al lado mío estaba Hugo Mario Melo. Por dos recientes obituarios que escribí alguien me dijo un poco burlonamente que yo abuenaba a los muertos. Aprovecho entonces para un descargo: con Melo, no way. Todo lo jodido que puede tener un tipo en este oficio él lo llevaba como un escudo heráldico. Era taimado, egoísta, mal compañero y de una mediocridad asombrosa. Pero con treinta y pico de años en Canal 3 el guacho tenía mas calle que un semáforo. Para moverse en un oficio donde las exigencias no son desmedidas eso le resultaba suficiente. Y además podía ser muy gracioso.

Al arrimarse al altar Binner quedó arrodillado a la altura de la cintura del monaguillo, que seguía nocaut y tumbado de espaldas. El obispo había parado la homilía y todo el mundo estaba en silencio siguiendo esa parte imprevista de la ceremonia. Ahí Melo nos miró a los que estábamos al lado y, envenenadamente, dijo.

-¿Saben por qué Binner se inclina de esa forma? Porque ahora, muy despacito, le va a soplar el culo como se hace para revivir a los canarios y van a ver que el pibe reacciona.

En ese momento dramático y solemne los que estábamos al lado empezamos a dar alaridos de risa. El arzobispo agarró el micrófono y dijo algo así como que estábamos en la casa de Dios y que nos retiráramos si no íbamos a guardar el respeto debido. Como pudimos, con esfuerzo, nos callamos la boca. Con la receta del canario el monaguillo se levantó y todo siguió su curso.

Volví al diario. Mi jefe, mostrando la expectativa caníbal de un feriado en que no pasa nada, me preguntó qué tenía. Le dije que todo había sido el bodrio previsible salvo la anécdota del desmayo. Cuando conté lo que había dicho Melo los que oían largaron la carcajada. Mi jefe pareció decepcionado, me dijo que escribiera 20 centímetros de la ceremonia y se fue.

Yo me quedé pensando que lo de Hugo Mario había sido lo mejor del día. Y me preguntaba si algo así debía morir aplastado por las boludeces invencibles que dice un cura en el sermón de un acto municipal. Todavía no lo tengo resuelto. Pero lo único que recuerdo de ese día de hace 17 años fue la anécdota del canario y no lo que terminé escribiendo.

Muy a menudo en cosas con destino de basurero que ocurren en el medio de las notas hay mayor sustancia humana que en ladrillos publicados en nombre del interés público. Hechos subsidiarios de la información en los que están vivos los sentimientos y las pasiones que reconocemos y nos identifican. Y, en vez de escribir de esas cosas, las ponemos a morir convirtiendo este laburo, a veces, en algo serio. En el sentido más burocrático y menos interesante de la palabra serio.

El juicio por el secuestro extorsivo de Axel Blumberg fue algo lo suficientemente serio como para que no se jodiera. Por eso, tal vez para no trivializar algo serio, de lo que sin embargo salió la reforma menos seria al Código Penal de la Argentina, un pasaje del juicio que armó un quilombo descomunal, y del que robamos el nombre para el blog, quedó sin prensa.

A la banda del Oso Peralta, que terminó con perpetua, la integraban otras diez personas. Uno de ellos era un pibe de 18 años que se llamaba Carlos Saúl Díaz. El Oso y los suyos habían estado implicados en otros secuestros. En una de las audiencias estaba declarando Díaz y el presidente del tribunal quería saber qué hacían con la plata de los secuestros. El pibe se hizo el otario y dijo que no se acordaba pero, advertido por el juez, empezó a contar que se compraban ropa, autos, celulares. Después se embaló y agregó que solían ir a burdeles del conurbano.

-A veces los cerrábamos sólo para nosotros, dijo.
-Explique más, le dijo el juez.
-Me acuerdo que una vez fuimos a uno y teníamos cinco mil pesos para gastar, dijo el acusado.

Pasado un instante, la repentina emoción que le trajo el recuerdo pareció superarlo. Miró al juez con una sonrisa golosa, como suplicando entendimiento para sus sensaciones, y dijo. “Su señoría, ¿usted sabe lo que es tener cinco lucas en el cabarute...?".

Fue un desmadre. La sala entró a corcovear, los periodistas se cagaban de risa, el juez gritó que desalojaba el recinto. Y eso no salió casi en ningún lado.

Aunque seguro que los que estuvieron ahí es lo único que recordarán de ese día.

POR HERNAN LASCANO

foto: Mrexcel, Creative Commons share-alike 3.0
 
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