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miércoles, 16 de julio de 2014

Memoria, helado y gol

miércoles, 16 de julio de 2014 2
Durante el Mundial me pregunté una vez más cómo hacen los periodistas deportivos para recordar tanta estadística futbolística útil e inútil. Leo en una página web: “Resultados: 2-1, 15 veces; 1-0, 11 veces; 0-0, 6 veces....”. El conteo de presidiario sigue y aún no entiendo qué suma.

Más.

Dos de los 32 entrenadores “tienen pasado como maestros escolares: el uruguayo Oscar Washington Tabárez y el alemán Ottman Hitzfeld, muy riguroso en sus clases matemáticas”. Un dato tan interesante como ver un documental de suricatas un sábado a la noche.

Otra. Estadística cabulera; “Argentina nunca perdió una semifinal”. ¿Este dato implica que no puede haber una primera vez si los equipos cambiaron tanto como el tiempo?

La última.

“El (jugador) de más metros recorridos hasta el momento es Celso Borges, con 60 kilómetros y 421 metros”. ¿Se refieren al mediocampista de Costa Rica que juega en Suecia o a un fondista?

De todos modos, algo me llama la atención y me provoca envidia, más que este festival del recuento. Me sorprendo al escuchar cómo mis compañeros de deportes del diario o algunos hinchas recuerdan al detalle jugadas y goles. “En el 88, en la penúltima fecha, Independiente le ganó 2 a 1 a Deportivo Armenio y salió campeón”, me contó alguna vez un fanático del Rojo antes de comenzar a describirme cada gol de Bochini durante ese año. Con precisión obsesiva y lujuriosa lograba meterse, 26 años después, en esa cancha.

En otra oportunidad escuché a un hombre bastante mayor que podía relatar sin parar cada gol de Omar Sívori, como si los hubiera convertido ayer. “En el 54, Sívori tenía 17 años, y jugaba en River. Entró contra Lanús, nada menos que para reemplazar a Labruna, y anotó el quinto gol a los 41 minutos del segundo tiempo. Era un capo, lo vendieron a la Juventus de Turín y con ese dinero, los millonarios terminaron de construir el Monumental...”, me dijo.

¿Cómo pueden? ¿Los hinchas recuerdan con la cabeza o con la pasión? No podría memorizar algo así salvo espiando en el Google aunque cuando apago la computadora me olvido.

Me fascina esa capacidad del futbolero profano: almacenar y recordar datos. Creo que lo logran porque estudian. Sí, muchos de ellos no lo saben pero estudian más que un alumno de la facultad. Si el partido se juega un domingo, leen y escuchan todo lo que pueden en la previa. Si van a la cancha, se calzan los auriculares (antes se pegaban la Spica en la oreja). Escuchan lo que están mirando. Cuando salen comentan lo vivido: analizan, charlan y discuten. Después ven otra vez las jugadas por la tele. Y el lunes (por eso la sección deportiva es venerada el primer día de la semana) van a un bar, agarran el diario, sacan el suplemento deportivo y desechan el resto. Leen el partido otra vez. Los futboleros estudian porque les gusta el fútbol. Lo que gusta, lo que seduce, se aprende. Y lo que emociona también, aunque esa emoción tenga algo de bochorno.

De eso sabe bastante mi papá que hace años me cuenta el mismo gol.

Mi papá nació en Chabás. Ahí se hizo hincha rabioso de Racing (antes de vivir en Rosario y convertirse en un hincha enfermo de Central). El 4 de noviembre de 1967 Racing jugaba la final con el Celtic de Escocia por la Copa Intercontinental, en Montevideo. Mi papá tenía 30 años y mi mamá, 24.

Decidieron ir.

Mi mamá, también de Chabás, conocía su pueblo, un poco de Rosario, y algo de pasada Buenos Aires. Nada más. Por eso siempre cuenta que ese viaje en barco a Montevideo fue “lo más” para ella. Todo era una novedad. Tal es así que cuando entró al estadio Centenario y lo vio atestado de bote a bote, le preguntó a mi papá: “¿Cuántos millones de personas hay?”.

Cuando llegaron a Montevideo, cambiaron dinero en el centro y compraron dos plateas. Primer bochorno. Dicen que al llegar al estadio Centenario hicieron una larga cola. Y cuando las entregaron escuchó: “No pibe, estas son falsas”. Dieron vuelta como poseídos por toda la cancha hasta que consiguieron dos populares. Entraron.

En Uruguay las cosas no estaban bien ni en lo social ni en lo económico ni en lo político. Había cierto rencor con los argentinos que se potenciaba, como suele pasar, con el fútbol. Mi papá hace la lectura de ese momento desde lo gastronómico.

Dice que fueron a cenar y pidió un bife. “Si querés comer carne andá a tu país”, le sugirieron. Segundo bochorno.

Uruguay atravesaba un contexto generalizado de crisis: sueldos congelados, precios por las nubes y una inflación del 182 por ciento. No sólo escaseaba la carne. O sea, el horno no estaba para bollos y mucho menos para tolerar el entusiasmo futbolero extranjero, en un país que se había quedado fuera de la Copa Libertadores. En ese contexto, mi papá y mi mamá entraron a la cancha, poblada por simpatizantes de Peñarol que hinchaban para el Celtic.

“Mirá”, le dijo mi papá a mi mamá, “tenemos que llegar hasta allá arriba, si alguien te mete mano debajo de la pollera no digas ni mú o se arma”. Mi mamá que era (y es) una mujer muy linda llevaba puesta una minifalda de la época, color tostada, una camisa escocesa, mocasines y cartea al tono. Y así, asustada y advertida, enfiló sin chistar hacia lo alto de la popular.

Según mi papá, que apela como buen futbolero a su memoria, el partido no era gran cosa pero se sentía áspero.

A los 37 minutos del primer tiempo cada equipo se quedó con un jugador menos: Alfio Basile y Lennox. Y en el arranque del segundo, el árbitro paraguayo Rodolfo Pérez Osorio le sacó una polémica roja a Jimmy Johnstone, figura de el Celtic. Mi mamá miraba como si todo fuera su primera vez. Todo. Hasta que empezó a aburrirse y vio pasar a un heladero.

Minuto 52 del partido. “¿Me comprás un helado?”, dijo ella. El con cierto fastidio se dio vuelta y llamó al heladero.

Minuto 54 del partido. El tipo se acercó a ambos desde arriba, subió un pie en un escalón y sobre la pierna apoyó la heladerita de telgopor. Buscó el helado.

Minuto 55. El heladero le dio el helado a mi mamá y mi papá sacó la billetera y le dio la espalda a la cancha. Impaciente, mirando hacia atrás y hacia delante, esperaba el vuelto. De golpe, en un segundo, miró cómo todos los hinchas que entraban en su campo visual gritaban Goooooooooooooollllll. Detrás de su nuca, Gooooooooooooolllllllllllllll. Era el minuto 56 del partido. Gooooooooooooooooooooooooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!

El Chango Cárdenas había metido un zurdazo de media distancia. Mi papá no lo vio.


“Cárdenas, abierto Maschio a la izquierda, Cárdenas, gooooooooooooool de Racing, terrible impacto de Cárdenas, la Argentina en ventajaaaaaaaa”. Así lo grito Fioravanti. Así, en blanco y negro, lo escuchó mi papá al llegar a Rosario. Así lo cuenta él, una y otra vez de memoria, hasta el día de hoy. No se olvida más de ese viaje, ni de la genialidad de Cárdenas, ni del helado.

POR LAURA VILCHE

jueves, 2 de diciembre de 2010

El dolor del cuerpo y del infierno

jueves, 2 de diciembre de 2010 5
En La Copa , la cena posterior al diario que muchos de los que escriben y leen este blog conocen, lo hemos comentado más de una vez con ironía. “Debemos incorporar un médico porque cada vez hablamos más de enfermedades”, dijo el Negro Lito una noche. Y es cierto. Contracturas, infecciones (que ahora nos desayunamos se llaman “celulitis” y se padecen más de la cuenta), gastritis, dolores varios y hasta hongos en las uñas de los pies. Todo se ha debatido en La Copa. Es más. Una noche creo que fue a Alvaro a quien le comenté mi teoría de que el diario es una institución enferma y enfermante. ¿Cómo se entiende si no que casi todos jefes, por ejemplo, se hayan enfermado gravemente durante su gestión? Problemas de corazón, presión por las nubes o una circulación casi obscena de psicofármacos son prácticamente una constante. También el acumular varios kilos de más. A un compañero al que quiero mucho le dije hace unos días y a riesgo de que me pegue una merecida trompada: “Tu panza me asusta, tu corazón me asusta, bajala de una vez. ¿Vamos a correr?”. Sólo me dijo que estaba en eso.

Y ojo, que digo jefes porque sí. Porque desde ellos hacia arriba y hacia abajo la cosa se replica en mujeres y varones de la redacción. Jóvenes, no tan jóvenes. Todos con algún dolor importante en el cuerpo.

También nos acercamos al tema un puñado de colegas con quienes nos reunimos hace pocas noches en la casa de Fabiana (La Chiru). Acá la cosa tuvo ribetes un poco más simpáticos. Una compañera contó cómo un ginecólogo, tal vez para romper el hielo, le comentó una nota sobre la que venía trabajando ella. El tema no tendría nada de curioso si no fuera que el profesional justo se puso a charlar del caso tras colocarle el espéculo. Situación incómoda si las hay para las mujeres, pero que nuestra compañera sorteó con dignidad. Ahí mismo entre las que habíamos acudido al aquelarre recordamos situaciones similares: con el pedicuro, con un clínico, con el dentista, con el cardiólogo. Parece que es todo un riesgo decir que se es periodista en un consultorio porque inmediatamente desaparece el cuerpo, el malestar o el dolor del cuerpo, y se instala la noticia del diario como el verdadero paciente.

Hasta ahí las impresiones que, sí, es cierto, no son privativas de los periodistas ni mucho menos de los de La Capital. Pero que se me fueron encadenando por estos días y que ayer, al escuchar la declaración de Stella Hernández en el juicio a Díaz Bessone, recordé y retomé.

Stella ahora es periodista, madre, esposa, militante y habló del cuerpo y el dolor. Habló de su cuerpo de 19 años primero golpeado, luego violado, abandonado, adelgazado, hambreado, deshidratado. Stella habló del infierno. Y lo hizo 34 años después con una dignidad, una pausa, una claridad y una fuerza que conmueven. Decir que fue duro escucharla me da pudor frente a lo que ella vivió. Intenté no llorar en la sala por respeto a ella. Pero me desarmó cuando en un momento, hablando de una protegida de la patota de Feced, Graciela Porta, y su hijito Andrés dijo: “Pobrecito, estaba con la cabeza llena de infecciones ese bebé”. Su “pobrecito”, su humanidad para separar las cosas y enternecerse aún hoy por esa imagen grabada en un momento de horror fueron para mí la más viva imagen de alguien grande. Las crónicas de los distintos diarios reflejan hoy muy bien lo que pudo contar Stella de su cruel historia. Por suerte La Capital estuvo allí. Digo “por suerte” porque lamentablemente el diario para el que trabajo no vino cubriendo bien los juicios a los represores en Rosario: ni siempre, ni con el mejor despliegue ni de la mejor forma. Y eso da vergüenza, hiere y deja marcas. El diario no puso el cuerpo, sí por suerte varios compañeros, pero el diario como medio no. Entonces vuelvo a mi hipótesis del principio. El diario enferma. No saldremos indemnes de eso no dicho y no exorcizado. “Lo que no se pone en palabras se pone en el cuerpo”, dice una frase remanida. Por ahí baste con que lo pongamos en el papel y en la web.

POR LAURA VILCHE

foto de Gustavo de los Ríos

martes, 24 de agosto de 2010

Contra el destino de basurero

martes, 24 de agosto de 2010 10
Abajo y a la izquierda de la página de inicio de este "Cinco lucas..." se lee: "Por qué. Porque, muy a menudo, en cosas con destino de basurero que ocurren en el medio de las notas hay mayor sustancia humana que en ladrillos publicados en nombre del interés público".

La nota que sigue se publicó en versión reducida este domingo en La Capital. Varios párrafos perecieron ante el tirano espacio de los domingos donde la publicidad se come a las páginas como un Pacman. Acá va completa, contra el destino de basurero y el rescate de sustancia humana de las palabras de Guerriero.


“Soy dura: prefiero que el entrevistado cuente y que la sensibilidad quede en el texto”

Lo dice la periodista Leila Guerriero, reconocida internacionalmente por sus crónicas y perfiles y premiada por la fundación Nuevo Periodismo de García Márquez

Dura. Duro lo que narra, dura cuando critica al periodismo, duro su rostro en las fotos, dura y exigente con ella misma y su trabajo. Leila Guerriero, nacida en la ciudad de Junín en 1967, premiada y reconocida por sus crónicas y perfiles, aunque no se formó en facultad de periodismo alguna, lo reconoce. “Soy una dura, lo que no significa ser insensible. Flaco favor le hago a una historia si me pongo a llorar en una nota con alguien que está consternado. Prefiero que el entrevistado me cuente y que la sensibilidad quede en el texto”.

Y esa sensibilidad queda. Basta leer sus dos libros para comprobarlo: “Los suicidas del fin del mundo”, donde investigó una cadena de suicidios en la ciudad de Las Heras, provincia de Santa Cruz, y “Frutos extraños”, una compilación de trabajos publicados en el país y en el exterior; historias de unos 25 mil caracteres (o más). Algunas son mediáticamente conocidas, como la de Romina Tejerina, el Equipo Argentino de Antropología Forense (que identifica restos de desaparecidos en la última dictadura militar y cuya crónica premió la Fundación Nuevo Periodismo, de García Márquez), Yiya Murano y el empresario de la carne José Alberto Samid. Otras, domésticas, como la del supermercadista chino de su barrio.

También en este segundo texto analiza y reprueba a las mujeres "histéricas", las "pesadillas" de los city tours, los "enfermos" de la vida sana y "las mentiras" del periodismo. Filosa y dura, cuesta leer que las dedicatorias de sus dos libros se las haya dedicado tan tiernamente a Diego, su pareja desde hace 15 años y su "par" según dice.

Invitada por la Fundación La Capital, y en el marco del taller “La escritura de la crónica” que dicta Osvaldo Aguirre, Guerriero dio cuenta de cómo entra y sale de las vida de sus perfilados.

—Disponés de hasta tres meses para contar una historia. ¿En ese lapso, cómo es el tiempo de la investigación y de la escritura en tus crónicas?
—Bueno, no trabajo todos los días para la crónica durante esos tres meses, pero es cierto que cuento con mucho tiempo. Hay cosas que no podés hacer ni en una semana ni en dos. Primero entrevisto, compilo mucho material y recién después escribo. Cuando le hice el perfil a Jorge Bocetto, un doble de Freddy Mercury, estaban los músicos en su casa y en un momento a uno le dio diarrea. El Freddy Mercury falso fue quien salió a buscar las pastillas para la diarrea: ése momento, que te regala la realidad, te dice todo de una banda clon. Con el Equipo de Antropología Forense fueron también muchos meses pero había un motivo, pasaba que no aparecían las exhumaciones que yo quería ver y hasta que no apareciera eso yo sabía que mi crónica no había terminado. El de la escritura es un tiempo aparte: me llevó 15 días escribir la crónica de los forenses. Cuando escribo una crónica me encierro en mi casa y no salgo ni a pagar un impuesto. La crónica debe reposar, necesita tiempo, y pocos medios gráficos están dispuestos a darlo.

—En tu último libro, de todos modos, rescatás al que puede hacer el periodismo de un día para otro, si bien sos muy crítica sobre cómo se escribe y cómo se edita.
—Es que por un lado no todo debe ser narrado. No se trata de que la conferencia de prensa del ministro de Economía que habla del aumento de precio de los chinchulines comience con un «Esa mañana el ministro se despertó y no encontró los calcetines al pie de la cama y sintió que había una premonición extraña...». Pero por otro lado, no dejan de sorprenderme los suplementos de turismo y deportes. Son aburridos. ¿Cómo puede ser que las notas que cuentan cómo juega la gente sean todas iguales? Falta mirada, algo que va más allá de escribir un sujeto y un predicado. No quiero cargar las tintas sobre los editores que sufren muchas presiones, pero creo que han perdido la fe cuando repiten que los lectores ya no leen y entonces publican textos muy cortos adornados con reacuadros, infografías, mapas. Subestiman al lector en lugar de mostrar una gran nota bien escrita.

—También criticás el uso de las primera persona en la crónica y de algo que de tan habitual parece menor: el uso o no de grabador en una entrevista.
—No puedo creer que se hable con alguien apuntando en una libretita: es policíaco y antinatural. Es importante reflejar el habla de la gente, y no lo hacen igual un gay ilustrado de Palermo que un travesti del conurbano. En cuanto a la primera persona en la crónica la evito: no me gusta, me parece masturbatoria, salvo en caso de experiencias intransferibles de otro modo. La protagonista debe ser siempre la historia.

—No obstante en cada una de tus crónicas aparecés dialogando brevemente con el entrevistado.
—Porque para mí los diálogos iluminan el texto, lo hacen respirar, le dan un sentido sonoro y visual. A las crónicas las monto como a una película: como si estuviera pasando fotogramas. Para escribir en gráfica, para editar, hay que leer mucho, sobre todo ficción, y también ver cine. La estructura visual es vital. No es necesario pasar por la facultad para ser buen periodista: nadie enseña a ser curioso, escribir bien y tener sentido común.

—Decís también que la mayoría de los periodistas quieren ser escritores, ocupar el lugar de la Justicia o dedicarse a las historias ligadas a las catástrofes y tragedias.
—Por un lado no creo que ser escritor sea mejor que ser periodista; por otro, creo que el periodismo de denuncia e investigación está bien pero no puede ser el único periodismo serio posible. El lugar del periodismo no es juzgar, una cosa es reclamar y otra hacer una Justicia berreta, botona, como la del periodista que aporrea el mostrador y dice: «¡Qué barbaridad!». O el de la de la cámara oculta al marido de la actriz Beatriz Salomón. Y con respecto a los temas, entiendo que periodistas y editores sintamos una deuda con los desnutridos o marginados, pero me pregunto, por qué un periodista serio no puede hacer un gran perfil de un millonario argentino como Ricardo Fort. No para tomarle el pelo, hacer mofa de su silicona, saber si es o no gay. ¿Por qué dejar el mundo de las clases altas y del espectáculo en manos frívolas como las de las revistas Caras y Gente o los programas de chimento? Creo que nos da vergüenza o culpa poner el foco en historias amables.

POR LAURA VILCHE

fotos de Marcelo Bustamante

viernes, 30 de julio de 2010

Lapsus Cálami

viernes, 30 de julio de 2010 12
Sonreía. Nos esperaba, chocho, enfundado en un jogging de algodón y zapatillas en un gimnasio de su barrio, un mediodía de julio de 2001.

Allí, entre aparatos y pesas con las que había comenzado a familiarizarse, Máximo nos contó sus penas y pesares. Las dos cosas como parte de lo mismo. Es que él, un hombre por entonces de 46 años, con dos hijos y enfermero, había llegado a pesar 220 kilos. Era un obeso mórbido a ojos de la ciencia; un gordo para todos los demás.

La nota se dio siete meses después que la balanza le arrojara sin clemencia su pesaje. Máximo recordó durante la entrevista que todos los kilos que había tenido encima también los tenía de tristeza. Daba ternura oírlo pero, cuando lo entrevisté, la pena corría por mi cuenta. Máximo sonreía, era otro tipo. Se había sacado de encima 61 kilos a pura dieta y empeño. Y contaba con entusiasmo todo lo que había recuperado a medida que perdía volumen: desde tener sexo a andar en bicicleta.

Apenas nombró esto último, la Chipi -mi amiga y fotógrafa en esta nota- resolvió la foto. "¿Podemos hacerla en el parque de enfrente andando en bici?", le sugirió. Y él, en un día nublado, con un frío maligno, accedió sin vueltas.

La foto es hermosa. Salió grande, a dos columnas, en vertical. Ahí quedó estampado Máximo, sonriente, periférico y ágil, al lado de su historia de vida que impactó mucho, les aseguro. Porque al otro día y por varios días más fueron muchas las personas que decían ser gordas o conocer a alguien en crisis por su gordura y quisieron contactarse con él para que les cuente más.

Entre todos esos llamados no faltó el de Máximo. Todo aquel que escribe en un diario sabe qué se siente cuando llama un entrevistado: puede estar muy conforme o muy disgustado con lo que quedó finalmente en el papel. Pero a Máximo se lo oía feliz aun cuando me dijo casi con pudor: "Lástima que salió mal el apellido".

-¿Cómo que salió mal el apellido?, le pregunté y me pregunté indignada.

Entre el revoltijo de cosas que tenía al lado de la computadora manoteé el diario que, encima, ya había leído.

"¿Qué mierda habré puesto?", me preguntaba. Fui directo a la página (Máximo aguardaba en silencio del otro lado del teléfono). Y ahí, en la bajada de la nota, desde una de las cuatro líneas, como gozándome y logrando una de las cosas que más me avergüenzan de mí, estaba el degradante lapsus cálami.

"Máximo Garcano" había escrito yo en la nota, cuando en mi cuaderno borrador y durante la charla había quedado claro que Máximo se llamaba de apellido Gargano.

"Garcano", leí y releí e irremediablemente asocié la palabra "garca" al fallido (que llevé a mi sesión de análisis y ya no recuerdo en qué terminó).

No podía salir del bochorno. Me odié y también a él por su templanza, por entender cuando le dije que había sido un "error, involuntario... sin querer" (qué frase idiota, ¿a quién cuernos le fascina cometer errores?). Me enojé conmigo pero también con su paciencia ante mi explicación de que "había leído y releído la nota, pero no me había dado cuenta".

Una torpeza que él comprendió pero que no pude perdonarme más, menos ahora, cuando acabo de enterarme por el Pato Mauro que Máximo murió.

El otro día, al recordar esta anécdota paródica fui al archivo. Traté de darle pistas a Monono para que encuentre la nota. La hallamos por tema: "Obesidad". Y claro, no podía ser de otro modo si yo nueve años antes me había dedicado a vilipendiar el buen nombre de Máximo. Me pregunté: si se hubiera querido archivar la nota por su onomástico, ¿qué debió haberse leído en la tarjeta del fichero, Gargano o Garcano?

Tal vez haya que abrir una carpeta en el archivo del diario con una carátula que diga: "Notas con errores o con lapsus cálami". Luego se podrían hacer subdivisiones: "Errores importantes", "Errores vergonzosos", "Errores de enfoque", "Errores sin querer", "Errores graves", "Errores sencillos", "Errores numéricos", "Errores porque había otros problemas que distraían", "Errores con mala leche", "Errores repetidos", "Fe de erratas de errores" y... vaya a saber cuántas carpetas más. No importa. En alguna de ellas seguro que debería rearchivarse esta nota, junto a otras tantas mías que, como los lapsus, aún recuerdo con vergüenza.

POR LAURA VILCHE

foto: Silvina Salinas

miércoles, 21 de julio de 2010

En remís

miércoles, 21 de julio de 2010 1
"¿Adonde vamos? ¿A Vía Onda? Uh, pero ese lugar es jorobado... y a esta hora...".

Se notaba a las claras que el señor había lustrado con el mismo esmero el coche y sus mocasines. Las camisa planchada con apresto, la corbata a tono con el chaleco escote en V y las medias de lycra, la fragancia a pino dentro del vehículo y la cortesía de salir a abrile la puerta a la periodista y al fotógrafo: todo era parte de un mismo combo. Y una tenía el tupé de sentar su traste en el asiento trasero a las seis de la tarde cuando ya empezaba a oscurecer y así, sin más, decirle al señor: "Vamos a Avellaneda al 3700".

El señor me odió desde el retrovisor: sintió que su remís se le transformaba en calabaza, se arrepentía de haberme hecho subir tan galante a su auto, deseaba no haber recibido el llamado de ese viaje desde la base y definitivamente pensaba que, más que una periodista, yo era una chiruza que le había cagado la tarde.

Le importaba un carajo que yo le explicara que también para nosotros eran lugares díficiles pero debíamos ir porque era nuestro trabajo y que allí me esperaba un grupo de mujeres que peleaban contra el paco y por sus hijos.

Una mierda le importaba: el paco, la villa y mi discurcito reflexivo por la desigualdad social.

El sólo quería dejarme en una esquina y coordinar otra donde esperarnos a mí y al fotógrafo; un lugar cerca de ahí, en una avenida iluminada y transitada, donde poder esperarnos seguro (él y su remís). "Este es mi celular, apenas termine llámeme que vengo a buscarla", me dijo con desprecio.

También había querido que el fotógrafo que me acompañaba le saque la suela de la bota con la que le pisaba la puerta de su lado, y se lo dijo: "Poné el piecito en la alfombra pibe... ¿No ves que me ensuciás el tapizado?". (Hay que tener en cuenta que Celoria a veces es menos fácil que los remiseros).

Casualmente con Celoria fuimos otra noche, también en remís, hacia zona sur. Y sucedió algo similar. "¿A la 16? Jodida la zona...", dijo otro remisero cuando le pedí que fuéramos a la seccional de policía enclavada en barrio La Tablada.

El chofer dejó de ser amable instantáneamente cuando supo cuál era el destino y comenzó a hacer comentarios despreciables, pero aún escucharlos valió la pena. La escena que presenciaría luego en la comisaría era el regalo de esa tarde de laburo y no había palabras de remisero que pudiera empañarlas.

Entramos a la seccional donde telefónicamente me acababan de confirmar que estaban declarando el portero de una escuela y un alumno. La criaturita le habia encajado una trompada al señor y lo había amenazado de muerte. Pero no estoy escribiendo esto por ese episodio así que vuelvo a la comisaría.

Mientras esperábamos en el ingreso (luz mortecina, paredes celestes tirando a turquesa y olor barato como a creolina) una agente rubia, apretada en su uniforme y extremadamente amable con nosotros (tras ver al fotógrafo entrar) atendía el teléfono sin dejar de aclarar que estaba "como loca" con tanto trabajo y de sobreactuar manoteando el handy y el fijo al mismo tiempo.

A un costado de ella, el sumariante: un muchachito obsesivamente rapado. Con letra de primaria y tapando lo que escribía con el brazo izquierdo llenaba un libro de tapas duras y me decía, no sé si de mala manera o con obsecuencia, que no podía contestar a mis preguntas, que hablara con su superior, que entendiera que él cumplía órdenes, que debía retirarse a las 19 y que eran las 18.50 y no había terminado (todo esto, sin punto y comas, mientras me señalaba un reloj de pared).

A los dos, a la rubia y al sumariante, les cebaba mate una chica jovencita y agradable que hablaba de Ricardo Fort. No sé cual era su papel allí pero tampoco importaba.

En en ese lapso entraba y salía gente de la seccional pidiendo certificados de vecindad e información de las más diversa. A todos les decían que volvieran al otro día porque no daban "abasto" con tanto trabajo.

Un agente gordo y bajo, tal vez el subcomisario, era el vocero de esta situación. Y con él, precisamente, se dio este diálogo:

-Buenas noches, vengo a hacer una denuncia.
-¿Ah, sí? ¿De qué?
-Perdí la patente de mi auto.
-¿La perdió o se la robaron señor?
-Bueno, no sé. Me desapareció... La tenía debajo del asiento porque se me había caido y no la tengo más.
-Bueno, mire, eso puede esperar hasta mañana, no es urgente, nosotros ahora estamos muy ocupados, pero lo importante es que usted sepa si se le perdió o se la robaron...
-Le digo que no sé...
-¿Cómo no sabe señor? Si se le perdió radica la denuncia acá pero si se la robaron es distinto, eso es del orden de lo penal... Bueno, vaya a su casa, piense y vuelva mañana... Estamos desde las 7.

El señor se fue, nosotros también y sin poder hablar ni con el alumno ni con el portero golpeado y amenazado. La declaracion se demoraba y todos ahí dentro estaban muy ocupados. Y se venía el cierre, y la nota no era de tapa ni mucho menos... y algo había que poner. "Vení con lo que tengas", se suele escuchar en estos casos. Y una volvió con lo que tenía: frío, una foto mala (sin los protagonistas de la historia), no más datos que los que había dado la gente de prensa de la policía, el diálogo de la comisaría, y las quejas del remisero: una fija.

POR LAURA VILCHE
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket