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| Imagen de Silvina Salinas |
Hay piquetes de camioneros, temidos por empresas y grandes diarios, aceptados por el gobierno, impulsados por la crema del sindicalismo Y están los piquetes de ferroviarios tercerizados, apaleados por lo peor del sindicalismo.
En el país de los piquetes hay miradas que circulan, una vez a favor, otra vez en contra. Es que hay piquetes de saco y corbata, de camionetas poderosas, piquetes funcionales a la causa, piquetes funcionales al régimen.
Están los piquetes cortos y los largos, a veces larguísimos, víctimas de la apuesta por el abandono. Hay piquetes que piden que no les cobren impuestos, que vuelva la luz, que salga el agua, que les paguen sueldos, que les aumenten sueldos, que les den chapas, que salven a las ballenas, que subsidien la nafta, que no los despidan, que les den de comer o, simplemente, están los que piden un poco de respeto.
Hay quienes aman un día los piquetes, los suyos, y al otro día odian a los de los otros.
También existen los viceversa. Hay piquetes de periodistas, muchos de los cuales se sienten trabajadores. Hay piquetes que vienen de tiempos más heridos y subsisten en tiempos de la abundancia. Están los piquetes como los de Sancor o Paraná Metal, de toda justicia, resultado incierto y voluntad infinita, que luchan contra conciencias que se lavan fácil, como las manos de Pilatos.
Están los contrapiquetes, de gente que milita por sus derechos y lamenta los del resto. Están los piquetes perseguidos, los tolerados y los que se pasan de rosca. Está el espacio público y su disputa, y los derechos y obligaciones que eso genera. Y hay una cultura automotriz que trabaja a full y forma la conciencia de miles de consumidores de rodados que sólo entienden del derecho a circular. Más allá de cualquier cosa.
Y en esa lógica se apoya la ofensiva restauradora de estos días. Tan ubicua como letal, tan brutal como aguda, tan temerosa como audaz, dispuesta a despejar dudas y grises para concentrarse en lo fundamental: en su rasgo esencial, el piquete denuncia un conflicto y pide repararlo. Y qué mejor, entiende, que cegarlo con un piquete de ojos.
Hay piquetes restauradores y hay piquetes reparadores. Porque existen las restauraciones y las reparaciones. A diferencia de las revoluciones, que fundan un tiempo cero, restauraciones y reparaciones reconocen un pasado. Incluso, hasta lo añoran. Pero la primera lo idealiza. Quiere volver, como el peor folklore, a refugiarse en el mito indiscutible, en la fuente del orden. Disfraz romántico del fascismo, restaurar huele a momia, bronce y estatua, a pieza de museo. Huele a miedo, en definitiva.
Reparar en cambio, es presente, convoca a un ser que supo ser y puede seguir siendo, pero que está maltrecho porque sufre su propio mundo, el del conflicto. Como la foto de una nena que baila en círculos, suena a curación después de la pelea, a compañerismo, a lealtad, a cantimplora de caminante, a copa con los amigos. Huele a esperanza, en definitiva.
La reparación no promete utopías, promete un futuro posible, pero mejor. No pide volver al pasado, sostiene la memoria. El año que pasó fue reparador para muchas víctimas de la dictadura que pudieron encontrar una tardía justicia en los juicios contra los genocidas. Fue reparador para muchos que se lo merecen. No lo fue para los militantes asesinados en por la patota ferroviaria, en Formosa o en el Parque Indoamericano. La restauración reconoce allí un despliegue histórico y pide a gritos interrumpirlo. Quiere retroceder el tiempo porque tiene nostalgia de otro pasado. Por eso, sobre el final de 2010 puso un huevo de odio, que no debería tomar vida en 2011.
POR ALVARO TORRIGLIA




