jueves, 11 de noviembre de 2010

Los padres de la criatura

jueves, 11 de noviembre de 2010 16
El viernes a la tarde vino a casa un periodista de Barcelona que está haciendo una investigación sobre Messi. Había llamado un par de veces a la mañana por unos datos en supuesta posesión mía. Cada vez que sonaba el celular yo estaba adentro de un banco, atrancado en miles de trámites por una mudanza, por lo que le decía que me hablara después. No me gusta dejar en banda a un tipo que está buscando información porque inevitablemente me coloco en su lugar y sufro. Pero tenía un día chino y él se iba esa misma noche. Combinamos para vernos diez minutos. El agradeció diciendo que serían más que suficientes.

Aunque guardaba una remota sospecha, me sentía un poco curioso sobre mi eventual aporte en un texto sobre Messi. Nos sentamos en el patio. El loco vivía en España hacía siete años bancándose con trabajos free lance. Me dijo que ya había escrito un largo perfil sobre Messi a partir del cuál una editorial prestigiosa le había encargado un libro. Ya había estado en Rosario para armar aquel artículo y ahora venía a profundizar su pesquisa.

No demoré en confirmar, con algo de decepción, que mis sospechas no estaban mal orientadas. Mi nada gloriosa contribución consistiría en que le contara entretelones de un episodio publicado dos años atrás que tenía como protagonista a Messi. Pero no a Lionel, sino a Matías, hermano mayor, que había ido a parar a las páginas de Policiales porque un patrullero lo había detenido con un arma ilegal.

Me puse un poco en guardia. Las intenciones del tipo sentado en mi patio me provocaron desconfianza. Me descubrí imprevistamente flotando en el mismo malestar que muchas veces yo le debo inspirar a tanta gente que entrevisto. Le dije, entonces, que no había mucho más que agregar a lo que ya había aparecido. Era un episodio menor que en realidad me había avergonzado un poco publicar.

—¿Por qué lo hiciste entonces?, preguntó él.

La respuesta que le di me causó más vergüenza todavía. Pero asumiendo que era el precio justo por algunas de las tropelías que hacemos en este oficio no la esquivé. Contesté que aquella mañana de noviembre de 2008 un buche le había pasado a un compañero el dato de que durante la madrugada la policía había detenido a un pibe con una pistola robada. Algo así nunca entra en la edición de la sección: pasa tan seguido y en tantos lados que no es noticia. Salvo que haya de por medio un patronímico importante.

Ahí entró a operar un dilema. Algún otro medio no tardaría en enterarse. Y no hacía falta ser Stephen Hawking para notar que la sola alusión “hermano de Messi” pondría el tema en la prensa nacional.

A mí colocar el tema en los diarios nacionales me importaba un sorongo. Pero no ignoraba que cuando eso pasara nos veríamos obligados a publicar —tarde y atrás— una novedad pueril que acababa de ocurrir y que teníamos antes que nadie. Me fui a la reunión de edición sabiendo que no podía esconder eso. Presenté los temas del día y al final de todo, como esos que envuelven las llaves en un trapo antes de tirarlas del piso veinte, largué: “…y además ayer agarraron a un hermano de Messi con un bufo y cinco balas en la recámara a una cuadra del Distritro Sur…”

Houston se sacudió. Los otros jefes izaron las cabezas pidiendo detalles con los ojos como huevos de avestruz. Que cómo, que dónde, que por qué. Como un papanatas culposo intenté amortiguar: que no había que exagerar, que un pibe llevando un rofie en una ciudad de un millón de tipos no era algo insólito, sarasa, sarasa… Lo íbamos a dar pero no abriendo la sección ni mucho menos.

Me respondieron que hiciera como quisiera, pero con el suficiente despliegue de texto como para salir en la tapa del diario, que era donde lo pondrían.

A las seis horas la noticia estaba en todos los portales de Europa. Lo que algún gil tomaría como un acierto periodístico no lo era ni por asomo. Apenas un episodio chico acompañado por un apellido grande. Tan grande como para no poder ir de cayetano a una reunión de editores. Y como para colocar al diario como el padre de la criatura.

Hubiera querido que terminara ahí. Lo juro por todas las videntes que podrían leerme la mente en este instante. Pero ocurrió que al correr la noticia un oscuro picapleitos que se vendía como abogado de la familia Messi salió a decir por Radio Dos que todo lo que había salido en La Capital era un invento. Que no habían detenido a Matías Messi, ni con un arma, ni nada. A esas declaraciones también las levantó todo el mundo.

Ofendido con el cagatintas que nos trataba de mentirosos no tuve paz hasta conseguir copia del expediente donde figuraba el hecho de punta a punta. Número de patrullero interviniente, nombres de los vigilantes, marca y calibre del arma, desgrabación del llamado anónimo al 101 que avisaba de un tipo armado en Uriburu al 600. Esperé hasta el día que lo indagaron y al día siguiente publiqué todo con mi firma. No porque me pareciera un gran caso, sino porque era una forma de sostener que aunque dijeran que era falso todo eso había pasado. Si era una mentira había un juez que se la creía al punto de imputarle un delito a este pibe.

Hoy pienso que soy un débil engreído, estúpido y orgulloso.

El periodista de Barcelona, que es de Buenos Aires, fue escuchando con gran atención. Cuando acabé de contarle todo le dije que a mi modo de ver eso había sido un episodio minúsculo. Y que me preguntaba cuánto valor podía tener eso en la historia escrita de un futbolista que, además, no tenía que ver con lo ocurrido, ni por un vínculo de sangre ni por otra cosa.

Me dijo que no me preocupara. El asunto no le importaba más que para hacerse preguntas sobre la familia. Me contó entonces que había estado una larga temporada hablando con familiares de Messi y que en ese tránsito se había enterado de muchas cosas dolorosas que no le interesaba en lo más mínimo dar a conocer.

“No son cosas tremendas pero harían ruido”, dijo. “No hay nada más común en el mundo que el dolor y las desdichas de una familia común. Por eso mismo esas cosas merecen ser preservadas”.

Le creí.

Estuvimos en silencio un momento. Tras su comentario me quedé pensando en un artículo de unas quince páginas que había leído unos meses atrás en un blog de una revista peruana. Era un reportaje donde un periodista se empecinaba en hablar por teléfono con amigos y familiares de Messi. Recordaba, especialmente, una comunicación nocturna que el periodista había mantenido con la hermanita. En la conversación de la nena iba y venía un anormal matiz subterráneo, algo no dicho que asomaba en forma inquietante como sólo brota en las cosas que ocurren por las noches. Pudo ser un déficit de mi percepción. Pero lo sentí. No hay nada que nadie pueda hacer contra la energía que dispara lo tácito de un texto bien armado. Ni nada hay más perturbador que aquello que no termina de ser dicho.

“Yo escribí esa nota”, dijo él.

Fue entonces que por esas cosas esotéricas que a veces resultan fallidas, como las corazonadas, decidí contar a mi visitante algo que hasta ahí pensaba callarme.

A los pocos días de escribir la nota con el expediente del caso Matías sonó mi celular con un número de Buenos Aires. El que hablaba era Jorge Messi. No me produjo gran sorpresa porque un compañero de la sección Deportes me había adelantado que el papá de Messi quería hablar conmigo y me pedía permiso para pasarle mi teléfono.

Una de las primeras cosas que un periodista debe aprender es que una persona que quiere hablar con un periodista lo único que desea es interactuar con la firma que aparece en el diario. No con el ser de carne y hueso que ese periodista es. Eso es lo mejor para evitar tomarse las cosas personalmente. Lo que yo era entonces o soy ahora a Jorge Messi le interesa tanto como los malvoncitos de la casa de mi vieja.

Estaba en Rosario y me propuso tomar un café donde yo eligiera. Le sugerí ir al bar de la vuelta de mi casa, en San Luis y Suipacha. Nos encontramos allí a la media hora. Mientras esperaba sentado en una mesa del fondo a través del vidrio reconocí con asombro al padre de la criatura. Era alucinantemente igual a Lionel. Más fácil creer que era, más bien, su hermano mayor o un tío joven. Me contaron que en Dubai una vez cuando salía de un hotel lo levantaron en andas confundiéndolo con Leo.

Yo estaba resuelto a no dejarme conmover por la sobrenatural admiración y curiosidad que siento por su hijo futbolista. Pero sabía que él venía a hablarme del otro hijo. También sabía que lo mejor para no caer en tentaciones era dejarlo decir a él y limitarme a explicar mi “intervención profesional” y la necesidad de “mi nota firmada”. Pongo las comillas para sentirme un poco menos pelotudo.

En principio me contó cosas de él. Su trabajo en Acindar, sus pleitos con antiguos intermediarios, su transcurso del tiempo por mitades entre Rosario y Barcelona. Refunfuñó algunos rezongos sobre Maradona, que recién se hacía cargo del seleccionado y acababa de ningunear a su vástago diciendo que Argentina era Mascherano y diez más. Encontré a un tipo de talante tranquilo que está muy pendiente del agobiante peso de la fama de su hijo y de la posibilidad persistente y ubicua de ser estafado. No tuve tiempo de que me cayera ni bien ni mal.

Todo venía muy sobrio y yo esperaba un apriete. Sólo me preguntaba si usaría o no anestesia.

Lo invité a decirme en qué podía ayudarlo. Me dijo solamente que le interesaba hablar conmigo porque se había dado cuenta de que la noticia de Matías los demás medios la seguían a partir de lo que sacaba La Capital. Me contó que había visto la historia reproducida en diarios de Alemania y de Inglaterra. Acababan de inscribir una fundación de bien público y querían evitar que la imagen de Leo, dijo, quedara salpicada. No buscaba negar lo que había pasado. Pensaba que sin la intervención del abogado el tema habría muerto con la primera nota. De una manera correcta y sin una palabra de más me dijo que si íbamos a seguir publicando algo nos pedía por favor tener la chance de responder alguna cosa.

A los 22 años yo trabajaba en el Banco Nación y me mandaron a buscar una remesa a Buenos Aires. Acepté porque nunca había viajado en avión y además pagaban viáticos. El despegue del avión me hizo sentir en un parque de diversiones. Después entré con dos gorilas de la vigilancia al tesoro de la casa central y me dieron cuatro sacas con seis millones de dólares.

Esa fue la primera vez que vi tanta plata junta. La segunda era en el bar contemplando la cara del tipo que tomaba un cortado conmigo. En las dos ocasiones, me parece ahora, era posible constatar la huidiza y falible condición constitutiva del poder. Porque el punto donde lucimos frágiles, oscilantes, en condiciones de tener que defendernos o pedir ayuda, siempre termina por presentarse. Lo recordaba hace dos décadas camino al aeroparque con los bolsines llenos de dólares, pensando que el banco me ponía dos custodios en un blindado porque no tenía certeza de que los seis palos llegaran a Rosario. Y el tipo que maneja un contrato futbolístico de 10 millones de euros anuales solicitaba —no a mí, sino al propietario del nombre que aparece firmando notas en el diario— que le concediéramos la oportunidad de hablar.

Como un cazador de autógrafos, yo había llevado al bar una pequeña bolsa de cartón con una foto enmarcada. Era de cuando Messi sufrió su primera lesión en el fútbol profesional. La imagen lo muestra de espaldas, empequeñecido por su traspié, abrazado en forma paternal por Kluivert Rijkaard, el entrenador que lo hizo debutar en la primera del Barcelona.

Es una fotografía extraordinaria. Quería decirle que la tenía colgada en mi escritorio como sugiriendo que jamás hubiera querido provocar ningún daño a su hijo. El recordaba muy bien la foto y dijo que le gustaba mucho. Pero aunque no lo mencionamos, un sentido complementario de la imagen terminó entreverándose y prevaleciendo. El que confirma que todos somos endebles y que nada nos asegura, tengamos lo que tengamos, no tener que depender de otros. A mí me recordó, además, que soy tan flojo como para desconocer hasta el día de hoy que haría si un dato me volviera a dejar colocado en una situación parecida.

A los cortados los pagué yo.

POR HERNAN LASCANO

jueves, 4 de noviembre de 2010

Silencio de Cabarute

jueves, 4 de noviembre de 2010 6
Se murió Néstor Kirchner. Lo supimos en un instante: lo leímos en el Twitter, lo escuchamos en la radio, lo vimos en la tele, lo sentimos en la calle. Era imposible sustraerse, el hombre estaba allí, en todos lados, tan omnipresente como jamás lo fue en vida.

Los días posteriores tuvieron la misma intensidad. Por primera vez vi a uno de los machos de Política sin lograr contener las lágrimas. Vi a un periodista de Ovación agradecer con un abrazo emocionado la columna de opinión que un compañero había publicado ese día. Vi a una cronista de Policiales habituada a escenas de carnicería que quedaba consternada tras las palabras de la presidenta por cadena nacional, sin reaccionar durante largos segundos, petrificada mientras seguramente Cristina soltaba su llanto fuera de cámara y la imagen mostraba una bandera argentina flameando en un silencio sepulcral.

Lo que más me llamaba la atención es que en este Cabarute donde habituamos ser tan pasionales, tan idealistas, tan egocéntricos, tan desesperados por contarles a unos cuantos lectores qué nos pasa cuando algo pasa, en este blog nadie escribió ni una sola línea desde que se murió Néstor Kirchner.

“Voy a mandar un mail a todos los que escriben en el Cabarulo para retarlos, están muy vagos”. No recuerdo la frase exacta de Lascano, seguramente la dijo con otras palabras, acostumbra usar palabras tan rimbombantes como la palabra rimbombante. Lo cierto es que ante un evento tan trascendente como la muerte del hombre que con su apellido dividía y divide a un país entero en dos hemisferios, nadie en este Cabarute escribió ni una línea. O al menos nadie lo hizo para este blog.

Un secretario de redacción me invitó a escribir una columna de opinión para publicar en el diario del lunes. Entonces me di cuenta: ya estaba todo escrito, todo lo que hubiese querido leer ya había sido publicado, este diario había ofrecido las opiniones más variadas, las palabras más frías y los comentarios más entusiastas, las acongojadas sensaciones en primera persona y los párrafos más desapasionados, las lecturas más profundas e incluso los lugares comunes más cuestionables. Cada uno con su firma allá arriba. Exactamente lo que debería ofrecer un diario por estos días ante un evento semejante.

Se murió Néstor Kirchner. Y todo lo que debía escribirse en el diario se escribió y se publicó. Y algunas cosas que a veces no se publican también. No quedó nada afuera, y por eso (por una vez) no necesitamos este Cabarulo. Y ya que finalmente no escribí ni una sola línea en el diario, vayan estos seis párrafos de agradecimiento a los que escribieron lo que yo no hubiese podido escribir o, mejor todavía, lo que yo quería leer.

POR HERNAN MAGLIONE

lunes, 11 de octubre de 2010

Lo peor no es la derrota (I)

lunes, 11 de octubre de 2010 11
Estábamos el viernes pasado comiendo en El Mejor y hablando de lo embarradas que venían las elecciones en la CTA. Alguien mentó una nota en TN de dos días antes, que todos habíamos visto, donde Yasky trataba de explicar, con una expresión perturbada y un poco almidonada, por qué los resultados en algunos distritos no eran confiables. En esa Walter Palena soltó una observación oblicua al asunto recordando una vieja frase de Vanrell. “Lo peor no es la derrota, es la cara de boludo que te deja”.

Me quedé un buen rato colgado en el efecto del chiste y pensando inevitablemente en Vanrell. Como de Gelblung o de Natalio Botana, contar anécdotas del Trucha es uno de los pasatiempos más divertidos y habituales de los que laburamos en esto. Con prescindencia de lo que son o de lo que nos inspiran, lo que une a los tres personajes es ser o haber sido agudos como la punta de un clavo, y condensar sensaciones expandidas del sentido común en dichos compactos, que se vuelven exitosos o risibles porque retumban como latigazos.

La única vez que entrevisté a Nito Vanrell fue a un año de entrar a Das Kapital. El venía de pasarse una buena temporada en Costa Rica prófugo de la Justicia que lo buscaba por ladrón de dineros del estado santafesino. Fue un sábado a la mañana en las mesas de afuera del bar Pasaporte, en la primavera del 94. A último momento Rubén Galassi, que era mi jefe, dijo que me acompañaba.

La charla fue larga y encantadora. El se declaraba un perseguido, hablaba de la mala fe de sus enemigos, de sus melancolías del poder, de la selectiva hipocresía de los jueces. Y yo, que me había estudiado un expediente con los desfalcos descomunales que se le atribuían, me empecé a sentir como Ulises amarrado al mástil escuchando a las sirenas, incómodo de hallarme tan cómodo. En algún momento se refirió a la etapa costarricense como “mi exilio”. Ahí vi abrirse el filón para recobrar mi posición de periodista inquisidor-ciudadano indignado y lo interrumpí: “¿Qué exilio? Usted se fue allá escapando de una causa penal por malversar fondos públicos”.

El la dejó pasar y siguió hablando, tendiendo puentes, sonriendo, mirando a los ojos. Pero cuando ya habíamos terminado recogió esa piola.

-Hay que ser cuidadoso, no hay que enojarse, todos tenemos nuestras manchas. Los periodistas hablan como si fueran novicias del Vaticano. Pero todos tienen su precio. ¿Sabés por qué lo digo, querido? Porque yo los compré a todos.

Para pronunciar la última parte de su cuasi monologo se había arrimado triunfal, quedando casi contra mi mentón, y achicado el tono de voz hasta volverlo un ronquido. Recordaba a Pedro Navaja y a todos los matones románticos de las canciones de Blades. Logró intimidarme un tanto, pero como pude balbuceé que no me convencía, que no todos cobran ni a todos les interesa hacerlo. Fue entonces que el Trucha, rápido como cuando estampaba firmas en las órdenes de pago del Senado, decretó que era el momento de aplastar al principiante:

-Muchos obedecen igual aunque no cobren, querido. Pregunta a los empresarios o a tus jefes máximos. Lo que se va a publicar o no se va a publicar se arregla con los de arriba. Y los de abajo se sienten más o menos incómodos, pero no hacen nada, porque a fin de mes necesitan el sueldito.

A este último vocablo en diminutivo, que me entró como el bayonetazo que desangró al sargento Cabral en el Campo de la Gloria, a casi dos décadas todavía lo sigo sintiendo bien atroden.

En algún lugar Orwell dice que el lenguaje político está pensado para que las mentiras suenen a verdades y el crimen parezca respetable. Arriesgaría que eso con Vanrell tiene su autenticidad innegable. Pero una autenticidad relativa.

No me parece que cualquier cosa que diga alguien como el Trucha, que fue un chorro y la madre, debe automáticamente descalificarse. Porque sino esta conducta afónica de tantos periodistas de sentirnos a salvo, de poner la conciencia en Woolite y percibirla inmaculada porque uno no recibe sobres, de entendernos honorables porque pese a acatar lo inaceptable nadie nos desliza nada en el bolsillo para hacerlo, seguirá siendo un boleto para tomarse el buque del problema. Que seguirá apretando como un zapato nuevo.

A veces la obediencia a la decisión espuria, como decía Vanrell, se produce sin retribución. Sólo porque uno obedece.

Hablo desde la fragilidad de mi experiencia, desde mi visión sesgada, desde mis miedos, sin sentirme emperador de la honradez ni de la verdad mucho menos. Las cosas ofrecen matices y se fueron generando grietas en el espacio antes incontestable de ciertas barrabasadas hoy inadmisibles en la prensa. En parte porque se dieron algunas peleas, en parte porque en un sistema de medios comerciales donde no todos tienen los mismos intereses lo que uno calla con más o menos sigilo puede volverse escandaloso en tanto otro lo muestre. Pero bien lejos estamos de cantar victoria.

Más o menos en la época de la nota a Vanrell a los más poderosos les bastaba un sencillo armisticio de cúpulas para decretar la inexistencia de un suceso. Una martingala de tres movimientos: ir a La Capital , a Televisión Litoral y a Canal 5. Y chaupinela. Ahora eso, que sigue ocurriendo, es un poco más difícil: la aparición de medios digitales que sirven de afluente a los medios tradicionales hace que la hipocresía o la indecencia, como Júpiter en estos días, se vean sin ayuda de telescopio, a ojo desnudo.

Un domingo al amanecer el hijo del dueño del sanatorio Parque yendo en una camioneta a mil por hora en Fisherton reventó a un chico de 23 años. Teníamos la nota puesta en página con las fotos y al fin de la tarde bajó la orden de pararla. Hubo un principio de motín con discusión a gritos en la Secretaría de Redacción pero no salió nada. Al día siguiente el accidente tampoco estuvo en los noticieros televisivos.

Esa tarde de lunes una redactora se tomó el 115 y bajó en la casa de los padres del chico muerto, que se llamaba Juan Pedro Stradiotto. “Hagan una marcha en la puerta del diario, o muchas. Hagan carteles. Denuncien que están ocultando esto”, les dijo. Así fue y a los dos días el tema estaba instalado abriendo página y en la portada.

Hay batallas editoriales bien más difíciles o más sutiles que la de los pedidos del comandante del Grupo Oroño que no deseaba que su nene apareciera en Policiales por aplastar a un vecino con una 4 x 4. Pero en esa, que no era la primera vez y cada cual tendrá su ejemplo, se ofrecía al desnudo la posibilidad de buscar rutas para esquivar los obstáculos de los intereses comerciales o políticos en la edición de noticias. Una especie de evidencia sencilla de que esos poderes influyentes no son indoblegables. Y que frente a ellos pueden armarse contrapoderes cuya naturaleza -como este año pareció constatado como nunca con el paro en el multimedios La Capital - deriva de una construcción colectiva. Sólo hay que estar dispuesto y transpirar un poco más. Bueno, bastante más.

Queda la variante de sentirse un boludo, sin necesidad de cobrar por eso.

POR HERNAN LASCANO

jueves, 30 de septiembre de 2010

Tizne

jueves, 30 de septiembre de 2010 15
“Vecinos de la zona sur volvieron a cortar la avenida de Circunvalación a la altura de calle Garibaldi para reclamar por trabajo y planes sociales y denunciar la situación de extrema pobreza que están atravesando. Más de cien personas, la mayoría mujeres y niños, desafiaron el frío y permanecieron durante más de ocho horas a la espera de una respuesta de las autoridades”, escribí, casi automáticamente, con los dedos todavía entumecidos por el frío, apenas regresé de hablar con los vecinos que estaban sosteniendo la protesta. Corría el año 2001, tiempos de devastación neoliberal en la Argentina y cada día, en realidad varias veces por día, los cronistas de El Ciudadano nos repartíamos por los distintos cortes para después volver corriendo a la Redacción, a tratar de armar una nota que diera cuenta de ese complejo panorama de medidas de fuerza.

Estaba a punto de iniciar el segundo párrafo de la crónica cuando vi entrar a uno de los delegados de la comisión interna del diario. Gesto adusto, mirada torva, el mensaje era inconfundible, repetido, consabido: “Hoy no se cobra muchachos, y no hay fecha”.

Por aquellos años, cuando la situación del país y la consiguiente degradación de la labor periodística se veían claramente reflejadas dentro del diario, y cada mes, cada fecha de cobro, se desplegaba una renovada lucha de los trabajadores, con asambleas, paros, cortes de calle y volanteadas, esas simples y temidas palabras –“No se cobra”– detonaban en forma inmediata, automática, un aceitado mecanismo ejecutado por el Sindicato de Prensa y la interna, con la participación de cada uno de los trabajadores: procuración de pancartas, cubiertas, volantes y bombas de estruendo. Y a la calle.

A menos de cuarenta minutos del anuncio del nuevo incumplimiento patronal, con la crónica del corte de Circunvalación ya terminada a los apurones y pasada a edición, los trabajadores de El Ciudadano gritábamos por nuestros salarios entre el humo denso, negro y pringoso de las cubiertas que se consumían en medio de la calzada, en calle Dorrego, produciendo un corte parecido a los que, en esos mismos momentos, tenían lugar en otros puntos de Rosario. Tras casi dos horas de protesta callejera frente al diario, se supo que pagarían, al menos una parte del sueldo, esa misma jornada. “Hay que volver a hacer el diario”, nos decíamos unos a otros, redundantes, como pensando en voz alta, mientras recogíamos los negros y humeantes amasijos de alambres, caucho y pez, que dejan como residuo las cubiertas consumidas, como filigranas pastosas de olor picante.

En esos momentos se experimentaba una mezcla de cansancio, bronca, alegría y tristeza. Tener que hacer lo mismo cada mes, y hasta dos o tres veces por mes, para ir cobrando el salario en cuentagotas. Y encima tener que interrumpir la medida de fuerza ante las irresponsables idas y vueltas de la patronal, y volver a hacer el diario tras un parate de casi tres horas, que atrasa la edición en forma drástica, irrecuperable en otras condiciones consideradas “normales”. Pero no. Allí todo transcurría con la veloz naturalidad de lo repetido: cubrir, escribir la nota, encender gomas, putear, hacer estallar bombas, entregar volantes a transeúntes y automovilistas y volver a escribir y así……y el diario salía, siempre, y pese a todo. Las horas de paro eran compensadas por los trabajadores con más laburo, más presión, más trabajo en equipo, y más velocidad en cada una de las tareas.

Estaba haciendo los últimos ajustes a la nota de la protesta de los vecinos de la zona sur ya en la sección Diagramación –los dedos todavía tiznados dejaron marcas sobre el blanquísimo teclado ergonométrico de la Mac–, cuando sonó otro grito de alarma. “Parece que van a desalojar el corte de Circunvalación”. Tres compañeros dieron un respingo al mismo tiempo: un fotógrafo, un editor y un cronista. Por aquellos días, con Carlos Reutemann como gobernador de la provincia y el ex Side y por entonces secretario de Seguridad, Enrique Álvarez, había que acudir sin demora. Cinco minutos después de la alarma, estaba en un taxi camino al corte.

Más de cien personas soportaban el frío junto a las gomas encendidas, y ante la atenta mirada de un batallón de policías que parecía preparase para invadir los Estados Unidos.

Sobre la cinta asfáltica congelada y gris, el espacio vacío que separaba a los manifestantes de la policía parecía enorme, compacto. A ambos lados de la ruta se extendían los humildes hogares de las personas que protestaban: techos de zinc sobre los que descansaban cubiertas, trozos de madera y metal, y otros objetos que a la distancia parecían sin nombre. De un lado del vacío, hombres, mujeres y niños desarrapados, cansados, muertos de frío, portando bebés, arrugados paquetes de galletitas, ataditos de ropa muy gastada y envases de gaseosas de marcas baja gama. Del otro lado, los policías con sus uniformes desarrapados, de un azul desleído, cansados y muertos de frío, se arropaban ominosos con sus palos y sus escudos.

“Vimos que andaba por ahí con su auto Enrique Álvarez. Cuando aparece ese, a los cinco minutos da la orden y nos recagan a palos”, denunció una de las personas que protagonizaban la protesta.

De a ratos se producía un silencio desagradable, sólo interrumpido por los ladridos de los muchos perros que acompañaban la protesta. En medio de la nada, la miseria, la espera y el frío, hasta los ladridos de los perros del barrio resultaban siniestros.

Después de dos horas de tensión, cuando ya caía la noche, comenzó una negociación con la policía y debí volver a la Redacción a escribir la nota, ya amenazado por la hora de cierre de la edición, un cierre forzado, difícil. “Cualquier cosa avisen”. La frase se repetía cada vez que un cronista abandonaba la cobertura de una protesta.

Cuando regresaba en taxi a la Redacción otro piquete se interpuso en el camino.

“La puta madre… acá también está cortado”, dijo el taxista. “Sí, ya sé, ya sé… que los maten a todos, ¿no?”, dije, harto de escuchar siempre lo mismo. Pero el hombre no percibió la ironía.

“Pero claro…. que vayan a laburar, vagos”, señaló el tachero cuando ya llegábamos al diario.

Me bajé revisando los apuntes en la libretita. Las páginas también tenían marcas de tizne. Mientras subía las escaleras hacia la Redacción, me odié por el exceso de fina, boba ironía ante el taxista. Debí putearlo, claramente, pensé mientras cruzaba la filita feliz de compañeros esperando por el cobro, cuando ya llegaba al escritorio y me zambullía sobre el teclado, en medio del ajetreo de la edición atrasada y tiznada.

Pero cuando comencé a escribir y describir la protesta, las mujeres y los chicos muertos de frío pidiendo comida, por un lado, y los palos y escudos de los policías, por el otro, el comentario del taxista volvió a retumbar en mi cabeza. “Nazi de mierda”, grité golpeando el escritorio con el puño. Nadie se inmutó. En la Redacción de El Ciudadano por aquellos días, la siempre lábil y ambigua noción de “normalidad” incluía alaridos, puñetazos a escritorios y paredes, ladridos dirigidos a las computadoras, risas estertóreas, llantos de alegría, tristeza, bronca y otros motivos indescifrables, cabriolas propias de saltimbanquis, actos de prestidigitación y funambulismo.

“Caos” y “tole-tole” eran las expresiones preferidas en la Redacción. Funcionaban como mantras, como una suerte de Om desesperado y desesperante, propio de occidentales lastrados, que ya habían arrojado a los perros los anhelos de paz, calma y vida sana. En ese particular contexto una modesta puteada con puñetazo era una de las más anodinas formas de la nada. “Nazi, botón y vigilante”, dije, pero enseguida me arrepentí: “El tachero es un laburante también, che”, pensé, correcto. Pero cuando observé las imágenes tomadas en el corte que me mostraron los compañeros de la sección Fotografía –se veían chicos y mujeres mayores temblando de hambre, frío y miedo en medio de la nada– la corrección política y la fina comprensión de las complejidades de la mente humana de clase media se esfumaron como negro humo de quemadas cubiertas, y dejaron lugar al planteo inicial: “Nazis y vigilantes”, dije en voz alta, ahora más “inclusivo” gracias al uso del plural. De algún lugar entre el caos que se enseñoreaba por la Redacción, se elevó el dedo pulgar de un compañero, aprobatorio y tiznado.

POR PABLO BILSKY

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Los Superagentes encubiertos

miércoles, 22 de septiembre de 2010 9
Quizás soñando con un Pulitzer o por lo menos un Magazine de Bermejo, hay gente en esta redacción que cada tanto se inspira en películas de Hollywood para mandarse a organizar investigaciones como si esto realmente fuese un diario. Aquella vez, probablemente durante los primeros pasos de este siglo, a Jorge Levit se le ocurrió desvelar un oscuro entramado policial por medio de una aventurada acción encubierta.

Quién sabe de dónde apareció el dato de que en un pequeño pueblito no muy lejano de Rosario existía un casino clandestino que supuestamente operaba tras la fachada de un bingo, manejado por un comisario de la zona. Tengo una memoria que es una auténtica porquería, la verdad es que no recuerdo el apellido del policía, ni siquiera del pueblito, pero tampoco voy a esforzarme demasiado porque viene bien a la narración, ya que (y de paso anticipo el previsible resultado de la investigación) finalmente no descubrimos nada, ni una mísera y retorcida prueba que hoy nos permita hacer pública cualquier acusación.

Si esto fuese Hollywood los periodistas encubiertos hubiesen sido Dicaprio, Matt Damon y Edward Norton. Está claro que jamás hubo ni habrá nada parecido en el diario, por lo cual la tarea recayó en mi persona y otros dos empleados de la empresa. Por eso, para proteger las identidades de los involucrados en el operativo, diré que mis compañeros se llamaban Claudio Berón y Sebastián Melchor.

Allá nos fuimos los tres, a bordo del Ford K del diario, con rumbo a -digamos- Villa Las Casas, en busca del casino clandestino que tenía a su cargo el comisario -supongamos- José Villavicencio.

Por supuesto, nos perdimos. Nos dejamos guiar por una incierta señalización y nos metimos en medio de la noche cerrada en un camino de tierra que allá lejos, muy al final, mostraba nítidamente unas lucecitas que, sin duda alguna, eran Villa Las Casas. Melchor manejaba con la displicencia de un guía de alta montaña, yo iba sentado atrás (me gusta más ir atrás cuando somos tres, se ve todo como en una película) festejando las cien mil historias que improvisaba Berón (casi como una epifanía de un episodio que vivimos años después, durante las noches del Comando Patafúfete, pero esa es otra historia que quizás jamás sea contada en este blog). Las luces del horizonte desaparecieron y, quién sabe cómo, muchas vueltas después y casi dos horas más tarde de lo previsto dimos con el pueblito.

Lo único que recuerdo del lugar es una plaza triste, mal iluminada, con la silueta casi troquelada de un par de árboles despojados de follaje. Hacía frío y nos sobrevolaba una constante sensación del tipo ¿realmente-tenemos-que-estar-acá?. Era algo así como el punto intermedio entre un destino inexorable de muerte en un zanjón y una escena de Groucho, Harpo y Chico.

Entre frases burlonas del estilo “el deber llama” entramos al bingo, nada más parecido a un club de barrio con manteles berretas, lamparitas de colores y banderines de plastico. Eran unas veinte mesas, de las cuales sólo cuatro estaban ocupadas. Los parroquianos no podían disimular su aburrimiento al ritmo de una desganada voz que desde el micrófono anunciaba los números que salían del bolillero. Absolutamente todos notaron la presencia de los forasteros y nos lo hicieron notar con miradas inquisidoras, como en un saloon del lejano oeste.

“Esperen, ahora vengo”, dijo Berón mientras ocupábamos nuestras sillas. Se alejó unos metros y se abrazó con un hombre, prodigándose ambos sonoras palmadas en la espalda. Charlaron brevemente y regresó a la mesa.

-¿Y ese quién era?
-Uno que trabajaba conmigo en el diario, en Expedición. Ernesto Villavicencio.
-¿Villavicencio? ¿Como el comisario?
-Sí, es el hermano.

En pocos instantes, medio Villa Las Casas estaba al tanto de los tres tipos del diario que habían caído en ese absurdo paraje perdido en la nada. “Le dije que estábamos al pedo en Rosario, escuchamos algo del bingo y nos vinimos. No es boludo, ya sabe qué estamos haciendo”, dijo, mientras una chica que mascaba aparatosamente su chicle nos ofrecía tarjetas para la jugada que estaba por comenzar.

Cambiamos al plan B. Nos jugaríamos dos o tres rondas de bingo sin dejar de espiar disimuladamente lo que ocurría detrás de esa misteriosa puerta que daba a una habitación contigua. Antes de ver salir precisamente por esa puerta a la moza (la misma muchacha, el mismo chicle) con un familiar de milanesa (la misteriosa habitación era la cocina), Melchor completó cinco números, tímidamente alzó su dedo índice y soltó a media voz: “Línea”. La empleada se acercó con el mismo desgano a plantar en nuestra mesa una banderita que nos haría acreedores al humilde premio. En la jugada siguiente yo también canté línea. “Bingo”, dijo Berón entre risotadas apenas contenidas, mientras los demás jugadores fruncían sus ceños en dirección a nuestra mesa, florecida de banderitas. Eramos los peores periodistas encubiertos del universo.

Era el momento del plan C: huída al estilo Tiburón, Delfín y Mojarrita. Subimos al auto pensando en un ignominioso regreso, pero Berón insistía en que “algo raro” ocurría en el lugar. “Pará acá”, le ordenó con tono de sargento a Melchor cuando pasábamos por la calle que daba a espaldas del bingo. El tipo se encaramó a un alambrado para espiar por una “sospechosa” ventanita mientras yo me internaba en lo que parecía una plantación de lechuga que corría paralela al salón. Desde esa incómoda posición escuchamos un interminable bocinazo: Melchor intentó bajar del auto y quedó accidentalmente “enganchado” del claxon (el Ford K le quedaba chico). Seguramente algún vecino en pijamas pudo contemplar la escena: tres idiotas que se trepaban a un auto a las carcajadas y escapaban a toda velocidad del pueblo.

Apenas si teníamos unos pocos pesos de viáticos, pero las ganancias en el bingo nos regalaron una dignísima cena en avenida Pellegrini, a eso de las tres de la mañana. Obvio, en el diario no salió ni media línea del casino clandestino de Villa Las Casas.

POR HERNAN MAGLIONE
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket