viernes, 11 de enero de 2013

El tocador de culos de la laguna de Melincué

viernes, 11 de enero de 2013 2
No pasaba nada, cada uno tragado en la opacidad de su pantalla, el tedio pegado a las caras como una mancha de humedad, ni siquiera voluntad de mover las patas hasta el dispenser de agua para hacer el mate. Uno arma estrategias para escaparle a la muerte pero en ese arranque de sábado lo más digno era morirse. Igual no hay que hacerse ilusiones. En la Redacción la muerte nunca llega. De llegar tendríamos la confirmación de que está pasando algo. Nada de eso. En la Redacción se vive en modo de ahorro de energía, 40 pulsaciones por minuto, una suspensión amodorrada que sólo se interrumpe para que nos cercioremos de que no estamos muertos. Apenas muriendo de a poco.

Alguien de la Secretaría dijo que parecía que le habían robado una fortuna a un ferretero en su casa en la zona sur. Es inimaginable, cuando un superior sugiere que algo pasó, el sesgo tenebroso y depravado contenido en la palabra parece. Ese odioso vocablo es como meterse en el Riachuelo: el agua está ahí pero a medio centímetro de profundidad es imposible ver o encontrar nada. “Che, parece que hay cuatro muertos por Pellegrini al fondo”. “Parece que a Luciana Aymar la violaron en un bar del Paseo del Siglo”. “Hay un asalto en una financiera y lo tendrían de rehén a Julio Orselli, parece”. El camino más corto de lo improbable al delirio es la palabra parece.

Con la agilidad de una grúa nos pusimos en marcha. Ni la comisaría de la zona, ni el comando radioeléctrico ni el tribunal de turno tenían la menor de lo que preguntábamos. Encaramos al secretario y le dijimos de dónde había sacado el asunto. Así nos enteramos que la especie se había originado en un ex mandamás de la Redacción que, parece, era vecino del ferretero saqueado. 

Allí fue nuestro man. Tras horas mendigando en las tinieblas con los datos nulos o inexactos que se ofrecen para hallar oro ubicó el domicilio de la víctima a tres cuadras del lugar indicado. La puerta de la casa se abrió y apareció una mujer que confirmó ser la esposa del comerciante. A los minutos asomó el ferretero. Era jubilado, había pasado los 70 largos pero seguía en su negocio. Comentó el redactor que se lo veía contrahecho, como extraviado adentro de su ropa, con una expresión de resignación transferida de la cara al cuerpo todo.

La mujer empezó a hablar, él parecía no tener las fuerzas para hacerlo. Ella contó que la tarde del día anterior tocaron el timbre de su casa dos hombres de buen aspecto, bien vestidos y sobrios. Estaba sola porque el ferretero a veces aprovechaba la hora de la siesta para ir un rato al casino. Con un ardid los tipos se metieron en la casa, la dieron vuelta de arriba abajo y se llevaron un cuarto de millón de pesos.

“Menos mal que él no estaba —decía, protectora y resignada, señalando a su marido— porque se habría mortificado mucho sin poder hacer nada. Ya ve, estamos indefensos, somos gente grande”.

Cuando terminó el relato el hombre, que había permanecido alicaído, casi ausente hasta allí, se levantó para acompañar a la puerta al periodista. Cuando estaban en el umbral le puso una mano en el hombro, paternal, con una bondadosa sonrisa de abuelo a prueba de cualquier tribulación.

Fue el gesto anticipatorio de unas pocas palabras. Le dijo que se sentía agradecido de que un diario importante llegara a su casa a preocuparse por lo ocurrido. Pero que eso lo obligaba, ahora que su mujer no oía, a sincerarle algo más.

“Mire muchacho, que nos robaron es cierto. Pero cuando entraron esos tipos a casa yo no estaba en el casino. Estaba enfiestado en un mueble. Me di una biaba bárbara con dos negras divinas.”
Pocas cosas tienen vitalidad más sublime que el momento en que un periodista cuenta la buena historia que trae al llegar a la Redacción. Sobre todo, como fue este caso, si el relato reproduce gestos y climas del contacto humano. La distancia entre apariencia y revelación inesperada, el salvaje contraste entre la fragilidad del viejo y su disoluta maratón sexual, el tono en que el asunto fue reportado oralmente por nuestro compañero hizo que nos mandáramos abajo de los escritorios rugiendo como indios apache. Varios querían ir ahí mismo a conocer al viejo.

Pero cuando dejamos de reírnos llegó el soplido de frustración. Saber que la parte más alucinante del suceso era la más reservada, que sólo había sido dicha bajo un compromiso tácito de privacidad y por lo tanto no estaría en el diario del día siguiente.

Qué decepción. Deshacerse justo del detalle que uno se muere por compartir es un costado ingrato del oficio. Acá no hay discusión sobre lo que debe obviarse. Pero esto nos lleva al problema siguiente. ¿Cómo abordar lo impronunciable? ¿Qué hacer con lo indecible? ¿De qué modo arreglárselas para no mandar al destierro a esos detalles poderosos cuya mención puede producir dolor o mandarte a Tribunales?

Ocurre que en este terreno baldío hay cosas por diferenciar. Por supu que hay situaciones o pormenores a no difundirse. Pero esto a veces nos hace pecar por exceso. Y en esas desmesuras rebanamos algo que es un tremendo quebranto en el periodismo actual.

Con frecuencia diaria me pregunto por qué el sentido del humor es un bien negado en los textos de un diario. En La Capital el humor no existe como pretensión o como pauta. Cuando se deja ver se infiltra involuntariamente y de la forma más ruinosa. Por ejemplo, cuando en un suplemento aparece la publicidad de un alimento para perros ilustrada con la foto de un gato. Más gracioso y más trágico cuando aparece por segunda vez en el mismo suplemento a la semana siguiente. O cuando en un epígrafe que intenta anunciar la proeza del goleador del clásico de un pueblo, el verdugo de Arequito, se produce una inversión de tipeo entre la d y la g de verdugo, concediendo al delantero un poder extrafutbolístico de horrendas resonancias.

Raro porque los efectos de comicidad producen adhesión, ya lo escribió Freud hace mil años, y el humor está en la calle todo el tiempo, impregnando cada cosa de la que los medios se ocupan. Lo pensaba el día de la tormenta pre saqueos que inundó la ciudad, arriba del 123, cuando escuché a una mujer que, celular en mano, le decía al chofer:

—Pensaba mandarle un mensaje a mi hermana pero se murió...
—¿Qué hermana?
—El teléfono, pelotudo...

¿Por qué en una nota que refleja los problemas que tuvieron los usuarios de servicios por el temporal no hacer entrar de costalete algo así? En todo caso, qué decir, podemos suavizar, cambiar pelotudo por mamerto, aunque no es lo mismo.

En Policiales, donde la materia usual que entrama los textos es la tragedia, el humor tiene una sinuosa omnipresencia. Si nos referimos centralmente al sufrimiento y a la muerte es complejo abordar este rasgo. Pero así como no hay velorio donde no se hagan chistes, en casi todo drama policial rezuman costados satíricos que pueden ser explosivos, casi siempre relacionados con la violencia, la sorpresa o el sexo. “Esa vieja costumbre inglesa de bromear en medio del dolor”, dice De Quincey en Asesinato como una de las bellas artes.

En medio de la investigación de un crimen impresionante, hará unos cinco años, voló de su puesto el jefe de Homicidios. Un farmacéutico que había sido baleado en su negocio apareció dos meses después atado con alambre de pies y manos adentro del baúl de un auto con un tiro en la cabeza y un fajo de billetes en la boca.

La pesquisa arrancó con sugerentes oscuridades. La manejaba un juez fogueado en una ida y vuelta entre la política y el mundo jurídico, con más cancha y mañas que el Coco Basile. El tipo cazó desde el arranque que el oficial que manejaba la investigación policial coincidía varias veces en el mismo lugar con la mujer de la víctima. El que terminó de pescar que la cosa era más que casualidad fue el secretario penal. Finalmente el juez llamó al cana y se encerró con él en su despacho.

“Me dicen que usted habría trabado relación con una testigo que sobrepasaría intereses estrictamente investigativos”, dijo el juez.

Viéndosela venir, el policía aceptó con la cabeza.
“Si entiendo bien –dijo el juez– usted me reconoce que se está garchando a la mujer del muerto”.

"Sí”, dijo el policía.

“Estimado, yo no soy un moralista. Cójase a quien quiera y donde quiera, pero no en un expediente mío. Despídase de su puesto de jefe de Homicidios”.

Miles de anécdotas graciosas recorren la producción de una nota. Hace un par de años recibí una lección de didáctica policial al preguntar a un comisario cómo habían dado con el ladrón de un empresario de Alberdi. El tipo engoló la voz y, menos por motivos éticos que prácticos, echó un sermón contra la tortura. “Yo estoy en contra de los apremios ilegales porque te pueden anular una investigación. Pero si uno busca un acto de sinceridad no hay nada como un golpe bien puesto. Sobre todo ruidoso. Yo lo llamo el bife pedagógico. Lo más efectivo es el ruido. Se quedan con la boca abierta, después hablan y la próxima antes de ponerse insolentes lo piensan”.

Yo pido humor en el diario. Ahora, ¿cómo cazzo reportar lo del bife pedagógico? ¿Cómo el trasfondo del relevo del jefe de Homicidios? Hay una línea de alta tensión entre derecho a la intimidad y a informar con veracidad, entre legítima pretensión satírica y necesidad de no ofender, entre lo relevante y lo irrelevante, entre lo constatable y la desmentida o la amenaza del juicio. Implicarse en la comicidad requiere además de una gran destreza narrativa: para desatar un efecto de hilaridad sin irse al alambrado hace falta una sutileza que no se aprende en ningún taller de Redacción.

Pero poniendo tanto celo en salvarnos de un reproche, aunque acaso más que nada por la escasa inclinación a experimentar, a zafar del molde, en los diarios nos tragamos el humor cotidiano. Los textos suelen ser un embole, como armados por un mismo viejo resentido que sólo quiere jubilarse y uno termina encontrando en la soltura de los blogs un refugio atómico contra los bodrios. Tom Wolfe, que generaba efectos eléctricos con un sentido humorístico exuberante, protestaba contra los escritos periodísticos diarios, que le parecían un plomo como la voz típica del locutor, algo tan horrible como descubrir que la persona que te gusta usa calzones “de tono beige pálido”.

No se reduce a eso, pero la disyuntiva a menudo pasa por resignar un elemento magnífico o que te esperen a la salida del diario para cagarte a trompadas. El año pasado fue el juicio en el que condenaron a dos hermanos que en un campo de Córdoba mataron a un productor agropecuario de San José de la Esquina y a su pareja. El tipo era popular en su zona, militante agrario, uno de los ricos del pueblo. Se llamaba Tito y tenía 71 años. El caso reunía los ingredientes para convertirse en gran historia de fin de semana y por eso mandamos a un corresponsal a armar un perfil a la zona.

En las charlas sus vecinos históricos fueron unánimes en definir a Tito como prepotente, muy fácil de engranar e irse a las manos por nada. Recordaban además que tenía una locura total por las mujeres, cualidad que no decaía con los años.

El informe que mandó el corresponsal estaba lleno de coloridas anécdotas de personas que lo conocían. Todas coincidían en lo mismo: un tipo soberbio, frontal, algo avaro y con las mujeres más caliente que una estufa. Entre todas las historias sobresalía una con el que el reportero, no mal rumbeado, cerraba el informe.

La contaba una mujer que había hecho la secundaria con el finado. Un domingo de verano de hace cincuenta años un grupo de amigos hizo una excursión a la laguna de Melincué en un camión jaula, de esos que se usan para transportar ganado. El calor en la orilla, la cantidad de gente, los cuerpos apretados y con poca ropa produjeron una peligrosa combustión en el voluptuoso y juvenil cerebro de Tito. El tipo se volvió loco, infló los pulmones para sumergirse y desplegó todo su ardor bajo la superficie.

El testimonio de la mujer me lo acuerdo de memoria. “Fue como un desesperado y les tocó el culo abajo del agua a todas las chicas que pudo. Lo tuvieron que sacar entre varios muchachos amigos porque querían lincharlo. Lo metieron en el camión y se quedó toda la tarde ahí encerrado, agarrado de las rejas como un preso, mirándonos con tristeza sin poder salir por lo que había hecho”.

Pobre Tito, convicto del delito de impudicia acuática en una olvidable playa del sur santafesino. Pobre también del pacato que privó a esa nota de un majestuoso cierre con esa cita textual. Mejor ni averiguar quién fue.
POR HERNAN LASCANO

lunes, 31 de diciembre de 2012

Harto de Messi

lunes, 31 de diciembre de 2012 3
Esta Navidad no hubo mucho Papanoel, ni películas temáticas en Canal 3, ni siquiera demasiada pirotecnia. Hubo sí saqueos en Rosario, pero ni siquiera eso alcanzó para que la carita de Lionel Messi dejara de aparecer día y noche en cualquier medio impreso, audiovisual o digital que se precie de tal. De milagro no lo vimos disfrazado de Santa Claus (poco faltó para que LaCapital.com.ar publicara una foto del futbolista posando con un gorro rojo, hasta que se descubrió que la imagen era de 2006). El impecable John Carlin escribió hace unos días que Leo Messi fascina al planeta cuando tiene el balón en sus pies y carece de interés público cuando no. Lo segundo no ocurre en Argentina, mucho menos en Rosario.

Era previsible que un tipo que hizo 91 goles en un año fuera elevado al rango de semidiós en el rincón del mundo que lo vio nacer. Pero resulta que a Messi lo sacan en camilla y es noticia de tapa, le emboca tres al Raja Casablanca y es récord de algo, firma quince autógrafos con una cara de traste inimitable y el video está en todos los portales, va a la casa de la tía y es el titular más leído del día, y no hay más sobre Messi porque nadie pudo averiguar si en Nochebuena cenó pollo o chancho. Messi, Messi, Messi y Messi, harto ya estoy de ese endiablado gambeteador.

El tipo es insuperable, no hay ninguna duda. Basta verlo acomodar el cuerpo después de meter un enganche imposible y antes de clavarla en el ángulo para entender que es imposible que exista otro como él. En este mismo blog alguien escribió alguna vez sobre el muchacho del diez en la espalda, por cuestiones extrafutbolísticas pero sin que el autor pudiese evitar dejar en claro su admiración por las cuestiones futbolísticas. Eran otras épocas, ahora ya cansó. No Messi, quien se muestra poco afecto a todo aquello que no incluya una pelota rodando delante de sus pies, sino los titulares que se enorgullecen de que nuestro rosarino haya batido el récord de asistencias en una temporada, el récord de goleador en mayor cantidad de finales, el récord de pichichis, el récord histórico de goles en una primera vuelta y el récord de platos de fideos comidos en una concentración del Barça. Los medios me hicieron odiar a Messi.

Hastiado estoy de ver su cara cada vez que prendo el televisor. Y es que no puede ser que alguien tan genial, que puede hacer cosas tan emocionantes sólo con sus pies y un balón, tenga además tanta suerte. No debería ser justo que un mortal con semejante don sea el poseedor de la mejor de las fortunas. Y con fortuna no me refiero al dinero, estoy seguro de que a Messi no le interesan demasiado las cuentas bancarias, las tasas de interés en Europa, ni siquiera el nuevo descapotable o una lanchita, a Messi solamente le importa la pelota, tener una pelota entre sus pies, tener pies para patear una pelota. No le interesan ni los botines Nike, ni Hugo Chávez, la muerte de un oso polar o El Hobbit a 48 fotogramas por segundo, le interesa la pelota.

Cuando hablo de fortuna me refiero a que el arquero del Benfica bien podría haber lesionado a nuestro héroe cuando le faltaban dos goles para alcanzar el record del Torpedo Muller. Y también que al tipo todavía le quedaban cuatro partidos para lograr la gran proeza, y va y los mete en el primero nomás. Dolina dice que Messi ni siquiera tiene la épica de otros futbolistas que consiguen una hazaña en el último minuto, con el hombro dislocado, el árbitro en contra y los once rivales colgados del travesaño. No, ni siquiera eso, Messi siempre la hace fácil. Gambeta grácil, pique imparable, sus compañeros se la devuelven redonda, tic tic, enganche milimétrico, zurdazo inalcanzable y el arquero contrario revolcado comiendo pasto. Todos estamos esperando en cada partido el mejor gol del mejor del mundo, y el tipo lo hace, listo. Está en otra dimensión. Tiene la suerte de Palermo y el Gallego González juntos, y el talento de Maradona y Pelé. ¿Cómo no odiar a alguien así?

Y si no tiene épica, menos todavía carisma, verborragia o siquiera temperamento. Cuando no hay una pelota a menos de cien metros Messi es anodino, desesperantemente insípido. Imposible que produzca un título decente, da igual escuchar una declaración suya de noviembre de 2009 o de ayer, siempre dirá lo que se debe decir en frases jamás superiores a las siete palabras. ¡Y ese peinado! En esa cara que no aporta nada, que parece un personaje de South Park, que bien podría estar sobre el cuello de una maestra de Instrucción Cívica o de un asesino serial mientras degolla degüella a su víctima, es lo mismo.

Y todavía queda mucho Messi por delante. Falta el record de Pelé y el campeonato del mundo con Argentina, falta que en una temporada haga solamente 32 goles y todos los programas deportivos se pregunten qué le está pasando, que erre un penal en las eliminatorias, que lo silben, que eluda a los once rivales él solito en una sola jugada, que lo ovacionen, que haga 105 goles en un año y que invente una nueva forma de pegarle a la pelota. ¿Qué va a hacer Messi en enero, cuando vuelva la liga? Un golazo, claro. Y dos asistencias. Como para no odiarlo. Pobre Messi.



POR HERNAN MAGLIONE

jueves, 29 de noviembre de 2012

El rediseño de La Gaceta de William

jueves, 29 de noviembre de 2012 5
La consultora Visión estaba integrada por un diseñador gráfico daltónico y por un periodista que se destacaba por sus problemas de sintaxis y ortografía, aunque descollaba por su paupérrima dicción. Viajaban por todo el mundo ofreciendo tres formatos de periódicos que usaban según su conveniencia: el sensacionalista, el conservador y el "popular sin mayores pretensiones". Se conocieron dos meses después de haber sido despedidos del diario donde trabajaban, aunque nunca se habían visto, porque rara vez concurrían al mismo. Juan Scarpio, el periodista, era un especialista en ecología y organizador de marchas en defensa del tatú carreta. Alensio Alugio diseñaba panfletos y revistas de distribución gratuita, porque no quería “venderse” a los grandes grupos empresarios. Ambos vivieron durante algunos años en La Miseria, una pensión que habitaba la bohemia artística y creativa. Y también ellos.

El diario
La gaceta de William había sido creada en 1807 por el pastor William O'Klein "para divulgar la palabra del Señor y fomentar el maltrato a los esclavos". Fundada en un pueblo con pocos habitantes alfabetos, fue conocido durante muchos años como "el único periódico que respeta la tradición oral". Sus textos, que mayormente se divulgaban de boca en boca, adquirían intencionalidades varias según el emisor del mensaje. De estilo conservador, tuvo en sus primeros años un rígido control de su contenido por parte de un comité de ética conformado por el mismísimo pastor y su hija, "la casta Margaret". Casi dos siglos más tarde ese seguimiento ético había dejado de hacerse. O'Klein y Margaret habían fallecido. Muchos años después, a comienzos de la década de 2010, William O'Klein XV pretendía mantener vivo el espíritu de su fundador aunque no su ideología. En tres años había cambiado cuatro veces de línea editorial. Fue, por ejemplo, ecologista en 2008, cuando los Verdes de Wichita pusieron un aviso dominical de página impar. Sin embargo, al poco tiempo defendió la instalación de la curtiembre Marshall, cuando sus dueños encargaron un suplemento, y se preguntó en tapa “¿Qué pretenden los sucios verdes?”. La búsqueda de una identidad era una constante y la pérdida de lectores un hecho que se acentuaba con el tiempo.

Las razones
El directorio de La gaceta no encontraba una explicación a la disminución de las ventas. En una de las tantas reuniones que se hicieron en el Salón de las Decisiones para evaluar este tema, el gerente comercial propuso publicar más suplementos de tejido y jardinería para “levantar la tirada”. El jefe de la planta impresora arriesgó: “Debe ser el papel… está viniendo muuuuuy malo”. La coordinadora de Marketing intentó con “hacer una campaña viral, a través de YouTube”. Y el mozo del bar de enfrente, que estaba sirviendo los cafés, dijo tímidamente “¿No tendrá que ver con el contenido periodístico?”.

“Muchas preguntas, pocos lectores” decía por esos días O'Klein XV, cuando no encontraba una explicación al dilema. Hasta que una noche en su casa abrió la Biblia y encontró la respuesta. En la página 48 había un volante de una consultora periodística. “Dejamos tu diario como nuevo” prometía el encabezado.

El desafío de Visión 
Scarpio y Alugio llegaron al diario con una serie de reconocimientos. Habían estado por América latina y el Caribe durante casi una década en varios medios impresos, muchos de los cuales ya habían desaparecido.

Para este trabajo Visión propuso una serie de reuniones a puertas cerradas. El hermetismo era tal que incluso una vez no pudieron salir de la oficina. La máxima de Scarpio, “Cuanto más sorpresa haya, más impactante será el cambio”, era en realidad, según sus propias palabras, “Si empiezan a ver cómo es la cosa, le van a buscar el pelo al huevo”.

Estuvieron así algunos meses, cobrando un sueldo superior al jefe de redacción, hasta que una tarde presentaron un pretencioso Manual de Estilo. Era un conjunto de hojas A4 abrochadas por el borde superior izquierdo. La primera era una carátula. La segunda tenía un prefacio. La tercera, una serie de agradecimientos. La cuarta una introducción. Y finalmente había dos páginas de desarrollo.

-Se preguntarán por qué tan poco, dijo el diseñador, que lo presentó ante el directorio. Taim is mani, dijo en un precario inglés sonriendo ante el auditorio.

Y leyó algunos ítems del capítulo “Consejos para que esto cambie”:
-Cambiaremos el formato a la mitad del actual. De este modo ahorraremos papel y espacio para llenar.
-Toda nota tendrá como máximo dos párrafos breves de cinco líneas cada uno. A la gente no le gusta leer.
-Los títulos incluirán, en lo posible, una duda. Para que el lector se interese hay que preguntar. “¿Sabías como le dicen al pastor?” es un buen ejemplo.
-Publicaremos una vez por semana un póster a dos colores, "La chica William", con una vecina ligerita de ropas.
-Hay que aprovechar la tecnología a full. Podremos copiar textos de Internet haciéndoles mínimos cambios. Es increíble cómo ahorraremos trabajo e, incluso, mano de obra.

La exposición siguió durante pocos minutos más hasta que concluyó con la presentación de un afiche.
-Este será el eslogan de la campaña callejera, gritó exultante. Así, en letras rojas y grandes, “Cambiamos porque usted cambió”, dijo orgulloso mientras señalaba una tipografía decididamente verde.

Luego de unos eternos minutos en que nadie dijo nada O'Klein XV comenzó a aplaudir tímidamente. En segundos eso se transformó en algarabía y en un canto futbolero: “No se va, La gaceta no se va, La gaceta no se va, La gaceta no se va!”. Todo en inglés, por supuesto.

Fuera del Salón de las Decisiones los periodistas, diseñadores y fotógrafos aguardaban expectantes. Eran las 22 y el diario estaba cerrando. Hasta que el director salió y dijo, efusivo:
-Muchachos… cambia todo! La edición de mañana sale con el nuevo formato y diseño!!!!

Decisiones apresuradas 
El primer número de la nueva etapa no se vendió como se esperaba. En realidad, no se vendió. Apareció tres días después de aquella noche y un día antes de la publicidad callejera que anunciaba el cambio.

Sin embargo a medida que los lectores conocieron el nuevo diario dejaron de comprarlo. Las ventas cayeron y algunos anunciantes desaparecieron. También muchos empleados emigraron en busca de otro medio donde trabajar.

Este desastre, no obstante, no pareció afectar a los descendientes del pastor O'Klein. A casi un año del rediseño, los integrantes de Visión estaban en un nuevo proyecto en Angola y el director de la Gaceta cerraba las puertas del bicentenario medio con un interrogante: “Tal vez la gente no esperaba ese cambio”.


POR JUAN C. ESCOBAR

jueves, 23 de junio de 2011

Ni Ibn Hazem, ni Ibn Jaldun

jueves, 23 de junio de 2011 1
"Giralda", de Marino Carlos *
Para iniciar la conversación apelé a los tópicos más obvios, redundantes y predecibles, como para asegurarme un código común, la empatía, digamos. Pindapoy, Naranjo en flor, esas cosas. Trinaranjus fue más difícil de explicar, para no hablar de la mención de Mónica y César, totalmente fuera de lugar, según me quedó claro apenas la proferí, al notar la apatía de mis interlocutores, sí, los nombré a ellos, no sé, como famosos naranjeros argentinos, me imagino, ya a esa altura habitaba yo una suerte de turbión, doctor, pero todo había empezado muchas horas antes aquel día, y yo creo que fue la rima, el nombre, algo, en ese simple cartelito, que me resultó extraño y sorprendente, y que de alguna manera disparó todo lo que vino después, de lo que me hago plenamente responsable, claro, pero intento responder a su pregunta acerca de las circunstancias y los disparadores de los lamentables sucesos que protagonicé y de los que nunca voy a terminar de disculparme. El cartelito me llamó. Y fue irresistible. Era apenas una hojita húmeda, desamparada, azotada por la lluvia. Un papelillo adherido a un muro, en una estrecha callejuela de esta maravillosa Sevilla. Pero tenía un mensaje para mí, según pensé en aquel momento mientras intentaba resguardarme del chubasco bajo angostos aleros. "Pérez Galdós, 2", decía, así, sencillito, real en su modesta existencia. Y ahora, días después, vuelvo a Sevilla para explicar lo sucedido entonces, y compruebo que ya no existe el negocio aquel, al que aquella vez llegué gracias a la indicación del letrerito. No, ahora vive allí un pintor, pero antes en ese local vendían "setas mágicas", tal como indicaba el minimalista, poético mensaje que fue el disparador, principio y causa eficiente de los sucesos que luego se desencadenaron: “Setas mágicas. Pérez Galdós, 2”, decía el cartel. Eso decía. Poesía pura, haiku perdido de Basho, treinta caracteres cargados de significación, al menos para mí doctor, que en medio de la lluvia, caminando sin rumbo fijo, me encontré con ese mensaje cifrado. Y me lancé entonces a buscar el misterioso sitio entre las laberínticas callejuelas. No fue fácil hallarlo. Sin indicación alguna más allá de un diminuto “dos” sobre la puerta de entrada, tan minimalista como el poema que lo anunciaba, el local de pronto se me apareció, en medio de la lluvia, empantanado en el silencio de aquella tarde invernal, cuando ya me daba por vencido. Era una suerte de caja azul, acerada y seca, de cemento crudo, granulado, gris intenso. “Hola, vengo por las setas”, le dije al joven que permanecía, en un estar-ahí Zen, detrás del mostrador transparente, de acrílico, que exhibía varias clases de productos que mis ojos no lograban captar: sólo percibía vacío, porciones de invisible nada. Muy pálido, pero con tonalidades azuladas que quizás, pienso ahora, provenían de las paredes del extraño local y que, de alguna manera, se le proyectaban en el rostro, el joven que atendía lucía envarado, recto, un señor Spock en viaje químico hacia la hibernación. Me advirtió que no eran setas frescas, sino “secas”. Intercambiamos algunas palabras sobre Ámsterdam, la mente y el precio. Me extendió el paquetito. Su diseño contrastaba en forma violenta con el entorno del local, que tenía algo de nave espacial. “Smell Pillow”, decía el envase, que combinaba tonos rojos, amarrillos, verdes, como para encandilar. “No es comestible”, advertía. “Coloque la almohadita debajo de su almohada antes de ir a dormir. Los mágicos efluvios lo ayudarán a conciliar un sueño profundo y reparador. No abra la almohadita. Elemento tóxico, no comestible”, decía el envase. Presa de cierta excitación, reconozco, y también con dudas por el misterioso contenido del abigarrado paquetito, me dirigí –la lluvia no me importó entonces–, hacia el diminuto cubil donde dormía, grande para calabozo o placard, pequeño para recibir el nombre de “habitación”. Allí, con mucha dificultad, hice exactamente lo contrario de lo que indicaba la advertencia del envase: deshice las duras costuras de la almohadita, extraje los secos hongos que contenía, y enseguida percibí el amargor en la boca, pensando que, de ser cierta la advertencia del envase, podía morir envenenado allí, solo, en un cubil de una pensión sevillana regenteada por un ex compañero de armas de Hugo Chávez, ahora devenido opositor a la Revolución Bolivariana. Mientras la saliva se mezclaba con las setas concebí la idea hacer la crónica aquella, señor juez, de hecho estaba aquí para trabajar, para intentar reflejar en notas periodísticas mis experiencias en esta maravillosa ciudad del Al Ándalus, Nomine Domine, ciudad con fragantes naranjos en las calles, ciudad edificada por Hércules, cercada por Julio César, ciudad gitana, de muros y torres altas, el Rey Santo, Garci Pérez de Vargas, el Guadalquivir. Sería una nota muy interesante, recuerdo que pensé entusiasmado ese día, y no era para menos, en un sitio con tanta historia, y entonces me dirigí a la catedral, la famosa catedral de Sevilla, la catedral gótica más grande del mundo, Patrimonio de la Humanidad. Una misa en hongos en la catedral de Sevilla, no podía fallar, digo, desde un punto de vista profesional señor juez …..pero todos sabemos que falló, y cómo falló, jamás escribí la nota y bueno, además sucedió todo lo otro, claro. Llegué a la catedral cuando la misa no había comenzado. Me senté en uno de los bancos. Esperé. Nada ocurría en la catedral, ni tampoco en mi mente, y me empecé a impacientar, ansioso, con un sabor amargo en la boca que no era metáfora. Esperé. Los más leves movimientos de las personas en los bancos llamaban mi atención y comprometían mis sentidos de forma notable. Seguí esperando. Cuchicheos afilados, lacerantes. Telas de prendas que se retorcían apenas pero lo conmovían todo. Y los pasos, los pasos de los que llegaban fingiéndose sigilosos, silenciosos, produciendo un estruendo brutal. Un paso tras otro, y otro más y otro más. Y otro, y otro, era insoportable, lo recuerdo y vuelvo a experimentar la horrible desazón. Seres cínicos, malditos, disfrazados de simples feligreses, se exhibían caminando a mis espaldas, como ejércitos en marcha, como hordas invasoras que se sentaban modositas a oír misa y a burlarse del inútil amargor en mi boca. Para acentuar el sentimiento de fracaso miré la libretita de apuntes en blanco, la Bic erecta en medio del estruendo de los pasos en la nave de la catedral, cada pisada una hecatombe, el Mar de los Sargazos, la Quebrada de Humahuaca, el Mar de los Sargazos, la Quebrada de Humahuaca…..y así y así…..y Erdosain…y así, en una sucesión que nunca olvidaré, porque todavía me aturde. Era un desfile maldito señor juez, una tremebunda mojiganga escondida tras el silencio bondadoso de unas pocas personas que caminaban lentas y se sentaban como momificadas, cínicas, protervas, se sentaban una a una, conforme iban llegando, sobre esos nobles bancos de oscuras y eternas maderas….libretita y Bic cruzaban miradas de frustración, pasmo y vergüenza cuando me puse de pie produciendo un ruido ronco …..ellos, momias inmutables, secos, quietos en medio del silencio, se sacudían la encrespada fauna cadavérica que intentaba metérseles por los oídos y las narices, como quien al pasar y con desgarbo se quita pelusas traídas por la brisa. Intenté calmarme mientras me alejaba. Me tracé un plan: iría, como quien disimula su impaciencia, a observar los afiches que se exhibían en la parte trasera del templo, lejos de las momias que me gritaban. Así ganaría tiempo hasta que comenzara finalmente la misa. Pero nunca imaginé, su señoría, que al intentar alejarme de aquel horror, de aquellos cínicos muertos que me gritaban en silencio, me toparía con aquello …pero bueno, lo cierto es que me puse a observar los anuncios. Se referían a reuniones parroquiales, campañas de beneficencia, y colectas, y la mayoría de ellos ofrecían imágenes de familias sonrientes, felices, apacibles. Lo logré, recuerdo que dije en un principio. Me sentí aliviado por un momento. Pero todo fue un engaño, doctor, una cruel engañifa. Pensé que si pasaba el tiempo, si lograba no ser aturdido por la danza de la muerte y la mojiganga, si el amargor en la boca comenzaba a servir para algo, quizás, pensé, se me revelarían finalmente todas las maravillas de aquella catedral, y podría escribir sobre la mezquita Aljama, Alfonso X el Sabio, y los espectros de los vikingos gitanos que vagan por el barrio de Triana desde el año 844. Pero me equivoqué, señor juez, me equivoqué. Los viejos esplendores del Al Ándalus me fueron negados. No se abrieron ante mí las puertas de la percepción. Ni el más allá del tiempo y los sentidos. Apenas un pobre más acá. No la otredad, la mismidad, el mismo magma del que vengo y en el que todavía me crío y chapaleo. Intentaré describirlo lo mejor posible, señor juez. Yo estaba observando uno de esos carteles, haciendo tiempo, como dije antes. Sí, en uno de esos carteles ocurrió. Era un padre de familia, de una de esas familias sonrientes que ilustraban los anuncios de las campañas benéficas. No, no me encontré con aquella joven poeta de belleza exquisita, indescriptible, que endulzaba con sus versos la corte de Abd al-Rahman IV al-Murtada. Ni con los secretos habitantes que vagaban por las noches en los magníficos jardines del Reino Nazarí de Granada. Nadie recitó “El collar de la paloma”, no. Ni Ibn Hazem, ni Ibn Jaldun, y menos el gran Ibn Rusd. No, no se me manifestaron. Sólo amargor, espera y silencio. Ni rastros de los delicados versos eróticos de Al-Mu’tamid ‘Abd Allâh Mwhammad ibn ‘Abbâd:

Se quitó el manto, una rama de sauce su
cuerpo, como el capullo que estallaba en flor.
Me sirvió el vino de sus miradas, de la
copa; a veces de su boca.
El toque de su laúd me embrujo; como si
oyera el rasgueo de espadas en los cuellos
enemigos.

Nada de eso hallé en la sagrada catedral. Sólo el horror, que me esperaba agazapado en los anodinos afiches de la beneficencia. Allí perdí la razón, señor juez. Fue un padre de familia, respetable, común, calvo, feliz y gris, y con luz propia. Sí, sucedió cuando lo miré fijo. El fulgor, el fulgor. No, no hablo del modesto brillo de una calva, hablo del fulgor, de la invitación del Averno, y del repentino efecto wawa que se apoderó de la realidad toda. Sí, él me invitó, nimbado, a salir del edificio de la catedral, él me lo dijo con sus rayos de luz. Y entonces Arlt, y el señor pelado que me dice “rajá, turrito rajá”, pero no….fue el fulgor, sí, literalmente vi. la luz, como Víctor Sueiro, que es un escritor argentino que cada vez que se muere escribe un libro….. sí doctor, fue la calva luz de aquel buen padre de familia la que me empujó a ganar la salida, sí, y a bajar las nobles escalinatas de la catedral de esa manera…..y me lancé a la calle, a conversar con los naranjos, con todo respeto, y después pasó lo que pasó……

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POR PABLO BILSKY

* Imagen por Marino Carlos from Santa Cruz de Tenerife, Spain (Giralda) CC-BY-2.0, via Wikimedia Commons

jueves, 9 de junio de 2011

Franco Explota

jueves, 9 de junio de 2011 5
Paseando bajo los árboles de la avenida Pedro Goyena, una tarde del invierno pasado mi sobrina Valentina me contó lo que le pasó a Franco Explota, inquietante drama en dos actos ocurrido en un jardín de infantes de Caballito. Se trata de un nene de cuatro años, como ella, que una mañana reciente tuvo un accidente por el que hubo que pedirle a la mamá que se arrimara lo antes posible a la escuela con un pantalón.

La nena hablaba con ademanes que la hacían soltarse de mi mano. Las palabras se abrían paso precisas entre gestos vitales acerca de cómo arrancaron al chico del salón y lo llevaron al baño, sobre cómo lo miraban los demás párvulos, de cómo pese al frío se abrieron en un santiamén todas las ventanas, del alivio general cuando la madre de la víctima acudió al rescate y todos los chicos, al verla aparecer con el pantalón de repuesto, estallaron en espontáneos aplausos de victoria. En cada frase de Valentina la vida retumbaba como los campanazos de una catedral.

El problema principal, dijo preocupada, había sido un petún. Le pregunté qué era un petún.

”Un pedo horrible”, dijo ella.

Quería que por nada del mundo se distrajera, que siguiera su relato como fuera, por lo que tuve que apretar las muelas para atajar la carcajada. Lo que me dobló fue el adjetivo horrible seleccionado por un espécimen de cuatro años, que puesto en combinación con el inaudito sustantivo tenía potencia como para tumbar un edificio. Un petún. También quedaba reverberando el nombre del protagonista de la desventura. ¿Pronunciaba mal ella? ¿Había entendido mal yo? ¿Era posible que el antihéroe de esta historia, para colmo de tragedias, se llamara Franco Explota?

Le pregunté a mi hermano cuando llegamos a su casa. Me contestó que el nombre completo del nene es Franco Alvarez Protta, pero que sus compañeros, por esas simplificaciones acústicas del lenguaje infantil, le llamaban Franco Explota. “Desde antes del pedo”, me aclaró.

Solamente a veces en las condiciones de formación de una historia los hechos suelen buscarse con los nombres para formar una asociación inseparable e inmortal. En la dictadura había un general corrupto y falsario que se llamaba Verdura. Franco Explota se hace célebre entre sus compañeros por su tribulación gástrica. Y en ese cruce milagroso ya está todo explicado. Nada con lo que se adorne la historia puede superar la alianza explosión-nombre. Y basta pronunciar petún en voz alta para advertir que la detonación no es cualquier cosa. Inténtenlo. Un petún es el cañonazo de un Panzer en Stalingrado, el avión de American chocando la segunda torre, un vapor maldito fabricado en Chernobyl. Como dijo Valentina, algo horrible.

El primero de quien oí que las historias acechan todos los días y en cualquier lado y que cualquiera que nos provoque impresión merece ser escrita fue del tipo por el que quise ser periodista. En realidad esa persona me hizo saber que el trabajo de periodista no era algo imposible pero que merecía esfuerzo, preparación y compromiso. Fue también el que me sugirió que la curiosidad y la desobediencia, como leería muchos años después en un libro de Angélica Gorodischer, no son un defecto sino una virtud y que las dos mueven al mundo.

Ese tipo se llama Horacio Del Prado. Lo conocí a los diez años, al final de los años setenta, en el edificio de Catalinas Sur, en La Boca, donde vivíamos ambos. Empecé a prestarle atención a la fuerza por su notoriedad casual e inmotivada: un individuo que de vez en cuando pasaba entre los jardines del barrio combinando trajes formales con zapatillas, no por esnobismo sino por distracción. Lo veía por las mañanas paseando a Mora, su perra, y por las tardes bajando del colectivo como un acróbata cargado de revistas y libros. Fue el primer adulto que al hablar conmigo me hizo sentir que me tomaban en serio.

Más o menos por el año 79 era secretario de Redacción de la revista Goles, un semanario que competía con El Gráfico, en condiciones desiguales pero con dignidad. Su biblioteca desordenada y enorme fue la primera que me causó el deseo de tener una. Con su mujer divina y serena me pasó lo mismo. A veces llegaba a visitarlo Alejandro, su hermano músico, que por esa época tocaba con Zitarrosa, luego famoso por “Los locos de Buenos Aires”.

En una de las pocas e inolvidables ocasiones que fui a su casa me advirtió que había que tomarse escrupulosamente en serio lo que nos llama la atención, así nos parezcan cosas insignificantes, porque lo pueril es lo más usual en la vida. Las anécdotas que cuenta tu viejo o tu abuelo, dijo, son muy importantes. Lo que se oye en la calle y en la iglesia, lo que te causa gracia, o disgusto, o incertidumbre, o miedo, todo eso sirve para escribir.

Me dijo también: “Sobre esa primera cosa que pescaste o que sentiste hay que concentrarse, pensar mucho, dar algunas vueltas, hasta que aparezca una idea propia”.

Por su influencia llevo hace años libretas que relleno, no sé para qué, con lo que escucho. El me dio a leer la impresionante crónica del fusilamiento de Severino Di Giovanni que escribió Arlt. Me habló de historias de futbolistas, de Haroldo Conti, de la importancia del uso del suspenso en los textos, de Kundera. Cuando le dije que intentaría ser periodista me anunció que el peor destino es esperar los temas adentro de las Redacciones.

Cerca de los veinte años anotó el nombre de tres colegas que conocía en Rosario —muy distintos entre ellos, me advirtió— a los que sugería contactara para ver si podían tirarme algún hueso. El papelito decía: Jorge Brisaboa, Bigote Acosta, Horacio Vargas. Pasaron dos años hasta que preparé una carpeta con cinco notas y me presenté en Rosario/12. Pedí hablar con Vargas y le dije que se las dejaba para que las viera. Temblé desde tocar timbre hasta salir. Qué desamparo, qué terror, qué soledad polar produce en uno el estado de expectativa.

Transcurrió un mes y una redactora de Rosario/12 que era compañera de la Facultad me avisó que Vargas quería hablar conmigo. Subí al edificio de calle Córdoba arrastrando las patas por las escaleras. Salió él con Guillermo Lanfranco y me llevaron a tomar un café. Abajo del diario que tenía en la mano asomaba la carpeta con las notas que le había dejado.

Pensé que me la devolvía ofreciéndome alguna palabra de horrendo consuelo, pero me dijo que iban a publicarlas a todas, que querían que trabajara con ellos. Hasta ahora, pese a no tener un mal pasar en este oficio, no recuerdo una alegría mayor a esa.

Como una década después le conté al Nene Vargas que un par de años antes de llevarle las notas un periodista de Buenos Aires me había sugerido ir a verlo por trabajo. Cuando le dije que era Horacio del Prado dijo: “Si hubiera sabido te daba laburo sin importar cómo escribías”.

Durante 18 años no supe nada de él hasta que un día lo llamé súbitamente. Nos juntamos en un bar del parque Lezama. Me sentía tan feliz con algo tan simple que no pude sino darle la razón retrospectiva: la mejor materia narrativa sale de las cosas sencillas. Nos quedamos hablando cinco horas. Me hizo gracia un elogio que hizo por algunas notas mías. “Tenés birome”, dijo. Ahora trabaja en Clarín en la sección de Enciclopedias, escribe teatro con éxito, tiene un programa de radio y un blog de fútbol con fieles seguidores, que se puede encontrar en la lista de recomendados del nuestro.

Lo acompañé hasta la parada donde en otro tiempo lo veía haciendo equilibrismo con los libros y revistas. Cuando se fue pensé en lo que me había dicho él hacía treinta años. Si en un lugar respira este oficio es en el prodigio de contar historias sencillas. Cuando no escribimos por obligación, cuando el tema nos empuja a hablar de él, la indiferencia será menos probable. Abro el diario esta mañana, en la semana del día del periodista, y aparece un panadero de un pueblo que cuenta qué pasó cuando, sin decirle a nadie y sin que nadie se diera cuenta, empezó a usar un 20 por ciento menos de sal en sus productos. Franco Explota obliga a hablar a Valentina y ella, traspasándome todo su placer al contar su aventura, me obliga a mí.

¿A qué tipo de público de hombres y mujeres se dirige?, le preguntaron a Arlt en 1929. “Al que tenga mis problemas: resolver de qué modo ser feliz, dentro o fuera de la ley”. Con todo respeto, linda consigna, maestro.

POR HERNAN LASCANO
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket