lunes, 11 de agosto de 2014

C.A.S.L.A.

lunes, 11 de agosto de 2014 1
Tekila. Así se llama mi perra. Porque mi hijo quiso que sea con K, sin alusiones políticas. Mi hijo ya no vive en Rosario, por supuesto que soy yo quien la saca a pasear. Una vez caminábamos por Pellegrini y Tekila decidió que era momento de hacer sus necesidades. Número 2, para más datos. Ese día jugaba Newell's en el Parque, y un hincha leproso que por allí pasaba decidió que sería una buena broma tirar un petardo al lado de Tekila mientras la pobre hacía fuerza en esa retorcida posición que adoptan los perros para hacer caca. Por supuesto, Tekila no hizo nada, se quedó con las ganas, por el cagazo, si se me permite el juego de palabras. No soy hincha de Newell's. Soy de C.A.S.L.A., Club Argentino Sin Libertadores de América. Desde que nací escucho ese chiste que sólo es divertido cuando hay un hincha de San Lorenzo para sufrirlo. Supongo que lo tengo bien merecido: me hice hincha del Ciclón para sufrir. Probablemente haya tenido cinco o quizás siete años. Mi tío me quería para hincha de Boca, creo que alguien en mi familia alguna vez dijo que el tipo incluso me regaló el conjunto completo azul y oro, a lo mejor no me acuerdo o no quiera imaginarlo siquiera. Mi viejo era del Cuervo, imposible saber por qué, pero seguramente haya sido una de las pocas cosas decentes que intentó inculcarme. Solamente sé que ese día un televisor blanco y negro mostraba una indigna derrota de San Lorenzo por paliza cuando en la pantalla apareció la vapuleada hinchada saltando, cantando, gritando desaforadamente como si fuese una goleada (a favor) en una final de la Copa Libertadores, una de esas que nunca jugamos en 106 años. Desde ese día soy hincha santo, con altibajos, por supuesto, la pasión por los colores futboleros es bastante irracional, idiota y esquizofrénica. Mi mujer jura a quien se le cruce que yo la engañé, que la hice creer que no me interesaba el fútbol, y no mucho después pasaba dos adorables horas de sufrimiento cada domingo. Supongo que me conoció en uno de mis períodos de apatía futbolística. El título del '95 con El Bambino coincidió con una época personal de euforia azulgrana, días en que me dejé vencer por las cábalas. Un tipo absolutamente racional como yo se convenció de que una pelotita rosa de gomaespuma tenía poderes sobrenaturales. O quizás tenía miedo de que fuese cierto y arruinara la carrera del Pampa Biaggio o Panchito Rivadero. Con esa pelotita rosa lo dimos vuelta en pocos minutos frente a Mandiyú, un rival a todas luces accesible que nos venía complicando el partido, y mantuvimos la racha invicta ante Deportivo Español, Platense, Huracán, Talleres y el Boca de Maradona y El Pájaro Caniggia. Es cierto que privé a mis hijos de uno de sus juguetes, pero no alcancé a arrebatársela a mi sobrina, que la mordió justo cuando empezaba Vélez-San Lorenzo, que perdimos 1-0 casi desde el arranque. Era la prueba irrefutable de los poderes de mi pelotita rosa. Lo terminaban de comprobar las lágrimas del Bambino el día que La Chancha Mazzoni, vistiendo los colores de Independiente, se convertía al mismo tiempo en ídolo de Estudiantes y San Lorenzo, campeón después de 21 años de sequía. Llegarían tiempos más holgados con los récords del Ingeniero Pellegrini y ya me sospechaba rehabilitado de la adicción a las cábalas, pero la final de la Copa Mercosur fue demasiado para soportarla como un hombre íntegro. Lloré encerrado en la oscuridad de mi habitación, con el locutor radial como única compañía y un arsenal de amuletos desperdigados sobre la cama. Era el primer campeonato internacional. Justamente frente a Flamengo, ¿quién hubiese imaginado entonces que el Mengão terminaría por ganarse mi simpatía después de tantos viajes a Rio de Janeiro? Ese 24 de enero de 2002 archivé todas las cábalas de mi vida en una caja marrón, en lo más alto de la biblioteca. Supongo que había cosas más importantes por las cuales preocuparse, veníamos de la caída de De la Rua y ya habían desfilado Puerta, la semana dorada de Rodríguez Saá y Camaño, y Duhalde prometía dólares de todos los colores. Duhalde, hincha de Banfield.

No volví a pisar una cancha. Nunca más. Es hermoso ir a la cancha, clavarse un choripán en la puerta, pisar la popular y encontrarse de repente frente a ese verde infinito-casi-fluorescente, putear a un par de jugadores propios (Ameli era el favorito en aquellos tiempos, apenas tocaba el césped le llovían los "¡fracasado!" y "¡muerto!" mientras aplaudíamos a Coloccini, Erviti y El Loco Abreu), mear a las apuradas en el entretiempo, adivinar las jugadas antes de que ocurran, captar la atención del vendedor de cocacola sólo con una mirada, cantar salvajadas contra los bosteros. Pero ya sabemos cómo son de idiotas las pasiones futboleras, sentarse en la popular se había convertido en un ejercicio de supervivencia que no me causaba gracia alguna, por lo que decidí resguardar mi integridad física y sufrir a San Lorenzo por televisión. Lo adopté como batalla ética, "la mejor forma de combatir a los violentos es no ir más a la cancha". Todavía era hincha, de los buenos, y me enojaba con los que se consolaban en las derrotas argumentando que estaba todo arreglado, "si está todo arreglado dejá de mirar fútbol y ponete a hinchar por Las Leonas". Intuyo que finalmente me convencieron de que estaba (casi) todo arreglado y mi fervor azulgrana se fue al carajo. Incluso descubrí lo divertido que era hinchar en contra de la selección argentina, para los periodistas deportivos es más indigno que recibir un dedo en el culo. Son incomparables las miradas de pulsión asesina al celebrar un gol de Perú en Eliminatorias o de Thomas Müller en cuartos de final. Llegué a contemplar con desapego crítico el reciente Mundial de Brasil. ¿Juegan España-Holanda? Hinchemos por la Madre Patria. ¿Robben la rompió? Que Holanda aplaste a los aussies. En la final me divertí filmando con una cámara estretégicamente oculta las reacciones desmedidas de mi mujer, ya sabemos cómo se ponen las mujeres en los Mundiales, me juró que si subía el video a YouTube tendría que recoger mis pertenencias de la calle.

Y resulta que después se muere Grondona. ¿A nadie se le ocurrió recordar que era un mafioso, un joputas con mayúsculas desde la H hasta la A? Más lejos quedé todavía de mi propio hincha, cuando la clasificación caminando ante Bolívar me recordó que C.A.S.L.A. seguía siendo el club sin Libertadores.

Hubo quien me señaló días atrás la inclinación natural del hincha de fútbol por hacerse de cábalas ante los momentos trascendentes de su equipo. "Las cábalas no se inventan, aparecen", le dije con altanero tono de filósofo moderno. Mi interlocutor era Hernán, no yo, claro, el otro Hernán que escribe en este mismo blog sobre temas mucho más interesantes y pertinentes. Hernán, hincha de River, no sabe que hace un par de días revolvía viejas cajas que juntan mugre en algún rincón cuando me encontré con un pequeño escudo de San Lorenzo. Quizás sea del '95, a lo mejor más viejo todavía. Tiene apenas dos centímetros de largo. C.A.S.L.A., dice, en letras ínfimas doradas sobre la chapa azulgrana. Ya sufrí el empate agónico de los paraguayos en la ida con mi nuevo-viejo escudito en el bolsillo. Voy a sufrir la final en mi nuevo televisor de 42 pulgadas, HD, donde todo se ve como en la popular. El tele está en mi habitación, mi perra Tekila eternamente a los pies de la cama, siempre rascándose las pulgas e interrumpiendo mi visual en el momento menos apropiado. A lo mejor se convierte en cábala.

Difícilmente vuelva a ser el hincha de la pelotita rosa. Pero ya es hora de que cambien ese chiste viejo, obvio, aburrido. Ya fue suficiente. Los bosteros, que se hacen pis en la cama la noche antes del clásico con C.A.S.L.A.; los gallinas, que tienen dos Libertadores en cuatro finales pero también se fueron a la B; los del Rojo, que para qué dar detalles acerca de su presente; los de Racing, que siguen celebrando un gol en blanco y negro; los canallas, que alguna vez fueron gentlemans que reprimían las burlas dirigidas a sus buenos primos; los leprosos, que se muerden los codos cuando se dan cuenta de que tranquilamente podrían estar jugando esta final e incluso salir campeones sin demasiado mérito... ¿Todavía estamos a tiempo de perderla? Claro que sí, si nacimos para sufrir. ¿Club Argentino Sin Libertadores de América? Sí, y nadie se murió por eso. Si le preguntan a Tekila, lo único que importa es que un hincha no te tire un petardo mientras hacés caca en avenida Pellegrini. ¿Ganar la Libertadores? Qué lindo sería...

POR HERNÁN MAGLIONE

miércoles, 16 de julio de 2014

Memoria, helado y gol

miércoles, 16 de julio de 2014 2
Durante el Mundial me pregunté una vez más cómo hacen los periodistas deportivos para recordar tanta estadística futbolística útil e inútil. Leo en una página web: “Resultados: 2-1, 15 veces; 1-0, 11 veces; 0-0, 6 veces....”. El conteo de presidiario sigue y aún no entiendo qué suma.

Más.

Dos de los 32 entrenadores “tienen pasado como maestros escolares: el uruguayo Oscar Washington Tabárez y el alemán Ottman Hitzfeld, muy riguroso en sus clases matemáticas”. Un dato tan interesante como ver un documental de suricatas un sábado a la noche.

Otra. Estadística cabulera; “Argentina nunca perdió una semifinal”. ¿Este dato implica que no puede haber una primera vez si los equipos cambiaron tanto como el tiempo?

La última.

“El (jugador) de más metros recorridos hasta el momento es Celso Borges, con 60 kilómetros y 421 metros”. ¿Se refieren al mediocampista de Costa Rica que juega en Suecia o a un fondista?

De todos modos, algo me llama la atención y me provoca envidia, más que este festival del recuento. Me sorprendo al escuchar cómo mis compañeros de deportes del diario o algunos hinchas recuerdan al detalle jugadas y goles. “En el 88, en la penúltima fecha, Independiente le ganó 2 a 1 a Deportivo Armenio y salió campeón”, me contó alguna vez un fanático del Rojo antes de comenzar a describirme cada gol de Bochini durante ese año. Con precisión obsesiva y lujuriosa lograba meterse, 26 años después, en esa cancha.

En otra oportunidad escuché a un hombre bastante mayor que podía relatar sin parar cada gol de Omar Sívori, como si los hubiera convertido ayer. “En el 54, Sívori tenía 17 años, y jugaba en River. Entró contra Lanús, nada menos que para reemplazar a Labruna, y anotó el quinto gol a los 41 minutos del segundo tiempo. Era un capo, lo vendieron a la Juventus de Turín y con ese dinero, los millonarios terminaron de construir el Monumental...”, me dijo.

¿Cómo pueden? ¿Los hinchas recuerdan con la cabeza o con la pasión? No podría memorizar algo así salvo espiando en el Google aunque cuando apago la computadora me olvido.

Me fascina esa capacidad del futbolero profano: almacenar y recordar datos. Creo que lo logran porque estudian. Sí, muchos de ellos no lo saben pero estudian más que un alumno de la facultad. Si el partido se juega un domingo, leen y escuchan todo lo que pueden en la previa. Si van a la cancha, se calzan los auriculares (antes se pegaban la Spica en la oreja). Escuchan lo que están mirando. Cuando salen comentan lo vivido: analizan, charlan y discuten. Después ven otra vez las jugadas por la tele. Y el lunes (por eso la sección deportiva es venerada el primer día de la semana) van a un bar, agarran el diario, sacan el suplemento deportivo y desechan el resto. Leen el partido otra vez. Los futboleros estudian porque les gusta el fútbol. Lo que gusta, lo que seduce, se aprende. Y lo que emociona también, aunque esa emoción tenga algo de bochorno.

De eso sabe bastante mi papá que hace años me cuenta el mismo gol.

Mi papá nació en Chabás. Ahí se hizo hincha rabioso de Racing (antes de vivir en Rosario y convertirse en un hincha enfermo de Central). El 4 de noviembre de 1967 Racing jugaba la final con el Celtic de Escocia por la Copa Intercontinental, en Montevideo. Mi papá tenía 30 años y mi mamá, 24.

Decidieron ir.

Mi mamá, también de Chabás, conocía su pueblo, un poco de Rosario, y algo de pasada Buenos Aires. Nada más. Por eso siempre cuenta que ese viaje en barco a Montevideo fue “lo más” para ella. Todo era una novedad. Tal es así que cuando entró al estadio Centenario y lo vio atestado de bote a bote, le preguntó a mi papá: “¿Cuántos millones de personas hay?”.

Cuando llegaron a Montevideo, cambiaron dinero en el centro y compraron dos plateas. Primer bochorno. Dicen que al llegar al estadio Centenario hicieron una larga cola. Y cuando las entregaron escuchó: “No pibe, estas son falsas”. Dieron vuelta como poseídos por toda la cancha hasta que consiguieron dos populares. Entraron.

En Uruguay las cosas no estaban bien ni en lo social ni en lo económico ni en lo político. Había cierto rencor con los argentinos que se potenciaba, como suele pasar, con el fútbol. Mi papá hace la lectura de ese momento desde lo gastronómico.

Dice que fueron a cenar y pidió un bife. “Si querés comer carne andá a tu país”, le sugirieron. Segundo bochorno.

Uruguay atravesaba un contexto generalizado de crisis: sueldos congelados, precios por las nubes y una inflación del 182 por ciento. No sólo escaseaba la carne. O sea, el horno no estaba para bollos y mucho menos para tolerar el entusiasmo futbolero extranjero, en un país que se había quedado fuera de la Copa Libertadores. En ese contexto, mi papá y mi mamá entraron a la cancha, poblada por simpatizantes de Peñarol que hinchaban para el Celtic.

“Mirá”, le dijo mi papá a mi mamá, “tenemos que llegar hasta allá arriba, si alguien te mete mano debajo de la pollera no digas ni mú o se arma”. Mi mamá que era (y es) una mujer muy linda llevaba puesta una minifalda de la época, color tostada, una camisa escocesa, mocasines y cartea al tono. Y así, asustada y advertida, enfiló sin chistar hacia lo alto de la popular.

Según mi papá, que apela como buen futbolero a su memoria, el partido no era gran cosa pero se sentía áspero.

A los 37 minutos del primer tiempo cada equipo se quedó con un jugador menos: Alfio Basile y Lennox. Y en el arranque del segundo, el árbitro paraguayo Rodolfo Pérez Osorio le sacó una polémica roja a Jimmy Johnstone, figura de el Celtic. Mi mamá miraba como si todo fuera su primera vez. Todo. Hasta que empezó a aburrirse y vio pasar a un heladero.

Minuto 52 del partido. “¿Me comprás un helado?”, dijo ella. El con cierto fastidio se dio vuelta y llamó al heladero.

Minuto 54 del partido. El tipo se acercó a ambos desde arriba, subió un pie en un escalón y sobre la pierna apoyó la heladerita de telgopor. Buscó el helado.

Minuto 55. El heladero le dio el helado a mi mamá y mi papá sacó la billetera y le dio la espalda a la cancha. Impaciente, mirando hacia atrás y hacia delante, esperaba el vuelto. De golpe, en un segundo, miró cómo todos los hinchas que entraban en su campo visual gritaban Goooooooooooooollllll. Detrás de su nuca, Gooooooooooooolllllllllllllll. Era el minuto 56 del partido. Gooooooooooooooooooooooooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!

El Chango Cárdenas había metido un zurdazo de media distancia. Mi papá no lo vio.


“Cárdenas, abierto Maschio a la izquierda, Cárdenas, gooooooooooooool de Racing, terrible impacto de Cárdenas, la Argentina en ventajaaaaaaaa”. Así lo grito Fioravanti. Así, en blanco y negro, lo escuchó mi papá al llegar a Rosario. Así lo cuenta él, una y otra vez de memoria, hasta el día de hoy. No se olvida más de ese viaje, ni de la genialidad de Cárdenas, ni del helado.

POR LAURA VILCHE

viernes, 11 de enero de 2013

El tocador de culos de la laguna de Melincué

viernes, 11 de enero de 2013 2
No pasaba nada, cada uno tragado en la opacidad de su pantalla, el tedio pegado a las caras como una mancha de humedad, ni siquiera voluntad de mover las patas hasta el dispenser de agua para hacer el mate. Uno arma estrategias para escaparle a la muerte pero en ese arranque de sábado lo más digno era morirse. Igual no hay que hacerse ilusiones. En la Redacción la muerte nunca llega. De llegar tendríamos la confirmación de que está pasando algo. Nada de eso. En la Redacción se vive en modo de ahorro de energía, 40 pulsaciones por minuto, una suspensión amodorrada que sólo se interrumpe para que nos cercioremos de que no estamos muertos. Apenas muriendo de a poco.

Alguien de la Secretaría dijo que parecía que le habían robado una fortuna a un ferretero en su casa en la zona sur. Es inimaginable, cuando un superior sugiere que algo pasó, el sesgo tenebroso y depravado contenido en la palabra parece. Ese odioso vocablo es como meterse en el Riachuelo: el agua está ahí pero a medio centímetro de profundidad es imposible ver o encontrar nada. “Che, parece que hay cuatro muertos por Pellegrini al fondo”. “Parece que a Luciana Aymar la violaron en un bar del Paseo del Siglo”. “Hay un asalto en una financiera y lo tendrían de rehén a Julio Orselli, parece”. El camino más corto de lo improbable al delirio es la palabra parece.

Con la agilidad de una grúa nos pusimos en marcha. Ni la comisaría de la zona, ni el comando radioeléctrico ni el tribunal de turno tenían la menor de lo que preguntábamos. Encaramos al secretario y le dijimos de dónde había sacado el asunto. Así nos enteramos que la especie se había originado en un ex mandamás de la Redacción que, parece, era vecino del ferretero saqueado. 

Allí fue nuestro man. Tras horas mendigando en las tinieblas con los datos nulos o inexactos que se ofrecen para hallar oro ubicó el domicilio de la víctima a tres cuadras del lugar indicado. La puerta de la casa se abrió y apareció una mujer que confirmó ser la esposa del comerciante. A los minutos asomó el ferretero. Era jubilado, había pasado los 70 largos pero seguía en su negocio. Comentó el redactor que se lo veía contrahecho, como extraviado adentro de su ropa, con una expresión de resignación transferida de la cara al cuerpo todo.

La mujer empezó a hablar, él parecía no tener las fuerzas para hacerlo. Ella contó que la tarde del día anterior tocaron el timbre de su casa dos hombres de buen aspecto, bien vestidos y sobrios. Estaba sola porque el ferretero a veces aprovechaba la hora de la siesta para ir un rato al casino. Con un ardid los tipos se metieron en la casa, la dieron vuelta de arriba abajo y se llevaron un cuarto de millón de pesos.

“Menos mal que él no estaba —decía, protectora y resignada, señalando a su marido— porque se habría mortificado mucho sin poder hacer nada. Ya ve, estamos indefensos, somos gente grande”.

Cuando terminó el relato el hombre, que había permanecido alicaído, casi ausente hasta allí, se levantó para acompañar a la puerta al periodista. Cuando estaban en el umbral le puso una mano en el hombro, paternal, con una bondadosa sonrisa de abuelo a prueba de cualquier tribulación.

Fue el gesto anticipatorio de unas pocas palabras. Le dijo que se sentía agradecido de que un diario importante llegara a su casa a preocuparse por lo ocurrido. Pero que eso lo obligaba, ahora que su mujer no oía, a sincerarle algo más.

“Mire muchacho, que nos robaron es cierto. Pero cuando entraron esos tipos a casa yo no estaba en el casino. Estaba enfiestado en un mueble. Me di una biaba bárbara con dos negras divinas.”
Pocas cosas tienen vitalidad más sublime que el momento en que un periodista cuenta la buena historia que trae al llegar a la Redacción. Sobre todo, como fue este caso, si el relato reproduce gestos y climas del contacto humano. La distancia entre apariencia y revelación inesperada, el salvaje contraste entre la fragilidad del viejo y su disoluta maratón sexual, el tono en que el asunto fue reportado oralmente por nuestro compañero hizo que nos mandáramos abajo de los escritorios rugiendo como indios apache. Varios querían ir ahí mismo a conocer al viejo.

Pero cuando dejamos de reírnos llegó el soplido de frustración. Saber que la parte más alucinante del suceso era la más reservada, que sólo había sido dicha bajo un compromiso tácito de privacidad y por lo tanto no estaría en el diario del día siguiente.

Qué decepción. Deshacerse justo del detalle que uno se muere por compartir es un costado ingrato del oficio. Acá no hay discusión sobre lo que debe obviarse. Pero esto nos lleva al problema siguiente. ¿Cómo abordar lo impronunciable? ¿Qué hacer con lo indecible? ¿De qué modo arreglárselas para no mandar al destierro a esos detalles poderosos cuya mención puede producir dolor o mandarte a Tribunales?

Ocurre que en este terreno baldío hay cosas por diferenciar. Por supu que hay situaciones o pormenores a no difundirse. Pero esto a veces nos hace pecar por exceso. Y en esas desmesuras rebanamos algo que es un tremendo quebranto en el periodismo actual.

Con frecuencia diaria me pregunto por qué el sentido del humor es un bien negado en los textos de un diario. En La Capital el humor no existe como pretensión o como pauta. Cuando se deja ver se infiltra involuntariamente y de la forma más ruinosa. Por ejemplo, cuando en un suplemento aparece la publicidad de un alimento para perros ilustrada con la foto de un gato. Más gracioso y más trágico cuando aparece por segunda vez en el mismo suplemento a la semana siguiente. O cuando en un epígrafe que intenta anunciar la proeza del goleador del clásico de un pueblo, el verdugo de Arequito, se produce una inversión de tipeo entre la d y la g de verdugo, concediendo al delantero un poder extrafutbolístico de horrendas resonancias.

Raro porque los efectos de comicidad producen adhesión, ya lo escribió Freud hace mil años, y el humor está en la calle todo el tiempo, impregnando cada cosa de la que los medios se ocupan. Lo pensaba el día de la tormenta pre saqueos que inundó la ciudad, arriba del 123, cuando escuché a una mujer que, celular en mano, le decía al chofer:

—Pensaba mandarle un mensaje a mi hermana pero se murió...
—¿Qué hermana?
—El teléfono, pelotudo...

¿Por qué en una nota que refleja los problemas que tuvieron los usuarios de servicios por el temporal no hacer entrar de costalete algo así? En todo caso, qué decir, podemos suavizar, cambiar pelotudo por mamerto, aunque no es lo mismo.

En Policiales, donde la materia usual que entrama los textos es la tragedia, el humor tiene una sinuosa omnipresencia. Si nos referimos centralmente al sufrimiento y a la muerte es complejo abordar este rasgo. Pero así como no hay velorio donde no se hagan chistes, en casi todo drama policial rezuman costados satíricos que pueden ser explosivos, casi siempre relacionados con la violencia, la sorpresa o el sexo. “Esa vieja costumbre inglesa de bromear en medio del dolor”, dice De Quincey en Asesinato como una de las bellas artes.

En medio de la investigación de un crimen impresionante, hará unos cinco años, voló de su puesto el jefe de Homicidios. Un farmacéutico que había sido baleado en su negocio apareció dos meses después atado con alambre de pies y manos adentro del baúl de un auto con un tiro en la cabeza y un fajo de billetes en la boca.

La pesquisa arrancó con sugerentes oscuridades. La manejaba un juez fogueado en una ida y vuelta entre la política y el mundo jurídico, con más cancha y mañas que el Coco Basile. El tipo cazó desde el arranque que el oficial que manejaba la investigación policial coincidía varias veces en el mismo lugar con la mujer de la víctima. El que terminó de pescar que la cosa era más que casualidad fue el secretario penal. Finalmente el juez llamó al cana y se encerró con él en su despacho.

“Me dicen que usted habría trabado relación con una testigo que sobrepasaría intereses estrictamente investigativos”, dijo el juez.

Viéndosela venir, el policía aceptó con la cabeza.
“Si entiendo bien –dijo el juez– usted me reconoce que se está garchando a la mujer del muerto”.

"Sí”, dijo el policía.

“Estimado, yo no soy un moralista. Cójase a quien quiera y donde quiera, pero no en un expediente mío. Despídase de su puesto de jefe de Homicidios”.

Miles de anécdotas graciosas recorren la producción de una nota. Hace un par de años recibí una lección de didáctica policial al preguntar a un comisario cómo habían dado con el ladrón de un empresario de Alberdi. El tipo engoló la voz y, menos por motivos éticos que prácticos, echó un sermón contra la tortura. “Yo estoy en contra de los apremios ilegales porque te pueden anular una investigación. Pero si uno busca un acto de sinceridad no hay nada como un golpe bien puesto. Sobre todo ruidoso. Yo lo llamo el bife pedagógico. Lo más efectivo es el ruido. Se quedan con la boca abierta, después hablan y la próxima antes de ponerse insolentes lo piensan”.

Yo pido humor en el diario. Ahora, ¿cómo cazzo reportar lo del bife pedagógico? ¿Cómo el trasfondo del relevo del jefe de Homicidios? Hay una línea de alta tensión entre derecho a la intimidad y a informar con veracidad, entre legítima pretensión satírica y necesidad de no ofender, entre lo relevante y lo irrelevante, entre lo constatable y la desmentida o la amenaza del juicio. Implicarse en la comicidad requiere además de una gran destreza narrativa: para desatar un efecto de hilaridad sin irse al alambrado hace falta una sutileza que no se aprende en ningún taller de Redacción.

Pero poniendo tanto celo en salvarnos de un reproche, aunque acaso más que nada por la escasa inclinación a experimentar, a zafar del molde, en los diarios nos tragamos el humor cotidiano. Los textos suelen ser un embole, como armados por un mismo viejo resentido que sólo quiere jubilarse y uno termina encontrando en la soltura de los blogs un refugio atómico contra los bodrios. Tom Wolfe, que generaba efectos eléctricos con un sentido humorístico exuberante, protestaba contra los escritos periodísticos diarios, que le parecían un plomo como la voz típica del locutor, algo tan horrible como descubrir que la persona que te gusta usa calzones “de tono beige pálido”.

No se reduce a eso, pero la disyuntiva a menudo pasa por resignar un elemento magnífico o que te esperen a la salida del diario para cagarte a trompadas. El año pasado fue el juicio en el que condenaron a dos hermanos que en un campo de Córdoba mataron a un productor agropecuario de San José de la Esquina y a su pareja. El tipo era popular en su zona, militante agrario, uno de los ricos del pueblo. Se llamaba Tito y tenía 71 años. El caso reunía los ingredientes para convertirse en gran historia de fin de semana y por eso mandamos a un corresponsal a armar un perfil a la zona.

En las charlas sus vecinos históricos fueron unánimes en definir a Tito como prepotente, muy fácil de engranar e irse a las manos por nada. Recordaban además que tenía una locura total por las mujeres, cualidad que no decaía con los años.

El informe que mandó el corresponsal estaba lleno de coloridas anécdotas de personas que lo conocían. Todas coincidían en lo mismo: un tipo soberbio, frontal, algo avaro y con las mujeres más caliente que una estufa. Entre todas las historias sobresalía una con el que el reportero, no mal rumbeado, cerraba el informe.

La contaba una mujer que había hecho la secundaria con el finado. Un domingo de verano de hace cincuenta años un grupo de amigos hizo una excursión a la laguna de Melincué en un camión jaula, de esos que se usan para transportar ganado. El calor en la orilla, la cantidad de gente, los cuerpos apretados y con poca ropa produjeron una peligrosa combustión en el voluptuoso y juvenil cerebro de Tito. El tipo se volvió loco, infló los pulmones para sumergirse y desplegó todo su ardor bajo la superficie.

El testimonio de la mujer me lo acuerdo de memoria. “Fue como un desesperado y les tocó el culo abajo del agua a todas las chicas que pudo. Lo tuvieron que sacar entre varios muchachos amigos porque querían lincharlo. Lo metieron en el camión y se quedó toda la tarde ahí encerrado, agarrado de las rejas como un preso, mirándonos con tristeza sin poder salir por lo que había hecho”.

Pobre Tito, convicto del delito de impudicia acuática en una olvidable playa del sur santafesino. Pobre también del pacato que privó a esa nota de un majestuoso cierre con esa cita textual. Mejor ni averiguar quién fue.
POR HERNAN LASCANO

lunes, 31 de diciembre de 2012

Harto de Messi

lunes, 31 de diciembre de 2012 3
Esta Navidad no hubo mucho Papanoel, ni películas temáticas en Canal 3, ni siquiera demasiada pirotecnia. Hubo sí saqueos en Rosario, pero ni siquiera eso alcanzó para que la carita de Lionel Messi dejara de aparecer día y noche en cualquier medio impreso, audiovisual o digital que se precie de tal. De milagro no lo vimos disfrazado de Santa Claus (poco faltó para que LaCapital.com.ar publicara una foto del futbolista posando con un gorro rojo, hasta que se descubrió que la imagen era de 2006). El impecable John Carlin escribió hace unos días que Leo Messi fascina al planeta cuando tiene el balón en sus pies y carece de interés público cuando no. Lo segundo no ocurre en Argentina, mucho menos en Rosario.

Era previsible que un tipo que hizo 91 goles en un año fuera elevado al rango de semidiós en el rincón del mundo que lo vio nacer. Pero resulta que a Messi lo sacan en camilla y es noticia de tapa, le emboca tres al Raja Casablanca y es récord de algo, firma quince autógrafos con una cara de traste inimitable y el video está en todos los portales, va a la casa de la tía y es el titular más leído del día, y no hay más sobre Messi porque nadie pudo averiguar si en Nochebuena cenó pollo o chancho. Messi, Messi, Messi y Messi, harto ya estoy de ese endiablado gambeteador.

El tipo es insuperable, no hay ninguna duda. Basta verlo acomodar el cuerpo después de meter un enganche imposible y antes de clavarla en el ángulo para entender que es imposible que exista otro como él. En este mismo blog alguien escribió alguna vez sobre el muchacho del diez en la espalda, por cuestiones extrafutbolísticas pero sin que el autor pudiese evitar dejar en claro su admiración por las cuestiones futbolísticas. Eran otras épocas, ahora ya cansó. No Messi, quien se muestra poco afecto a todo aquello que no incluya una pelota rodando delante de sus pies, sino los titulares que se enorgullecen de que nuestro rosarino haya batido el récord de asistencias en una temporada, el récord de goleador en mayor cantidad de finales, el récord de pichichis, el récord histórico de goles en una primera vuelta y el récord de platos de fideos comidos en una concentración del Barça. Los medios me hicieron odiar a Messi.

Hastiado estoy de ver su cara cada vez que prendo el televisor. Y es que no puede ser que alguien tan genial, que puede hacer cosas tan emocionantes sólo con sus pies y un balón, tenga además tanta suerte. No debería ser justo que un mortal con semejante don sea el poseedor de la mejor de las fortunas. Y con fortuna no me refiero al dinero, estoy seguro de que a Messi no le interesan demasiado las cuentas bancarias, las tasas de interés en Europa, ni siquiera el nuevo descapotable o una lanchita, a Messi solamente le importa la pelota, tener una pelota entre sus pies, tener pies para patear una pelota. No le interesan ni los botines Nike, ni Hugo Chávez, la muerte de un oso polar o El Hobbit a 48 fotogramas por segundo, le interesa la pelota.

Cuando hablo de fortuna me refiero a que el arquero del Benfica bien podría haber lesionado a nuestro héroe cuando le faltaban dos goles para alcanzar el record del Torpedo Muller. Y también que al tipo todavía le quedaban cuatro partidos para lograr la gran proeza, y va y los mete en el primero nomás. Dolina dice que Messi ni siquiera tiene la épica de otros futbolistas que consiguen una hazaña en el último minuto, con el hombro dislocado, el árbitro en contra y los once rivales colgados del travesaño. No, ni siquiera eso, Messi siempre la hace fácil. Gambeta grácil, pique imparable, sus compañeros se la devuelven redonda, tic tic, enganche milimétrico, zurdazo inalcanzable y el arquero contrario revolcado comiendo pasto. Todos estamos esperando en cada partido el mejor gol del mejor del mundo, y el tipo lo hace, listo. Está en otra dimensión. Tiene la suerte de Palermo y el Gallego González juntos, y el talento de Maradona y Pelé. ¿Cómo no odiar a alguien así?

Y si no tiene épica, menos todavía carisma, verborragia o siquiera temperamento. Cuando no hay una pelota a menos de cien metros Messi es anodino, desesperantemente insípido. Imposible que produzca un título decente, da igual escuchar una declaración suya de noviembre de 2009 o de ayer, siempre dirá lo que se debe decir en frases jamás superiores a las siete palabras. ¡Y ese peinado! En esa cara que no aporta nada, que parece un personaje de South Park, que bien podría estar sobre el cuello de una maestra de Instrucción Cívica o de un asesino serial mientras degolla degüella a su víctima, es lo mismo.

Y todavía queda mucho Messi por delante. Falta el record de Pelé y el campeonato del mundo con Argentina, falta que en una temporada haga solamente 32 goles y todos los programas deportivos se pregunten qué le está pasando, que erre un penal en las eliminatorias, que lo silben, que eluda a los once rivales él solito en una sola jugada, que lo ovacionen, que haga 105 goles en un año y que invente una nueva forma de pegarle a la pelota. ¿Qué va a hacer Messi en enero, cuando vuelva la liga? Un golazo, claro. Y dos asistencias. Como para no odiarlo. Pobre Messi.



POR HERNAN MAGLIONE

jueves, 29 de noviembre de 2012

El rediseño de La Gaceta de William

jueves, 29 de noviembre de 2012 5
La consultora Visión estaba integrada por un diseñador gráfico daltónico y por un periodista que se destacaba por sus problemas de sintaxis y ortografía, aunque descollaba por su paupérrima dicción. Viajaban por todo el mundo ofreciendo tres formatos de periódicos que usaban según su conveniencia: el sensacionalista, el conservador y el "popular sin mayores pretensiones". Se conocieron dos meses después de haber sido despedidos del diario donde trabajaban, aunque nunca se habían visto, porque rara vez concurrían al mismo. Juan Scarpio, el periodista, era un especialista en ecología y organizador de marchas en defensa del tatú carreta. Alensio Alugio diseñaba panfletos y revistas de distribución gratuita, porque no quería “venderse” a los grandes grupos empresarios. Ambos vivieron durante algunos años en La Miseria, una pensión que habitaba la bohemia artística y creativa. Y también ellos.

El diario
La gaceta de William había sido creada en 1807 por el pastor William O'Klein "para divulgar la palabra del Señor y fomentar el maltrato a los esclavos". Fundada en un pueblo con pocos habitantes alfabetos, fue conocido durante muchos años como "el único periódico que respeta la tradición oral". Sus textos, que mayormente se divulgaban de boca en boca, adquirían intencionalidades varias según el emisor del mensaje. De estilo conservador, tuvo en sus primeros años un rígido control de su contenido por parte de un comité de ética conformado por el mismísimo pastor y su hija, "la casta Margaret". Casi dos siglos más tarde ese seguimiento ético había dejado de hacerse. O'Klein y Margaret habían fallecido. Muchos años después, a comienzos de la década de 2010, William O'Klein XV pretendía mantener vivo el espíritu de su fundador aunque no su ideología. En tres años había cambiado cuatro veces de línea editorial. Fue, por ejemplo, ecologista en 2008, cuando los Verdes de Wichita pusieron un aviso dominical de página impar. Sin embargo, al poco tiempo defendió la instalación de la curtiembre Marshall, cuando sus dueños encargaron un suplemento, y se preguntó en tapa “¿Qué pretenden los sucios verdes?”. La búsqueda de una identidad era una constante y la pérdida de lectores un hecho que se acentuaba con el tiempo.

Las razones
El directorio de La gaceta no encontraba una explicación a la disminución de las ventas. En una de las tantas reuniones que se hicieron en el Salón de las Decisiones para evaluar este tema, el gerente comercial propuso publicar más suplementos de tejido y jardinería para “levantar la tirada”. El jefe de la planta impresora arriesgó: “Debe ser el papel… está viniendo muuuuuy malo”. La coordinadora de Marketing intentó con “hacer una campaña viral, a través de YouTube”. Y el mozo del bar de enfrente, que estaba sirviendo los cafés, dijo tímidamente “¿No tendrá que ver con el contenido periodístico?”.

“Muchas preguntas, pocos lectores” decía por esos días O'Klein XV, cuando no encontraba una explicación al dilema. Hasta que una noche en su casa abrió la Biblia y encontró la respuesta. En la página 48 había un volante de una consultora periodística. “Dejamos tu diario como nuevo” prometía el encabezado.

El desafío de Visión 
Scarpio y Alugio llegaron al diario con una serie de reconocimientos. Habían estado por América latina y el Caribe durante casi una década en varios medios impresos, muchos de los cuales ya habían desaparecido.

Para este trabajo Visión propuso una serie de reuniones a puertas cerradas. El hermetismo era tal que incluso una vez no pudieron salir de la oficina. La máxima de Scarpio, “Cuanto más sorpresa haya, más impactante será el cambio”, era en realidad, según sus propias palabras, “Si empiezan a ver cómo es la cosa, le van a buscar el pelo al huevo”.

Estuvieron así algunos meses, cobrando un sueldo superior al jefe de redacción, hasta que una tarde presentaron un pretencioso Manual de Estilo. Era un conjunto de hojas A4 abrochadas por el borde superior izquierdo. La primera era una carátula. La segunda tenía un prefacio. La tercera, una serie de agradecimientos. La cuarta una introducción. Y finalmente había dos páginas de desarrollo.

-Se preguntarán por qué tan poco, dijo el diseñador, que lo presentó ante el directorio. Taim is mani, dijo en un precario inglés sonriendo ante el auditorio.

Y leyó algunos ítems del capítulo “Consejos para que esto cambie”:
-Cambiaremos el formato a la mitad del actual. De este modo ahorraremos papel y espacio para llenar.
-Toda nota tendrá como máximo dos párrafos breves de cinco líneas cada uno. A la gente no le gusta leer.
-Los títulos incluirán, en lo posible, una duda. Para que el lector se interese hay que preguntar. “¿Sabías como le dicen al pastor?” es un buen ejemplo.
-Publicaremos una vez por semana un póster a dos colores, "La chica William", con una vecina ligerita de ropas.
-Hay que aprovechar la tecnología a full. Podremos copiar textos de Internet haciéndoles mínimos cambios. Es increíble cómo ahorraremos trabajo e, incluso, mano de obra.

La exposición siguió durante pocos minutos más hasta que concluyó con la presentación de un afiche.
-Este será el eslogan de la campaña callejera, gritó exultante. Así, en letras rojas y grandes, “Cambiamos porque usted cambió”, dijo orgulloso mientras señalaba una tipografía decididamente verde.

Luego de unos eternos minutos en que nadie dijo nada O'Klein XV comenzó a aplaudir tímidamente. En segundos eso se transformó en algarabía y en un canto futbolero: “No se va, La gaceta no se va, La gaceta no se va, La gaceta no se va!”. Todo en inglés, por supuesto.

Fuera del Salón de las Decisiones los periodistas, diseñadores y fotógrafos aguardaban expectantes. Eran las 22 y el diario estaba cerrando. Hasta que el director salió y dijo, efusivo:
-Muchachos… cambia todo! La edición de mañana sale con el nuevo formato y diseño!!!!

Decisiones apresuradas 
El primer número de la nueva etapa no se vendió como se esperaba. En realidad, no se vendió. Apareció tres días después de aquella noche y un día antes de la publicidad callejera que anunciaba el cambio.

Sin embargo a medida que los lectores conocieron el nuevo diario dejaron de comprarlo. Las ventas cayeron y algunos anunciantes desaparecieron. También muchos empleados emigraron en busca de otro medio donde trabajar.

Este desastre, no obstante, no pareció afectar a los descendientes del pastor O'Klein. A casi un año del rediseño, los integrantes de Visión estaban en un nuevo proyecto en Angola y el director de la Gaceta cerraba las puertas del bicentenario medio con un interrogante: “Tal vez la gente no esperaba ese cambio”.


POR JUAN C. ESCOBAR
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket