lunes, 30 de agosto de 2010

Réquiem para las notas perdidas

lunes, 30 de agosto de 2010 20
Había que ponerle una funda al lavarropas porque quedaba al aire libre y se mojaba con la lluvia. Para encargarse vino a casa una criatura extraña. Un ser muy bajo, con los brazos pegados al cuerpo y la cara rosada. Usaba una camisa a cuadros con pantalón ombú que le daban el aire de un leñador en miniatura. Tenía 85 años.

Empezó a tomar medidas con un centímetro de hule amarillo, moviéndose como los futbolistas veteranos, despacio pero sin desaciertos. Cada tanto preguntaba algo y hacía unas anotaciones en una libretita. Noté su acento extranjero y le pregunté dónde había nacido. Contestó que era alemán. Pregunté de qué parte. Dresde, dijo.

No hacía mucho había terminado de leer Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut. Dresde fue blanco del ataque aéreo más devastador en Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial, una tormenta de fuego aliado que se extendió dos días y mató a 35 mil civiles. Vonnegut era soldado norteamericano en Dresde y esa jornada doble en que cayeron cuatro mil kilos de bombas lo dejó insomne para siempre. Matadero Cinco fue el intento que hizo treinta años después para extirpar a sus demonios. Un libro raro que alterna pasajes para llorar de angustia y otros para explotar en carcajadas y que deja sin cerrar preguntas poderosas sobre la violencia humana.

Le pregunté al tapicero si estaba en Dresde en la época de los bombardeos. Se sonrió. Contestó que había venido a Argentina unos cinco años antes. Era judío y si no se las tomaba la historia que estaba a punto de oír probablemente se la contaría a Montoto.

Sigmund Waissman, tal su nombre, relató con simpleza en ese ratito sus prodigios de desterrado. Llegó en 1938 totalmente solo, con su familia hecha harapos y se estableció en una colonia alemana en Entre Ríos. Tenía 17 años. Se puso a trabajar en oficios diversos y conoció a una chica criolla de su edad con la que se casó. Mientras hablábamos sonó un celular que sacó de su camisa leñadora y mantuvo una charla cortita en alemán. “La patrona”, dijo al cortar. Pero cómo, le dije, no es que ella es argentina. “Sí. Pero en la colonia aprendió alemán. Usa muchas más palabras que yo y no tiene ningún acento”.

Me entraron ganas de entrevistarlo. De preguntarle por su escape cagado en las patas, por su soledad de transmigrado, por el armado de su nuevo mundo, por los casi 70 años de historia de amor con esa mujer que hablaba en alemán mejor que él, por averiguar cómo se entreveraba todo eso hasta formar la sonrisa pálida y tristona que tenía en la cara.

Cuando Sigmund volvió a traer la funda verde que hasta hoy cubre el lavarropas le propuse que me contara su historia con más detalles en una entrevista. Dijo que sí y le dije que lo llamaría la semana siguiente para combinar. Era el otoño de 2006. De más está decir que no lo llamé nunca.

Eso de las ocasiones perdidas me quemó en las manos el domingo pasado al abrir el diario y leer que se había muerto Fogwill. Las veces que una nota me pasó por delante y la dejé ir por vergüenza, estupidez, o pereza. Ninguna pérdida para el mundo, sólo para mí.

Leí a Fogwill por primera vez en 1984 en esa revista distinta de todas que fue Cerdos y Peces. Fue como correr una maratón con un cuerpo prestado: no me moví de lugar pero me quedé sin aire. Era una historia donde él acompañaba a un rastreador guaraní en el límite entre Paraguay y Brasil a buscar a un cazador de su tribu que se había perdido en la selva. El baqueano seguía al indio perdido mirando las copas de los árboles. De repente elegía un árbol, iba hasta el pie y encontraba mierda humana reseca. Entonces el tipo decía cuántos días habían pasado desde la cagada y quién era el autor.

La deducción no venía de un don sobrenatural sino de un código: los cazadores que se alejan mucho de la aldea tallan su caca como si fuera una firma, de manera que si la muerte los encuentra en el bosque la mierda se convierta en un mensaje para encontrar los huesos y devolverlos al poblado. Una sofisticación con el menos sofisticado de los elementos, el hecho de cagar vuelto acto simbólico.

No lo largué más. Lo seguí en El Porteño y en Tiempo Argentino de Timerman. Pese a toda su erudición académica me parecía un genio deslumbrante en estado salvaje. En Los Pichiciegos, que escribió en tres días durante la guerra de Malvinas, había un soldado que cavaba trincheras muerto de frío diciendo que lo que más quería en el mundo era culear y ser brasilero. Hace poco a propósito de un escritor que también se parecía a él y que también murió -Roberto Bolaño- el periodista que lo entrevistaba decía que cuando prendió el grabador se le vino la idea de que tenía enfrente un ave rapaz, de esas que tienen una visión privilegiada y pueden cazar presas mucho más grandes que ellos mismos. Eso mismo vale para Fogwill.

La única vez que lo vi fue en el Festival de Poesía del año 2008. Después de un panel lo divisé solo a la salida del Bernardino. La repentina idea de acercarme casi me hizo doblar las patas. En eso Eliezer Budasoff, periodista enterriano, vino a conversar conmigo. Y resulta que cuando Fogwill lo ve a Eliezer se arrima, le regala un libro y le dice que le encantó el reportaje que le había hecho semanas antes. Así que eso que yo veía como un dragón resollando llamas se había transformado en un abuelito tierno.

A los dos minutos estábamos los tres sentados en una mesa del bar de la plaza Montenegro. En ese rato le contó a Eliezer la historia de los judíos en Entre Ríos, me dio lecciones para nadar crol con un solo brazo hasta alcanzar un óptimo de dieciocho brazadas en veinticinco metros y recitó un poema de Vallejo interminable y buenísimo que decía:


Voluntario de España, miliciano
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón,
cuando marcha a matar con su agonía
mundial, no sé verdaderamente
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo
a mi pecho que acabe, al bien, que venga,
y quiero desgraciarme;
descúbrome la frente impersonal hasta tocar
el vaso de la sangre.

Todo lo conservo en el diminuto grabador digital donde registré todo clandestina y cobardemente.

Al día siguiente a mediodía Fogwill leía en el Museo Estévez. Fui a escucharlo y, si me atrevía, a pedirle una nota. No me animé y me fui después de que leyera un poema genial que se llama La Prensa Matutina y que desde entonces cuelga en un transparente atrás de mi escritorio. Mientras esperaba el 145 noté que salía a la calle, espigado como era y vestido de blanco de pies a cabeza. Me vio y se vino al humo. “Vas a nadar con un solo brazo o vas a ser tan pelotudo de no intentarlo y perdértelo”, me dijo. Le contesté que tenía los brazos cortos, que nunca iba a alcanzar una pileta con 18 brazadas. Pero ya no me prestaba atención. Adelante, en la parada, había una mujer a la que le calculé 50 años. “Ese culo me habla”, dijo. En un instante atómico, como si fuera un mago, estaba en charla franca con ella. Le hice señas a mi bondi y sentí al subir: “Che, vení al hotel a la tarde y seguimos hablando”.

Las notas que no hice sobreviven para torturarme con una tenacidad que jamás tendrán las que a duras penas hice. Al inicio de una tarde estábamos solos con Ariel Etcheverry escribiendo uno frente al otro en la Redacción y Oscar Moro pasó al costado nuestro. Con Ariel nos miramos con la boca abierta. A mí se me vino encima mi lejana vida en Buenos Aires, un emocionado viaje en el 29 de La Boca a Núñez para un show de Serú Girán en Obras Sanitarias en 1980.

No había casi nadie en el diario en ese momento. Moro había venido a Rosario a dar una clínica de batería. Estaba con su hijo y otro músico. Pasó de vuelta llevando en los ojos la expresión acuosa que descubre a los tipos que se zamparon muchas copas durante demasiado tiempo y ya no encuentran escondrijo. Yo temblaba como un boludo. Muy trabado, le dije desde mi asiento que todas las semanas de mi vida escuchaba el solo de “A los jóvenes de ayer”.

El hizo un gesto amable y pudoroso con la cabeza. Pero lo que nunca se me irá es la sonrisa sostenida de su hijo al escuchar eso. En esa mueca capté una señal de amor y orgullo hacia el crepuscular momento de su padre. Dijeron que se iban al bar que estaba al lado de la disquería Utopía y que si tenía ganas me esperaban ahí.

No fui. Después los de Espectáculos contaron que tuvieron que hacer una vaca para que el rey del rim shot, el campeón mundial vestido de carnicero en la tapa de La Grasa de Las Capitales, que se moriría en ese mismo 2006, reuniera los cincuenta mangos que salió alquilar la batería para dar la clínica.

Lo que no pudo ser hecho o no quisimos hacer son acciones concretas y están ahí como las marcas que enroñan las paredes cuando baja el agua de la inundación. Será porque lo pendiente aprieta que, con una sensación augusta de miedo, hace unos minutos agarré el teléfono y marqué un número. Atendió una anciana que de muy joven se las arregló para aprender alemán en una colonia entrerriana. Me contó que el mes pasado la persona por la que yo preguntaba, Sigmund Waissman, había muerto de una disfunción coronaria. Fue el 17 de julio. Tenía 89 años.

Quiso saber para qué lo llamaba. Mencioné la funda del lavarropas de hace cuatro años, la charla sobre Dresde, mi curiosidad retardada en más de un sentido. Me contó que Sigmund le había dejado una carta en alemán que ella encontró al volver del sepelio. El tenía una caligrafía redonda pero como no estaba bien los trazos le habían salido torcidos y por eso debió pedirle ayuda al nieto para descifrar qué le decía.

Dijo que era una carta muy hermosa y que me la podía mostrar. Y que si me interesaba podía también contarme muchas cosas sobre Dresde, porque había ido allí dos veces con Sigmund. Quedamos en vernos este viernes, a las cinco de la tarde.

POR HERNAN LASCANO

foto de Fogwill: Matías Fernández con licencia Creatice Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0 Generic
foto de Moro: robada de Kamaka's Blog

sábado, 28 de agosto de 2010

Papel, papel: el que lo encuentra es para él

sábado, 28 de agosto de 2010 7
Con esto del revuelo en torno a Papel Prensa, una interesante discusión se generó en El Desgano. En el pasillo, por supuesto.

Primera contradicción: ¿justo ahora el papel de diario va a estar más barato, cuando a algunos medios medios se les ocurre ver si pueden encontrar el negocio en el periodismo digital? Con lo cual las mentes creativas -que, reitero, sólo aparecen en el pasillo- comenzaron a lanzar los mil y un usos posibles del papel de diario.

— Envolturas varias, verdura, huevos, ferretería, etc.

— Gorrito de papel para pintar.

— Votos y más votos.

— Aparición con vida de los periódicos barriales.

— Papel moneda, pero con papel de diario.

— Para paliar el frio.

— Para hacer abanicos descartables ante la ola de calor que seguro vendrá y provocará apagones múltiples.

— Papel picado para la cancha y cuanto acto ocurra, incluso para las piñatas de los cumpleaños.

— Pasta base.

— Producción de papel mâché a gran escala con el cual se pueden realizar múltiples objetos, desde simples bandejas a muebles, y lo que se imaginen.

— Limpieza de vidrios.

— Para recoger basura.

— Para emparejar las patas de una mesa.

— Para recoger las deposiciones de mascotas o para enseñarles a hacer sus deposiciones.

— Para envolver vajilla en desuso o durante una mudanza.

— Para tapar muebles o pisos cuandos se pinta.

— Para matar moscas u otros insectos, o para ser usado para aplicar correctivos.

— Contra la humedad en los días de lluvia.

— Para que algunos gerentes se hagan unas extras y aprendan un oficio (ustedes me entienden... Patapúfetes!).

— Para recortar, en tanto las maestras sigan empecinadas en enseñar el alfabeto a los niños con métodos antiguos.

— Para arrancarle el pedacito en blanco y escribir a las apuradas un número de teléfono.

— Como relleno de bolsos y carteras en los negocios del ramo.

— Para prender el fueguito del asado.

— Para que los asesinos seriales recorten sus letras y escriban sus amenazas.

— Como papel higiénico en situación de emergencia.

Vieron que sus usos son múltiples. Cristina, ¡ojo! No sólo con el papel se maneja la prensa escrita... Compañeros: ¡Por la liberación del papel de diario ya!

POR LISY SMILES

martes, 24 de agosto de 2010

Contra el destino de basurero

martes, 24 de agosto de 2010 10
Abajo y a la izquierda de la página de inicio de este "Cinco lucas..." se lee: "Por qué. Porque, muy a menudo, en cosas con destino de basurero que ocurren en el medio de las notas hay mayor sustancia humana que en ladrillos publicados en nombre del interés público".

La nota que sigue se publicó en versión reducida este domingo en La Capital. Varios párrafos perecieron ante el tirano espacio de los domingos donde la publicidad se come a las páginas como un Pacman. Acá va completa, contra el destino de basurero y el rescate de sustancia humana de las palabras de Guerriero.


“Soy dura: prefiero que el entrevistado cuente y que la sensibilidad quede en el texto”

Lo dice la periodista Leila Guerriero, reconocida internacionalmente por sus crónicas y perfiles y premiada por la fundación Nuevo Periodismo de García Márquez

Dura. Duro lo que narra, dura cuando critica al periodismo, duro su rostro en las fotos, dura y exigente con ella misma y su trabajo. Leila Guerriero, nacida en la ciudad de Junín en 1967, premiada y reconocida por sus crónicas y perfiles, aunque no se formó en facultad de periodismo alguna, lo reconoce. “Soy una dura, lo que no significa ser insensible. Flaco favor le hago a una historia si me pongo a llorar en una nota con alguien que está consternado. Prefiero que el entrevistado me cuente y que la sensibilidad quede en el texto”.

Y esa sensibilidad queda. Basta leer sus dos libros para comprobarlo: “Los suicidas del fin del mundo”, donde investigó una cadena de suicidios en la ciudad de Las Heras, provincia de Santa Cruz, y “Frutos extraños”, una compilación de trabajos publicados en el país y en el exterior; historias de unos 25 mil caracteres (o más). Algunas son mediáticamente conocidas, como la de Romina Tejerina, el Equipo Argentino de Antropología Forense (que identifica restos de desaparecidos en la última dictadura militar y cuya crónica premió la Fundación Nuevo Periodismo, de García Márquez), Yiya Murano y el empresario de la carne José Alberto Samid. Otras, domésticas, como la del supermercadista chino de su barrio.

También en este segundo texto analiza y reprueba a las mujeres "histéricas", las "pesadillas" de los city tours, los "enfermos" de la vida sana y "las mentiras" del periodismo. Filosa y dura, cuesta leer que las dedicatorias de sus dos libros se las haya dedicado tan tiernamente a Diego, su pareja desde hace 15 años y su "par" según dice.

Invitada por la Fundación La Capital, y en el marco del taller “La escritura de la crónica” que dicta Osvaldo Aguirre, Guerriero dio cuenta de cómo entra y sale de las vida de sus perfilados.

—Disponés de hasta tres meses para contar una historia. ¿En ese lapso, cómo es el tiempo de la investigación y de la escritura en tus crónicas?
—Bueno, no trabajo todos los días para la crónica durante esos tres meses, pero es cierto que cuento con mucho tiempo. Hay cosas que no podés hacer ni en una semana ni en dos. Primero entrevisto, compilo mucho material y recién después escribo. Cuando le hice el perfil a Jorge Bocetto, un doble de Freddy Mercury, estaban los músicos en su casa y en un momento a uno le dio diarrea. El Freddy Mercury falso fue quien salió a buscar las pastillas para la diarrea: ése momento, que te regala la realidad, te dice todo de una banda clon. Con el Equipo de Antropología Forense fueron también muchos meses pero había un motivo, pasaba que no aparecían las exhumaciones que yo quería ver y hasta que no apareciera eso yo sabía que mi crónica no había terminado. El de la escritura es un tiempo aparte: me llevó 15 días escribir la crónica de los forenses. Cuando escribo una crónica me encierro en mi casa y no salgo ni a pagar un impuesto. La crónica debe reposar, necesita tiempo, y pocos medios gráficos están dispuestos a darlo.

—En tu último libro, de todos modos, rescatás al que puede hacer el periodismo de un día para otro, si bien sos muy crítica sobre cómo se escribe y cómo se edita.
—Es que por un lado no todo debe ser narrado. No se trata de que la conferencia de prensa del ministro de Economía que habla del aumento de precio de los chinchulines comience con un «Esa mañana el ministro se despertó y no encontró los calcetines al pie de la cama y sintió que había una premonición extraña...». Pero por otro lado, no dejan de sorprenderme los suplementos de turismo y deportes. Son aburridos. ¿Cómo puede ser que las notas que cuentan cómo juega la gente sean todas iguales? Falta mirada, algo que va más allá de escribir un sujeto y un predicado. No quiero cargar las tintas sobre los editores que sufren muchas presiones, pero creo que han perdido la fe cuando repiten que los lectores ya no leen y entonces publican textos muy cortos adornados con reacuadros, infografías, mapas. Subestiman al lector en lugar de mostrar una gran nota bien escrita.

—También criticás el uso de las primera persona en la crónica y de algo que de tan habitual parece menor: el uso o no de grabador en una entrevista.
—No puedo creer que se hable con alguien apuntando en una libretita: es policíaco y antinatural. Es importante reflejar el habla de la gente, y no lo hacen igual un gay ilustrado de Palermo que un travesti del conurbano. En cuanto a la primera persona en la crónica la evito: no me gusta, me parece masturbatoria, salvo en caso de experiencias intransferibles de otro modo. La protagonista debe ser siempre la historia.

—No obstante en cada una de tus crónicas aparecés dialogando brevemente con el entrevistado.
—Porque para mí los diálogos iluminan el texto, lo hacen respirar, le dan un sentido sonoro y visual. A las crónicas las monto como a una película: como si estuviera pasando fotogramas. Para escribir en gráfica, para editar, hay que leer mucho, sobre todo ficción, y también ver cine. La estructura visual es vital. No es necesario pasar por la facultad para ser buen periodista: nadie enseña a ser curioso, escribir bien y tener sentido común.

—Decís también que la mayoría de los periodistas quieren ser escritores, ocupar el lugar de la Justicia o dedicarse a las historias ligadas a las catástrofes y tragedias.
—Por un lado no creo que ser escritor sea mejor que ser periodista; por otro, creo que el periodismo de denuncia e investigación está bien pero no puede ser el único periodismo serio posible. El lugar del periodismo no es juzgar, una cosa es reclamar y otra hacer una Justicia berreta, botona, como la del periodista que aporrea el mostrador y dice: «¡Qué barbaridad!». O el de la de la cámara oculta al marido de la actriz Beatriz Salomón. Y con respecto a los temas, entiendo que periodistas y editores sintamos una deuda con los desnutridos o marginados, pero me pregunto, por qué un periodista serio no puede hacer un gran perfil de un millonario argentino como Ricardo Fort. No para tomarle el pelo, hacer mofa de su silicona, saber si es o no gay. ¿Por qué dejar el mundo de las clases altas y del espectáculo en manos frívolas como las de las revistas Caras y Gente o los programas de chimento? Creo que nos da vergüenza o culpa poner el foco en historias amables.

POR LAURA VILCHE

fotos de Marcelo Bustamante

lunes, 23 de agosto de 2010

Gráficos en el mundo real

lunes, 23 de agosto de 2010 6
Algunos consejos para hacer infografías que no aparecen en los manuales.

Trigal

GZ: Acá dice mil toneladas… mil toneladas de qué… ¿toneladas de mierrrrda? (dientitos apretados, ojos en mis ojos).

Yo: Arriba, en el subtítulo, dice “Exportaciones de trigo”.

GZ: Ah… bueno, sacale el título y poné mil toneladas de trigo...

Ese diálogo con mi ex jefe GZ allá por 1998 me hizo notar que muchas veces lo que uno cree que es claro a veces no lo es.

• A no ser que usted provenga de algún país de Oriente o de escritura semítica, es conveniente que la referencia aparezca en la parte superior de la infografía. De manera de poder entender lo que sigue.

Títulos genéricos

• Son aquellos a los que se les puede echar mano cuando no aparece nada mejor. Ejemplos: “En números”, “Las cifras de…”, “Radiografía” (o “Anatomía”) de…”, “Ubicación”, “Cómo llegar”, “Para tener en cuenta”, “Principales características”, “El mapa de…”, “Zona de riesgo”, “Los últimos casos”, “Cronología”...

Estadísticas

• Si hay más de cinco partes en un gráfico torta, las últimas se suman bajo el rubro Otros. Es decir: si usted es del partido político Z y quiere saber cuánta gente podría votarlo se debe conformar con saber que está dentro del 28% que integran, además, otras 11 agrupaciones políticas.

• Si la suma de una torta no da ni a palos 100% se genera el improbable rubro Otros o Ns/Nc y allí se manda lo sobrante. Si esos rubros ya están, todos los remanentes se agregan ahí.

• Si hay una gran diferencia entre un ítem y otro, evite las proporciones. Es decir, si A tiene 3 y B 1.400.000 puede ser que A desaparezca o que para que aparezca B deba necesitar una página de dos metros de altura.

Mapas

• Si bien es aconsejable, no siempre es necesario poner la ciudad donde se edita su medio como referencia. Si un crimen ocurrió en una calle de Ushuaia no ubiquemos, por ejemplo, a Rosario en el mismo mapa y en la misma escala.

JL y las convenciones

Para un mapa, el norte es lo que queda hacia arriba. En consecuencia, el oeste está a la izquierda y el este a la derecha. Este supuesto no siempre ha funcionado con el secretario JL. Una de esas veces fue durante la confección de un esquema sobre la autopista Rosario-Córdoba, para la tapa del diario. Era una franja con un trazo que unía dos puntos. A la izquierda, el primero (Córdoba), en el extremo derecho Rosario y en el medio las otras localidades. Llevé el gráfico a corregir y noté que JL lo giraba, o inclinaba la cabeza para verlo de otro modo.

-Esto está mal, dalo vuelta…
-¿Qué cosa?
-Córdoba está acá (me dice señalando Rosario).

Luego vino un interminable diálogo en el que su compañero (SR) lo apoyó al estar ante la duda, mi jefe me dijo “no te pongás loco, hacé lo que te dice” y otras voces.

Todo se selló con el casi irrefutable:

-Yo soy el que acá da las órdenes…

El mapa salió “dado vuelta”. Al otro día, camino al trabajo lo vi mil veces mal en los kioscos de la peatonal. Sentí una vergüenza ajena que era mía. Llegué y me encontré a JR apenas traspasé la puerta.

-¡Quedó linda la tapa, eh! Vos qué decís? (en busca de asentimiento)
-(la remanida explicación)
-Nosotros estamos más allá de las convenciones…

Recursos infográficos

Es algo a lo que se echa mano cuando no hay más alternativa. Como es casi indefinible se lo denomina así. Entre ellos:

• Punteadito: es la enumeración de hechos y cosas precedidos, por lo general, por un bolito, símbolo o número. Una lista con onda, digamos.

• La fotinfo: algo así como una foto con un poco de texto encima o al costado, de gigantescas dimensiones para ocupar un espacio generoso. Ejemplo: una foto de 80 cm² con un dato relevante, del tipo “1 es el día que falta para mañana”.

Relativice el valor de una info

Si le solicitan un gráfico y luego le adosan la frase “Dale protagonismo, lucite” significa: “No tenemos fotos ni texto con qué llenar este espacio”.

Dos formas de saber si una info está buena

• Si nuestro jefe la quiere mostrar a la secretaría de redacción atribuyéndola a su gestión.

• Si no la entiende cierto secretario de redacción.

El goleador que no fue

En 1996 Eliseo Trillini hacía una página en el suplemento deportivo Ovación sobre fútbol de las ligas del interior de la provincia. Una tarde me presentó a un muchacho de un equipo de Bombal que, según me dijo, convirtió un gol de más de media cancha.

-Vamoadale protagonismo al pibe. Quiero que shalga una info con el detalle del gol... Contale, contale... (le dijo al asombrado muchacho).

Trillini se retiró unos minutos y el pibe me dijo:

-La verdad es que no fue tan así. La cancha estaba llena de pozos. La pelota iba al rastrón, rebotaba por cualquier lado y por eso fue gol...

Al otro día una foto a todo el ancho de página (formato sábana) abría la sección. “El cañonero de Bombal” decía el título. Abajo aparecía el goleador, sonriendo, montado en uno de los cañones del Monumento a la Bandera.

• Si en el después de un partido puede haber errores, antes de ellos puede haber aún más. Sobre todo si hay una pretensión cuasi-científica para elaborar una cancha en la que debe mostrarse cómo se parará un equipo. “Mové a este jugador dos milímetros más arriba, porque es ahí donde juega” alguna vez escuché.

Las fuentes

* Si se consulta un libro o a algún especialista, al pie de la info debe colocarse “Investigación:…”. Eso hace que parezca que hubiera un gran trabajo detrás y que usted se tomó la tarea con rigor. Si en realidad buscó algún dato para zafar en internet, evite poner “Fuente: Taringa!” porque eso hará que lo maltraten con rigor.

Recursos novedosos

• No abuse de algunos recursos. Es habitual ver que haya infografías que se representan sobre papeles rotos, con cintas adhesivas, tipografías novedosas, etc. Si un colega hizo una sobre el mate y pintó algunos gráficos con yerba no lo imite en una similar sobre el sistema cloacal de la ciudad.

De cómo guardarlas

Finalmente, unos tips para una parte del proceso que no es menos importante: el archivo.

• Es importante que a una infografía la podamos buscar fácilmente. Es decir, elijamos un nombre simple, breve y entendible. Evite usar mensajes en clave para recordar su ubicación porque después nos pueden acarrear problemas.

Ejemplo 1. Cierta vez Trillini (nuevamente él) buscaba desesperadamente un gráfico que había hecho un compañero mío. Se me instaló al lado muy enojado y me dijo que no se iba hasta que lo encontrara. Busqué hasta que lo encontré. Abrí el documento y se lo mostré con un inocente:

-¿Es esto, Eliseo?
-Sí... Mostrame qué dice ahí... me dijo visiblemente ofuscado y señalando el nombre del archivo.

Con el tembloroso índice de su mano derecha recorrió sobre la pantalla cada una de las letras del documento: “PAL CHOCHAN”.

Ejemplo 2. Más cerca en el tiempo, otro compañero guardó una infografía para Espectáculos. La había encargado un periodista con una leve tendencia a la tartamudez, que vino a reclamarla para su publicación. Sinceramente no la encontraba por ningún lado hasta que él mismo la descubrió. Decía “PARA PE-PEDRO”.

-Qué-qué hijos de puta!... exclamó.

POR JUAN CARLOS ESCOBAR

foto: Jurema Oliveira, bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported

miércoles, 18 de agosto de 2010

Una nota menos, una vergüenza más

miércoles, 18 de agosto de 2010 3
Bulto bajo manta grasienta. Un movimiento espasmódico sacude la oscuridad untuosa que se adivina bajo el amasijo, que hace las veces de cama para alguien, allí en la calle, en la avenida Columbus, San Francisco, California. La imagen me quedó grabada, permaneció en mí mientras me alejaba del lugar. Sobre todo la violencia eléctrica, mecánica, de ese secreto movimiento que se produjo debajo.

Me encontré a pocas cuadras con otro homeless, una mujer de mediana edad que de alguna manera habitaba, ocupaba y recorría el metro cúbico enmarcado por trozos de cajas que era su hogar, y entonces comencé a pensar en una estructura, en un encadenamiento de datos, unas líneas de descripciones que podrían convertirse en una nota: retrato de una persona que vive en la calle, una mínima radiografía de la pobreza en los Estados Unidos.

Extraje del bolsillo la libretita marca “Triunfante”. Cuarenta hojas a rayas, pero con índice telefónico. La había comprado muy apurado, minutos antes de dejar Rosario, y en ese último kiosco sólo había libretitas con ese inútil índice telefónico que ahora, no en aquel momento de “inspiración” claro, sino ahora, me parece indicativo de otras inutilidades.

Una buena descripción del entorno, contar en qué parte de la ciudad me encontré con esa persona, cerca de qué (para contrastar con la opulencia y la exquisitez de otros sectores de San Francisco), y fundamentalmente algunas palabras del homeless, un párrafo sería suficiente, pensé, mientras apuntaba algunos datos en la página que llevaba la pestaña con la letra F.

En una calle lateral, bastante más oscura que la avenida, aparece el candidato. El hombre acomoda sus bolsas en un rincón, como buscando un lugar donde pasar la noche. “Con las primeras sombras, esa escena se repite en cada una de las ciudades de los Estados Unidos”, pensé antes de encararlo, y lo pensé con las comillas y todo, como citando la nota nonata.

Faltaban todavía dos metros para llegar al tipo, pero no fue necesario dar un paso más. Un gruñido, seco, pastoso. Y un movimiento de brazos como las aspas de mi vergüenza. Retrocedí. Desanduve el camino desde el rincón oscuro y volví a perderme en la iluminada Columbus. Pero todavía, profesional, cronista, iba en busca de otra “fuente”.

Apenas tres cuadras más adelante demostré no haber aprendido la lección. En esa ocasión al tipo le alcanzó con el lenguaje gestual, el minimalista pero contundente mensaje de los ojos. Una mirada penetrante, de lástima, desprecio y furia, surgió de entre los jirones de color indefinido, en medio de la oscuridad olorosa.

¿Qué harían Horatio Algin y Hugo Mario Melo en una ocasión como esta?, me dije avergonzado, recurriendo a la auto ironía, como todo buen burgués bien intencionado y en retirada, mordaz aun en pleno fracaso. Me alejé, con todas mis buenas intenciones a cuestas (la otredad, la voz de los que no tienen voz), y toda la sarta de frasecitas que se vienen abajo apenas alguien nos desnuda. “La prepotencia del ignorante ante lo que no comprende ni jamás comprenderá”, anoté en la F, como quien toma apuntes para una no nota.

Hay una expresión elegante que alecciona sobre la necedad de quienes pretenden dar el paso más largo de lo que le permite la falda. Los anglosajones prefieren construir la máxima haciendo referencia a que no hay que meterse en la boca más de lo que uno es capaz de masticar. La más usada en nuestra cultura expresa la cuestión del límite con referencia a culos y a las alturas donde ellos pueden o no defecar.

En la “Triunfante”, sólo cuatro páginas más atrás, en la marcada con la C, encontré la salvación. Apuntes. Anotaciones vírgenes, tomadas tres días atrás y todavía no convertidas en nota. No tenía que hablar con nadie. No era necesario buscar estadísticas sobre la pobreza en Estados Unidos ni los homeless. Allí estaban los datos, esperando, ávidos. Me senté en un bar, pedí una cerveza y arranqué, inaugurando la página de la G: “Cabeza: Una experiencia única que bien vale los setenta dólares de la entrada. Un entreteniendo para toda la familia…..”. En un rato la tengo lista, dije. El tour en los Estudios Universal de Los Ángeles había estado bueno.

POR PABLO BILSKY
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket