jueves, 23 de diciembre de 2010

Los mal matados

jueves, 23 de diciembre de 2010 3
Las siglas NN son reemplazadas por un nombre y una vida. Quienes fueron apropiados recuperan la identidad. Los sobrevivientes cuentan su historia. Emergen los “fusilados que viven”, los “mal matados”, figura fundamental de la historia argentina inmortalizada por Operación masacre. Los que fueron marcados para desaparecer sin dejar marcas regresan, y marcan a fuego el pasado, el presente y el futuro. La derrota cultural de la dictadura en torno a la noción de “desaparecido” constituye el más profundo avance de la “mal matada” democracia argentina.

Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío,
Francisco de Goya (imagen de dominio público)
“No los ve pero sabe que le apuntan a la nuca. Esperan un movimiento. Tal vez ni eso. Tal vez le tiren lo mismo. Tal vez les extrañe justamente que no se mueva. Tal vez descubran lo que es evidente, que no está herido, que de ninguna parte le brota sangre. Una náusea espantosa le surge del estómago. Alcanza a estrangularla en los labios. Quisiera gritar. Una parte de su cuerpo –las muñecas apoyadas como palancas en el suelo, las rodillas, las puntas de los pies– quisiera escapar enloquecida. Otra –la cabeza, la nuca– le repite: no moverse, no respirar”. Así se narra en Operación Masacre cómo escapó de las balas uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, Horacio Di Chiano, fusilado vivo, mal matado que habla.

“Horacio di Chiano dio dos vueltas sobre sí mismo y se quedó inmóvil, como si estuviera muerto. Oye silbar sobre su cabeza los proyectiles destinados a Rodríguez. Uno pica muy cerca de su rostro y lo cubre de tierra. Otro le perfora el pantalón sin herirlo”, se describe en el texto de Rodolfo Walsh.

Si la matanza descripta por Walsh preludia y anticipa el genocidio que se desata a partir del golpe de marzo de 1976, los fusilados que viven y hablan anuncian la figura del sobreviviente, el que regresa, el que se escapó de la muerte que los asesinos le tenían destinada y da su testimonio y renueva y vivifica la militancia. Simbólicamente, los que vuelven representan la capacidad de resistencia de los pueblos ante las dictaduras. En forma más concreta y palpable, los sobrevivientes resultan hoy fundamentales para alcanzar verdad y justicia y, además, como vehículos de la memoria histórica y constructores de un imaginario social democrático.

Revisar y desandar la noción de “desaparecido” forma parte de la pelea de fondo, la pelea cultural contra el autoritarismo. Esta expresión nos remite a uno de los planes más perversos dentro del plan de extermino del terrorismo de Estado. La imagen atroz de Jorge Rafael Videla asegurando en 1979 que el desaparecido “no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido” quedará grabada para siempre en la memoria histórica de la Argentina. El dictador exhibe allí la matriz profunda del plan de exterminio: la idea era borrar, hacer desaparecer de la faz de la tierra la militancia, la lucha, la resistencia; la idea era convertir todo eso en nada, hacerlo desaparecer, como si de magia se tratase; el plan pretendía un borramiento total de la entidad, del ser. “Está desaparecido”, señala el dictador, y entonces hace un gesto con las manos. Es que la noción de “desaparecido” se instala, por definición, en los límites del lenguaje: “ni muerto ni vivo”, el referente se desvanece y la lengua encuentra sus límites cuando se presente señalar con palabras aquello que se pretende “nada”, carente de entidad. Por
eso el dictador hace un gesto con el que intenta dar la idea de algo evanescente, de algo que se disuelve en el aire sin dejar rastros ni marcas.

Hacer desaparecer es más que matar. Es la forma más salvaje y barbárica de negar la existencia del otro, remite a un autoritarismo mesiánico y megalómano que se planteó, además de masacrar, realizar una intervención antropológica, axiológica y existencial sobre la sociedad argentina.

El filósofo y escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) afirmó que la costumbre de enterrar y honrar a nuestros muertos es una esencial definición de “lo humano”. Más de 400 años antes de Cristo, Sófocles lleva al teatro el mito de Antígona, que cuenta la historia de la hija de Edipo, quien incumple la prohibición del rey Creonte y entierra el cuerpo de su hermano Polinices. La condena del monarca era la peor pena imaginable, la más humillante, aquella reservada a los traidores a la patria: se acusaba a Polinices de conducir un ejército foráneo contra su propia tierra. En la Argentina, en cambio, los traidores a la patria fueron los genocidas. Ellos convirtieron al Ejército Argentino en un ejército de ocupación, para luego volverlo contra el propio pueblo argentino en defensa de intereses foráneos. Antígona se enfrenta primero al rey, y luego a la muerte a la que fue condenada, con total convencimiento y dignidad: ningún hombre puede negar a otro sepultura, no es propio de hombres, sólo de dioses, reafirma Antígona antes de ser sepultada viva en una tumba excavada en la roca.

En Ricardo III, Shakespeare nos presenta un rey tiránico que usurpó el trono a través del crimen y la traición. Durante la noche previa a la batalla de Bosworth, en su tienda de campaña, el detestado monarca intenta en vano conciliar el sueño. Lo desvelan los espectros de los asesinados, de los traicionados que regresan para recordarle su traición:

Mañana en la batalla piensa en mí y caiga tu espada sin filo: desespera y muere.

Los fantasmas repiten la terrible expresión como una letanía, con el peso de una maldición.

Pero los desaparecidos que aparecen en la Argentina no son fantasmas. No vuelven en busca de venganza. Poseen una densa corporeidad colectiva. Cada identidad recobrada, cada desaparecido que aparece es un acto de verdad y justicia, y una victoria sobre la dictadura. La verdad contenida y potenciada por la memoria repara injusticias, remueve rémoras, refuta mentiras, por lo que siempre resulta habilitante y se proyecta hacia el futuro.

Los seres humanos dejan marcas de su breve paso por el mundo. Algunas son materiales. Otras, de otros órdenes. Cuando los restos de un ser humano se unen y se reencuentran con un nombre, con una vida, con una historia y una militancia, algo renace, algo se recupera para siempre para el futuro.

POR PABLO BILSKY

jueves, 2 de diciembre de 2010

El dolor del cuerpo y del infierno

jueves, 2 de diciembre de 2010 5
En La Copa , la cena posterior al diario que muchos de los que escriben y leen este blog conocen, lo hemos comentado más de una vez con ironía. “Debemos incorporar un médico porque cada vez hablamos más de enfermedades”, dijo el Negro Lito una noche. Y es cierto. Contracturas, infecciones (que ahora nos desayunamos se llaman “celulitis” y se padecen más de la cuenta), gastritis, dolores varios y hasta hongos en las uñas de los pies. Todo se ha debatido en La Copa. Es más. Una noche creo que fue a Alvaro a quien le comenté mi teoría de que el diario es una institución enferma y enfermante. ¿Cómo se entiende si no que casi todos jefes, por ejemplo, se hayan enfermado gravemente durante su gestión? Problemas de corazón, presión por las nubes o una circulación casi obscena de psicofármacos son prácticamente una constante. También el acumular varios kilos de más. A un compañero al que quiero mucho le dije hace unos días y a riesgo de que me pegue una merecida trompada: “Tu panza me asusta, tu corazón me asusta, bajala de una vez. ¿Vamos a correr?”. Sólo me dijo que estaba en eso.

Y ojo, que digo jefes porque sí. Porque desde ellos hacia arriba y hacia abajo la cosa se replica en mujeres y varones de la redacción. Jóvenes, no tan jóvenes. Todos con algún dolor importante en el cuerpo.

También nos acercamos al tema un puñado de colegas con quienes nos reunimos hace pocas noches en la casa de Fabiana (La Chiru). Acá la cosa tuvo ribetes un poco más simpáticos. Una compañera contó cómo un ginecólogo, tal vez para romper el hielo, le comentó una nota sobre la que venía trabajando ella. El tema no tendría nada de curioso si no fuera que el profesional justo se puso a charlar del caso tras colocarle el espéculo. Situación incómoda si las hay para las mujeres, pero que nuestra compañera sorteó con dignidad. Ahí mismo entre las que habíamos acudido al aquelarre recordamos situaciones similares: con el pedicuro, con un clínico, con el dentista, con el cardiólogo. Parece que es todo un riesgo decir que se es periodista en un consultorio porque inmediatamente desaparece el cuerpo, el malestar o el dolor del cuerpo, y se instala la noticia del diario como el verdadero paciente.

Hasta ahí las impresiones que, sí, es cierto, no son privativas de los periodistas ni mucho menos de los de La Capital. Pero que se me fueron encadenando por estos días y que ayer, al escuchar la declaración de Stella Hernández en el juicio a Díaz Bessone, recordé y retomé.

Stella ahora es periodista, madre, esposa, militante y habló del cuerpo y el dolor. Habló de su cuerpo de 19 años primero golpeado, luego violado, abandonado, adelgazado, hambreado, deshidratado. Stella habló del infierno. Y lo hizo 34 años después con una dignidad, una pausa, una claridad y una fuerza que conmueven. Decir que fue duro escucharla me da pudor frente a lo que ella vivió. Intenté no llorar en la sala por respeto a ella. Pero me desarmó cuando en un momento, hablando de una protegida de la patota de Feced, Graciela Porta, y su hijito Andrés dijo: “Pobrecito, estaba con la cabeza llena de infecciones ese bebé”. Su “pobrecito”, su humanidad para separar las cosas y enternecerse aún hoy por esa imagen grabada en un momento de horror fueron para mí la más viva imagen de alguien grande. Las crónicas de los distintos diarios reflejan hoy muy bien lo que pudo contar Stella de su cruel historia. Por suerte La Capital estuvo allí. Digo “por suerte” porque lamentablemente el diario para el que trabajo no vino cubriendo bien los juicios a los represores en Rosario: ni siempre, ni con el mejor despliegue ni de la mejor forma. Y eso da vergüenza, hiere y deja marcas. El diario no puso el cuerpo, sí por suerte varios compañeros, pero el diario como medio no. Entonces vuelvo a mi hipótesis del principio. El diario enferma. No saldremos indemnes de eso no dicho y no exorcizado. “Lo que no se pone en palabras se pone en el cuerpo”, dice una frase remanida. Por ahí baste con que lo pongamos en el papel y en la web.

POR LAURA VILCHE

foto de Gustavo de los Ríos

jueves, 25 de noviembre de 2010

Tres episodios infantiles

jueves, 25 de noviembre de 2010 9
Luis Espósito estaba en el bar, frente al diario. Lo acompañaban un vaso de ginebra y el suplemento infantil Pido Gancho, que La Capital publicaba a mediados de los 90.

Me miró a los ojos y me dijo, desafiante:
-Este sí que es un suplemento infantil, no como el que salía antes acá…¡que era un desastre!
-Y sí… -dije, mirando el aspecto acuoso del contenido de su vaso.

Lo que Espósito no sabía era que yo había formado parte de aquel desastre y que ante semejante afirmación no quería decepcionarlo.

A fines de los 80, casi por casualidad, comencé a colaborar junto a mi amiga SB en La Capital de los Chicos, un suplemento que el Decano publicaba los domingos.

En blanco y negro, lo que lo hacía escasamente atractivo para los niños, el suple tenía una estructura bastante inmodificable, un lenguaje rígido y unas ilustraciones semejantes a las revistas infantiles de la Unión Soviética. Feo.

La experiencia, que sólo duró poco más de un año, fue originada por un publicitario que, a pesar de todo/s, tuvo algunos colaboradores y colaboraciones interesantes.

Ese no era nuestro caso.

El espacio a cubrir era la contratapa. Para la ocasión formamos la simpatiquísima firma “Juan y Silvia”. Una elección nuestra, tal vez por falsa modestia. Quizás, y sobre todo, para evitar la publicación de nuestros apellidos. Escribimos cuentos, algunas notas didácticas (cómo se imprime un libro, por ejemplo), y perdibles entrevistas al entonces intendente Usandizaga, al dueño de un paupérrimo circo mexicano (del que recuerdo a un payaso que también era trapecista y gorila), a Nilda de Siemenczuk y a Juan José Maurizi, entre otros.

Pero vayamos por Maurizi.

Las plantas y los vegetales
Fue un miércoles temprano en Parques y Paseos, donde hoy está el Museo de la Ciudad. Allí Maurizi, un botánico que por entonces colaboraba en LT8 y canal 5, era director de la repartición. Lo conocía por sus consejos mediáticos pero poco sabía de su personalidad.

Ya en su oficina, sólo recuerdo que apenas prendí el grabador me dijo algo así como:
-Qué bien que tengo que explicar cosas para los chicos, así de paso les enseño a estos burros…

Los asnos en cuestión eran sus subalternos, que estaban fuera del despacho mirándolo burlonamente detrás de un ventanal.

La entrevista fue una eterna hora de tensión. Maurizi contestaba mis profundísimas preguntas, del tipo “¿Qué diferencia hay entre una flor y una hoja?” para luego tomar el grabador, rebobinar y llamar a un empleado para reproducirle la pregunta. Era algo así como un viejo curso de idiomas en casete.

-¡Aprenda, Miranda, aprenda! ¡No saben nada, no saben nada! gritaba al aire y a un sufrido jardinero que, pienso, tenía ese trabajo como podía tener cualquier otro, sin mayor preocupación por los estigmas o pistilos.
 
A Miranda lo sucedieron dos sujetos más que entraron aterrados a su oficina. Y siempre con la misma tortura. En algunos casos no esperaba respuesta alguna, sólo se limitaba a reproducir sus dichos y hacer un ademán con los índices de sus manos, como musicalizando sus palabras con una batuta.

Quería irme. Pero temí ser decapitado por una tijera de podar.

Ya hacia el final, en un tono más distendido, le pedí si me podía explicar cómo plantar una planta. Eso. Con una sonrisa me dijo que dibujara lo que él me iba a indicar. Hice lo que me pidió, por supuesto. Todo venía muy bien hasta que tomó mi papel y dijo ¡¡¡Nooooo!!! No sé a qué se refería pero redibujó todo, con peor y nervioso trazo. Y me dijo:
-Esto, así como lo ves, quiero que salga en el diario… ¡que salga mi dibujo!

Algunas preguntas quedaron en mi cuaderno. El dibujo no se publicó, y la entrevista pareció muchísimo más distendida, cordial y amable de lo que fue. Del tono “¡Chicos, con ustedes, el jardinero Juan José!”.

El decálogo del cooperativismo
Nuestra preocupación para que los chicos sean solidarios e hicieran sus primeros pinitos en la cooperación dieron por tierra cuando publicamos una entrevista a un integrante del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

Aún no recuerdo por qué razón, pero algo de espacio faltó para llenar aquella contratapa. No sé si no había fotos o qué, pero el editor debió echar mano a un recorte que, a manera de recuadro, acompañó nuestro texto con algunas máximas erróneas o decididamente contrarias a las ideas del entrevistado.

Lo peor es que no eran cuestiones secundarias. Allí estaba en juego la mismísima definición de la palabra cooperativa. El error se vio multiplicado por miles cuando la revista Humor, en una sección que señalaba las erratas de la prensa, reprodujo los recortes y sus notables diferencias.

Recuerdo que apenas la compré y vi eso, la cerré, la guardé en una caja y jamás la leí. Tal vez imaginé que de esa forma pasaría a formar parte del olvido y nadie la encontraría.

Reviglio y el Pato Donald
Tal vez uno de los probables entrevistados que más dificultades nos presentó fue el entonces gobernador Víctor Reviglio. Algo así como siete posibilidades concretas de encontrarlo fueron frustradas por motivos varios.

No era que su opinión nos interesara sobremanera, pero ya habíamos entrevistado al intendente Usandizaga al final de su mandato y queríamos tener la palabra del gobernador. Aunque el gobernador sea Reviglio.

No voy a contar todas las ideas y vueltas, pero quiero dejar esta imagen final para cerrar estas historias de esta etapa periodística (?).

Era el supuesto día de la entrevista. Lo teníamos a escasos dos metros en la Gobernación. Hablamos con uno de sus jefes de prensa. Se acercó al mandatario y éste, rodeado de unos cinco colaboradores dijo claramente “No. Hoy no tengo ganas de hacer de Pato Donald” e hizo algo así como cuac-cuac mientras giraba sobre sí mismo y los demás reían a carcajadas.

Nuestro contacto se nos acercó y muy seriamente nos dijo:
-El gobernador me pidió que les dejen las preguntas por escrito, porque hoy tiene una agenda muy ajustada.

POR JUAN CARLOS ESCOBAR

jueves, 11 de noviembre de 2010

Los padres de la criatura

jueves, 11 de noviembre de 2010 16
El viernes a la tarde vino a casa un periodista de Barcelona que está haciendo una investigación sobre Messi. Había llamado un par de veces a la mañana por unos datos en supuesta posesión mía. Cada vez que sonaba el celular yo estaba adentro de un banco, atrancado en miles de trámites por una mudanza, por lo que le decía que me hablara después. No me gusta dejar en banda a un tipo que está buscando información porque inevitablemente me coloco en su lugar y sufro. Pero tenía un día chino y él se iba esa misma noche. Combinamos para vernos diez minutos. El agradeció diciendo que serían más que suficientes.

Aunque guardaba una remota sospecha, me sentía un poco curioso sobre mi eventual aporte en un texto sobre Messi. Nos sentamos en el patio. El loco vivía en España hacía siete años bancándose con trabajos free lance. Me dijo que ya había escrito un largo perfil sobre Messi a partir del cuál una editorial prestigiosa le había encargado un libro. Ya había estado en Rosario para armar aquel artículo y ahora venía a profundizar su pesquisa.

No demoré en confirmar, con algo de decepción, que mis sospechas no estaban mal orientadas. Mi nada gloriosa contribución consistiría en que le contara entretelones de un episodio publicado dos años atrás que tenía como protagonista a Messi. Pero no a Lionel, sino a Matías, hermano mayor, que había ido a parar a las páginas de Policiales porque un patrullero lo había detenido con un arma ilegal.

Me puse un poco en guardia. Las intenciones del tipo sentado en mi patio me provocaron desconfianza. Me descubrí imprevistamente flotando en el mismo malestar que muchas veces yo le debo inspirar a tanta gente que entrevisto. Le dije, entonces, que no había mucho más que agregar a lo que ya había aparecido. Era un episodio menor que en realidad me había avergonzado un poco publicar.

—¿Por qué lo hiciste entonces?, preguntó él.

La respuesta que le di me causó más vergüenza todavía. Pero asumiendo que era el precio justo por algunas de las tropelías que hacemos en este oficio no la esquivé. Contesté que aquella mañana de noviembre de 2008 un buche le había pasado a un compañero el dato de que durante la madrugada la policía había detenido a un pibe con una pistola robada. Algo así nunca entra en la edición de la sección: pasa tan seguido y en tantos lados que no es noticia. Salvo que haya de por medio un patronímico importante.

Ahí entró a operar un dilema. Algún otro medio no tardaría en enterarse. Y no hacía falta ser Stephen Hawking para notar que la sola alusión “hermano de Messi” pondría el tema en la prensa nacional.

A mí colocar el tema en los diarios nacionales me importaba un sorongo. Pero no ignoraba que cuando eso pasara nos veríamos obligados a publicar —tarde y atrás— una novedad pueril que acababa de ocurrir y que teníamos antes que nadie. Me fui a la reunión de edición sabiendo que no podía esconder eso. Presenté los temas del día y al final de todo, como esos que envuelven las llaves en un trapo antes de tirarlas del piso veinte, largué: “…y además ayer agarraron a un hermano de Messi con un bufo y cinco balas en la recámara a una cuadra del Distritro Sur…”

Houston se sacudió. Los otros jefes izaron las cabezas pidiendo detalles con los ojos como huevos de avestruz. Que cómo, que dónde, que por qué. Como un papanatas culposo intenté amortiguar: que no había que exagerar, que un pibe llevando un rofie en una ciudad de un millón de tipos no era algo insólito, sarasa, sarasa… Lo íbamos a dar pero no abriendo la sección ni mucho menos.

Me respondieron que hiciera como quisiera, pero con el suficiente despliegue de texto como para salir en la tapa del diario, que era donde lo pondrían.

A las seis horas la noticia estaba en todos los portales de Europa. Lo que algún gil tomaría como un acierto periodístico no lo era ni por asomo. Apenas un episodio chico acompañado por un apellido grande. Tan grande como para no poder ir de cayetano a una reunión de editores. Y como para colocar al diario como el padre de la criatura.

Hubiera querido que terminara ahí. Lo juro por todas las videntes que podrían leerme la mente en este instante. Pero ocurrió que al correr la noticia un oscuro picapleitos que se vendía como abogado de la familia Messi salió a decir por Radio Dos que todo lo que había salido en La Capital era un invento. Que no habían detenido a Matías Messi, ni con un arma, ni nada. A esas declaraciones también las levantó todo el mundo.

Ofendido con el cagatintas que nos trataba de mentirosos no tuve paz hasta conseguir copia del expediente donde figuraba el hecho de punta a punta. Número de patrullero interviniente, nombres de los vigilantes, marca y calibre del arma, desgrabación del llamado anónimo al 101 que avisaba de un tipo armado en Uriburu al 600. Esperé hasta el día que lo indagaron y al día siguiente publiqué todo con mi firma. No porque me pareciera un gran caso, sino porque era una forma de sostener que aunque dijeran que era falso todo eso había pasado. Si era una mentira había un juez que se la creía al punto de imputarle un delito a este pibe.

Hoy pienso que soy un débil engreído, estúpido y orgulloso.

El periodista de Barcelona, que es de Buenos Aires, fue escuchando con gran atención. Cuando acabé de contarle todo le dije que a mi modo de ver eso había sido un episodio minúsculo. Y que me preguntaba cuánto valor podía tener eso en la historia escrita de un futbolista que, además, no tenía que ver con lo ocurrido, ni por un vínculo de sangre ni por otra cosa.

Me dijo que no me preocupara. El asunto no le importaba más que para hacerse preguntas sobre la familia. Me contó entonces que había estado una larga temporada hablando con familiares de Messi y que en ese tránsito se había enterado de muchas cosas dolorosas que no le interesaba en lo más mínimo dar a conocer.

“No son cosas tremendas pero harían ruido”, dijo. “No hay nada más común en el mundo que el dolor y las desdichas de una familia común. Por eso mismo esas cosas merecen ser preservadas”.

Le creí.

Estuvimos en silencio un momento. Tras su comentario me quedé pensando en un artículo de unas quince páginas que había leído unos meses atrás en un blog de una revista peruana. Era un reportaje donde un periodista se empecinaba en hablar por teléfono con amigos y familiares de Messi. Recordaba, especialmente, una comunicación nocturna que el periodista había mantenido con la hermanita. En la conversación de la nena iba y venía un anormal matiz subterráneo, algo no dicho que asomaba en forma inquietante como sólo brota en las cosas que ocurren por las noches. Pudo ser un déficit de mi percepción. Pero lo sentí. No hay nada que nadie pueda hacer contra la energía que dispara lo tácito de un texto bien armado. Ni nada hay más perturbador que aquello que no termina de ser dicho.

“Yo escribí esa nota”, dijo él.

Fue entonces que por esas cosas esotéricas que a veces resultan fallidas, como las corazonadas, decidí contar a mi visitante algo que hasta ahí pensaba callarme.

A los pocos días de escribir la nota con el expediente del caso Matías sonó mi celular con un número de Buenos Aires. El que hablaba era Jorge Messi. No me produjo gran sorpresa porque un compañero de la sección Deportes me había adelantado que el papá de Messi quería hablar conmigo y me pedía permiso para pasarle mi teléfono.

Una de las primeras cosas que un periodista debe aprender es que una persona que quiere hablar con un periodista lo único que desea es interactuar con la firma que aparece en el diario. No con el ser de carne y hueso que ese periodista es. Eso es lo mejor para evitar tomarse las cosas personalmente. Lo que yo era entonces o soy ahora a Jorge Messi le interesa tanto como los malvoncitos de la casa de mi vieja.

Estaba en Rosario y me propuso tomar un café donde yo eligiera. Le sugerí ir al bar de la vuelta de mi casa, en San Luis y Suipacha. Nos encontramos allí a la media hora. Mientras esperaba sentado en una mesa del fondo a través del vidrio reconocí con asombro al padre de la criatura. Era alucinantemente igual a Lionel. Más fácil creer que era, más bien, su hermano mayor o un tío joven. Me contaron que en Dubai una vez cuando salía de un hotel lo levantaron en andas confundiéndolo con Leo.

Yo estaba resuelto a no dejarme conmover por la sobrenatural admiración y curiosidad que siento por su hijo futbolista. Pero sabía que él venía a hablarme del otro hijo. También sabía que lo mejor para no caer en tentaciones era dejarlo decir a él y limitarme a explicar mi “intervención profesional” y la necesidad de “mi nota firmada”. Pongo las comillas para sentirme un poco menos pelotudo.

En principio me contó cosas de él. Su trabajo en Acindar, sus pleitos con antiguos intermediarios, su transcurso del tiempo por mitades entre Rosario y Barcelona. Refunfuñó algunos rezongos sobre Maradona, que recién se hacía cargo del seleccionado y acababa de ningunear a su vástago diciendo que Argentina era Mascherano y diez más. Encontré a un tipo de talante tranquilo que está muy pendiente del agobiante peso de la fama de su hijo y de la posibilidad persistente y ubicua de ser estafado. No tuve tiempo de que me cayera ni bien ni mal.

Todo venía muy sobrio y yo esperaba un apriete. Sólo me preguntaba si usaría o no anestesia.

Lo invité a decirme en qué podía ayudarlo. Me dijo solamente que le interesaba hablar conmigo porque se había dado cuenta de que la noticia de Matías los demás medios la seguían a partir de lo que sacaba La Capital. Me contó que había visto la historia reproducida en diarios de Alemania y de Inglaterra. Acababan de inscribir una fundación de bien público y querían evitar que la imagen de Leo, dijo, quedara salpicada. No buscaba negar lo que había pasado. Pensaba que sin la intervención del abogado el tema habría muerto con la primera nota. De una manera correcta y sin una palabra de más me dijo que si íbamos a seguir publicando algo nos pedía por favor tener la chance de responder alguna cosa.

A los 22 años yo trabajaba en el Banco Nación y me mandaron a buscar una remesa a Buenos Aires. Acepté porque nunca había viajado en avión y además pagaban viáticos. El despegue del avión me hizo sentir en un parque de diversiones. Después entré con dos gorilas de la vigilancia al tesoro de la casa central y me dieron cuatro sacas con seis millones de dólares.

Esa fue la primera vez que vi tanta plata junta. La segunda era en el bar contemplando la cara del tipo que tomaba un cortado conmigo. En las dos ocasiones, me parece ahora, era posible constatar la huidiza y falible condición constitutiva del poder. Porque el punto donde lucimos frágiles, oscilantes, en condiciones de tener que defendernos o pedir ayuda, siempre termina por presentarse. Lo recordaba hace dos décadas camino al aeroparque con los bolsines llenos de dólares, pensando que el banco me ponía dos custodios en un blindado porque no tenía certeza de que los seis palos llegaran a Rosario. Y el tipo que maneja un contrato futbolístico de 10 millones de euros anuales solicitaba —no a mí, sino al propietario del nombre que aparece firmando notas en el diario— que le concediéramos la oportunidad de hablar.

Como un cazador de autógrafos, yo había llevado al bar una pequeña bolsa de cartón con una foto enmarcada. Era de cuando Messi sufrió su primera lesión en el fútbol profesional. La imagen lo muestra de espaldas, empequeñecido por su traspié, abrazado en forma paternal por Kluivert Rijkaard, el entrenador que lo hizo debutar en la primera del Barcelona.

Es una fotografía extraordinaria. Quería decirle que la tenía colgada en mi escritorio como sugiriendo que jamás hubiera querido provocar ningún daño a su hijo. El recordaba muy bien la foto y dijo que le gustaba mucho. Pero aunque no lo mencionamos, un sentido complementario de la imagen terminó entreverándose y prevaleciendo. El que confirma que todos somos endebles y que nada nos asegura, tengamos lo que tengamos, no tener que depender de otros. A mí me recordó, además, que soy tan flojo como para desconocer hasta el día de hoy que haría si un dato me volviera a dejar colocado en una situación parecida.

A los cortados los pagué yo.

POR HERNAN LASCANO

jueves, 4 de noviembre de 2010

Silencio de Cabarute

jueves, 4 de noviembre de 2010 6
Se murió Néstor Kirchner. Lo supimos en un instante: lo leímos en el Twitter, lo escuchamos en la radio, lo vimos en la tele, lo sentimos en la calle. Era imposible sustraerse, el hombre estaba allí, en todos lados, tan omnipresente como jamás lo fue en vida.

Los días posteriores tuvieron la misma intensidad. Por primera vez vi a uno de los machos de Política sin lograr contener las lágrimas. Vi a un periodista de Ovación agradecer con un abrazo emocionado la columna de opinión que un compañero había publicado ese día. Vi a una cronista de Policiales habituada a escenas de carnicería que quedaba consternada tras las palabras de la presidenta por cadena nacional, sin reaccionar durante largos segundos, petrificada mientras seguramente Cristina soltaba su llanto fuera de cámara y la imagen mostraba una bandera argentina flameando en un silencio sepulcral.

Lo que más me llamaba la atención es que en este Cabarute donde habituamos ser tan pasionales, tan idealistas, tan egocéntricos, tan desesperados por contarles a unos cuantos lectores qué nos pasa cuando algo pasa, en este blog nadie escribió ni una sola línea desde que se murió Néstor Kirchner.

“Voy a mandar un mail a todos los que escriben en el Cabarulo para retarlos, están muy vagos”. No recuerdo la frase exacta de Lascano, seguramente la dijo con otras palabras, acostumbra usar palabras tan rimbombantes como la palabra rimbombante. Lo cierto es que ante un evento tan trascendente como la muerte del hombre que con su apellido dividía y divide a un país entero en dos hemisferios, nadie en este Cabarute escribió ni una línea. O al menos nadie lo hizo para este blog.

Un secretario de redacción me invitó a escribir una columna de opinión para publicar en el diario del lunes. Entonces me di cuenta: ya estaba todo escrito, todo lo que hubiese querido leer ya había sido publicado, este diario había ofrecido las opiniones más variadas, las palabras más frías y los comentarios más entusiastas, las acongojadas sensaciones en primera persona y los párrafos más desapasionados, las lecturas más profundas e incluso los lugares comunes más cuestionables. Cada uno con su firma allá arriba. Exactamente lo que debería ofrecer un diario por estos días ante un evento semejante.

Se murió Néstor Kirchner. Y todo lo que debía escribirse en el diario se escribió y se publicó. Y algunas cosas que a veces no se publican también. No quedó nada afuera, y por eso (por una vez) no necesitamos este Cabarulo. Y ya que finalmente no escribí ni una sola línea en el diario, vayan estos seis párrafos de agradecimiento a los que escribieron lo que yo no hubiese podido escribir o, mejor todavía, lo que yo quería leer.

POR HERNAN MAGLIONE
 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket