jueves, 23 de diciembre de 2010

Los mal matados

jueves, 23 de diciembre de 2010 3
Las siglas NN son reemplazadas por un nombre y una vida. Quienes fueron apropiados recuperan la identidad. Los sobrevivientes cuentan su historia. Emergen los “fusilados que viven”, los “mal matados”, figura fundamental de la historia argentina inmortalizada por Operación masacre. Los que fueron marcados para desaparecer sin dejar marcas regresan, y marcan a fuego el pasado, el presente y el futuro. La derrota cultural de la dictadura en torno a la noción de “desaparecido” constituye el más profundo avance de la “mal matada” democracia argentina.

Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío,
Francisco de Goya (imagen de dominio público)
“No los ve pero sabe que le apuntan a la nuca. Esperan un movimiento. Tal vez ni eso. Tal vez le tiren lo mismo. Tal vez les extrañe justamente que no se mueva. Tal vez descubran lo que es evidente, que no está herido, que de ninguna parte le brota sangre. Una náusea espantosa le surge del estómago. Alcanza a estrangularla en los labios. Quisiera gritar. Una parte de su cuerpo –las muñecas apoyadas como palancas en el suelo, las rodillas, las puntas de los pies– quisiera escapar enloquecida. Otra –la cabeza, la nuca– le repite: no moverse, no respirar”. Así se narra en Operación Masacre cómo escapó de las balas uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, Horacio Di Chiano, fusilado vivo, mal matado que habla.

“Horacio di Chiano dio dos vueltas sobre sí mismo y se quedó inmóvil, como si estuviera muerto. Oye silbar sobre su cabeza los proyectiles destinados a Rodríguez. Uno pica muy cerca de su rostro y lo cubre de tierra. Otro le perfora el pantalón sin herirlo”, se describe en el texto de Rodolfo Walsh.

Si la matanza descripta por Walsh preludia y anticipa el genocidio que se desata a partir del golpe de marzo de 1976, los fusilados que viven y hablan anuncian la figura del sobreviviente, el que regresa, el que se escapó de la muerte que los asesinos le tenían destinada y da su testimonio y renueva y vivifica la militancia. Simbólicamente, los que vuelven representan la capacidad de resistencia de los pueblos ante las dictaduras. En forma más concreta y palpable, los sobrevivientes resultan hoy fundamentales para alcanzar verdad y justicia y, además, como vehículos de la memoria histórica y constructores de un imaginario social democrático.

Revisar y desandar la noción de “desaparecido” forma parte de la pelea de fondo, la pelea cultural contra el autoritarismo. Esta expresión nos remite a uno de los planes más perversos dentro del plan de extermino del terrorismo de Estado. La imagen atroz de Jorge Rafael Videla asegurando en 1979 que el desaparecido “no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido” quedará grabada para siempre en la memoria histórica de la Argentina. El dictador exhibe allí la matriz profunda del plan de exterminio: la idea era borrar, hacer desaparecer de la faz de la tierra la militancia, la lucha, la resistencia; la idea era convertir todo eso en nada, hacerlo desaparecer, como si de magia se tratase; el plan pretendía un borramiento total de la entidad, del ser. “Está desaparecido”, señala el dictador, y entonces hace un gesto con las manos. Es que la noción de “desaparecido” se instala, por definición, en los límites del lenguaje: “ni muerto ni vivo”, el referente se desvanece y la lengua encuentra sus límites cuando se presente señalar con palabras aquello que se pretende “nada”, carente de entidad. Por
eso el dictador hace un gesto con el que intenta dar la idea de algo evanescente, de algo que se disuelve en el aire sin dejar rastros ni marcas.

Hacer desaparecer es más que matar. Es la forma más salvaje y barbárica de negar la existencia del otro, remite a un autoritarismo mesiánico y megalómano que se planteó, además de masacrar, realizar una intervención antropológica, axiológica y existencial sobre la sociedad argentina.

El filósofo y escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936) afirmó que la costumbre de enterrar y honrar a nuestros muertos es una esencial definición de “lo humano”. Más de 400 años antes de Cristo, Sófocles lleva al teatro el mito de Antígona, que cuenta la historia de la hija de Edipo, quien incumple la prohibición del rey Creonte y entierra el cuerpo de su hermano Polinices. La condena del monarca era la peor pena imaginable, la más humillante, aquella reservada a los traidores a la patria: se acusaba a Polinices de conducir un ejército foráneo contra su propia tierra. En la Argentina, en cambio, los traidores a la patria fueron los genocidas. Ellos convirtieron al Ejército Argentino en un ejército de ocupación, para luego volverlo contra el propio pueblo argentino en defensa de intereses foráneos. Antígona se enfrenta primero al rey, y luego a la muerte a la que fue condenada, con total convencimiento y dignidad: ningún hombre puede negar a otro sepultura, no es propio de hombres, sólo de dioses, reafirma Antígona antes de ser sepultada viva en una tumba excavada en la roca.

En Ricardo III, Shakespeare nos presenta un rey tiránico que usurpó el trono a través del crimen y la traición. Durante la noche previa a la batalla de Bosworth, en su tienda de campaña, el detestado monarca intenta en vano conciliar el sueño. Lo desvelan los espectros de los asesinados, de los traicionados que regresan para recordarle su traición:

Mañana en la batalla piensa en mí y caiga tu espada sin filo: desespera y muere.

Los fantasmas repiten la terrible expresión como una letanía, con el peso de una maldición.

Pero los desaparecidos que aparecen en la Argentina no son fantasmas. No vuelven en busca de venganza. Poseen una densa corporeidad colectiva. Cada identidad recobrada, cada desaparecido que aparece es un acto de verdad y justicia, y una victoria sobre la dictadura. La verdad contenida y potenciada por la memoria repara injusticias, remueve rémoras, refuta mentiras, por lo que siempre resulta habilitante y se proyecta hacia el futuro.

Los seres humanos dejan marcas de su breve paso por el mundo. Algunas son materiales. Otras, de otros órdenes. Cuando los restos de un ser humano se unen y se reencuentran con un nombre, con una vida, con una historia y una militancia, algo renace, algo se recupera para siempre para el futuro.

POR PABLO BILSKY

jueves, 2 de diciembre de 2010

El dolor del cuerpo y del infierno

jueves, 2 de diciembre de 2010 6
En La Copa , la cena posterior al diario que muchos de los que escriben y leen este blog conocen, lo hemos comentado más de una vez con ironía. “Debemos incorporar un médico porque cada vez hablamos más de enfermedades”, dijo el Negro Lito una noche. Y es cierto. Contracturas, infecciones (que ahora nos desayunamos se llaman “celulitis” y se padecen más de la cuenta), gastritis, dolores varios y hasta hongos en las uñas de los pies. Todo se ha debatido en La Copa. Es más. Una noche creo que fue a Alvaro a quien le comenté mi teoría de que el diario es una institución enferma y enfermante. ¿Cómo se entiende si no que casi todos jefes, por ejemplo, se hayan enfermado gravemente durante su gestión? Problemas de corazón, presión por las nubes o una circulación casi obscena de psicofármacos son prácticamente una constante. También el acumular varios kilos de más. A un compañero al que quiero mucho le dije hace unos días y a riesgo de que me pegue una merecida trompada: “Tu panza me asusta, tu corazón me asusta, bajala de una vez. ¿Vamos a correr?”. Sólo me dijo que estaba en eso.

Y ojo, que digo jefes porque sí. Porque desde ellos hacia arriba y hacia abajo la cosa se replica en mujeres y varones de la redacción. Jóvenes, no tan jóvenes. Todos con algún dolor importante en el cuerpo.

También nos acercamos al tema un puñado de colegas con quienes nos reunimos hace pocas noches en la casa de Fabiana (La Chiru). Acá la cosa tuvo ribetes un poco más simpáticos. Una compañera contó cómo un ginecólogo, tal vez para romper el hielo, le comentó una nota sobre la que venía trabajando ella. El tema no tendría nada de curioso si no fuera que el profesional justo se puso a charlar del caso tras colocarle el espéculo. Situación incómoda si las hay para las mujeres, pero que nuestra compañera sorteó con dignidad. Ahí mismo entre las que habíamos acudido al aquelarre recordamos situaciones similares: con el pedicuro, con un clínico, con el dentista, con el cardiólogo. Parece que es todo un riesgo decir que se es periodista en un consultorio porque inmediatamente desaparece el cuerpo, el malestar o el dolor del cuerpo, y se instala la noticia del diario como el verdadero paciente.

Hasta ahí las impresiones que, sí, es cierto, no son privativas de los periodistas ni mucho menos de los de La Capital. Pero que se me fueron encadenando por estos días y que ayer, al escuchar la declaración de Stella Hernández en el juicio a Díaz Bessone, recordé y retomé.

Stella ahora es periodista, madre, esposa, militante y habló del cuerpo y el dolor. Habló de su cuerpo de 19 años primero golpeado, luego violado, abandonado, adelgazado, hambreado, deshidratado. Stella habló del infierno. Y lo hizo 34 años después con una dignidad, una pausa, una claridad y una fuerza que conmueven. Decir que fue duro escucharla me da pudor frente a lo que ella vivió. Intenté no llorar en la sala por respeto a ella. Pero me desarmó cuando en un momento, hablando de una protegida de la patota de Feced, Graciela Porta, y su hijito Andrés dijo: “Pobrecito, estaba con la cabeza llena de infecciones ese bebé”. Su “pobrecito”, su humanidad para separar las cosas y enternecerse aún hoy por esa imagen grabada en un momento de horror fueron para mí la más viva imagen de alguien grande. Las crónicas de los distintos diarios reflejan hoy muy bien lo que pudo contar Stella de su cruel historia. Por suerte La Capital estuvo allí. Digo “por suerte” porque lamentablemente el diario para el que trabajo no vino cubriendo bien los juicios a los represores en Rosario: ni siempre, ni con el mejor despliegue ni de la mejor forma. Y eso da vergüenza, hiere y deja marcas. El diario no puso el cuerpo, sí por suerte varios compañeros, pero el diario como medio no. Entonces vuelvo a mi hipótesis del principio. El diario enferma. No saldremos indemnes de eso no dicho y no exorcizado. “Lo que no se pone en palabras se pone en el cuerpo”, dice una frase remanida. Por ahí baste con que lo pongamos en el papel y en la web.

POR LAURA VILCHE

foto de Gustavo de los Ríos

jueves, 25 de noviembre de 2010

Tres episodios infantiles

jueves, 25 de noviembre de 2010 9
Luis Espósito estaba en el bar, frente al diario. Lo acompañaban un vaso de ginebra y el suplemento infantil Pido Gancho, que La Capital publicaba a mediados de los 90.

Me miró a los ojos y me dijo, desafiante:
-Este sí que es un suplemento infantil, no como el que salía antes acá…¡que era un desastre!
-Y sí… -dije, mirando el aspecto acuoso del contenido de su vaso.

Lo que Espósito no sabía era que yo había formado parte de aquel desastre y que ante semejante afirmación no quería decepcionarlo.

A fines de los 80, casi por casualidad, comencé a colaborar junto a mi amiga SB en La Capital de los Chicos, un suplemento que el Decano publicaba los domingos.

En blanco y negro, lo que lo hacía escasamente atractivo para los niños, el suple tenía una estructura bastante inmodificable, un lenguaje rígido y unas ilustraciones semejantes a las revistas infantiles de la Unión Soviética. Feo.

La experiencia, que sólo duró poco más de un año, fue originada por un publicitario que, a pesar de todo/s, tuvo algunos colaboradores y colaboraciones interesantes.

Ese no era nuestro caso.

El espacio a cubrir era la contratapa. Para la ocasión formamos la simpatiquísima firma “Juan y Silvia”. Una elección nuestra, tal vez por falsa modestia. Quizás, y sobre todo, para evitar la publicación de nuestros apellidos. Escribimos cuentos, algunas notas didácticas (cómo se imprime un libro, por ejemplo), y perdibles entrevistas al entonces intendente Usandizaga, al dueño de un paupérrimo circo mexicano (del que recuerdo a un payaso que también era trapecista y gorila), a Nilda de Siemenczuk y a Juan José Maurizi, entre otros.

Pero vayamos por Maurizi.

Las plantas y los vegetales
Fue un miércoles temprano en Parques y Paseos, donde hoy está el Museo de la Ciudad. Allí Maurizi, un botánico que por entonces colaboraba en LT8 y canal 5, era director de la repartición. Lo conocía por sus consejos mediáticos pero poco sabía de su personalidad.

Ya en su oficina, sólo recuerdo que apenas prendí el grabador me dijo algo así como:
-Qué bien que tengo que explicar cosas para los chicos, así de paso les enseño a estos burros…

Los asnos en cuestión eran sus subalternos, que estaban fuera del despacho mirándolo burlonamente detrás de un ventanal.

La entrevista fue una eterna hora de tensión. Maurizi contestaba mis profundísimas preguntas, del tipo “¿Qué diferencia hay entre una flor y una hoja?” para luego tomar el grabador, rebobinar y llamar a un empleado para reproducirle la pregunta. Era algo así como un viejo curso de idiomas en casete.

-¡Aprenda, Miranda, aprenda! ¡No saben nada, no saben nada! gritaba al aire y a un sufrido jardinero que, pienso, tenía ese trabajo como podía tener cualquier otro, sin mayor preocupación por los estigmas o pistilos.
 
A Miranda lo sucedieron dos sujetos más que entraron aterrados a su oficina. Y siempre con la misma tortura. En algunos casos no esperaba respuesta alguna, sólo se limitaba a reproducir sus dichos y hacer un ademán con los índices de sus manos, como musicalizando sus palabras con una batuta.

Quería irme. Pero temí ser decapitado por una tijera de podar.

Ya hacia el final, en un tono más distendido, le pedí si me podía explicar cómo plantar una planta. Eso. Con una sonrisa me dijo que dibujara lo que él me iba a indicar. Hice lo que me pidió, por supuesto. Todo venía muy bien hasta que tomó mi papel y dijo ¡¡¡Nooooo!!! No sé a qué se refería pero redibujó todo, con peor y nervioso trazo. Y me dijo:
-Esto, así como lo ves, quiero que salga en el diario… ¡que salga mi dibujo!

Algunas preguntas quedaron en mi cuaderno. El dibujo no se publicó, y la entrevista pareció muchísimo más distendida, cordial y amable de lo que fue. Del tono “¡Chicos, con ustedes, el jardinero Juan José!”.

El decálogo del cooperativismo
Nuestra preocupación para que los chicos sean solidarios e hicieran sus primeros pinitos en la cooperación dieron por tierra cuando publicamos una entrevista a un integrante del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

Aún no recuerdo por qué razón, pero algo de espacio faltó para llenar aquella contratapa. No sé si no había fotos o qué, pero el editor debió echar mano a un recorte que, a manera de recuadro, acompañó nuestro texto con algunas máximas erróneas o decididamente contrarias a las ideas del entrevistado.

Lo peor es que no eran cuestiones secundarias. Allí estaba en juego la mismísima definición de la palabra cooperativa. El error se vio multiplicado por miles cuando la revista Humor, en una sección que señalaba las erratas de la prensa, reprodujo los recortes y sus notables diferencias.

Recuerdo que apenas la compré y vi eso, la cerré, la guardé en una caja y jamás la leí. Tal vez imaginé que de esa forma pasaría a formar parte del olvido y nadie la encontraría.

Reviglio y el Pato Donald
Tal vez uno de los probables entrevistados que más dificultades nos presentó fue el entonces gobernador Víctor Reviglio. Algo así como siete posibilidades concretas de encontrarlo fueron frustradas por motivos varios.

No era que su opinión nos interesara sobremanera, pero ya habíamos entrevistado al intendente Usandizaga al final de su mandato y queríamos tener la palabra del gobernador. Aunque el gobernador sea Reviglio.

No voy a contar todas las ideas y vueltas, pero quiero dejar esta imagen final para cerrar estas historias de esta etapa periodística (?).

Era el supuesto día de la entrevista. Lo teníamos a escasos dos metros en la Gobernación. Hablamos con uno de sus jefes de prensa. Se acercó al mandatario y éste, rodeado de unos cinco colaboradores dijo claramente “No. Hoy no tengo ganas de hacer de Pato Donald” e hizo algo así como cuac-cuac mientras giraba sobre sí mismo y los demás reían a carcajadas.

Nuestro contacto se nos acercó y muy seriamente nos dijo:
-El gobernador me pidió que les dejen las preguntas por escrito, porque hoy tiene una agenda muy ajustada.

POR JUAN CARLOS ESCOBAR

jueves, 11 de noviembre de 2010

Los padres de la criatura

jueves, 11 de noviembre de 2010 16
El viernes a la tarde vino a casa un periodista de Barcelona que está haciendo una investigación sobre Messi. Había llamado un par de veces a la mañana por unos datos en supuesta posesión mía. Cada vez que sonaba el celular yo estaba adentro de un banco, atrancado en miles de trámites por una mudanza, por lo que le decía que me hablara después. No me gusta dejar en banda a un tipo que está buscando información porque inevitablemente me coloco en su lugar y sufro. Pero tenía un día chino y él se iba esa misma noche. Combinamos para vernos diez minutos. El agradeció diciendo que serían más que suficientes.

Aunque guardaba una remota sospecha, me sentía un poco curioso sobre mi eventual aporte en un texto sobre Messi. Nos sentamos en el patio. El loco vivía en España hacía siete años bancándose con trabajos free lance. Me dijo que ya había escrito un largo perfil sobre Messi a partir del cuál una editorial prestigiosa le había encargado un libro. Ya había estado en Rosario para armar aquel artículo y ahora venía a profundizar su pesquisa.

No demoré en confirmar, con algo de decepción, que mis sospechas no estaban mal orientadas. Mi nada gloriosa contribución consistiría en que le contara entretelones de un episodio publicado dos años atrás que tenía como protagonista a Messi. Pero no a Lionel, sino a Matías, hermano mayor, que había ido a parar a las páginas de Policiales porque un patrullero lo había detenido con un arma ilegal.

Me puse un poco en guardia. Las intenciones del tipo sentado en mi patio me provocaron desconfianza. Me descubrí imprevistamente flotando en el mismo malestar que muchas veces yo le debo inspirar a tanta gente que entrevisto. Le dije, entonces, que no había mucho más que agregar a lo que ya había aparecido. Era un episodio menor que en realidad me había avergonzado un poco publicar.

—¿Por qué lo hiciste entonces?, preguntó él.

La respuesta que le di me causó más vergüenza todavía. Pero asumiendo que era el precio justo por algunas de las tropelías que hacemos en este oficio no la esquivé. Contesté que aquella mañana de noviembre de 2008 un buche le había pasado a un compañero el dato de que durante la madrugada la policía había detenido a un pibe con una pistola robada. Algo así nunca entra en la edición de la sección: pasa tan seguido y en tantos lados que no es noticia. Salvo que haya de por medio un patronímico importante.

Ahí entró a operar un dilema. Algún otro medio no tardaría en enterarse. Y no hacía falta ser Stephen Hawking para notar que la sola alusión “hermano de Messi” pondría el tema en la prensa nacional.

A mí colocar el tema en los diarios nacionales me importaba un sorongo. Pero no ignoraba que cuando eso pasara nos veríamos obligados a publicar —tarde y atrás— una novedad pueril que acababa de ocurrir y que teníamos antes que nadie. Me fui a la reunión de edición sabiendo que no podía esconder eso. Presenté los temas del día y al final de todo, como esos que envuelven las llaves en un trapo antes de tirarlas del piso veinte, largué: “…y además ayer agarraron a un hermano de Messi con un bufo y cinco balas en la recámara a una cuadra del Distritro Sur…”

Houston se sacudió. Los otros jefes izaron las cabezas pidiendo detalles con los ojos como huevos de avestruz. Que cómo, que dónde, que por qué. Como un papanatas culposo intenté amortiguar: que no había que exagerar, que un pibe llevando un rofie en una ciudad de un millón de tipos no era algo insólito, sarasa, sarasa… Lo íbamos a dar pero no abriendo la sección ni mucho menos.

Me respondieron que hiciera como quisiera, pero con el suficiente despliegue de texto como para salir en la tapa del diario, que era donde lo pondrían.

A las seis horas la noticia estaba en todos los portales de Europa. Lo que algún gil tomaría como un acierto periodístico no lo era ni por asomo. Apenas un episodio chico acompañado por un apellido grande. Tan grande como para no poder ir de cayetano a una reunión de editores. Y como para colocar al diario como el padre de la criatura.

Hubiera querido que terminara ahí. Lo juro por todas las videntes que podrían leerme la mente en este instante. Pero ocurrió que al correr la noticia un oscuro picapleitos que se vendía como abogado de la familia Messi salió a decir por Radio Dos que todo lo que había salido en La Capital era un invento. Que no habían detenido a Matías Messi, ni con un arma, ni nada. A esas declaraciones también las levantó todo el mundo.

Ofendido con el cagatintas que nos trataba de mentirosos no tuve paz hasta conseguir copia del expediente donde figuraba el hecho de punta a punta. Número de patrullero interviniente, nombres de los vigilantes, marca y calibre del arma, desgrabación del llamado anónimo al 101 que avisaba de un tipo armado en Uriburu al 600. Esperé hasta el día que lo indagaron y al día siguiente publiqué todo con mi firma. No porque me pareciera un gran caso, sino porque era una forma de sostener que aunque dijeran que era falso todo eso había pasado. Si era una mentira había un juez que se la creía al punto de imputarle un delito a este pibe.

Hoy pienso que soy un débil engreído, estúpido y orgulloso.

El periodista de Barcelona, que es de Buenos Aires, fue escuchando con gran atención. Cuando acabé de contarle todo le dije que a mi modo de ver eso había sido un episodio minúsculo. Y que me preguntaba cuánto valor podía tener eso en la historia escrita de un futbolista que, además, no tenía que ver con lo ocurrido, ni por un vínculo de sangre ni por otra cosa.

Me dijo que no me preocupara. El asunto no le importaba más que para hacerse preguntas sobre la familia. Me contó entonces que había estado una larga temporada hablando con familiares de Messi y que en ese tránsito se había enterado de muchas cosas dolorosas que no le interesaba en lo más mínimo dar a conocer.

“No son cosas tremendas pero harían ruido”, dijo. “No hay nada más común en el mundo que el dolor y las desdichas de una familia común. Por eso mismo esas cosas merecen ser preservadas”.

Le creí.

Estuvimos en silencio un momento. Tras su comentario me quedé pensando en un artículo de unas quince páginas que había leído unos meses atrás en un blog de una revista peruana. Era un reportaje donde un periodista se empecinaba en hablar por teléfono con amigos y familiares de Messi. Recordaba, especialmente, una comunicación nocturna que el periodista había mantenido con la hermanita. En la conversación de la nena iba y venía un anormal matiz subterráneo, algo no dicho que asomaba en forma inquietante como sólo brota en las cosas que ocurren por las noches. Pudo ser un déficit de mi percepción. Pero lo sentí. No hay nada que nadie pueda hacer contra la energía que dispara lo tácito de un texto bien armado. Ni nada hay más perturbador que aquello que no termina de ser dicho.

“Yo escribí esa nota”, dijo él.

Fue entonces que por esas cosas esotéricas que a veces resultan fallidas, como las corazonadas, decidí contar a mi visitante algo que hasta ahí pensaba callarme.

A los pocos días de escribir la nota con el expediente del caso Matías sonó mi celular con un número de Buenos Aires. El que hablaba era Jorge Messi. No me produjo gran sorpresa porque un compañero de la sección Deportes me había adelantado que el papá de Messi quería hablar conmigo y me pedía permiso para pasarle mi teléfono.

Una de las primeras cosas que un periodista debe aprender es que una persona que quiere hablar con un periodista lo único que desea es interactuar con la firma que aparece en el diario. No con el ser de carne y hueso que ese periodista es. Eso es lo mejor para evitar tomarse las cosas personalmente. Lo que yo era entonces o soy ahora a Jorge Messi le interesa tanto como los malvoncitos de la casa de mi vieja.

Estaba en Rosario y me propuso tomar un café donde yo eligiera. Le sugerí ir al bar de la vuelta de mi casa, en San Luis y Suipacha. Nos encontramos allí a la media hora. Mientras esperaba sentado en una mesa del fondo a través del vidrio reconocí con asombro al padre de la criatura. Era alucinantemente igual a Lionel. Más fácil creer que era, más bien, su hermano mayor o un tío joven. Me contaron que en Dubai una vez cuando salía de un hotel lo levantaron en andas confundiéndolo con Leo.

Yo estaba resuelto a no dejarme conmover por la sobrenatural admiración y curiosidad que siento por su hijo futbolista. Pero sabía que él venía a hablarme del otro hijo. También sabía que lo mejor para no caer en tentaciones era dejarlo decir a él y limitarme a explicar mi “intervención profesional” y la necesidad de “mi nota firmada”. Pongo las comillas para sentirme un poco menos pelotudo.

En principio me contó cosas de él. Su trabajo en Acindar, sus pleitos con antiguos intermediarios, su transcurso del tiempo por mitades entre Rosario y Barcelona. Refunfuñó algunos rezongos sobre Maradona, que recién se hacía cargo del seleccionado y acababa de ningunear a su vástago diciendo que Argentina era Mascherano y diez más. Encontré a un tipo de talante tranquilo que está muy pendiente del agobiante peso de la fama de su hijo y de la posibilidad persistente y ubicua de ser estafado. No tuve tiempo de que me cayera ni bien ni mal.

Todo venía muy sobrio y yo esperaba un apriete. Sólo me preguntaba si usaría o no anestesia.

Lo invité a decirme en qué podía ayudarlo. Me dijo solamente que le interesaba hablar conmigo porque se había dado cuenta de que la noticia de Matías los demás medios la seguían a partir de lo que sacaba La Capital. Me contó que había visto la historia reproducida en diarios de Alemania y de Inglaterra. Acababan de inscribir una fundación de bien público y querían evitar que la imagen de Leo, dijo, quedara salpicada. No buscaba negar lo que había pasado. Pensaba que sin la intervención del abogado el tema habría muerto con la primera nota. De una manera correcta y sin una palabra de más me dijo que si íbamos a seguir publicando algo nos pedía por favor tener la chance de responder alguna cosa.

A los 22 años yo trabajaba en el Banco Nación y me mandaron a buscar una remesa a Buenos Aires. Acepté porque nunca había viajado en avión y además pagaban viáticos. El despegue del avión me hizo sentir en un parque de diversiones. Después entré con dos gorilas de la vigilancia al tesoro de la casa central y me dieron cuatro sacas con seis millones de dólares.

Esa fue la primera vez que vi tanta plata junta. La segunda era en el bar contemplando la cara del tipo que tomaba un cortado conmigo. En las dos ocasiones, me parece ahora, era posible constatar la huidiza y falible condición constitutiva del poder. Porque el punto donde lucimos frágiles, oscilantes, en condiciones de tener que defendernos o pedir ayuda, siempre termina por presentarse. Lo recordaba hace dos décadas camino al aeroparque con los bolsines llenos de dólares, pensando que el banco me ponía dos custodios en un blindado porque no tenía certeza de que los seis palos llegaran a Rosario. Y el tipo que maneja un contrato futbolístico de 10 millones de euros anuales solicitaba —no a mí, sino al propietario del nombre que aparece firmando notas en el diario— que le concediéramos la oportunidad de hablar.

Como un cazador de autógrafos, yo había llevado al bar una pequeña bolsa de cartón con una foto enmarcada. Era de cuando Messi sufrió su primera lesión en el fútbol profesional. La imagen lo muestra de espaldas, empequeñecido por su traspié, abrazado en forma paternal por Kluivert Rijkaard, el entrenador que lo hizo debutar en la primera del Barcelona.

Es una fotografía extraordinaria. Quería decirle que la tenía colgada en mi escritorio como sugiriendo que jamás hubiera querido provocar ningún daño a su hijo. El recordaba muy bien la foto y dijo que le gustaba mucho. Pero aunque no lo mencionamos, un sentido complementario de la imagen terminó entreverándose y prevaleciendo. El que confirma que todos somos endebles y que nada nos asegura, tengamos lo que tengamos, no tener que depender de otros. A mí me recordó, además, que soy tan flojo como para desconocer hasta el día de hoy que haría si un dato me volviera a dejar colocado en una situación parecida.

A los cortados los pagué yo.

POR HERNAN LASCANO

jueves, 4 de noviembre de 2010

Silencio de Cabarute

jueves, 4 de noviembre de 2010 6
Se murió Néstor Kirchner. Lo supimos en un instante: lo leímos en el Twitter, lo escuchamos en la radio, lo vimos en la tele, lo sentimos en la calle. Era imposible sustraerse, el hombre estaba allí, en todos lados, tan omnipresente como jamás lo fue en vida.

Los días posteriores tuvieron la misma intensidad. Por primera vez vi a uno de los machos de Política sin lograr contener las lágrimas. Vi a un periodista de Ovación agradecer con un abrazo emocionado la columna de opinión que un compañero había publicado ese día. Vi a una cronista de Policiales habituada a escenas de carnicería que quedaba consternada tras las palabras de la presidenta por cadena nacional, sin reaccionar durante largos segundos, petrificada mientras seguramente Cristina soltaba su llanto fuera de cámara y la imagen mostraba una bandera argentina flameando en un silencio sepulcral.

Lo que más me llamaba la atención es que en este Cabarute donde habituamos ser tan pasionales, tan idealistas, tan egocéntricos, tan desesperados por contarles a unos cuantos lectores qué nos pasa cuando algo pasa, en este blog nadie escribió ni una sola línea desde que se murió Néstor Kirchner.

“Voy a mandar un mail a todos los que escriben en el Cabarulo para retarlos, están muy vagos”. No recuerdo la frase exacta de Lascano, seguramente la dijo con otras palabras, acostumbra usar palabras tan rimbombantes como la palabra rimbombante. Lo cierto es que ante un evento tan trascendente como la muerte del hombre que con su apellido dividía y divide a un país entero en dos hemisferios, nadie en este Cabarute escribió ni una línea. O al menos nadie lo hizo para este blog.

Un secretario de redacción me invitó a escribir una columna de opinión para publicar en el diario del lunes. Entonces me di cuenta: ya estaba todo escrito, todo lo que hubiese querido leer ya había sido publicado, este diario había ofrecido las opiniones más variadas, las palabras más frías y los comentarios más entusiastas, las acongojadas sensaciones en primera persona y los párrafos más desapasionados, las lecturas más profundas e incluso los lugares comunes más cuestionables. Cada uno con su firma allá arriba. Exactamente lo que debería ofrecer un diario por estos días ante un evento semejante.

Se murió Néstor Kirchner. Y todo lo que debía escribirse en el diario se escribió y se publicó. Y algunas cosas que a veces no se publican también. No quedó nada afuera, y por eso (por una vez) no necesitamos este Cabarulo. Y ya que finalmente no escribí ni una sola línea en el diario, vayan estos seis párrafos de agradecimiento a los que escribieron lo que yo no hubiese podido escribir o, mejor todavía, lo que yo quería leer.

POR HERNAN MAGLIONE

lunes, 11 de octubre de 2010

Lo peor no es la derrota (I)

lunes, 11 de octubre de 2010 11
Estábamos el viernes pasado comiendo en El Mejor y hablando de lo embarradas que venían las elecciones en la CTA. Alguien mentó una nota en TN de dos días antes, que todos habíamos visto, donde Yasky trataba de explicar, con una expresión perturbada y un poco almidonada, por qué los resultados en algunos distritos no eran confiables. En esa Walter Palena soltó una observación oblicua al asunto recordando una vieja frase de Vanrell. “Lo peor no es la derrota, es la cara de boludo que te deja”.

Me quedé un buen rato colgado en el efecto del chiste y pensando inevitablemente en Vanrell. Como de Gelblung o de Natalio Botana, contar anécdotas del Trucha es uno de los pasatiempos más divertidos y habituales de los que laburamos en esto. Con prescindencia de lo que son o de lo que nos inspiran, lo que une a los tres personajes es ser o haber sido agudos como la punta de un clavo, y condensar sensaciones expandidas del sentido común en dichos compactos, que se vuelven exitosos o risibles porque retumban como latigazos.

La única vez que entrevisté a Nito Vanrell fue a un año de entrar a Das Kapital. El venía de pasarse una buena temporada en Costa Rica prófugo de la Justicia que lo buscaba por ladrón de dineros del estado santafesino. Fue un sábado a la mañana en las mesas de afuera del bar Pasaporte, en la primavera del 94. A último momento Rubén Galassi, que era mi jefe, dijo que me acompañaba.

La charla fue larga y encantadora. El se declaraba un perseguido, hablaba de la mala fe de sus enemigos, de sus melancolías del poder, de la selectiva hipocresía de los jueces. Y yo, que me había estudiado un expediente con los desfalcos descomunales que se le atribuían, me empecé a sentir como Ulises amarrado al mástil escuchando a las sirenas, incómodo de hallarme tan cómodo. En algún momento se refirió a la etapa costarricense como “mi exilio”. Ahí vi abrirse el filón para recobrar mi posición de periodista inquisidor-ciudadano indignado y lo interrumpí: “¿Qué exilio? Usted se fue allá escapando de una causa penal por malversar fondos públicos”.

El la dejó pasar y siguió hablando, tendiendo puentes, sonriendo, mirando a los ojos. Pero cuando ya habíamos terminado recogió esa piola.

-Hay que ser cuidadoso, no hay que enojarse, todos tenemos nuestras manchas. Los periodistas hablan como si fueran novicias del Vaticano. Pero todos tienen su precio. ¿Sabés por qué lo digo, querido? Porque yo los compré a todos.

Para pronunciar la última parte de su cuasi monologo se había arrimado triunfal, quedando casi contra mi mentón, y achicado el tono de voz hasta volverlo un ronquido. Recordaba a Pedro Navaja y a todos los matones románticos de las canciones de Blades. Logró intimidarme un tanto, pero como pude balbuceé que no me convencía, que no todos cobran ni a todos les interesa hacerlo. Fue entonces que el Trucha, rápido como cuando estampaba firmas en las órdenes de pago del Senado, decretó que era el momento de aplastar al principiante:

-Muchos obedecen igual aunque no cobren, querido. Pregunta a los empresarios o a tus jefes máximos. Lo que se va a publicar o no se va a publicar se arregla con los de arriba. Y los de abajo se sienten más o menos incómodos, pero no hacen nada, porque a fin de mes necesitan el sueldito.

A este último vocablo en diminutivo, que me entró como el bayonetazo que desangró al sargento Cabral en el Campo de la Gloria, a casi dos décadas todavía lo sigo sintiendo bien atroden.

En algún lugar Orwell dice que el lenguaje político está pensado para que las mentiras suenen a verdades y el crimen parezca respetable. Arriesgaría que eso con Vanrell tiene su autenticidad innegable. Pero una autenticidad relativa.

No me parece que cualquier cosa que diga alguien como el Trucha, que fue un chorro y la madre, debe automáticamente descalificarse. Porque sino esta conducta afónica de tantos periodistas de sentirnos a salvo, de poner la conciencia en Woolite y percibirla inmaculada porque uno no recibe sobres, de entendernos honorables porque pese a acatar lo inaceptable nadie nos desliza nada en el bolsillo para hacerlo, seguirá siendo un boleto para tomarse el buque del problema. Que seguirá apretando como un zapato nuevo.

A veces la obediencia a la decisión espuria, como decía Vanrell, se produce sin retribución. Sólo porque uno obedece.

Hablo desde la fragilidad de mi experiencia, desde mi visión sesgada, desde mis miedos, sin sentirme emperador de la honradez ni de la verdad mucho menos. Las cosas ofrecen matices y se fueron generando grietas en el espacio antes incontestable de ciertas barrabasadas hoy inadmisibles en la prensa. En parte porque se dieron algunas peleas, en parte porque en un sistema de medios comerciales donde no todos tienen los mismos intereses lo que uno calla con más o menos sigilo puede volverse escandaloso en tanto otro lo muestre. Pero bien lejos estamos de cantar victoria.

Más o menos en la época de la nota a Vanrell a los más poderosos les bastaba un sencillo armisticio de cúpulas para decretar la inexistencia de un suceso. Una martingala de tres movimientos: ir a La Capital , a Televisión Litoral y a Canal 5. Y chaupinela. Ahora eso, que sigue ocurriendo, es un poco más difícil: la aparición de medios digitales que sirven de afluente a los medios tradicionales hace que la hipocresía o la indecencia, como Júpiter en estos días, se vean sin ayuda de telescopio, a ojo desnudo.

Un domingo al amanecer el hijo del dueño del sanatorio Parque yendo en una camioneta a mil por hora en Fisherton reventó a un chico de 23 años. Teníamos la nota puesta en página con las fotos y al fin de la tarde bajó la orden de pararla. Hubo un principio de motín con discusión a gritos en la Secretaría de Redacción pero no salió nada. Al día siguiente el accidente tampoco estuvo en los noticieros televisivos.

Esa tarde de lunes una redactora se tomó el 115 y bajó en la casa de los padres del chico muerto, que se llamaba Juan Pedro Stradiotto. “Hagan una marcha en la puerta del diario, o muchas. Hagan carteles. Denuncien que están ocultando esto”, les dijo. Así fue y a los dos días el tema estaba instalado abriendo página y en la portada.

Hay batallas editoriales bien más difíciles o más sutiles que la de los pedidos del comandante del Grupo Oroño que no deseaba que su nene apareciera en Policiales por aplastar a un vecino con una 4 x 4. Pero en esa, que no era la primera vez y cada cual tendrá su ejemplo, se ofrecía al desnudo la posibilidad de buscar rutas para esquivar los obstáculos de los intereses comerciales o políticos en la edición de noticias. Una especie de evidencia sencilla de que esos poderes influyentes no son indoblegables. Y que frente a ellos pueden armarse contrapoderes cuya naturaleza -como este año pareció constatado como nunca con el paro en el multimedios La Capital - deriva de una construcción colectiva. Sólo hay que estar dispuesto y transpirar un poco más. Bueno, bastante más.

Queda la variante de sentirse un boludo, sin necesidad de cobrar por eso.

POR HERNAN LASCANO

jueves, 30 de septiembre de 2010

Tizne

jueves, 30 de septiembre de 2010 15
“Vecinos de la zona sur volvieron a cortar la avenida de Circunvalación a la altura de calle Garibaldi para reclamar por trabajo y planes sociales y denunciar la situación de extrema pobreza que están atravesando. Más de cien personas, la mayoría mujeres y niños, desafiaron el frío y permanecieron durante más de ocho horas a la espera de una respuesta de las autoridades”, escribí, casi automáticamente, con los dedos todavía entumecidos por el frío, apenas regresé de hablar con los vecinos que estaban sosteniendo la protesta. Corría el año 2001, tiempos de devastación neoliberal en la Argentina y cada día, en realidad varias veces por día, los cronistas de El Ciudadano nos repartíamos por los distintos cortes para después volver corriendo a la Redacción, a tratar de armar una nota que diera cuenta de ese complejo panorama de medidas de fuerza.

Estaba a punto de iniciar el segundo párrafo de la crónica cuando vi entrar a uno de los delegados de la comisión interna del diario. Gesto adusto, mirada torva, el mensaje era inconfundible, repetido, consabido: “Hoy no se cobra muchachos, y no hay fecha”.

Por aquellos años, cuando la situación del país y la consiguiente degradación de la labor periodística se veían claramente reflejadas dentro del diario, y cada mes, cada fecha de cobro, se desplegaba una renovada lucha de los trabajadores, con asambleas, paros, cortes de calle y volanteadas, esas simples y temidas palabras –“No se cobra”– detonaban en forma inmediata, automática, un aceitado mecanismo ejecutado por el Sindicato de Prensa y la interna, con la participación de cada uno de los trabajadores: procuración de pancartas, cubiertas, volantes y bombas de estruendo. Y a la calle.

A menos de cuarenta minutos del anuncio del nuevo incumplimiento patronal, con la crónica del corte de Circunvalación ya terminada a los apurones y pasada a edición, los trabajadores de El Ciudadano gritábamos por nuestros salarios entre el humo denso, negro y pringoso de las cubiertas que se consumían en medio de la calzada, en calle Dorrego, produciendo un corte parecido a los que, en esos mismos momentos, tenían lugar en otros puntos de Rosario. Tras casi dos horas de protesta callejera frente al diario, se supo que pagarían, al menos una parte del sueldo, esa misma jornada. “Hay que volver a hacer el diario”, nos decíamos unos a otros, redundantes, como pensando en voz alta, mientras recogíamos los negros y humeantes amasijos de alambres, caucho y pez, que dejan como residuo las cubiertas consumidas, como filigranas pastosas de olor picante.

En esos momentos se experimentaba una mezcla de cansancio, bronca, alegría y tristeza. Tener que hacer lo mismo cada mes, y hasta dos o tres veces por mes, para ir cobrando el salario en cuentagotas. Y encima tener que interrumpir la medida de fuerza ante las irresponsables idas y vueltas de la patronal, y volver a hacer el diario tras un parate de casi tres horas, que atrasa la edición en forma drástica, irrecuperable en otras condiciones consideradas “normales”. Pero no. Allí todo transcurría con la veloz naturalidad de lo repetido: cubrir, escribir la nota, encender gomas, putear, hacer estallar bombas, entregar volantes a transeúntes y automovilistas y volver a escribir y así……y el diario salía, siempre, y pese a todo. Las horas de paro eran compensadas por los trabajadores con más laburo, más presión, más trabajo en equipo, y más velocidad en cada una de las tareas.

Estaba haciendo los últimos ajustes a la nota de la protesta de los vecinos de la zona sur ya en la sección Diagramación –los dedos todavía tiznados dejaron marcas sobre el blanquísimo teclado ergonométrico de la Mac–, cuando sonó otro grito de alarma. “Parece que van a desalojar el corte de Circunvalación”. Tres compañeros dieron un respingo al mismo tiempo: un fotógrafo, un editor y un cronista. Por aquellos días, con Carlos Reutemann como gobernador de la provincia y el ex Side y por entonces secretario de Seguridad, Enrique Álvarez, había que acudir sin demora. Cinco minutos después de la alarma, estaba en un taxi camino al corte.

Más de cien personas soportaban el frío junto a las gomas encendidas, y ante la atenta mirada de un batallón de policías que parecía preparase para invadir los Estados Unidos.

Sobre la cinta asfáltica congelada y gris, el espacio vacío que separaba a los manifestantes de la policía parecía enorme, compacto. A ambos lados de la ruta se extendían los humildes hogares de las personas que protestaban: techos de zinc sobre los que descansaban cubiertas, trozos de madera y metal, y otros objetos que a la distancia parecían sin nombre. De un lado del vacío, hombres, mujeres y niños desarrapados, cansados, muertos de frío, portando bebés, arrugados paquetes de galletitas, ataditos de ropa muy gastada y envases de gaseosas de marcas baja gama. Del otro lado, los policías con sus uniformes desarrapados, de un azul desleído, cansados y muertos de frío, se arropaban ominosos con sus palos y sus escudos.

“Vimos que andaba por ahí con su auto Enrique Álvarez. Cuando aparece ese, a los cinco minutos da la orden y nos recagan a palos”, denunció una de las personas que protagonizaban la protesta.

De a ratos se producía un silencio desagradable, sólo interrumpido por los ladridos de los muchos perros que acompañaban la protesta. En medio de la nada, la miseria, la espera y el frío, hasta los ladridos de los perros del barrio resultaban siniestros.

Después de dos horas de tensión, cuando ya caía la noche, comenzó una negociación con la policía y debí volver a la Redacción a escribir la nota, ya amenazado por la hora de cierre de la edición, un cierre forzado, difícil. “Cualquier cosa avisen”. La frase se repetía cada vez que un cronista abandonaba la cobertura de una protesta.

Cuando regresaba en taxi a la Redacción otro piquete se interpuso en el camino.

“La puta madre… acá también está cortado”, dijo el taxista. “Sí, ya sé, ya sé… que los maten a todos, ¿no?”, dije, harto de escuchar siempre lo mismo. Pero el hombre no percibió la ironía.

“Pero claro…. que vayan a laburar, vagos”, señaló el tachero cuando ya llegábamos al diario.

Me bajé revisando los apuntes en la libretita. Las páginas también tenían marcas de tizne. Mientras subía las escaleras hacia la Redacción, me odié por el exceso de fina, boba ironía ante el taxista. Debí putearlo, claramente, pensé mientras cruzaba la filita feliz de compañeros esperando por el cobro, cuando ya llegaba al escritorio y me zambullía sobre el teclado, en medio del ajetreo de la edición atrasada y tiznada.

Pero cuando comencé a escribir y describir la protesta, las mujeres y los chicos muertos de frío pidiendo comida, por un lado, y los palos y escudos de los policías, por el otro, el comentario del taxista volvió a retumbar en mi cabeza. “Nazi de mierda”, grité golpeando el escritorio con el puño. Nadie se inmutó. En la Redacción de El Ciudadano por aquellos días, la siempre lábil y ambigua noción de “normalidad” incluía alaridos, puñetazos a escritorios y paredes, ladridos dirigidos a las computadoras, risas estertóreas, llantos de alegría, tristeza, bronca y otros motivos indescifrables, cabriolas propias de saltimbanquis, actos de prestidigitación y funambulismo.

“Caos” y “tole-tole” eran las expresiones preferidas en la Redacción. Funcionaban como mantras, como una suerte de Om desesperado y desesperante, propio de occidentales lastrados, que ya habían arrojado a los perros los anhelos de paz, calma y vida sana. En ese particular contexto una modesta puteada con puñetazo era una de las más anodinas formas de la nada. “Nazi, botón y vigilante”, dije, pero enseguida me arrepentí: “El tachero es un laburante también, che”, pensé, correcto. Pero cuando observé las imágenes tomadas en el corte que me mostraron los compañeros de la sección Fotografía –se veían chicos y mujeres mayores temblando de hambre, frío y miedo en medio de la nada– la corrección política y la fina comprensión de las complejidades de la mente humana de clase media se esfumaron como negro humo de quemadas cubiertas, y dejaron lugar al planteo inicial: “Nazis y vigilantes”, dije en voz alta, ahora más “inclusivo” gracias al uso del plural. De algún lugar entre el caos que se enseñoreaba por la Redacción, se elevó el dedo pulgar de un compañero, aprobatorio y tiznado.

POR PABLO BILSKY

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Los Superagentes encubiertos

miércoles, 22 de septiembre de 2010 10
Quizás soñando con un Pulitzer o por lo menos un Magazine de Bermejo, hay gente en esta redacción que cada tanto se inspira en películas de Hollywood para mandarse a organizar investigaciones como si esto realmente fuese un diario. Aquella vez, probablemente durante los primeros pasos de este siglo, a Jorge Levit se le ocurrió desvelar un oscuro entramado policial por medio de una aventurada acción encubierta.

Quién sabe de dónde apareció el dato de que en un pequeño pueblito no muy lejano de Rosario existía un casino clandestino que supuestamente operaba tras la fachada de un bingo, manejado por un comisario de la zona. Tengo una memoria que es una auténtica porquería, la verdad es que no recuerdo el apellido del policía, ni siquiera del pueblito, pero tampoco voy a esforzarme demasiado porque viene bien a la narración, ya que (y de paso anticipo el previsible resultado de la investigación) finalmente no descubrimos nada, ni una mísera y retorcida prueba que hoy nos permita hacer pública cualquier acusación.

Si esto fuese Hollywood los periodistas encubiertos hubiesen sido Dicaprio, Matt Damon y Edward Norton. Está claro que jamás hubo ni habrá nada parecido en el diario, por lo cual la tarea recayó en mi persona y otros dos empleados de la empresa. Por eso, para proteger las identidades de los involucrados en el operativo, diré que mis compañeros se llamaban Claudio Berón y Sebastián Melchor.

Allá nos fuimos los tres, a bordo del Ford K del diario, con rumbo a -digamos- Villa Las Casas, en busca del casino clandestino que tenía a su cargo el comisario -supongamos- José Villavicencio.

Por supuesto, nos perdimos. Nos dejamos guiar por una incierta señalización y nos metimos en medio de la noche cerrada en un camino de tierra que allá lejos, muy al final, mostraba nítidamente unas lucecitas que, sin duda alguna, eran Villa Las Casas. Melchor manejaba con la displicencia de un guía de alta montaña, yo iba sentado atrás (me gusta más ir atrás cuando somos tres, se ve todo como en una película) festejando las cien mil historias que improvisaba Berón (casi como una epifanía de un episodio que vivimos años después, durante las noches del Comando Patafúfete, pero esa es otra historia que quizás jamás sea contada en este blog). Las luces del horizonte desaparecieron y, quién sabe cómo, muchas vueltas después y casi dos horas más tarde de lo previsto dimos con el pueblito.

Lo único que recuerdo del lugar es una plaza triste, mal iluminada, con la silueta casi troquelada de un par de árboles despojados de follaje. Hacía frío y nos sobrevolaba una constante sensación del tipo ¿realmente-tenemos-que-estar-acá?. Era algo así como el punto intermedio entre un destino inexorable de muerte en un zanjón y una escena de Groucho, Harpo y Chico.

Entre frases burlonas del estilo “el deber llama” entramos al bingo, nada más parecido a un club de barrio con manteles berretas, lamparitas de colores y banderines de plastico. Eran unas veinte mesas, de las cuales sólo cuatro estaban ocupadas. Los parroquianos no podían disimular su aburrimiento al ritmo de una desganada voz que desde el micrófono anunciaba los números que salían del bolillero. Absolutamente todos notaron la presencia de los forasteros y nos lo hicieron notar con miradas inquisidoras, como en un saloon del lejano oeste.

“Esperen, ahora vengo”, dijo Berón mientras ocupábamos nuestras sillas. Se alejó unos metros y se abrazó con un hombre, prodigándose ambos sonoras palmadas en la espalda. Charlaron brevemente y regresó a la mesa.

-¿Y ese quién era?
-Uno que trabajaba conmigo en el diario, en Expedición. Ernesto Villavicencio.
-¿Villavicencio? ¿Como el comisario?
-Sí, es el hermano.

En pocos instantes, medio Villa Las Casas estaba al tanto de los tres tipos del diario que habían caído en ese absurdo paraje perdido en la nada. “Le dije que estábamos al pedo en Rosario, escuchamos algo del bingo y nos vinimos. No es boludo, ya sabe qué estamos haciendo”, dijo, mientras una chica que mascaba aparatosamente su chicle nos ofrecía tarjetas para la jugada que estaba por comenzar.

Cambiamos al plan B. Nos jugaríamos dos o tres rondas de bingo sin dejar de espiar disimuladamente lo que ocurría detrás de esa misteriosa puerta que daba a una habitación contigua. Antes de ver salir precisamente por esa puerta a la moza (la misma muchacha, el mismo chicle) con un familiar de milanesa (la misteriosa habitación era la cocina), Melchor completó cinco números, tímidamente alzó su dedo índice y soltó a media voz: “Línea”. La empleada se acercó con el mismo desgano a plantar en nuestra mesa una banderita que nos haría acreedores al humilde premio. En la jugada siguiente yo también canté línea. “Bingo”, dijo Berón entre risotadas apenas contenidas, mientras los demás jugadores fruncían sus ceños en dirección a nuestra mesa, florecida de banderitas. Eramos los peores periodistas encubiertos del universo.

Era el momento del plan C: huída al estilo Tiburón, Delfín y Mojarrita. Subimos al auto pensando en un ignominioso regreso, pero Berón insistía en que “algo raro” ocurría en el lugar. “Pará acá”, le ordenó con tono de sargento a Melchor cuando pasábamos por la calle que daba a espaldas del bingo. El tipo se encaramó a un alambrado para espiar por una “sospechosa” ventanita mientras yo me internaba en lo que parecía una plantación de lechuga que corría paralela al salón. Desde esa incómoda posición escuchamos un interminable bocinazo: Melchor intentó bajar del auto y quedó accidentalmente “enganchado” del claxon (el Ford K le quedaba chico). Seguramente algún vecino en pijamas pudo contemplar la escena: tres idiotas que se trepaban a un auto a las carcajadas y escapaban a toda velocidad del pueblo.

Apenas si teníamos unos pocos pesos de viáticos, pero las ganancias en el bingo nos regalaron una dignísima cena en avenida Pellegrini, a eso de las tres de la mañana. Obvio, en el diario no salió ni media línea del casino clandestino de Villa Las Casas.

POR HERNAN MAGLIONE

domingo, 19 de septiembre de 2010

Periodistas policías

domingo, 19 de septiembre de 2010 5
Cuando empecé a trabajar en periodismo dejé de ver a muchos de mis viejos amigos o conocidos y empecé a tener otras relaciones. Por las cuestiones laborales, básicamente. Iba a trabajar en policiales, y lo asociaba con la literatura, con la novela negra, con Walsh, con los usos de la novela de enigma en Walsh, etcétera, etcétera. Así lo contaba, así lo presentaba cada vez que me encontraba con algún viejo amigo, o conocido. Y casi todos esos amigos, o conocidos, compartían mi entusiasmo.

Casi todos, porque Ricky tenía una opinión diferente. Ricky no era un amigo, más bien yo era amigo de su mujer, pero esa es otra historia; supongo que con Ricky nos habremos cruzado en la casa de Ovidio Lagos y San Lorenzo, planta alta, una casa donde se hacían fiestas muy lindas en una época, había un libro, incluso, con cosas que anotaba la gente que iba a la casa, a esas fiestas, un libro que estaba, me acuerdo bien, en la habitación principal que daba a calle San Lorenzo. Qué lástima que se perdió ese libro. Sí, de ahí lo conocía a Ricky. Y lo que me dijo Ricky fue más o menos que me dejara de joder, yo me había pasado del lado de la policía.

La verdad que eso me puso mal. Fue la última conversación que tuve con Ricky, y capaz que ahora sigue pensando lo mismo; pasó mucho tiempo, ya no hago policiales, pero Ricky seguramente no lo sabe. Me pareció injusto, me pareció que no tenía idea de lo que yo estaba haciendo. Es cierto que había cosas, bueno, poco brillantes, para decirlo de alguna manera. Los partes de la oficina de prensa de la UR II eran la fuente de información privilegiada. Si faltaba algo, si las cosas se ponían difíciles, el nombre de Héctor López funcionaba como un ábrete sésamo fulminante en cualquier lugar de la UR II y más allá, en Casilda, Melincué, Las Rosas, incluso una vez comprobé que lo conocían en Bell Ville; era un salvoconducto capaz de llevarme, por ejemplo, sin escalas, directo al despacho del comisario Rubén Cavallo, en la comisaría décima, el mismo despacho donde luego se aposentaría Carlos Moore, ambos siempre solícitos ante la inofensiva requisitoria periodística. Las cosas se averiguaban en las comisarías, el jefe de Seguridad Rural pasaba de vez en cuando con salames y quesos que trocaba, podía decirse, por no menos jugosas crónicas, y cada vez que la Brigada de Homicidios tenía algún preso era obligada la foto del acusado, con la cabeza envuelta en una campera o un pulóver, y a su lado, con expresión dura, mirando más allá, el entonces subcomisario José Manuel Maldonado, en el pasillo del primer piso de la ex Jefatura.

En ese momento los procedimientos de Drogas Peligrosas tenían mucho espacio. Aun los que hoy irían a parar a la columna de breves. El Zorro Aguilera hacía un trabajo fino como encargado de prensa de Drogas, hay que reconocérselo. Tendría que ir a hablar al curso de periodismo judicial. Cada vez que había un procedimiento, el Zorro llamaba y pasaba el dato. Pero lo pasaba antes de que el procedimiento se hiciera, para que los encargados de la sección pudieran organizarse, asegurar el fotógrafo, la cobertura, como se dice. Y creo que hasta elegían una hora como para llegar antes del cierre, como para que al día siguiente los lectores pudieran tener la noticia, la crónica, y las fotos, que eran casi tópicas: los envoltorios con la cocaína o la marihuana, por un lado, y los detenidos, de espaldas, alineados contra una pared, las manos esposadas. Y no era solo con nosotros, el Zorro le avisaba a todos los medios de la ciudad, a todos. Nosotros creíamos que el Zorro era una fuente, pero en realidad él y Drogas se servían de la prensa. Los estudiantes de Comunicación Social tendrían que entrevistarlo a él para sus tesis, no a los periodistas.

Ese tipo de notas eran las que me ponían más nervioso. ¿Y si me encontraba con algún conocido? No la nota en sí, sino la cuestión de saber, tres, cuatro, cinco horas antes, que en tal lugar de la ciudad, iban a hacer mierda a alguien. Aunque no siempre lo sabía, al fin de cuentas era el último orejón del tarro, el que iba a hacer las notas en la calle, cosa que nadie hacía. Pero a veces sí sabía, el jefe me decía: “a tal hora, vas a ir a tal lugar por un procedimiento de drogas, hablá con fotografía”. Entonces, mientras llegaba el momento, podía descansar un rato, ir al bar, tomar algo y pagarlo con esos billetes verdes que sólo valían en la redacción. Después que el jefe de fotografía determinara, entre una y otra pitada a su boquilla, qué fotógrafo me acompañaría. Me tocaban esas notas, gente que caía con un kilo de marihuana, un par de bochas de cocaína, nada. En San Lorenzo, por esa época, hacían procedimientos más importantes, pero esas coberturas estaban reservadas, no sé por qué, para otros periodistas de la sección.

En uno de los edificios que están en la misma cuadra del diario vivía entonces G., que había pasado una temporada en Coronda por tráfico y que una vez en libertad seguía dedicándose a lo mismo. G. tenía una Yamaha negra deslumbrante, muchas veces, antes de entrar, la veía estacionada en una de las galerías que entra por Sarmiento y sale por Córdoba, si uno viene caminando por Sarmiento. Por supuesto que se cuidaba más, aparte porque los de Drogas le habían hecho un par de visitas. Pero G. seguía en la misma. A la tarde iba a tomar un café al bar que está frente al diario y se quedaba un rato largo, un par de horas, a veces en una de las mesas que daban a la calle. No recuerdo cuándo fue, pero sí que fui a verlo a su casa con L., una amiga que ya no está, y que nos contó que a la mañana, ese mismo día, lo había allanado la policía, que él no estaba y que su novia, jovencita, se había re-portado, les había hecho frente sin quebrarse, sin decir una palabra. Estaba emocionado G. con la valentía de su chica. Más adelante, pero bastante más adelante, un día que lo crucé por la calle me dijo que vivía en zona sur, tenía otra moto y no iba más al bar porque ahí había vigilantes.

Entre tanto movimiento por nada y tanto espacio dedicado a Drogas Peligrosas llegó un operativo en Villa La Lata. Nos enteramos varias horas antes. Y también se enteraron las radios, los canales, todos los medios. El que organizaba la transa era un tal Viti, parece que tenía su historia, si uno le creía al Zorro era que Pablo Escobar vivía ahora en La Lata. Ese día estuvimos todos los periodistas, llegamos juntos, en caravana con los patrulleros de Drogas, los del Comando, los de la Guardia de Infantería. Y nos fuimos todos juntos, policías y periodistas. Recuerdo que en medio del maneje policial José Granata se lanzó por un pasillo y salió eyectado al instante, con su campera de tela azul cubierta de escupitajos. La gente de la villa pensaba que no había ninguna diferencia. Igual que Ricky.

POR OSVALDO AGUIRRE

(foto de lu6fpj -Facundo A. Fernández- con licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirDerivadasIgual 2.0 Genérica)

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Abecedarios

miércoles, 15 de septiembre de 2010 10
Ahora estoy curado, creo. Pero durante mucho tiempo tuve el vicio de escribir abecedarios. En servilletas, manteles de papel o anotadores, generalmente. Lo hacía en la copa, cuando el Negro y María se ponían a hablar de gente que no conocía y, por supuesto, en la reunión de tapa, adonde todos llevamos un hobby o alguna neurosis para matar el tiempo.

Escribía abecedarios en letra imprenta. La cursiva es aburrida. Pero no siempre eran iguales. A veces los hacía en mayúscula y otras en minúscula. En la mayoría de los casos seguía la tradicional trayectoria horizontal, de mi izquierda a mi derecha. Pero cuando cubría la superficie del papel, o simplemente cuando me sentía especialmente audaz, los largaba de arriba hacia abajo, siguiendo los márgenes.

Un aviso para los recién iniciados: sea vertical u horizontal, un abecedario no se puede interrumpir. Nunca, jamás, por ningún motivo. Esto no es joda. No seré responsable de lo que suceda si por indolencia o rebeldía adolescente cualquier pelotudo activa el maleficio. Un truco: cuando se avizora el borde de la hoja, al filo del vacío donde habitan las tortugas gigantes, hay que achicar la letra.

No importa que el abecedario se convierta en una línea ininteligible o se abolle en un amasijo de trazos. Mientras estemos convencidos en lo más íntimo de nuestro ser que en esa línea están todas las letras, de la A/a a la Z/z, nadie correrá peligro.

Hablamos de las letras simples. Alguno puede ensayar con la ch o con la ll. Que haga su experiencia. No está mal pero es una sobreactuación pavota. Como darse dique fumando cigarrillos de chocolate. Igual, no mata a nadie.

Equiparable al abecedario es la escala numérica del 0 al 9. No lo cuento como otro vicio porque entiendo que es una variante del anterior. Incluso, hasta se pueden combinar. Dejo a los científicos la polémica. Para mí es igual matar el tiempo haciendo letras que números. De 0 al 9. Ojo. No es del 1 al 7 ni del 2 a 10, ni se vale poner el cinco antes del cuatro. A riesgo de parecer paranoico, lo subrayo: la escala numérica va del cero al nueve y nunca, jamás, por ningún motivo, se debe cortar ni alterar.

No hay que ser Pitágoras para meterse en este mundo. Pero tampoco un ignorante. No queremos que un aprendiz que crea que es gracioso tirar un 1-10 termine despertando al agujero negro que se ubica en el centro de Andrómeda y que -lo sé porque lo dijo el History Channel- se quiere devorar a la Vía Láctea, nuestra patria grande. No digan que no se los advertí.

Pero yo quería contar otra cosa. En el año 2000 viajé a Brasil. Estuvo lindo. La Cancillería brasileña había organizado una gira para periodistas de diarios del interior de la Argentina. Buscaba mostrar, con visitas estratégicas y una densa agenda de entrevistas sobre economía y politica, cómo marchaba su plan de convertir a ese país en potencia global. Un avance de la película de los Bric, que años después se puso de moda.

Para los que nos gusta la política, fue alucinante. Un viaje al interior de los mitos imperiales de un país distinto, en el que las rutas no llevaban a la playa ni al corsódromo sino al megaedificio de la superpoderosa Fiesp, en San Pablo, a la rústica Riberao Preto de los coroneles de la caña de azúcar y, como no podia ser de otra manera, a la intrigante capital, Brasilia. Y allí, al Palacio de Itamaraty, donde se cocina el sueño brasileño de conquistar el mundo con fútbol, glamour y buena onda, si acaso fuera posible esta combinación.

No era un momento cualquiera. Se cumplían 500 años de la versión lusoamericana del “descubrimiento”, cuando el portugués Alvarez Cabral llegó a Porto Seguro. Con un despliegue de inteligencia política, estatal e institucional que hubiera impactado a Marc Bloch, los brasileños resignificaban su pasado con destreza magistral.

En el parque Ibirapuera de San Pablo se levantó una megaexposición de arte, antropología, historia y arqueología tan elegante y desmesurada como sólo pueden hacerla ellos. La muestra del redescubrimiento. Un espejo que devolvía, cambiada, la imagen europea del primer contacto.

De viaje por impactantes salones, ciencia y estética unían a los primeros habitantes, las culturas originarias, la conquista, la colonia y la herencia imperial de los Braganza, en un relato que sutilmente anudaba el revisionismo y la megalomanía. Sobre el final, el Brasil contemporáneo se exponía como foro de los más exquisitos debates intelectuales . Y como última estación, casi a la salida, estaba el pabellón de los locos.

Brutal forma la mía de referirse a la muestra Imágenes del Inconsciente, en la que se exponían algunas de las obras del Museo del Inconsciente que está en Río de Janeiro. Ese museo fue fundado en los años 50 por Nise Da Silveira, que revolucionó el trabajo en los institutos psiquiátricos, entre otras cosas, rescatando la expresión artística de los internos.

No entiendo mucho de esto. De pintura. Pero Flora, una señora elegante, culta y bondadosa que nos acompañó durante toda la gira, me explicó que las obras eran de artistas que sacaron chapa convirtiendo en significante la voz profunda de sus calimestrolios alterados. Me agregó que el concepto incluía la reivindicación de la irracionalidad en el arte.

Raras colecciones de jarritos y botellas, y dibujos dominados por figuras geométricas, compartían y competían en las telas con bombas de colores que cegaban de una forma maravillosa. El inconsciente en carne viva, explicaba esta mujer, llevaba naturalmente a nuestros amigos a lugares a los que los surrealistas no pudieron llegar ni aspirando hasta el polvo de la alfombra.

En esa clase estábamos cuando los ví. Estaban ahí, chiquitos y tímidos pero firmes. Uno en cada cuadro. Como si hubieran sido escritos en tinta indeleble, luchando por emerger del tumulto de imágenes alucinadas. Los abecedarios. De la A a la Z. Sin ch ni ll. Sin interrupciones ni alteraciones, evocando el misterio de un código seductor y siniestro. Construcción de orden en medio del caos, me explicó catedráticamente Flora.

Mi corazón delator me debe haber denunciado. Porque rápídamente su dedo didáctico cambió de dirección y, apurando el paso, me llevó hacia una tira de vasitos de metal que se tendía sobre una tela. Creación de otro artista que se cree loco y que, como una nota al pie, había escrito bajo el galimatías de hojalata: “A veces, cuando pinto, me siento transparente, pero casi siempre estoy lleno de colores”. Como suele pasar con la escritura.

POR ALVARO TORRIGLIA

lunes, 13 de septiembre de 2010

Hasta La Victoria

lunes, 13 de septiembre de 2010 10

Es una mala costumbre: todo papel que llega a mis manos, una gacetilla, una invitación, una publicación, lo que sea, va a parar a mi pequeño bolso de cuero, con la idea de que en algún momento voy a tener tiempo de revisarlo, leerlo, tirar lo que no sirve y guardar lo importante. Hasta que el bolso desborda y entonces descubro eventos que me perdí, gacetillas que no publiqué o revistas que aún estoy a tiempo de leer. O no.

No puedo cambiar la costumbre a pesar de eso. Ni de otras situaciones que en algún momento pudieron suponer un riesgo.

En octubre de 1989 estaba en Chile. Me faltaba poco para cumplir 22 años, eran épocas de menemismo e hiperinflación, y Nacho Suriani me había despedido de su programa porque necesitaba achicar costos.

Así que embolsé la indemnización, me tomé el TAC y crucé la cordillera con un bolso pequeño, y una carta de José Cazorla –entonces jefe de Noticias de Radio 2- para acreditarme como periodista y cubrir las elecciones de diciembre de ese año en las que se iba a elegir al primer presidente de la democracia tras la larga dictadura de Pinochet. Estaba seguro de que no la podía pasar mal si allá me esperaban amigos como Cheché –el tipo más generoso que conocí en mi vida- y Jorge Santa María.

Una de las experiencias más maravillosas de ese viaje, además de vivir esa campaña electoral y la efervescencia que significaba el inminente inicio de la etapa democrática, fue conocer La Victoria, una de las poblaciones más humildes de Santiago, de esas que suelen estar marcadas en rojo en los mapas de pobreza y conflictividad social.

La Victoria no es cualquier población y en su origen mismo está el rasgo distintivo: nació en 1957, por la acción de tres mil familias sin vivienda que tomaron los terrenos y se instalaron allí, pero con una organización que le dio un perfil social que no tenía, ni tiene, el resto de las barriadas pobres de esa ciudad monstruosa y desigual.

Desde la toma misma mucho tuvo que ver con lo que pasó allí la dirigencia comunista, que pudo convivir con otros sectores, incluida la Iglesia, y, en medio de la feroz dictadura, convertir a La Victoria en un verdadero foco de resistencia.

El 30 de octubre de 1989, el día que fui a ese lugar del que necesariamente se sale transformado, se cumplían 32 años de la histórica toma. Y como cada aniversario desde 1958 había fiesta popular.

Pero no entraba cualquiera. Para poder pasar Ani, una amiga del Cheché con años de militancia en el PC chileno, consiguió un contacto. En el ingreso al barrio nos esperó una pequeña comisión que hizo las veces de guía y guardia de seguridad de principio a fin.

Fuimos Jorge, que llevó su cámara de fotos, y yo, con mi viejo morral psicobolche que tenía el –visto desde lo que son los aparatos hoy- enorme grabador Panasonic y un anotador en su interior. Y nos sorprendíamos a cada paso.

Todavía era dictadura. Y días antes habíamos corrido de lo lindo cuando en un acto de la Concertación, en la zona del estadio Santa Laura, irrumpieron los carabineros de Pinochet con el famoso Guanaco, el camión hidrante que mojaba con agua que, decían, dejaba manchada la ropa, así la gente quedaba marcada.

Pero allí, en La Victoria, había definitivamente un clima diferente. Las calles, angostas, de tierra, desparejas, tenían otros nombres, escritos en letreros bien rústicos: “Ahora caminamos por Carlos Marx y vamos a doblar en Unidad Popular”, nos decía uno de nuestros guías. Que explicaba que “los pacos” (carabineros) de vez en cuando entraban y se llevaban esos carteles, pero que los vecinos los volvían a poner y más grandes: “Nosotros hicimos las calles, así que les ponemos el nombre que queremos”, argumentaba con una lógica imposible de refutar.

Las paredes también tenían sus particularidades: allí quedaba grabado el trabajo de los grupos muralistas que encontraban en el arte una forma de resistencia, una tradición que hoy continúa. Era como todo un pueblo pintado por coloridos Carpanis.

En esos dibujos se repetía una figura: la del cura francés André Jarlan, sacerdote del lugar, que fue asesinado en marzo de 1984 mientras rezaba, luego de una de las feroces irrupciones de las fuerzas de Pinochet, que cuando entraban, pasando por arriba las barricadas que instalaban los vecinos, lo hacían a sangre y fuego.

Católicos y no católicos lo veneraban. Los comunistas también, claro.

Una mujer del PC, que se llamaba Elizabeth Orrego, era la presidenta de la Junta de Vecinos. Ella explicaba que frente a la dura represión del régimen tener una organización férrea fue una clave de superviviencia.

Se elegía un delegado por cuadra, para garantizar que todos los vecinos tuvieran su representante. “Gracias a eso nos conocemos todos y si aparece un sapo (servicio) lo identificamos enseguida”, contaba. En la Junta también se enseñaba a curar heridos, defenderse de las bombas lacrimógenas, de los palos.

Eso explicaba por qué ese 30 de octubre de 1989, en esa fiesta que era popular en serio, no aparecía el miedo que sí era palpable aún en otras partes de Santiago. Las calles, como decía el guía, eran de ellos.

Sobre el final de aquel día inolvidable nos esperaba una última sorpresa: cuando Jorge, yo y nuestra módica comitiva estábamos cerca de completar el recorrido, vimos que venía detrás nuestro un grupo de gente bien numeroso, rodeado de un cordón de jóvenes de camisas moradas.

Nuestros acompañantes se decían unos a otros: “Es él, es él”, emocionados como un rolinga rosarino que ve llegar a Keith Richards por la peatonal Córdoba. En el medio de las cincuenta, sesenta personas, estaba Volodia Teitelboim, entonces secretario general del PC chileno recientemente retornado del exilio y, lo supe después, un escritor de fuste, respetado en el mundo entero.

Hubo realmente mucha cortesía. Pararon, nuestros guías dijeron que éramos periodistas argentinos, Volodia nos saludó y nos terminamos sumando a la imponente columna.

E incluso más: la invitación se extendió y nos fuimos con ellos de La Victoria, ese lugar inolvidable. Uno de los muchachos de camisa morada apretó fuerte mi mano y me dijo firme y a la vez galante: “Un gusto haber sido custodio suyo”. Después nos subieron a un auto fabricado en la Unión Soviética, un Lada bien comunista, y nos llevaron a otra población, no recuerdo cuál, donde Volodia cerró con un discurso un acto de campaña.

Al otro día el plan era bien otro: el ministro del Interior de Pinochet (de este no sé el nombre, la memoria es selectiva) iba a dar una conferencia de prensa para brindar detalles de la organización de los comicios para los que faltaban 45 días.

Me vestí con una prolijidad que no acostumbraba. Salí de la casa de Cheché en Peñalolén con tiempo, me subí a la liebre en la avenida Grecia y me bajé unas cuadras antes de la parada indicada, para caminar un poco por la Alameda, hasta ese edificio del que tanto había oído hablar pero aún no conocía.

Un escalofrío me corrió por el cuerpo cuando en el ingreso al Palacio de la Moneda un carabinero me pidió que abriera mi morral psicobolche: maldita costumbre, estaban allí, junto con el grabador Panasonic y el anotador casi escrito en su totalidad el día anterior, todos los papeles que me habían dado en La Victoria.

El carabinero no les dio importancia, no los vio, tenía la orden de buscar otra cosa que papeles, no lo supe. Yo temblaba.

Una vez que pasé y me senté en la sala de la conferencia de prensa, ambientada con estilo francés, pegué una mirada rápida al interior del morral: lo primero que vi fue “El Rodriguista”, la revista del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el grupo que en 1986 intentó, sin suerte, matar a Pinochet. De a poco cedió el miedo. Y me ganó una extraña sensación de felicidad.

POR DAMIAN SCHWARZSTEIN

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Una lección inesperada

miércoles, 8 de septiembre de 2010 9
Yo era parte de una banda de estudiantes de Comunicación que no podía tener su programa de radio y, decididos a no perder el tiempo, eligieron las paredes de la ciudad para escribir sus libretos. Nos llamábamos Los Eccos de Umberto, así, con dos o con tres “c”, ordenadas de menor a mayor simulando las ondas del eco. Unos creativos bárbaros.

Escribíamos sobre cualquier persona, personaje o circunstancia que nos diera un motivo. Eran lindos días y mejores noches porque, como cualquier acto contravencional, era recomendable no hacerlo a la vista de la gente. No éramos del agrado de los vecinos, no los culpo, aunque creo que muchos disfrutaban de nuestras frases cuando no estaban escritas en el frente de sus casas.

En algún momento el tema de las pintadas callejeras se le fue de las manos a la municipalidad de Usandizaga. Había cientos de pibes escribiendo lo que se les viniera en ganas en cualquier pedazo de ciudad. Y las cosas se pusieron más duras. Había que detener a los criminales del aerosol. Las fuerzas del orden estaban en pie de guerra. El peso de la ley debía hacerse sentir.

Para ser sincero, nunca tuvimos que correr, nunca vimos un patrullero, y ni siquiera vimos a un policía de cerca, pero el riesgo de terminar la noche en la cárcel nos divertía. Éramos clandestinos en la época de Corazón clandestino.

Por entonces, no era raro que los medios levantaran nuestras frases. El 28 de febrero del 87 se incendiaba el Teatro Olimpo y a la mañana siguiente, directamente de las paredes a la radio, sonaba la pregunta desconsolada de los dioses del Olimpo: “¿Y ahora, dónde vamos a dormir?”. Nacho nos festejaba en Diariamente los diarios. Para una banda de pibes que no podían acceder a la radio era tocar el cielo con las manos.

Otra de nuestras pintadas, más críptica en el contenido pero con un destinatario concreto, decía: “Las columnas de La Capital pertenecen a Hércules”. Y parece que esta le gustó a Evaristo, o al menos vio en nosotros una oportunidad. Una noche nos paró mientras pasábamos por la vereda de LT8 y nos prometió impunidad si arremetíamos con insistencia contra el diario de los Lagos. Si la policía los agarra yo los saco, dijo riendo. Nos ofrecía un cheque en blanco por un trabajo que optamos por no tomar.

Entonces, con 18 años, un año de facultad y muy pocos medios recorridos, era imposible que entendiera la magnitud de la enseñanza. A los pies del reloj a energía solar de Córdoba 1843, a Evaristo le bastó un solo minuto para darnos una gran clase de Historia de los medios. La clase más corta.

POR EL COLO MASCALI

viernes, 3 de septiembre de 2010

El aroma de los eucaliptos

viernes, 3 de septiembre de 2010 9
El olor de la descomposición no llegaba a ser disimulado por el aroma del monte de eucaliptos. No sólo lo recuerdo –un olor acre, pegajoso, que se quedaba adherido a las fosas nasales produciendo un levísimo ardor– sino que todavía está en mí, como agazapado, esperando quién sabe qué. Allí, entre los eucaliptos, estaba el cadáver, acompañado por el zumbido de las moscas que lo asediaban, saludado por el canto de los pájaros que desde lo alto de las copas de los árboles parecían observarlo asombrados, sin la actitud natural-profesional de policías y cronistas. Allí estaba, lo recuerdo bien, con detalles, en medio de una confusión de maderas, telas, trozos de nylon, ropas de mujer, sogas, papeles y perros que jugueteaban con un tapado de piel sintética imitación leopardo. Allí estaba, hace diez años y también ahora, acostado sobre unos cajones que hacían las veces de cama.

Era el cuerpo de un hombre. Estaba muy hinchado y tumefacto, y se encontraba vestido con una pollera que parecía reventar debido a la inflamación del vientre. Vestía además una blusa multicolor que –ya carcomida por las alimañas– dejaba ver un corpiño que alguna vez fue blanco y que por entonces presentaba un color desconocido, entre rosado y marrón.

Era el cadáver de un ex combatiente llamado Hugo, un hombre de menos de 40 años que había estado dispuesto a morir, diecisiete años antes, en las Islas Malvinas. Su cuerpo bien pudo yacer sobre la fría turba de las praderas de Ganso Verde, junto a otros cadáveres de otros jóvenes como él.

Su cadáver pudo haber sido encontrado, igualmente putrefacto, tal vez atacado por otras especies de alimañas, en las cercanías de Puerto Argentino, después de alguna de las horribles matanzas nocturnas desatadas en medio de la confusión, el frío y el hambre. Pudo haber sido muerto en circunstancias consideradas más heroicas, durante los últimos ataques de las tropas inglesas que precedieron la rendición final firmada por los generales y preanunciada por el mismísimo Papa durante su visita a la Argentina. Pero no fue así. El muchacho oriundo de la zona sur de Rosario fue a Malvinas y volvió. Claro que “un poco cambiado”, según señalaron aquel día quienes lo había conocido.

"Se le daba por vestirse con ropas de mujer, pero no se metía con nadie. Era muy simpático", aseguraron los vecinos consultados por los cronistas. Los habitantes de la zona fueron los únicos capaces de indicar a los confundidos agentes de policía dónde hallar el cuerpo en medio del cerrado monte de eucaliptos del barrio San Fernando de Capitán Bermúdez, al final de un camino escondido y tenebroso que parecía no conducir a ninguna parte.

Aquel día, los vecinos contaron que el ex combatiente se paseaba por el barrio luciendo polleras multicolores, collares y anillos. Que tenía “una belleza sobria”, “sin exhibicionismos”, una belleza “típicamente femenina” y “maternal”, según describieron algunos testimonios. Solía colocarse un almohadón en el vientre simulando un embarazo. También acostumbraba a pasearse empujando un cochecito en el que transportaba "a su bebé”: un muñeco rubio y regordete, prolijamente vestido, cuidado con esmero.

El "loco de la pollera"–así se lo conocía entre los vecinos de Capitán Bermúdez– había aparecido en esa localidad después de abandonar el hospital Agudo Ávila de Rosario, y luego de huir de su familia. Periódicamente sus padres y hermanos se internaban en el monte de eucaliptos para pedirle que regresara. Pero él nunca quiso volver. Se sentía bien allí, en su indescriptible choza de maderas y nylon adornada con flores.

Vivía arreglándose con esmero y coquetería, contaron los habitantes del lugar. Pero un día –el mismo día en que Charles, príncipe de Gales, visitó la Argentina y recorrió la huerta ecológica de Piero– Hugo murió “por causas que no se pudieron determinar”. Los vecinos afirmaron haber escuchado tiroteos y algunos deslizaron que pudo ser víctima de delincuentes. Los forenses, a causa del avanzado estado de putrefacción del cuerpo, no pudieron descubrir las causas de su deceso.

Sus amigos, especialmente los ex combatientes que estuvieron con él en aquellas batallas de diecisiete años atrás, fueron mucho más osados, e incluso algunos aventuraron, sin dar muchas explicaciones al respecto, que tal vez no sea cierto que Hugo, "el loco de la pollera", no murió allá en la guerra.

Diez años después, aquel hedor todavía persiste en mi memoria, al igual que las hipótesis de los vecinos. Algunas muy disparatadas, me incitaron por entonces, hace una década, durante el viaje de regreso al diario en taxi, a fantasear una serie de finales alternativos, amparados por la falta de información, basados en el vacío que dejan “los hechos”. Nada de eso fue escrito aquel día tan lejano y cercano. Ni siquiera como borrador o apunte al margen. Nada de eso: en el anotador consigné, prolijo y veraz, los hechos que irían en la cabeza de la nota. Pero lo no escrito, lo que quedó fuera de la crónica, después de tanto tiempo, compruebo, permaneció grabado en la memoria, como una reelaboración de una reelaboración, como una versión de una versión sin original.

Después de todo, los relatos que intentan dar cuenta de lo real, los testimonios históricos, las crónicas de “los hechos de la realidad”, tienen la misma estructura de un relato de ficción. Y en el fondo, como demostró Hayden White, son lo mismo, porque Hugo nunca regresó, y todavía permanece allá en Malvinas, luchando con su pollera, su blusa y sus flores, parapetado en una trinchera, defendiendo una posición inexpugnable desde 1982, con su bebé en el cochecito, pequeño héroe de guerra, y con su tapado de piel. O: regresó de Malvinas y ahora, en este preciso momento, una década después de la crónica que dio cuenta de su muerte, está disfrutando del aroma fresco que viene del monte de eucaliptos, en el barrio San Fernando de Capitán Bermúdez.

POR PABLO BILSKY

foto: "Argentine cemetry", de Chris Pearson, licencia Creative Commons Reconocimiento 2.0 Genérica

lunes, 30 de agosto de 2010

Réquiem para las notas perdidas

lunes, 30 de agosto de 2010 20
Había que ponerle una funda al lavarropas porque quedaba al aire libre y se mojaba con la lluvia. Para encargarse vino a casa una criatura extraña. Un ser muy bajo, con los brazos pegados al cuerpo y la cara rosada. Usaba una camisa a cuadros con pantalón ombú que le daban el aire de un leñador en miniatura. Tenía 85 años.

Empezó a tomar medidas con un centímetro de hule amarillo, moviéndose como los futbolistas veteranos, despacio pero sin desaciertos. Cada tanto preguntaba algo y hacía unas anotaciones en una libretita. Noté su acento extranjero y le pregunté dónde había nacido. Contestó que era alemán. Pregunté de qué parte. Dresde, dijo.

No hacía mucho había terminado de leer Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut. Dresde fue blanco del ataque aéreo más devastador en Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial, una tormenta de fuego aliado que se extendió dos días y mató a 35 mil civiles. Vonnegut era soldado norteamericano en Dresde y esa jornada doble en que cayeron cuatro mil kilos de bombas lo dejó insomne para siempre. Matadero Cinco fue el intento que hizo treinta años después para extirpar a sus demonios. Un libro raro que alterna pasajes para llorar de angustia y otros para explotar en carcajadas y que deja sin cerrar preguntas poderosas sobre la violencia humana.

Le pregunté al tapicero si estaba en Dresde en la época de los bombardeos. Se sonrió. Contestó que había venido a Argentina unos cinco años antes. Era judío y si no se las tomaba la historia que estaba a punto de oír probablemente se la contaría a Montoto.

Sigmund Waissman, tal su nombre, relató con simpleza en ese ratito sus prodigios de desterrado. Llegó en 1938 totalmente solo, con su familia hecha harapos y se estableció en una colonia alemana en Entre Ríos. Tenía 17 años. Se puso a trabajar en oficios diversos y conoció a una chica criolla de su edad con la que se casó. Mientras hablábamos sonó un celular que sacó de su camisa leñadora y mantuvo una charla cortita en alemán. “La patrona”, dijo al cortar. Pero cómo, le dije, no es que ella es argentina. “Sí. Pero en la colonia aprendió alemán. Usa muchas más palabras que yo y no tiene ningún acento”.

Me entraron ganas de entrevistarlo. De preguntarle por su escape cagado en las patas, por su soledad de transmigrado, por el armado de su nuevo mundo, por los casi 70 años de historia de amor con esa mujer que hablaba en alemán mejor que él, por averiguar cómo se entreveraba todo eso hasta formar la sonrisa pálida y tristona que tenía en la cara.

Cuando Sigmund volvió a traer la funda verde que hasta hoy cubre el lavarropas le propuse que me contara su historia con más detalles en una entrevista. Dijo que sí y le dije que lo llamaría la semana siguiente para combinar. Era el otoño de 2006. De más está decir que no lo llamé nunca.

Eso de las ocasiones perdidas me quemó en las manos el domingo pasado al abrir el diario y leer que se había muerto Fogwill. Las veces que una nota me pasó por delante y la dejé ir por vergüenza, estupidez, o pereza. Ninguna pérdida para el mundo, sólo para mí.

Leí a Fogwill por primera vez en 1984 en esa revista distinta de todas que fue Cerdos y Peces. Fue como correr una maratón con un cuerpo prestado: no me moví de lugar pero me quedé sin aire. Era una historia donde él acompañaba a un rastreador guaraní en el límite entre Paraguay y Brasil a buscar a un cazador de su tribu que se había perdido en la selva. El baqueano seguía al indio perdido mirando las copas de los árboles. De repente elegía un árbol, iba hasta el pie y encontraba mierda humana reseca. Entonces el tipo decía cuántos días habían pasado desde la cagada y quién era el autor.

La deducción no venía de un don sobrenatural sino de un código: los cazadores que se alejan mucho de la aldea tallan su caca como si fuera una firma, de manera que si la muerte los encuentra en el bosque la mierda se convierta en un mensaje para encontrar los huesos y devolverlos al poblado. Una sofisticación con el menos sofisticado de los elementos, el hecho de cagar vuelto acto simbólico.

No lo largué más. Lo seguí en El Porteño y en Tiempo Argentino de Timerman. Pese a toda su erudición académica me parecía un genio deslumbrante en estado salvaje. En Los Pichiciegos, que escribió en tres días durante la guerra de Malvinas, había un soldado que cavaba trincheras muerto de frío diciendo que lo que más quería en el mundo era culear y ser brasilero. Hace poco a propósito de un escritor que también se parecía a él y que también murió -Roberto Bolaño- el periodista que lo entrevistaba decía que cuando prendió el grabador se le vino la idea de que tenía enfrente un ave rapaz, de esas que tienen una visión privilegiada y pueden cazar presas mucho más grandes que ellos mismos. Eso mismo vale para Fogwill.

La única vez que lo vi fue en el Festival de Poesía del año 2008. Después de un panel lo divisé solo a la salida del Bernardino. La repentina idea de acercarme casi me hizo doblar las patas. En eso Eliezer Budasoff, periodista enterriano, vino a conversar conmigo. Y resulta que cuando Fogwill lo ve a Eliezer se arrima, le regala un libro y le dice que le encantó el reportaje que le había hecho semanas antes. Así que eso que yo veía como un dragón resollando llamas se había transformado en un abuelito tierno.

A los dos minutos estábamos los tres sentados en una mesa del bar de la plaza Montenegro. En ese rato le contó a Eliezer la historia de los judíos en Entre Ríos, me dio lecciones para nadar crol con un solo brazo hasta alcanzar un óptimo de dieciocho brazadas en veinticinco metros y recitó un poema de Vallejo interminable y buenísimo que decía:


Voluntario de España, miliciano
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón,
cuando marcha a matar con su agonía
mundial, no sé verdaderamente
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo
a mi pecho que acabe, al bien, que venga,
y quiero desgraciarme;
descúbrome la frente impersonal hasta tocar
el vaso de la sangre.

Todo lo conservo en el diminuto grabador digital donde registré todo clandestina y cobardemente.

Al día siguiente a mediodía Fogwill leía en el Museo Estévez. Fui a escucharlo y, si me atrevía, a pedirle una nota. No me animé y me fui después de que leyera un poema genial que se llama La Prensa Matutina y que desde entonces cuelga en un transparente atrás de mi escritorio. Mientras esperaba el 145 noté que salía a la calle, espigado como era y vestido de blanco de pies a cabeza. Me vio y se vino al humo. “Vas a nadar con un solo brazo o vas a ser tan pelotudo de no intentarlo y perdértelo”, me dijo. Le contesté que tenía los brazos cortos, que nunca iba a alcanzar una pileta con 18 brazadas. Pero ya no me prestaba atención. Adelante, en la parada, había una mujer a la que le calculé 50 años. “Ese culo me habla”, dijo. En un instante atómico, como si fuera un mago, estaba en charla franca con ella. Le hice señas a mi bondi y sentí al subir: “Che, vení al hotel a la tarde y seguimos hablando”.

Las notas que no hice sobreviven para torturarme con una tenacidad que jamás tendrán las que a duras penas hice. Al inicio de una tarde estábamos solos con Ariel Etcheverry escribiendo uno frente al otro en la Redacción y Oscar Moro pasó al costado nuestro. Con Ariel nos miramos con la boca abierta. A mí se me vino encima mi lejana vida en Buenos Aires, un emocionado viaje en el 29 de La Boca a Núñez para un show de Serú Girán en Obras Sanitarias en 1980.

No había casi nadie en el diario en ese momento. Moro había venido a Rosario a dar una clínica de batería. Estaba con su hijo y otro músico. Pasó de vuelta llevando en los ojos la expresión acuosa que descubre a los tipos que se zamparon muchas copas durante demasiado tiempo y ya no encuentran escondrijo. Yo temblaba como un boludo. Muy trabado, le dije desde mi asiento que todas las semanas de mi vida escuchaba el solo de “A los jóvenes de ayer”.

El hizo un gesto amable y pudoroso con la cabeza. Pero lo que nunca se me irá es la sonrisa sostenida de su hijo al escuchar eso. En esa mueca capté una señal de amor y orgullo hacia el crepuscular momento de su padre. Dijeron que se iban al bar que estaba al lado de la disquería Utopía y que si tenía ganas me esperaban ahí.

No fui. Después los de Espectáculos contaron que tuvieron que hacer una vaca para que el rey del rim shot, el campeón mundial vestido de carnicero en la tapa de La Grasa de Las Capitales, que se moriría en ese mismo 2006, reuniera los cincuenta mangos que salió alquilar la batería para dar la clínica.

Lo que no pudo ser hecho o no quisimos hacer son acciones concretas y están ahí como las marcas que enroñan las paredes cuando baja el agua de la inundación. Será porque lo pendiente aprieta que, con una sensación augusta de miedo, hace unos minutos agarré el teléfono y marqué un número. Atendió una anciana que de muy joven se las arregló para aprender alemán en una colonia entrerriana. Me contó que el mes pasado la persona por la que yo preguntaba, Sigmund Waissman, había muerto de una disfunción coronaria. Fue el 17 de julio. Tenía 89 años.

Quiso saber para qué lo llamaba. Mencioné la funda del lavarropas de hace cuatro años, la charla sobre Dresde, mi curiosidad retardada en más de un sentido. Me contó que Sigmund le había dejado una carta en alemán que ella encontró al volver del sepelio. El tenía una caligrafía redonda pero como no estaba bien los trazos le habían salido torcidos y por eso debió pedirle ayuda al nieto para descifrar qué le decía.

Dijo que era una carta muy hermosa y que me la podía mostrar. Y que si me interesaba podía también contarme muchas cosas sobre Dresde, porque había ido allí dos veces con Sigmund. Quedamos en vernos este viernes, a las cinco de la tarde.

POR HERNAN LASCANO

foto de Fogwill: Matías Fernández con licencia Creatice Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0 Generic
foto de Moro: robada de Kamaka's Blog
 
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