viernes, 11 de enero de 2013

El tocador de culos de la laguna de Melincué

viernes, 11 de enero de 2013
No pasaba nada, cada uno tragado en la opacidad de su pantalla, el tedio pegado a las caras como una mancha de humedad, ni siquiera voluntad de mover las patas hasta el dispenser de agua para hacer el mate. Uno arma estrategias para escaparle a la muerte pero en ese arranque de sábado lo más digno era morirse. Igual no hay que hacerse ilusiones. En la Redacción la muerte nunca llega. De llegar tendríamos la confirmación de que está pasando algo. Nada de eso. En la Redacción se vive en modo de ahorro de energía, 40 pulsaciones por minuto, una suspensión amodorrada que sólo se interrumpe para que nos cercioremos de que no estamos muertos. Apenas muriendo de a poco.

Alguien de la Secretaría dijo que parecía que le habían robado una fortuna a un ferretero en su casa en la zona sur. Es inimaginable, cuando un superior sugiere que algo pasó, el sesgo tenebroso y depravado contenido en la palabra parece. Ese odioso vocablo es como meterse en el Riachuelo: el agua está ahí pero a medio centímetro de profundidad es imposible ver o encontrar nada. “Che, parece que hay cuatro muertos por Pellegrini al fondo”. “Parece que a Luciana Aymar la violaron en un bar del Paseo del Siglo”. “Hay un asalto en una financiera y lo tendrían de rehén a Julio Orselli, parece”. El camino más corto de lo improbable al delirio es la palabra parece.

Con la agilidad de una grúa nos pusimos en marcha. Ni la comisaría de la zona, ni el comando radioeléctrico ni el tribunal de turno tenían la menor de lo que preguntábamos. Encaramos al secretario y le dijimos de dónde había sacado el asunto. Así nos enteramos que la especie se había originado en un ex mandamás de la Redacción que, parece, era vecino del ferretero saqueado. 

Allí fue nuestro man. Tras horas mendigando en las tinieblas con los datos nulos o inexactos que se ofrecen para hallar oro ubicó el domicilio de la víctima a tres cuadras del lugar indicado. La puerta de la casa se abrió y apareció una mujer que confirmó ser la esposa del comerciante. A los minutos asomó el ferretero. Era jubilado, había pasado los 70 largos pero seguía en su negocio. Comentó el redactor que se lo veía contrahecho, como extraviado adentro de su ropa, con una expresión de resignación transferida de la cara al cuerpo todo.

La mujer empezó a hablar, él parecía no tener las fuerzas para hacerlo. Ella contó que la tarde del día anterior tocaron el timbre de su casa dos hombres de buen aspecto, bien vestidos y sobrios. Estaba sola porque el ferretero a veces aprovechaba la hora de la siesta para ir un rato al casino. Con un ardid los tipos se metieron en la casa, la dieron vuelta de arriba abajo y se llevaron un cuarto de millón de pesos.

“Menos mal que él no estaba —decía, protectora y resignada, señalando a su marido— porque se habría mortificado mucho sin poder hacer nada. Ya ve, estamos indefensos, somos gente grande”.

Cuando terminó el relato el hombre, que había permanecido alicaído, casi ausente hasta allí, se levantó para acompañar a la puerta al periodista. Cuando estaban en el umbral le puso una mano en el hombro, paternal, con una bondadosa sonrisa de abuelo a prueba de cualquier tribulación.

Fue el gesto anticipatorio de unas pocas palabras. Le dijo que se sentía agradecido de que un diario importante llegara a su casa a preocuparse por lo ocurrido. Pero que eso lo obligaba, ahora que su mujer no oía, a sincerarle algo más.

“Mire muchacho, que nos robaron es cierto. Pero cuando entraron esos tipos a casa yo no estaba en el casino. Estaba enfiestado en un mueble. Me di una biaba bárbara con dos negras divinas.”
Pocas cosas tienen vitalidad más sublime que el momento en que un periodista cuenta la buena historia que trae al llegar a la Redacción. Sobre todo, como fue este caso, si el relato reproduce gestos y climas del contacto humano. La distancia entre apariencia y revelación inesperada, el salvaje contraste entre la fragilidad del viejo y su disoluta maratón sexual, el tono en que el asunto fue reportado oralmente por nuestro compañero hizo que nos mandáramos abajo de los escritorios rugiendo como indios apache. Varios querían ir ahí mismo a conocer al viejo.

Pero cuando dejamos de reírnos llegó el soplido de frustración. Saber que la parte más alucinante del suceso era la más reservada, que sólo había sido dicha bajo un compromiso tácito de privacidad y por lo tanto no estaría en el diario del día siguiente.

Qué decepción. Deshacerse justo del detalle que uno se muere por compartir es un costado ingrato del oficio. Acá no hay discusión sobre lo que debe obviarse. Pero esto nos lleva al problema siguiente. ¿Cómo abordar lo impronunciable? ¿Qué hacer con lo indecible? ¿De qué modo arreglárselas para no mandar al destierro a esos detalles poderosos cuya mención puede producir dolor o mandarte a Tribunales?

Ocurre que en este terreno baldío hay cosas por diferenciar. Por supu que hay situaciones o pormenores a no difundirse. Pero esto a veces nos hace pecar por exceso. Y en esas desmesuras rebanamos algo que es un tremendo quebranto en el periodismo actual.

Con frecuencia diaria me pregunto por qué el sentido del humor es un bien negado en los textos de un diario. En La Capital el humor no existe como pretensión o como pauta. Cuando se deja ver se infiltra involuntariamente y de la forma más ruinosa. Por ejemplo, cuando en un suplemento aparece la publicidad de un alimento para perros ilustrada con la foto de un gato. Más gracioso y más trágico cuando aparece por segunda vez en el mismo suplemento a la semana siguiente. O cuando en un epígrafe que intenta anunciar la proeza del goleador del clásico de un pueblo, el verdugo de Arequito, se produce una inversión de tipeo entre la d y la g de verdugo, concediendo al delantero un poder extrafutbolístico de horrendas resonancias.

Raro porque los efectos de comicidad producen adhesión, ya lo escribió Freud hace mil años, y el humor está en la calle todo el tiempo, impregnando cada cosa de la que los medios se ocupan. Lo pensaba el día de la tormenta pre saqueos que inundó la ciudad, arriba del 123, cuando escuché a una mujer que, celular en mano, le decía al chofer:

—Pensaba mandarle un mensaje a mi hermana pero se murió...
—¿Qué hermana?
—El teléfono, pelotudo...

¿Por qué en una nota que refleja los problemas que tuvieron los usuarios de servicios por el temporal no hacer entrar de costalete algo así? En todo caso, qué decir, podemos suavizar, cambiar pelotudo por mamerto, aunque no es lo mismo.

En Policiales, donde la materia usual que entrama los textos es la tragedia, el humor tiene una sinuosa omnipresencia. Si nos referimos centralmente al sufrimiento y a la muerte es complejo abordar este rasgo. Pero así como no hay velorio donde no se hagan chistes, en casi todo drama policial rezuman costados satíricos que pueden ser explosivos, casi siempre relacionados con la violencia, la sorpresa o el sexo. “Esa vieja costumbre inglesa de bromear en medio del dolor”, dice De Quincey en Asesinato como una de las bellas artes.

En medio de la investigación de un crimen impresionante, hará unos cinco años, voló de su puesto el jefe de Homicidios. Un farmacéutico que había sido baleado en su negocio apareció dos meses después atado con alambre de pies y manos adentro del baúl de un auto con un tiro en la cabeza y un fajo de billetes en la boca.

La pesquisa arrancó con sugerentes oscuridades. La manejaba un juez fogueado en una ida y vuelta entre la política y el mundo jurídico, con más cancha y mañas que el Coco Basile. El tipo cazó desde el arranque que el oficial que manejaba la investigación policial coincidía varias veces en el mismo lugar con la mujer de la víctima. El que terminó de pescar que la cosa era más que casualidad fue el secretario penal. Finalmente el juez llamó al cana y se encerró con él en su despacho.

“Me dicen que usted habría trabado relación con una testigo que sobrepasaría intereses estrictamente investigativos”, dijo el juez.

Viéndosela venir, el policía aceptó con la cabeza.
“Si entiendo bien –dijo el juez– usted me reconoce que se está garchando a la mujer del muerto”.

"Sí”, dijo el policía.

“Estimado, yo no soy un moralista. Cójase a quien quiera y donde quiera, pero no en un expediente mío. Despídase de su puesto de jefe de Homicidios”.

Miles de anécdotas graciosas recorren la producción de una nota. Hace un par de años recibí una lección de didáctica policial al preguntar a un comisario cómo habían dado con el ladrón de un empresario de Alberdi. El tipo engoló la voz y, menos por motivos éticos que prácticos, echó un sermón contra la tortura. “Yo estoy en contra de los apremios ilegales porque te pueden anular una investigación. Pero si uno busca un acto de sinceridad no hay nada como un golpe bien puesto. Sobre todo ruidoso. Yo lo llamo el bife pedagógico. Lo más efectivo es el ruido. Se quedan con la boca abierta, después hablan y la próxima antes de ponerse insolentes lo piensan”.

Yo pido humor en el diario. Ahora, ¿cómo cazzo reportar lo del bife pedagógico? ¿Cómo el trasfondo del relevo del jefe de Homicidios? Hay una línea de alta tensión entre derecho a la intimidad y a informar con veracidad, entre legítima pretensión satírica y necesidad de no ofender, entre lo relevante y lo irrelevante, entre lo constatable y la desmentida o la amenaza del juicio. Implicarse en la comicidad requiere además de una gran destreza narrativa: para desatar un efecto de hilaridad sin irse al alambrado hace falta una sutileza que no se aprende en ningún taller de Redacción.

Pero poniendo tanto celo en salvarnos de un reproche, aunque acaso más que nada por la escasa inclinación a experimentar, a zafar del molde, en los diarios nos tragamos el humor cotidiano. Los textos suelen ser un embole, como armados por un mismo viejo resentido que sólo quiere jubilarse y uno termina encontrando en la soltura de los blogs un refugio atómico contra los bodrios. Tom Wolfe, que generaba efectos eléctricos con un sentido humorístico exuberante, protestaba contra los escritos periodísticos diarios, que le parecían un plomo como la voz típica del locutor, algo tan horrible como descubrir que la persona que te gusta usa calzones “de tono beige pálido”.

No se reduce a eso, pero la disyuntiva a menudo pasa por resignar un elemento magnífico o que te esperen a la salida del diario para cagarte a trompadas. El año pasado fue el juicio en el que condenaron a dos hermanos que en un campo de Córdoba mataron a un productor agropecuario de San José de la Esquina y a su pareja. El tipo era popular en su zona, militante agrario, uno de los ricos del pueblo. Se llamaba Tito y tenía 71 años. El caso reunía los ingredientes para convertirse en gran historia de fin de semana y por eso mandamos a un corresponsal a armar un perfil a la zona.

En las charlas sus vecinos históricos fueron unánimes en definir a Tito como prepotente, muy fácil de engranar e irse a las manos por nada. Recordaban además que tenía una locura total por las mujeres, cualidad que no decaía con los años.

El informe que mandó el corresponsal estaba lleno de coloridas anécdotas de personas que lo conocían. Todas coincidían en lo mismo: un tipo soberbio, frontal, algo avaro y con las mujeres más caliente que una estufa. Entre todas las historias sobresalía una con el que el reportero, no mal rumbeado, cerraba el informe.

La contaba una mujer que había hecho la secundaria con el finado. Un domingo de verano de hace cincuenta años un grupo de amigos hizo una excursión a la laguna de Melincué en un camión jaula, de esos que se usan para transportar ganado. El calor en la orilla, la cantidad de gente, los cuerpos apretados y con poca ropa produjeron una peligrosa combustión en el voluptuoso y juvenil cerebro de Tito. El tipo se volvió loco, infló los pulmones para sumergirse y desplegó todo su ardor bajo la superficie.

El testimonio de la mujer me lo acuerdo de memoria. “Fue como un desesperado y les tocó el culo abajo del agua a todas las chicas que pudo. Lo tuvieron que sacar entre varios muchachos amigos porque querían lincharlo. Lo metieron en el camión y se quedó toda la tarde ahí encerrado, agarrado de las rejas como un preso, mirándonos con tristeza sin poder salir por lo que había hecho”.

Pobre Tito, convicto del delito de impudicia acuática en una olvidable playa del sur santafesino. Pobre también del pacato que privó a esa nota de un majestuoso cierre con esa cita textual. Mejor ni averiguar quién fue.
POR HERNAN LASCANO

2 comentarios:

Hernán Maglione dijo...

Alguna vez me pasé de chistoso en una crónica de Política, al señalar con cierto desparpajo los comentarios de Tito Rodenas en un mitin peronista. Después supe que el tipo se ofendió de lo lindo y hasta creo que me estaba buscando, pero no pasó a mayores.

Juan Carlos Escobar dijo...

Buenísimo! Policiales debe ser una de las secciones que más anécdotas bizarras atesora. No sé quién fue el cronista, pero no sé cómo hizo para contenerse ante la confesión del ferrefiestero. Estas, y otras situaciones descritas, son dignas tapas de un buen medio sensacionalista.

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