miércoles, 15 de septiembre de 2010

Abecedarios

miércoles, 15 de septiembre de 2010
Ahora estoy curado, creo. Pero durante mucho tiempo tuve el vicio de escribir abecedarios. En servilletas, manteles de papel o anotadores, generalmente. Lo hacía en la copa, cuando el Negro y María se ponían a hablar de gente que no conocía y, por supuesto, en la reunión de tapa, adonde todos llevamos un hobby o alguna neurosis para matar el tiempo.

Escribía abecedarios en letra imprenta. La cursiva es aburrida. Pero no siempre eran iguales. A veces los hacía en mayúscula y otras en minúscula. En la mayoría de los casos seguía la tradicional trayectoria horizontal, de mi izquierda a mi derecha. Pero cuando cubría la superficie del papel, o simplemente cuando me sentía especialmente audaz, los largaba de arriba hacia abajo, siguiendo los márgenes.

Un aviso para los recién iniciados: sea vertical u horizontal, un abecedario no se puede interrumpir. Nunca, jamás, por ningún motivo. Esto no es joda. No seré responsable de lo que suceda si por indolencia o rebeldía adolescente cualquier pelotudo activa el maleficio. Un truco: cuando se avizora el borde de la hoja, al filo del vacío donde habitan las tortugas gigantes, hay que achicar la letra.

No importa que el abecedario se convierta en una línea ininteligible o se abolle en un amasijo de trazos. Mientras estemos convencidos en lo más íntimo de nuestro ser que en esa línea están todas las letras, de la A/a a la Z/z, nadie correrá peligro.

Hablamos de las letras simples. Alguno puede ensayar con la ch o con la ll. Que haga su experiencia. No está mal pero es una sobreactuación pavota. Como darse dique fumando cigarrillos de chocolate. Igual, no mata a nadie.

Equiparable al abecedario es la escala numérica del 0 al 9. No lo cuento como otro vicio porque entiendo que es una variante del anterior. Incluso, hasta se pueden combinar. Dejo a los científicos la polémica. Para mí es igual matar el tiempo haciendo letras que números. De 0 al 9. Ojo. No es del 1 al 7 ni del 2 a 10, ni se vale poner el cinco antes del cuatro. A riesgo de parecer paranoico, lo subrayo: la escala numérica va del cero al nueve y nunca, jamás, por ningún motivo, se debe cortar ni alterar.

No hay que ser Pitágoras para meterse en este mundo. Pero tampoco un ignorante. No queremos que un aprendiz que crea que es gracioso tirar un 1-10 termine despertando al agujero negro que se ubica en el centro de Andrómeda y que -lo sé porque lo dijo el History Channel- se quiere devorar a la Vía Láctea, nuestra patria grande. No digan que no se los advertí.

Pero yo quería contar otra cosa. En el año 2000 viajé a Brasil. Estuvo lindo. La Cancillería brasileña había organizado una gira para periodistas de diarios del interior de la Argentina. Buscaba mostrar, con visitas estratégicas y una densa agenda de entrevistas sobre economía y politica, cómo marchaba su plan de convertir a ese país en potencia global. Un avance de la película de los Bric, que años después se puso de moda.

Para los que nos gusta la política, fue alucinante. Un viaje al interior de los mitos imperiales de un país distinto, en el que las rutas no llevaban a la playa ni al corsódromo sino al megaedificio de la superpoderosa Fiesp, en San Pablo, a la rústica Riberao Preto de los coroneles de la caña de azúcar y, como no podia ser de otra manera, a la intrigante capital, Brasilia. Y allí, al Palacio de Itamaraty, donde se cocina el sueño brasileño de conquistar el mundo con fútbol, glamour y buena onda, si acaso fuera posible esta combinación.

No era un momento cualquiera. Se cumplían 500 años de la versión lusoamericana del “descubrimiento”, cuando el portugués Alvarez Cabral llegó a Porto Seguro. Con un despliegue de inteligencia política, estatal e institucional que hubiera impactado a Marc Bloch, los brasileños resignificaban su pasado con destreza magistral.

En el parque Ibirapuera de San Pablo se levantó una megaexposición de arte, antropología, historia y arqueología tan elegante y desmesurada como sólo pueden hacerla ellos. La muestra del redescubrimiento. Un espejo que devolvía, cambiada, la imagen europea del primer contacto.

De viaje por impactantes salones, ciencia y estética unían a los primeros habitantes, las culturas originarias, la conquista, la colonia y la herencia imperial de los Braganza, en un relato que sutilmente anudaba el revisionismo y la megalomanía. Sobre el final, el Brasil contemporáneo se exponía como foro de los más exquisitos debates intelectuales . Y como última estación, casi a la salida, estaba el pabellón de los locos.

Brutal forma la mía de referirse a la muestra Imágenes del Inconsciente, en la que se exponían algunas de las obras del Museo del Inconsciente que está en Río de Janeiro. Ese museo fue fundado en los años 50 por Nise Da Silveira, que revolucionó el trabajo en los institutos psiquiátricos, entre otras cosas, rescatando la expresión artística de los internos.

No entiendo mucho de esto. De pintura. Pero Flora, una señora elegante, culta y bondadosa que nos acompañó durante toda la gira, me explicó que las obras eran de artistas que sacaron chapa convirtiendo en significante la voz profunda de sus calimestrolios alterados. Me agregó que el concepto incluía la reivindicación de la irracionalidad en el arte.

Raras colecciones de jarritos y botellas, y dibujos dominados por figuras geométricas, compartían y competían en las telas con bombas de colores que cegaban de una forma maravillosa. El inconsciente en carne viva, explicaba esta mujer, llevaba naturalmente a nuestros amigos a lugares a los que los surrealistas no pudieron llegar ni aspirando hasta el polvo de la alfombra.

En esa clase estábamos cuando los ví. Estaban ahí, chiquitos y tímidos pero firmes. Uno en cada cuadro. Como si hubieran sido escritos en tinta indeleble, luchando por emerger del tumulto de imágenes alucinadas. Los abecedarios. De la A a la Z. Sin ch ni ll. Sin interrupciones ni alteraciones, evocando el misterio de un código seductor y siniestro. Construcción de orden en medio del caos, me explicó catedráticamente Flora.

Mi corazón delator me debe haber denunciado. Porque rápídamente su dedo didáctico cambió de dirección y, apurando el paso, me llevó hacia una tira de vasitos de metal que se tendía sobre una tela. Creación de otro artista que se cree loco y que, como una nota al pie, había escrito bajo el galimatías de hojalata: “A veces, cuando pinto, me siento transparente, pero casi siempre estoy lleno de colores”. Como suele pasar con la escritura.

POR ALVARO TORRIGLIA

10 comentarios:

Zamba dijo...

Alvaro, esta noche venía para casa a subir tu post y me encontré con el matafuegos del diario que me decía A-B-C B-C. Si, ya sé: un desastre, es el fin del universo tal como lo conocemos.

Genial, maravilloso lo que escribiste. Pero tengo malas noticias: no estás curado, esas cosas a lo sumo se tapan un poquito con otras locuras.

¿Corsódromo? Que no te lea un brasileño porque te empala en el frente de una carroza de Marí-Marí...

Anónimo dijo...

Buenísimo Alvaro, absolutamente loco y genial. Como vos, amigo. El Pelado

Hernán dijo...

Finalmente ahora sé que hay bajo esa cara que dibuja letras en orden neurótico. Desde el 86, en las aulas de la facultad, hasta en cada reunión de tapa, lo veo hacerlas con ojos perturbados A..Z...A...Z
Entiendo horrorizado el peligro profundo de interrumpir la acción. A mi me pasa cuando pelo manzanas: si la cáscara se corta antes de terminar, si no queda un rulo perfecto de principio a fin, es señal de guerras inminentes, tifus, choques de astros y ataques masivos de microbios asesinos.
Una enfermedad que está llena de colores. Siga pintando.

Juan dijo...

Excelente Alvaro! Me divertí muchísimo.

Lisy dijo...

Absoluta verdad. La cadena significante no debe alterarse. No hubo, durante largo tiempo, individual de papel en La Copa que se resistiera a la obra torrigliana. Creo que conservo algún original. Genio!

Sonia dijo...

Querido Alvaro, leí este post hace unos días. Me quedé pensando mucho en manías propias y ajenas. Por lo pronto, esta semana, no anoté en la libreta todo lo que tengo que hacer, en una lista que no puede tener ni un manchón, pero no sé si lo toleraré. Por otro lado, esa alucinante visita a Brasil, ¿no merecería otro post? Me alucinó... Me encantó tu corazón delator. Admiro cómo escribís. Besos!

Hernán dijo...

"...me explicó que las obras eran de artistas que sacaron chapa convirtiendo en significante la voz profunda de sus calimestrolios alterados..."

Sí me permiten la reiteración, qué bueno es leer cosas así. "Construcción de orden en medio del caos". Como el loco, hastiante, prometedor y humano laburo nuestro

Anónimo dijo...

Alvaro, Basta Conocer De Estas Flaqueces Grandiosas Hasta Ignorar Juntos Kualquier Locura, Más No Podemos Quedarnos Recordando Sobre Tablas Una Voz Whiskera, Xenófila Y Zarpada.

Sergio M. Naymark

alvaro dijo...

Muchas gracias. Sí,Sonia, ese viaje a Brasil fue muy interesante y da para otros post. Prometo no escribir corsódromo, no sea que despierta la furia de algún dios umbanda

Silvina dijo...

Alvaro, me sorprende tu memoria para narrar los detalles -incluso los mínimos- de un viaje del 2000. Ese recorrido por las Imágenes del Inconsciente. Un viaje tiene todo: lo que efectivamente vamos a cubrir para una nota y lo que efectivamente vemos y nos interesa ver, sin dudas es lo que queda en la memoria y a veces finalmente lo podemos contar. O en tu caso, lo podés terminar de contar.
La Chaparra diría "qué muchacho capaz para recordar", aunque la frase original en una mesa días antes de Navidad, mirándonos a todos con sus ojos grandes, fue: "qué gente capaz para hacer pan dulces". Esa frase quedó estampada en un individual de El Cairo. Lástima que no lo guardé.
Además de "ditirambo" que lo leí en otro lado, me mataste con calimestrolios y galimatías. La RAE y Wikipedia me dicen "usted no tiene más crédito para consultas".
Ahora sé que a veces no hay que ser breve.
y parece que el viaje "estuvo lindo". Tendrían que hacer ese viaje de investigación que propone la Negra en el Caribe. Vos sos de la partida.
Te sienta bien escribir sobre arte, manías y viajes.
Felicitaciones.

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