lunes, 30 de agosto de 2010

Réquiem para las notas perdidas

lunes, 30 de agosto de 2010
Había que ponerle una funda al lavarropas porque quedaba al aire libre y se mojaba con la lluvia. Para encargarse vino a casa una criatura extraña. Un ser muy bajo, con los brazos pegados al cuerpo y la cara rosada. Usaba una camisa a cuadros con pantalón ombú que le daban el aire de un leñador en miniatura. Tenía 85 años.

Empezó a tomar medidas con un centímetro de hule amarillo, moviéndose como los futbolistas veteranos, despacio pero sin desaciertos. Cada tanto preguntaba algo y hacía unas anotaciones en una libretita. Noté su acento extranjero y le pregunté dónde había nacido. Contestó que era alemán. Pregunté de qué parte. Dresde, dijo.

No hacía mucho había terminado de leer Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut. Dresde fue blanco del ataque aéreo más devastador en Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial, una tormenta de fuego aliado que se extendió dos días y mató a 35 mil civiles. Vonnegut era soldado norteamericano en Dresde y esa jornada doble en que cayeron cuatro mil kilos de bombas lo dejó insomne para siempre. Matadero Cinco fue el intento que hizo treinta años después para extirpar a sus demonios. Un libro raro que alterna pasajes para llorar de angustia y otros para explotar en carcajadas y que deja sin cerrar preguntas poderosas sobre la violencia humana.

Le pregunté al tapicero si estaba en Dresde en la época de los bombardeos. Se sonrió. Contestó que había venido a Argentina unos cinco años antes. Era judío y si no se las tomaba la historia que estaba a punto de oír probablemente se la contaría a Montoto.

Sigmund Waissman, tal su nombre, relató con simpleza en ese ratito sus prodigios de desterrado. Llegó en 1938 totalmente solo, con su familia hecha harapos y se estableció en una colonia alemana en Entre Ríos. Tenía 17 años. Se puso a trabajar en oficios diversos y conoció a una chica criolla de su edad con la que se casó. Mientras hablábamos sonó un celular que sacó de su camisa leñadora y mantuvo una charla cortita en alemán. “La patrona”, dijo al cortar. Pero cómo, le dije, no es que ella es argentina. “Sí. Pero en la colonia aprendió alemán. Usa muchas más palabras que yo y no tiene ningún acento”.

Me entraron ganas de entrevistarlo. De preguntarle por su escape cagado en las patas, por su soledad de transmigrado, por el armado de su nuevo mundo, por los casi 70 años de historia de amor con esa mujer que hablaba en alemán mejor que él, por averiguar cómo se entreveraba todo eso hasta formar la sonrisa pálida y tristona que tenía en la cara.

Cuando Sigmund volvió a traer la funda verde que hasta hoy cubre el lavarropas le propuse que me contara su historia con más detalles en una entrevista. Dijo que sí y le dije que lo llamaría la semana siguiente para combinar. Era el otoño de 2006. De más está decir que no lo llamé nunca.

Eso de las ocasiones perdidas me quemó en las manos el domingo pasado al abrir el diario y leer que se había muerto Fogwill. Las veces que una nota me pasó por delante y la dejé ir por vergüenza, estupidez, o pereza. Ninguna pérdida para el mundo, sólo para mí.

Leí a Fogwill por primera vez en 1984 en esa revista distinta de todas que fue Cerdos y Peces. Fue como correr una maratón con un cuerpo prestado: no me moví de lugar pero me quedé sin aire. Era una historia donde él acompañaba a un rastreador guaraní en el límite entre Paraguay y Brasil a buscar a un cazador de su tribu que se había perdido en la selva. El baqueano seguía al indio perdido mirando las copas de los árboles. De repente elegía un árbol, iba hasta el pie y encontraba mierda humana reseca. Entonces el tipo decía cuántos días habían pasado desde la cagada y quién era el autor.

La deducción no venía de un don sobrenatural sino de un código: los cazadores que se alejan mucho de la aldea tallan su caca como si fuera una firma, de manera que si la muerte los encuentra en el bosque la mierda se convierta en un mensaje para encontrar los huesos y devolverlos al poblado. Una sofisticación con el menos sofisticado de los elementos, el hecho de cagar vuelto acto simbólico.

No lo largué más. Lo seguí en El Porteño y en Tiempo Argentino de Timerman. Pese a toda su erudición académica me parecía un genio deslumbrante en estado salvaje. En Los Pichiciegos, que escribió en tres días durante la guerra de Malvinas, había un soldado que cavaba trincheras muerto de frío diciendo que lo que más quería en el mundo era culear y ser brasilero. Hace poco a propósito de un escritor que también se parecía a él y que también murió -Roberto Bolaño- el periodista que lo entrevistaba decía que cuando prendió el grabador se le vino la idea de que tenía enfrente un ave rapaz, de esas que tienen una visión privilegiada y pueden cazar presas mucho más grandes que ellos mismos. Eso mismo vale para Fogwill.

La única vez que lo vi fue en el Festival de Poesía del año 2008. Después de un panel lo divisé solo a la salida del Bernardino. La repentina idea de acercarme casi me hizo doblar las patas. En eso Eliezer Budasoff, periodista enterriano, vino a conversar conmigo. Y resulta que cuando Fogwill lo ve a Eliezer se arrima, le regala un libro y le dice que le encantó el reportaje que le había hecho semanas antes. Así que eso que yo veía como un dragón resollando llamas se había transformado en un abuelito tierno.

A los dos minutos estábamos los tres sentados en una mesa del bar de la plaza Montenegro. En ese rato le contó a Eliezer la historia de los judíos en Entre Ríos, me dio lecciones para nadar crol con un solo brazo hasta alcanzar un óptimo de dieciocho brazadas en veinticinco metros y recitó un poema de Vallejo interminable y buenísimo que decía:


Voluntario de España, miliciano
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón,
cuando marcha a matar con su agonía
mundial, no sé verdaderamente
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo
a mi pecho que acabe, al bien, que venga,
y quiero desgraciarme;
descúbrome la frente impersonal hasta tocar
el vaso de la sangre.

Todo lo conservo en el diminuto grabador digital donde registré todo clandestina y cobardemente.

Al día siguiente a mediodía Fogwill leía en el Museo Estévez. Fui a escucharlo y, si me atrevía, a pedirle una nota. No me animé y me fui después de que leyera un poema genial que se llama La Prensa Matutina y que desde entonces cuelga en un transparente atrás de mi escritorio. Mientras esperaba el 145 noté que salía a la calle, espigado como era y vestido de blanco de pies a cabeza. Me vio y se vino al humo. “Vas a nadar con un solo brazo o vas a ser tan pelotudo de no intentarlo y perdértelo”, me dijo. Le contesté que tenía los brazos cortos, que nunca iba a alcanzar una pileta con 18 brazadas. Pero ya no me prestaba atención. Adelante, en la parada, había una mujer a la que le calculé 50 años. “Ese culo me habla”, dijo. En un instante atómico, como si fuera un mago, estaba en charla franca con ella. Le hice señas a mi bondi y sentí al subir: “Che, vení al hotel a la tarde y seguimos hablando”.

Las notas que no hice sobreviven para torturarme con una tenacidad que jamás tendrán las que a duras penas hice. Al inicio de una tarde estábamos solos con Ariel Etcheverry escribiendo uno frente al otro en la Redacción y Oscar Moro pasó al costado nuestro. Con Ariel nos miramos con la boca abierta. A mí se me vino encima mi lejana vida en Buenos Aires, un emocionado viaje en el 29 de La Boca a Núñez para un show de Serú Girán en Obras Sanitarias en 1980.

No había casi nadie en el diario en ese momento. Moro había venido a Rosario a dar una clínica de batería. Estaba con su hijo y otro músico. Pasó de vuelta llevando en los ojos la expresión acuosa que descubre a los tipos que se zamparon muchas copas durante demasiado tiempo y ya no encuentran escondrijo. Yo temblaba como un boludo. Muy trabado, le dije desde mi asiento que todas las semanas de mi vida escuchaba el solo de “A los jóvenes de ayer”.

El hizo un gesto amable y pudoroso con la cabeza. Pero lo que nunca se me irá es la sonrisa sostenida de su hijo al escuchar eso. En esa mueca capté una señal de amor y orgullo hacia el crepuscular momento de su padre. Dijeron que se iban al bar que estaba al lado de la disquería Utopía y que si tenía ganas me esperaban ahí.

No fui. Después los de Espectáculos contaron que tuvieron que hacer una vaca para que el rey del rim shot, el campeón mundial vestido de carnicero en la tapa de La Grasa de Las Capitales, que se moriría en ese mismo 2006, reuniera los cincuenta mangos que salió alquilar la batería para dar la clínica.

Lo que no pudo ser hecho o no quisimos hacer son acciones concretas y están ahí como las marcas que enroñan las paredes cuando baja el agua de la inundación. Será porque lo pendiente aprieta que, con una sensación augusta de miedo, hace unos minutos agarré el teléfono y marqué un número. Atendió una anciana que de muy joven se las arregló para aprender alemán en una colonia entrerriana. Me contó que el mes pasado la persona por la que yo preguntaba, Sigmund Waissman, había muerto de una disfunción coronaria. Fue el 17 de julio. Tenía 89 años.

Quiso saber para qué lo llamaba. Mencioné la funda del lavarropas de hace cuatro años, la charla sobre Dresde, mi curiosidad retardada en más de un sentido. Me contó que Sigmund le había dejado una carta en alemán que ella encontró al volver del sepelio. El tenía una caligrafía redonda pero como no estaba bien los trazos le habían salido torcidos y por eso debió pedirle ayuda al nieto para descifrar qué le decía.

Dijo que era una carta muy hermosa y que me la podía mostrar. Y que si me interesaba podía también contarme muchas cosas sobre Dresde, porque había ido allí dos veces con Sigmund. Quedamos en vernos este viernes, a las cinco de la tarde.

POR HERNAN LASCANO

foto de Fogwill: Matías Fernández con licencia Creatice Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0 Generic
foto de Moro: robada de Kamaka's Blog

20 comentarios:

Zamba dijo...

Genial, brillante

La Negra Vilche dijo...

Emotiva desde "Había..." hasta "tarde". Ayer lei la nota de Vera Fogwill en el Página y también me emocionó. Mientras te leía pensaba..."no te perdonaré nunca, Lascano, por dejar pasar esa nota a Waissman". Pero no, actuaré con misericordia. Mejor te invito unos mates, después del viernes, me contás más sobre esta actitud timorata que reconocés con tanta dignidad y también qué hablaste con la mujer de Sigmund. Si no vas el viernes, te cago a palos.

Juan dijo...

Excelente. Más de una vez estuve frente a personas que admiré y no me atreví a decirles nada por esa cuestión de pensar más de una vez las cosas, las palabras. "¿Le digo que siempre lo leí, desde su primer libro?", "¿Le cuento lo que significó para mí ese disco?", "¿Quedaré muy ridículo si...?" Y todo termina en un silencio tímido. Muy emotivo.

Juan dijo...

Ahora que releo mi comentario veo que puse dos veces "más de una vez". Es un error. No es un recurso literario para demostrar que es más de una vez.

Euge dijo...

Impecable. Gracias!!

Anónimo dijo...

Muy bueno! Solo a tu casa puede ir un tipo que se llama Sigmund Waissman (y tiene esa historia) para cubrirte el lavarropas de verde loro. Esperamos la continuación. Virginia

Anónimo dijo...

Hernán, me emocioné. Ni que decir de cuánto me identifiqué. Y pensé en un señor que conocí hoy, en el juicio de Díaz Bessone, Félix López. Sonia

El Polaco dijo...

Me siento identificado, siempre me pasó lo mismo. Incluso hay gente a la que le conté sobre la nota fallida con el Diego cuando yo era un móvil de radio y él un supuesto jugador de niuls. Lo que sí, Hernán, empezá a hacer esas notas antes de que la pared enroñada cuando baja el agua de la inundacion se te convierta en una página de fúnebres.

silvina dijo...

Hernán, varias cosas:
-preciosa cada una de estas historias y la capacidad de observación para cada uno de los personajes que nombrás. Hay que saber observar y ver al otro, o parte del otro. Felicitaciones.
-te adeudo comentarios en el del Chino y en el de Melo (siempre hay tiempo en este caso), porque me quedaron dando vueltas en la cabeza y se me hace difícil decir lo que exactamente quiero decir. Felicitaciones.
-me gusta cómo escribís tanto como me gusta cómo narrás un simple o un gran hecho policial en la reunión de tapa o en Secretaría. Los detalles, los nombres, el relato en sí. ¿Puede ser simple un hecho policial? Hay que tener talento para indagar en las supuestas víctimas y en los supuestos victimarios, nada es tan lineal, siempre quedan preguntas y muchas historias atrás. Felicitaciones.
-te considero una persona muy creativa (incluso para colgar el lienzo) aunque no te veo mucho por el pasillo. El texto del lienzo lo guardo entre mis cosas más amables y tiernas que le escribiste a alguien que seguramente querés mucho. Y fuiste generoso para prestármelo. Gracias de nuevo y felicitaciones.
¿hay que ser breve?

chuby dijo...

gracias Hernan!!! por devolverme la certeza de que las historias son grandes o pequeñas según sea la medida de la magia del narrador. Y, aunque mis lecturas son escasas y limitadas, me alcanzan para saber donde hay creatividad y talento. Sabes que despertas? ganas de seguirte leyendo ...
un abrazo

alvaro dijo...

Este tipo es un genio. Si me animo un día de estos le voy a hacer una nota. Simplemente excelente

Jorgelina dijo...

Muy buena Hernán! Che, Alvaro lo podríamos invitar a comer a este tipo.
Jorgelina

Lisy dijo...

Este tipo disfruta al escribir y eso regala. Sí, vamos todos a comer con este tipo, y que el vino lo invite él, obvio

La Negra Vilche dijo...

Este tipo disfruta de escribir, hablar, ver cine y leer (cosas que comenta y comparte), jugar a la pelota, morfar (doy fe por lo de La Copa de anoche), viajar; disfruta con River, de sus sobrinos y de este blog. Este tipo disfruta. Jorgelina, te jode si vamos varios a cenar a tu casa en una combi?

Jorgelina dijo...

Para nada Laura, total el tipo trae el vino.

alvaro dijo...

Hay equipo, hay asado

Anónimo dijo...

Muy bueno. Hernán. Brilla tú, diamante loco. El Pelado

El Mellizo dijo...

hoy es viernes. vas a ir?

Hernán dijo...

fitivamente, fui

SU dijo...

Hernán, me encantó lo que escribiste. Decime, cómo fue el encuentro con la señora de Waissman ??? Te mostró la carta ??? Contá que muero de curiosidad.

Publicar un comentario

 
Cinco Lucas en el Cabarute. Design by Pocket